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CHINA
Sacado del n. 07/08 - 2005

Hagamos las paces calladamente


Cómo y por qué la ordenación del nuevo obispo auxiliar de Shangai ha inaugurado una nueva fase en las relaciones entre la Santa Sede, la Iglesia de China y el gobierno de Pekín


por Gianni Valente


En el momento de la eucaristía, también los no bautizados se colocan en fila, con los brazos cruzados sobre el pecho, para recibir la bendición del obispo

En el momento de la eucaristía, también los no bautizados se colocan en fila, con los brazos cruzados sobre el pecho, para recibir la bendición del obispo

La ordenación del obispo auxiliar de Shangai, Giuseppe Xing Wenzhi, no es la primera ni será la última que se produce en China en los últimos tiempos con la aprobación del gobierno tras el nombramiento previo (y de algún modo notorio) por parte del Papa. Ya en 2004, empezando por la ordenación de Pietro Feng Xinmao como obispo coadjutor de la diócesis de Hengsui, tres nuevos obispos chinos habían hecho de manera que durante el rito de consagración se hicieran públicos el nombramiento recibido del Papa y al mismo tiempo la elección realizada respetando los procedimientos “democráticos” impuestos, a partir del 58, por los organismos gubernamentales con el objetivo de eliminar toda «injerencia vaticana» en la vida religiosa del país. Tras el de Shangai, el pasado 26 de julio, también el nuevo obispo coadjutor de Xian, Antonio Dang Ming Yan, fue consagrado respetando todos los clichés del procedimiento querido por el gobierno, después de que llegara de Roma el nombramiento pontificio y los representantes diocesanos lo hubieran elegido democráticamente como sucesor designado de Antonio Li Duan, el gran obispo de Xian, desgraciadamente muy enfermo.
Y sin embargo, la ordenación de Shangai representa un giro crucial y abre una fase nueva en el punto más delicado –el nombramiento de los obispos– de la anomalía vivida por la Iglesia de China en sus relaciones con la Santa Sede desde hace medio siglo. Porque Shangai es la capital económica y moral, la locomotora del “siglo chino” profetizado por los analistas y ya en los umbrales. Porque su comunidad católica ha jugado históricamente un papel de primer plano en los acontecimientos de la cristiandad en China. Y porque la modalidad concreta con la que esta ordenación ha ocurrido deja entrever nuevos caminos por los que las problemáticas relaciones entre el Vaticano, la Iglesia china y el gobierno de Pekín podrían buscar la deseada normalización.

LOS HECHOS
La idea de indicar a los dicasterios romanos a Giuseppe Xing como posible sucesor del nonagenario Aloysius Jin nació dentro de la Iglesia de Shangai, a partir de la intuición del propio Jin, que recibió la conformidad de sus colaboradores y de la mayoría de los sacerdotes y los responsables laicos. El nombramiento pontificio, emitido tiempo antes de que el estado de salud de Juan Pablo II se agravara, se mantuvo reservado, e incluso la documentación que lo acreditaba, tras ser vista por los sacerdotes más autorizados y estimados de Shangai, fue “archivada” para siempre. Luego, el pasado 17 de mayo, los 127 representantes de los sacerdotes, de las monjas y los laicos de la diócesis de Shangai, eligieron por mayoría a Xing como obispo auxiliar de la diócesis. Solo después de esto la Conferencia de obispos chinos y el gobierno aprobaron los resultados de la elección. En fin, la consagración. El pasado 28 de junio, antes de la ceremonia, el obispo Jin confirmó casi en passant a los más de sesenta sacerdotes de Shangai, a punto de entrar en procesión en la Catedral, que la ordenación contaba con la aprobación de la Santa Sede. Durante el rito litúrgico no se hizo ninguna referencia explícita a dicha aprobación, ni se leyó ningún documento que confirmara el nombramiento por parte del Papa. El consagrando juró que era «fiel a la Iglesia una, santa, católica, apostólica, con san Pedro a la cabeza».

