Tambien en Shangai hay algo nuevo
Viaje entre los cristianos de la ciudad símbolo de la nueva China, entre la memoria de quienes testimoniaron la fe durante la persecución y el inerme y nuevo inicio de quienes se hacen cristianos hoy. Mientras tanto, el nuevo obispo auxiliar nombrado por el Papa es ordenado con la aprobación del gobierno...
por Gianni Valente. Fotografías de Massimo Quattrucci
El nuevo obispo Giuseppe tiene cara de buen chico y se
mueve alrededor del altar llevando su birrete viola con pasos
tímidos de principiante, casi pidiendo permiso. A las siete de la
mañana, los ventiladores que giran colgados del techo de la Catedral
de San Ignacio no consiguen ya mover el aire pesado y húmedo del
verano de Shanghai. Antes de la misa, todos de rodillas, han rezado el
Rosario y el Vía Crucis. Algunos se entretienen en la entrada frente
al pequeño mostrador de libros de santos sobre los que campea un
panel con un póster gigante del papa Benedicto. En la capilla de
detrás del altar hay siempre una fila de gente que quiere encender
velas y que se arrodilla frente al retrato de Wojtyla. Este domingo
Jesús cuenta y explica en el Evangelio la parábola del
sembrador. La semilla que cae en terreno pedregoso es como el hombre que
escucha la palabra y la acepta con alegría, pero «en cuanto
llega una tribulación o persecución a causa de la palabra, se
escandalizaa». La que cae en las espinas «es aquel que escucha
la palabra, pero la preocupación del mundo y el engaño de la
riqueza ahogan la palabra y no da fruto». La que cae en tierra
fértil es «aquel que escucha la palabra y la comprende,
éste da fruto y produce ora el ciento, ora el sesenta, ora el
treinta».

La mañana del 28 de junio, en esta misma
Catedral –aquel día hacía aún más calor,
y para refrescar a las tres mil personas que habían acudido
habían colocado a lo largo de las naves enormes bloques de hielo
seco– Giuseppe Xing Wenzhi se ha convertido en el primer chino
ordenado obispo bajo el nuevo pontificado del papa Ratzinger. Lo
nombró el papa Juan Pablo, antes de morir. Luego lo
«votó» la mayoría de los representantes
diocesanos –sacerdotes, monjas, laicos de la diócesis de
Shanghai–. Después lo «aprobó» el gobierno
de Pekín. Finalmente, su obispo Aloysius Jin Luxian, de noventa
años, al frente de la diócesis de Shanghai desde el 88 con el
reconocimiento del gobierno pero, hasta el momento, sin la
aprobación de la Santa Sede, le convirtió en sucesor de los
Apóstoles imponiéndole las manos en la liturgia de
ordenación episcopal. Es él el gran “orquestador”
de su complicada sucesión, en la se mezclan y alcanzan su apogeo
todas las controversias y anomalías vividas por la Iglesia de China
en los últimos 55 años. Porque, para un obispo, Shanghai no
es un sitio como otro cualquiera.
ZIKAWEI, 8 DE SEPTIEMBRE DEL 55
Los terrenos de alrededor de la Catedral, ahora cultivados con rascacielos y grandes almacenes electrónicos, habían sido donados a la Iglesia por el mandarín Xu Guangqi, poderoso amigo del jesuita Matteo Ricci, a principios del siglo XVII, después de recibir el bautismo. Aún hoy el barrio Xujiahui –Zikawei en el dialecto de Shanghai– toma el nombre de la familia de Xu. Aquí los jesuitas habían comenzado a edificar ya a mediados del siglo XIX su ciudadela cristiana en los suburbios de la que entonces era una gran metrópolis cosmopolita. Con la Catedral, los seminarios, el observatorio astronómico. La que entonces era la residencia de los padres, ahora es la biblioteca Zikawei, y el antiguo refectorio sirve de sala de lectura. La que entonces era la casa de las hermanas, ahora es un restaurante para ricos, en la otra parte de la Puxi Road. Aquí en Zikawei, como rector del Colegio San Ignacio, trabajaba el padre Zhang Boda, el primer mártir jesuita muerto como prisionero contrarrevolucionario en las cárceles de Mao ya en noviembre del 51. Aquí en Zikawei la estrategia maoísta para aniquilar a la Iglesia china separándola de la comunión visible con el sucesor de Pedro realizó uno de sus golpes más espectaculares. Porque la diócesis de Shanghai y su obispo Ignacio Gong Pinmei eran un símbolo para todo el inmenso país, el baluarte de la resistencia católica contra el proyecto del Partido Comunista de crear una Iglesia nacional de régimen que renegara de todo vínculo con la Sede Apostólica, considerada la «central imperialista» vaticana. Tampoco el laico Simón He, que ahora tiene 71 años y entonces acababa de terminar la escuela media, ha podido olvidar aquella noche del 8 de septiembre del 55: «La policía rodeó todos los edificios religiosos. El rastreo duró toda la noche y el día siguiente. Arrestaron a más de cuatrocientas personas, todas las más destacadas de la diócesis: al obispo Gong, a todos los sacerdotes colaboradores suyos más estrechos, y a casi todos los laicos inscritos en la Legión de María, con la acusación de ser un grupo paramilitar pagado por las potencias capitalistas. A otros mil los reunieron en el seminario menor, y allí los trabajaron durante tres años, con sesiones de lavado de cerebro sobre el socialismo y contra el Vaticano imperialista». Sin jefes y casi sin pastores, la Iglesia de Shanghai vivió durante años en un limbo de incertidumbre. Hasta que, a mediados de los sesenta, cayó también aquí, como en toda China, la noche oscura de la Revolución cultural. «El seminario», recuerda Simón, «se convirtió en hospital. Las hermanas se hicieron trabajadoras en su ex casa transformada en una fábrica de paraguas. Requisaron o cerraron todas las iglesias. Nosotros seguimos rezando, encerrados en casa. También la Catedral de Zikawei cayó en desgracia. Los Guardias Rojos rompieron las vidrieras, dañaron el tejado y las agujas. Pero lo demás siguió en pie».

