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POLÍTICA INTERNATIONAL
Sacado del n. 10 - 2005

LA PROLIFERACIÓN NUCLEAR. Habla Robert McNamara

La atómica es inmoral


«La actual política nuclear de Estados Unidos es inmoral, ilegal, militarmente no necesaria y terriblemente peligrosa». En Corea del Norte y en Irán temen un cambio de régimen impuesto desde fuera «por eso hemos de comprometernos en negociaciones de alto nivel para que este miedo sea eliminado». Entrevista con el ex secretario de Defensa de Estados Unidos, que en los años sesenta ideó el sistema de defensa nuclear americano


Entrevista a Robert McNamara por Giovanni Cubeddu


Robert McNamara

Robert McNamara

Robert McNamara fue secretario de la Defensa estadounidense de 1961 a 1968. Sus posiciones de halcón en la guerra de Vietnam le valieron notoriedad, pero a su visión sin fisuras no le faltaba la dosis de realismo con que le hizo entender al presidente Lyndon Johnson que los Estados Unidos (que en cierto momento no excluyeron el uso de la bomba atómica) no iban a ganar nunca aquella guerra. De 1968 a 1981 McNamara fue presidente del Banco Mundial y, como nos dirá él mismo, una vez terminado el período de los cargos institucionales, comenzó a hacer pública de manera militante la convicción que había ido madurando en su interior durante los años: reducir los armamentos, empezando por los nucleares. En un momento en el que esta política de desarme de gran alcance no cuenta con muchos seguidores, ha sido un consuelo volver a escuchar recientemente la voz de McNamara (en Foreign Policy de mayo) indicando los peligros de la proliferación nuclear y de un prevencionismo que es una coartada para el rearme.
Hoy el número de las cabezas nucleares que se producen es menor que en el pasado, el riesgo de que se produzca un enfrentamiento atómico entre las dos grandes potencias de la guerra fría es limitado, y Occidente está más preocupado por las “potencias nucleares medianas”, que consideran el uso de las armas nucleares para resolver controversias regionales o bien que están dispuestas a usar la última carta antes de sucumbir definitivamente frente a la amenaza de un cambio de régimen, impuesto desde el exterior para “exportar democracia”…
Pero hoy el debate sobre quién puede y no puede poseer tecnología nuclear esconde una gran hipocresía, como puede deducirse perfectamente de las palabras de McNamara.
El Concilio Vaticano II, en la Gaudium et spes, expresó de manera cristalina el pensamiento de la Iglesia católica: «Al gastar inmensas cantidades en tener siempre a punto nuevas armas, no se pueden remediar suficientemente tantas miserias del mundo entero… Por lo tanto, hay que declarar de nuevo: la carrera de armamentos es la plaga más grave de la humanidad y perjudica a los pobres de manera intolerable. Hay que temer seriamente que, si perdura, engendre todos los estragos funestos cuyos medios ya prepara».
Mientras tanto, ni siquiera en la última cumbre de jefes de Estado y de Gobierno con ocasión de los sesenta años de Naciones Unidas se consiguió mencionar en el texto final un compromiso, aunque fuera general, por la no proliferación. De este triste impasse arranca el coloquio con McNamara.
ROBERT McNAMARA: Cuando en 1968 negociamos el Tratado de no Proliferación Nuclear, el NPT, nos comprometimos a trabajar de buena fe para eliminar definitivamente los arsenales nucleares. El pasado mayo los diplomáticos de más de 180 países se reunieron en Nueva York para reformar el Tratado y comprobar si los firmantes habían cumplido los acuerdos. Los Estados Unidos, por comprensibles razones, se concentraron en persuadir a Corea del Norte que volviera al NPT y en negociar condiciones más restrictivas para las ambiciones nucleares de Irán. Pero la atención de muchas naciones, incluidos algunos países potencialmente nuevos poseedores de armas nucleares, indicaba a su vez a Estados Unidos. Poseer tan gran número de armas de este tipo y mantenerlas en estado de alerta inmediata es una clara señal de que los Estados Unidos no están trabajando seriamente para la eliminación de sus propios arsenales y plantea preguntas incómodas sobre por qué los demás Estados tendrían, en cambio, que limitar sus propias ambiciones nucleares.
Arriba, el embajador americano Llewellyn E. Thompson y el ministro
de Exteriores soviético Andrei Gromyko firman el Tratado de 
No Proliferación Nuclear, el NPT, Moscú, 1 de julio de 1968