LAS PERSPECTIVAS
A la luz de este largo procedimiento hay que interpretar los “desmentidos” y los elocuentes silencios que han acompañado y seguido a la ordenación de Shangai. Como los que salieron de la Oficina de Asuntos Religiosos chino y de la Asociación patriótica para desmentir noticias de agencia occidentales imprecisas y equívocas que habían hablado de «aprobación conjunta» de China y el Vaticano con respecto al nombramiento episcopal de Xing. Como quiso subrayar a la agencia Ucanews Antonio Liu Bainian (vicepresidente de la Asociación patriótica de los católicos chinos, órgano de control del gobierno sobre la vida de la Iglesia), la Conferencia de los obispos chinos aprobó el nombramiento de Xing después de que este hubiera sido elegido por la mayoría de los representantes católicos de la diócesis de Shangai. Liu añadió que «si luego es verdad, como dicen los noticiarios internacionales, que el obispo Xing ha sido reconocido por el Papa, me alegra ver que la Santa Sede ha dado un paso adelante, reconociendo el principio de la auto-elección y de la auto-ordenación de los obispos de China».
En efecto, no ha habido –porque no podía haber todavía– ninguna «aprobación conjunta», ningún acuerdo directo entre la Santa Sede y el gobierno chino sobre la ordenación de Shangai. Como explicaba a la misma Ucanews Anthony Lam Sui-ki, investigador del Holy Spirit Study Center de la diócesis de Hong Kong, en esta fase «Pekín no pediría al Vaticano que diera el permiso para la elección de un obispo, como ni siquiera la Santa Sede consultaría a Pekín antes de conceder su aprobación». Porque además «Pekín proclama siempre que la Iglesia en China es “independiente, autónoma y autofinanciada”, y si el obispo fuera nombrado por el gobierno, se caería en lo que los medios de comunicación describen como una China controlada por el gobierno. Por eso Pekín siempre ha querido subrayar que los obispos son nombrados por elección [por los representantes católicos de la diócesis, n. de la r.] y el gobierno de por sí no interviene en la aprobación o el nombramiento de los obispos».
Pese a los mentís de rigor, la ordenación de Shangai es de hecho una especie de “tácito acuerdo sin consenso”, un appeasement jugado sobre lo implícito, sobre la complicidad sobreentendida, sobre lo no dicho. Si por parte china se pone el énfasis en la plena consonancia formal de la elección con las reglas previstas por el Estado, al hacerlo no se empeñan en excluir que haya habido también un nombramiento papal.


SILENCIOS BENDITOS
Sobre todo ello la Santa Sede ha mantenido un silencio absoluto. Absteniéndose de confirmar nada sobre el nombramiento que en esta delicada fase pudiera ser interpretado como reivindicación de poderes jurisdiccionales por parte de Roma sobre el nuevo obispo. Con este perfil silencioso, los altos cargos de la Santa Sede han evitado de antemano cualquier tipo de incidente, impidiendo que se repitiera el cataplum de junio del 81, cuando el obispo de Cantón, Deng Yiming, recibido en el Vaticano con el tácito consenso de los jerarcas de Pekín, fue elevado precisamente en aquellos días al rango de arzobispo, cosa que fue interpretada por los jerarcas de Pekín como un intento de afirmar sobre el obispo prerrogativas jurisdiccionales que no habían sido negociadas, ofreciéndoles el pretexto para decapitar la entonces incipiente hipótesis de normalización en las relaciones sino-vaticanas.
El silencio vaticano deja sin coartadas a quienes dentro del aparato gubernamental chino pretenden sabotear los procesos de normalización y mantener el status quo, quizá sólo por miedo a perder puestos y competencias dentro de la nomenclatura. Toda esta delicadeza pretende también documentar, superando los prejuicios más fosilizados, que el vínculo de comunión entre los obispos y el Papa no puede ser valorado de ningún modo como un caso de “injerencia” en los asuntos internos de los Estados. Y por ello está completamente fuera de lugar toda competición entre el gobierno y el Vaticano sobre la cuestión de las ordenaciones episcopales.
Pero el nuevo enfoque vaticano no ha de ser interpretado como indicio de condescendencia. Lo que expresa es la percepción cada vez más realista que se ha alcanzado en los Palacios vaticanos sobre la “cuestión china”. Hasta mediados de los años noventa, también en el Vaticano la visión estaba empañada por la desconfianza hacia la parte de la Iglesia china más colaboradora con el gobierno. En enero del 95, los sacerdotes de las iglesias “abiertas”, que habían ido a Manila para ver al Papa en la Jornada Mundial de la Juventud, según las indicaciones vaticanas habrían tenido que firmar una solemne profesión de fe para “demostrar” su fe (luego todo se resolvió más sobriamente con un Credo que rezaron juntos). Ahora, precisamente la confianza compartida en el sensus fidei de los católicos chinos –obispos, sacerdotes, religiosos, laicos– es el factor nuevo que permite a la Santa Sede modular de manera diferente su propia estrategia, dejando al discernimiento de los pastores del lugar la gestión de las situaciones complejas y la búsqueda de soluciones. Se ha visto en el caso de Shangai, donde la Santa Sede no ha pretendido que el nombramiento papal fuera explícitamente mencionado durante el rito de ordenación. Y esta perspectiva podría sugerir aplicaciones concretas también frente a un comienzo de conversaciones directas entre el Vaticano la China popular (por ejemplo, a la hora de calibrar el perfil anómalo y las competencias sui generis de un posible nuncio apostólico en Pekín).



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