Arriba, el embajador americano Llewellyn E. Thompson y el ministro de Exteriores soviético Andrei Gromyko firman el Tratado de No Proliferación Nuclear, el NPT, Moscú, 1 de julio de 1968

Desde luego el fracaso de aquella Conferencia de revisión del Tratado de no Proliferación fue amargo y evidente. ¿Por qué, en su opinión? ¿Aquel Tratado es una herencia de la guerra fría?
McNAMARA: Bueno, hay que decir una cosa fundamental. El Tratado de no Proliferación era un compromiso. Los cinco Estados declaradamente nucleares afirmaron que si las naciones que todavía no poseían armas nucleares se comprometían a no poseerlas, ellos renunciarían a las suyas. Este es el llamado artículo 6 del Tratado. Y naturalmente los cinco países nucleares no pusieron en práctica esta renuncia. Por eso las demás naciones no aceptan que se diga que ellos tendrían que hacerlo –tienen que vérselas con adversarios militarmente fuertes, o incluso con las propias potencias nucleares–, pero las potencias nucleares, aun disponiendo de grandes fuerzas convencionales, dicen que necesitan el armamento nuclear para salvaguardar a sus países, mientras que las naciones sin armas nucleares no están autorizadas a poseerlas. Esto viola el acuerdo que fundamenta el Tratado de no Proliferación.
Según el Departamento de Estado norteamericano, aunque la Conferencia de revisión ha fracasado sustancialmente, el Tratado sigue vigente…
McNAMARA: No veo la razón. Mire, están Irán y Corea del Norte, por ejemplo, que están claramente contra la NPT, y tenemos a un ex secretario de Defensa americano, William Perry –que fue un ministro muy sabio, no una casandra, es un científico, el jefe del Programa de Seguridad de la Universidad de Standford–, que aquí en Washington dijo el pasado mes de agosto que existe más del 50 por ciento de probabilidades de que se produzca una explosión nuclear sobre el territorio americano de aquí a diez años, y esto indica sin lugar a duda que la no proliferación no está teniendo éxito.
Usted ha dicho recientemente que «para los Estados Unidos ha llegado la hora (ya hace tiempo que llegó) de poner punto y final a un estilo de guerra fría, de dejar de apoyarse en las armas nucleares como instrumento de política exterior».
McNAMARA: Aun a pesar de parecer esquemático y provocador, yo definiría la actual política nuclear de los Estados Unidos como inmoral, ilegal, militarmente no necesaria y terriblemente peligrosa. El riesgo de que se produzca un lanzamiento nuclear accidental o involuntario es inaceptablemente alto. Lejos de trabajar para reducir estos riesgos, esta administración está empeñada en mantener el arsenal nuclear americano como centro de su poder militar –una obsesión que, entre otras cosas, está minando las normas internacionales que han limitado la difusión de armas nucleares y de material fisil durante cincuenta años.
Es sorprendente escuchar esto precisamente de usted, un ex secretario de Defensa del gobierno americano…
McNAMARA: Deje que le diga una cosa. La Convención de Ginebra representó un acuerdo entre las naciones según el cual la fuerza militar habría debido obedecer a principios y ser proporcionada, lo cual significa que si una nación hace uso de la fuerza militar contra otra, no debería ser superior a lo que su adversario ha hecho o pretende hacer. Este uso, además, ha de ser discriminante, es decir, los civiles han de quedar excluidos del uso de la fuerza militar. Está claro que el uso de armas nucleares hecho por una potencia nuclear no puede satisfacer ninguna de estas condiciones, y es por ello por lo que afirmo que es inmoral e ilegal. Es un hecho que la mayoría de los jueces de una corte internacional que ha examinado la legalidad de las armas nucleares ha decidido que son ilegales.
Este año ha sido el sesenta aniversario del bombardeo de Hiroshima y Nagasaki. La revista Time ha afirmado que aquella acción bélica, con la que los Estados Unidos atacaron a civiles considerándolos legítimos blancos de guerra, atravesó «el umbral de la moral».
McNAMARA: De hecho yo también lo considero inmoral. No creo que los Estados Unidos pretendieran usar armas nucleares contra civiles, pero sin duda habrían tenido que considerar previamente que iban a morir un gran número de civiles. Ya se considere ataque contra civiles o no, está claro que los Estados Unidos habrían tenido que esperarse una matanza de civiles.
Claro que cuando la atómica fue usada el asesinato de civiles mediante bombardeos en la Segunda Guerra Mundial había sido ya hecho por todas las grandes potencias, como con el ataque británico sobre Dresde, por ejemplo. No estoy justificando el uso de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki, no me malinterprete, estoy solamente diciendo que las matanzas de civiles habían sido ya provocadas anteriormente en las campañas de bombardeo de la Segunda Guerra Mundial.
Yo formaba parte de las unidades de los B29 y estaba en la isla de Guam en marzo de 1945, cuando el general LeMay, comandante de los B29, ordenó partir de allí las incursiones incendiarias usando los B29 no para bombardear a alta cuota con explosivos sino a baja cuota con bombas incendiarias. En el primer ataque sobre Tokyo –yo estaba allí aquella noche del mes de marzo de 1945– creo que murieron unos 80.000 civiles. Aquél fue el primero de 66 ataques, y, desde luego, no siempre murieron 80, 90 ó 100.000 personas, pero, de todos modos, siempre era un número alto.
Efectivamente, la importantísima cuestión que podría plantearse es si era militarmente necesario utilizar armas nucleares para excluir la necesidad de que los americanos invadieran por tierra las islas japonesas más grandes, visto que Japón, con las incursiones incendiarias, ya había padecido ingentes destrucciones.
Las negociaciones de Pekín sobre el desarme nuclear de Corea 
del Norte, septiembre de 2005

Las negociaciones de Pekín sobre el desarme nuclear de Corea del Norte, septiembre de 2005

Pero hoy, ¿es realmente grande el peligro nuclear?
McNAMARA: Los Estados Unidos desplegan actualmente unas 4.500 cabezas nucleares estratégicas ofensivas. Rusia posee unas 3.800. Las fuerzas estratégicas de Gran Bretaña, Francia y China son considerablemente menores, hay entre 200 y 400 armas nucleares en los arsenales de cada uno de estos Estados. Las nuevas potencias nucleares, Pakistán e India, poseen menos de 100 cada una. Corea del Norte afirma que posee armamento nuclear, y las agencias de inteligencia estadounidenses creen que Pyongyang tiene material fisil suficiente para entre 2 y 8 bombas. ¿Qué potencia destructiva tienen todas estas bombas? La bomba atómica “mediana” americana posee una potencia de destrucción veinte veces mayor que la cayó sobre Hiroshima. De las 8.000 cabezas nucleares americanas activas u operativas, dos mil están en estado de alerta inmediata, listas para ser lanzadas con un preaviso de quince minutos. ¿Cómo se han de usar estas armas? Los Estados Unidos nunca han defendido la política de “ser los primeros en atacar”, ni durante los siete años de mi mandato como secretario de Defensa ni después. Nosotros seguimos estando preparados para utilizar las armas nucleares –siguiendo la decisión de una persona, el presidente– contra un enemigo, nuclear o no, cada vez que creamos que sea interés nuestro el hacerlo. Durante decenios las fuerzas nucleares americanas han sido lo suficientemente sólidas como para poder absorber un primer golpe y luego infligir al adversario un daño “inaceptable”. Mientras nosotros estemos frente a un potencial enemigo dotado de armas nucleares, este ha sido y debe seguir siendo el fundamento de nuestra acción preventiva nuclear.
Lo que asombra es que hoy, a más de un decenio del final de la guerra fría, la base de la política nuclear americana no haya cambiado. No se ha adecuado al derrumbe de la Unión Soviética. Los planes y los procedimientos no han sido reformados para que EE UU o los otros Estados tengan menos posibilidades de apretar el botón. Como mínimo deberíamos quitar todas las armas nucleares estratégicas del estatus de alerta inmediata, como también otros han aconsejado, incluso el general Lee Butler, el último comandante del Strategic Air Command. Este simple cambio reduciría grandemente el riesgo de un lanzamiento nuclear accidental. También sería una señal para los demás países de que los Estados Unidos están empezando a reducir su confianza en las armas nucleares.
Durante la guerra fría circulaba una especie de “anticomunismo teológico” y algunos, no solo en la administración estadounidense, estaban ansiosos de usar el tema nuclear para resolver las controversias internacionales. Recientemente ha escrito usted que es posible que se produzca un inminente “apocalipsis”. ¿Quería decir quizá que existe algún tipo de relación entre la religión y la política sobre el tema?
McNAMARA: No utilizaba la palabra “apocalipsis” por su connotación religiosa. No me gustan este tipo de interpretaciones religiosas distorsionadas. La utilicé porque es de uso común aplicarla a estos acontecimientos terribles. Existe hoy un gran peligro de usar involuntaria o accidentalmente las armas nucleares y esto sería algo apocalíptico en mi lenguaje, sin ninguna referencia religiosa.
Sobre este tema creo que, de todos modos, existen factores religiosos que deberían tomarse en consideración. Los obispos católicos de Estados Unidos publicaron a finales de los ochenta un informe, cuya preparación estuvo dirigida por un sacerdote de Massachussets, aún vivo, que es la mejor declaración hecha por no militares que yo haya leído jamás sobre los problemas morales y humanos ligados al uso de la fuerza nuclear. Aquel informe afirma que por primera vez desde el tiempo del Génesis la raza humana posee la capacidad de autodestruirse. Hemos de evitarlo. Estoy realmente a favor de que empecemos a pensar y a discutir seriamente sobre la proliferación, porque va en contra frontalmente de todos los principios morales.
Usted ha escrito también que nunca ha visto «un trozo de papel que delineara un plan de EE UU o la OTAN para comenzar una guerra nuclear con alguna ventaja para EE UU o la OTAN». ¿Hay que leerlo como un mensaje a quienes hoy apoyan el “uso limitado” de armas nucleares, por ejemplo contra los llamados “Estados canalla”?
McNAMARA: Lo que quiero decir es que, desde el punto de vista militar, el arma nuclear no es hoy día de ninguna utilidad a ninguna nación, si no es el ser un elemento de disuasión contra el uso de las armas nucleares por parte de los adversarios. Y si el adversario no posee armas nucleares, entonces no tiene realmente ninguna utilidad militar. Este es el primer punto. El segundo es que aunque tu adversario tenga armas nucleares, no hay nada que justifique comenzar a usarlas: contra otra potencia nuclear sería un suicidio. Y no hay justificación para usarlas contra un país no nuclear, dado que sería moralmente inaceptable y políticamente indefendible. Así que las potencias nucleares han de reflexionar bien sobre cómo justificar el mantenimiento de su arsenal nuclear. Si lo hicieran, pienso que llegarían a la conclusión a la que yo he llegado, es decir, que deberían ser eliminadas todas o casi todas las armas atómicas. Sobre esto se funda mi decisión.
Si los Estados Unidos siguen manteniendo esta actitud frente a las armas nucleares, casi con toda seguridad el resultado será que seguirán proliferando. Algunas o quizá todas estas naciones, como Egipto, Japón, Corea del Sur, Arabia Saudí, Siria y Taiwán, muy probablemente comenzarán otros programas de armamento nuclear
Se lo repito: lanzar bombas contra una potencia nuclear adversaria es suicida, hacerlo contra un enemigo no dotado de armas nucleares sería militarmente no necesario, moralmente repugnante y políticamente indefendible.
He llegado a estas conclusiones muy pronto, cuando me nombraron secretario de Defensa. Si bien creo que los presidentes John Kennedy y Lyndon Johnson compartían mi punto de vista, ninguno de nosotros pudo hacer públicas nuestras convicciones porque eran totalmente contrarias a la política establecida por la OTAN.
Después de retirarme de la vida pública decidí hacer públicas algunas informaciones que sabía que iban a ser objeto de controversias, pero sentía que era necesario inyectar una dosis de realidad en las discusiones cada vez menos realistas sobre la utilidad militar de las armas nucleares. Con artículos y conferencias he venido criticando el concepto fundamentalmente viciado según el cual las armas nucleares con ciertas limitaciones podrían ser utilizadas. No hay ninguna manera de contener efectivamente un ataque nuclear, de impedir que cause una destrucción enorme de vidas humanas y bienes, y no hay garantía ninguna contra la escalada ilimitada que sigue al primer ataque atómico.
Según la “Revisión de la doctrina nuclear” de 2002 (Nuclear Posture Review), el gobierno americano está autorizado a seguir investigando, experimentando y construyendo nuevas armas. ¿Significa esto que ha comenzado una nueva proliferación atómica estadounidense?
McNAMARA: Así es, y para mí esta Revisión se equivoca totalmente en sus conclusiones y en sus juicios…
Apoya la posibilidad de difundir las armas nucleares más utilizables, más sencillas de usar.
McNAMARA: Creo que han propuesto por lo menos dos nuevas armas atómicas, una que penetra en profundidad y una nueva arma nuclear táctica. Sería un error de valoración, sería un error seguir por este camino y espero realmente que el Congreso americano no la autorice.
¿Es justo decir que uno de los resultados del 11 de septiembre es precisamente esta Revisión nuclear? ¿Existe una relación?
McNAMARA: No, no hay ninguna relación, de ninguna manera… Los ataques del 11 de septiembre no influyen en la consideración de “si” los Estados Unidos han de poseer armas nucleares. En realidad yo creo que la verdad es lo contrario, que los ataques, de alguna manera, han confirmado la existencia de un nuevo potencial adversario terrorista, y que entre las armas que quisieran utilizar los terroristas están las armas nucleares, es decir, el material fisil, y por ello hemos de hacer todo lo que está en nuestras manos para limitar el futuro desarrollo de armas nucleares y material fisil. Pero no estamos haciendo todo lo que podemos.
Usted ha escrito que Fidel Castro le ha dado a Estados Unidos una lección…
McNAMARA: La crisis de los misiles de Cuba ha demostrado que Estados Unidos y la URSS –y de hecho el resto del mundo– estuvieron a punto de desencadenar un desastre nuclear en octubre de 1962.
En lo más álgido de la crisis las fuerzas soviéticas en Cuba poseían 162 cabezas nucleares, incluidas por lo menos 90 armas tácticas. La lección, por si ya antes no estuviera claro, fue dada en una conferencia sobre la crisis que se celebró en La Habana en 1992, cuando por primera vez nos enteramos por ex oficiales soviéticos que ellos estaban preparados para la guerra nuclear si los americanos invadían Cuba. Casi al final de aquel encuentro, yo le pregunté a Castro si él habría recomendado a Kruschev el uso de las armas frente a una invasión americana, y en caso afirmativo, cómo imaginaba que hubiera sido la reacción de Estados Unidos. «Partimos de la base de que si se producía la invasión de Cuba, habría estallado una guerra nuclear», respondió Castro. «Nosotros estábamos seguros… de que nos veríamos obligados a pagar el precio de nuestra desaparición». Luego siguió diciendo: «¿Habría utilizado yo las armas atómicas? Sí, las habría utilizado». Y añadió: «Si el señor McNamara o el señor Kennedy hubieran estado en nuestro lugar, y si su país hubiera estado a punto de ser invadido, u ocupado… creo que ellos hubieran usado armas nucleares tácticas».
Recordando esto,¿qué siente hoy?
McNAMARA: Espero que el presidente Kennedy y yo no nos hubiéramos comportado como creía Castro. Su decisión hubiera destruido su país. Si hubiéramos respondido nosotros de manera similar, el daño para los Estados Unidos habría sido inimaginable. Pero los seres humanos pueden equivocarse. En una guerra convencional los errores cuestan vidas humanas, a veces miles de vidas. Pero si hubiera habido errores a la hora de decidir sobre el uso de la fuerza nuclear, no habría habido ninguna curva de aprendizaje y habrían sido destruidas naciones enteras.
¿Y la lección entonces?
McNAMARA: No hay ningún modo de reducir el riesgo a niveles aceptables. Salvo el de eliminar en primer lugar la política de alerta inmediata e inmediatamente después desmantelar todas o casi todas las armas atómicas. Los Estados Unidos deberían moverse inmediatamente y principiar estas acciones, en colaboración con Rusia.
La Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) se ocupó en su último informe anual de finales del pasado mes de julio de las posturas norcoreana e iraní sobre el enriquecimiento del uranio, condenando a Pyongyang pero valorando con mayor moderación el comportamiento de Teherán.
McNAMARA: Considero los programas nucleares iraní y norcoreano muy, muy peligrosos. Pero no existe ninguna solución militar. Atacar a Corea del Norte sería para Estados Unidos un desastre, porque los norcoreanos podrían arrasar Seúl y un gran número de tropas americanas allí destacadas, e, igualmente, sería absurdo que los Estados Unidos atacaran Irán en las circunstancias actuales –no tenemos suficientes tropas en Irak–. Por eso, para resolver estas dos situaciones, hemos de basarnos en la diplomacia. Hasta aquí la diplomacia ha sido relativamente ineficaz, pero ahora ha de afrontar los problemas que han llevado a Corea del Norte y a Irán a tomar la iniciativa de desarrollar armas nucleares. Y uno de estos problemas es el miedo de que los Estados Unidos pretenden un cambio de régimen. Han escuchado al presidente Bush poner en relación a Irak, a Corea del Norte y a Irán como “mal”, como emisarios de un eje del mal, y han visto que Estados Unidos han cambiado el régimen en Irak. Estoy seguro de que hay gente en Corea del Norte y en Irán que teme el cambio de régimen, por eso hemos de emprender negociaciones de alto nivel para que superen este miedo.
Si los Estados Unidos siguen manteniendo esta actitud frente a las armas nucleares, casi con toda seguridad el resultado será que seguirán proliferando. Algunas o quizá todas estas naciones, como Egipto, Japón, Corea del Sur, Arabia Saudí, Siria y Taiwán, muy probablemente comenzarán otros programas de armamento nuclear, aumentando el riesgo del uso de armas nucleares y la llegada de armas nucleares y material fisil a manos de Estados canallas o de terroristas.
Ni la administración Bush, ni el Congreso, ni el pueblo americano, ni el de otras naciones han discutido todavía el valor de políticas alternativas, para sus países y para el mundo entero, sobre las armas nucleares de largo alcance. Pero estos debates habrían de haberse realizados ya hace tiempo. Si se hace yo creo que se llegará a la conclusión a la que yo, junto con un número creciente de altas autoridades militares, políticos y civiles expertos en seguridad, he llegado: hemos de llegar decididamente a la eliminación o casi eliminación de todas las armas nucleares. Muchos siguen todavía tentados a seguir la estrategia de los últimos cuarenta años. Pero comportarnos de este modo sería un grave error que nos llevaría a riesgos inaceptables para todas las naciones.
Usted ha sido presidente del Banco Mundial durante trece años y ha tenido la oportunidad de ver de cerca lo que significa la pobreza y quiénes son los pobres. ¿Qué huellas ha dejado aquella experiencia en usted, que tuvo que afrontar ingentes gastos militares? ¿No se daba cuenta de que había una contradicción?
McNAMARA: Creo que pude tratar ambas cosas…


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