«YA NO ES NECESARIO EL HEROÍSMO»
Desde entonces, todo parece haber cambiado. Quienes entran hoy en Zikawei encuentran una iglesia como todas las demás, a la que van libremente cristianos que ya no necesitan esconderse para rezar o comulgar. Al lado de la Catedral también han inaugurado hace poco el nuevo palacio episcopal y la residencia para sacerdotes, de diez pisos, sobre la que destacan las estatuas de mármol de los cuatro evangelistas. Y sin embargo, bajo la apariencia de una vida eclesial normal, los años de la gran tribulación han dejado dentro de la Iglesia de Shanghai heridas aún abiertas.
Hace cincuenta años, el joven jesuita Aloysius Jin y su hermano de hábito Giuseppe Fan Zhongliang estaban entre los colaboradores más estrechos del obispo Gong Pinmei, y también fueron arrestados la noche de la gran redada. Su obispo se fiaba de ambos: al primero lo había hecho rector del seminario mayor, al segundo le había puesto al frente del menor. En 1954, sintiendo que se acercaba el huracán, habían subido con su obispo y todos los curas de Shanghai al santuario de Nuestra Señora de Sheshan para jurar que no traicionarían la fe, con la ayuda de la Virgen. Una vez pasados los terribles años de la Revolución cultural, después de casi cinco lustros de cárcel y destierro, también Jin y Fan fueron liberados, como ocurría en aquel periodo, a principio de los ochenta, con miles de sacerdotes, religiosos y fieles. La China de Deng Xiaoping volvía a abrir las iglesias, invitaba a los curas, monjas y obispos a retomar su trabajo, aunque fuera bajo estrecha vigilancia política. Fue entonces cuando el camino de los dos jesuitas se dividió.
Jin aceptó convertirse en rector del seminario, y en el 85 en obispo auxiliar de Shanghai, con el permiso del gobierno de Pekín, pero sin el del Papa de Roma, mientras que el viejo Gong Pinmei, legítimo titular de la sede episcopal, permanecía en régimen de libertad vigilada. Fan, en cambio, rechazó cualquier tipo de colaboración con las asociaciones “patrióticas” que imponía el régimen como instrumentos de control de la vida de la Iglesia. En el 85 fue también él ordenado obispo clandestinamente, y el Vaticano lo reconoció como único y legítimo sucesor de Ignacio Gong Pinmei. La comunidad de los fieles “subterráneos” que seguían diciendo rosarios y celebrando misa encerrados en las casas particulares, manteniéndose alejados de las iglesias que volvían a abrir una a una bajo el control del gobierno, cerraron filas en torno a Fan, sintiéndose confirmados por Roma en su decisión de inflexible resistencia. Ellos eran la “Iglesia fiel”, los que en nombre de la plena fidelidad con el sucesor de Pedro habían rechazado cualquier tipo de compromiso con la línea separatista que el régimen quería imponer a los católicos chinos. Jin, su curia y sus sacerdotes eran traidores, usurpadores, marionetas movidos por el régimen. Ellos eran la cizaña del campo del Señor.
Ahora, el obispo Fan está enfermo de Alzheimer, transcurre sus días sin memoria en el apartamento donde durante veinte años el régimen ha tolerado sus actividades “ilegales”, controlándolo estrechamente y limitando su libertad de movimiento. La comunidad underground recibió la noticia: la Santa Sede no reconocerá a ningún otro obispo clandestino para la Iglesia de Shanghai. Cuando Jin Luxian se jubile, el único legítimo pastor de todos los católicos de Shanghai será también para ellos su sucesor, Giuseppe Xing, reconocido por el gobierno de Pekín.
Podría parecer una paradoja de la ingratitud eclesiástica. Como si la Curia romana les diera la espalda a quienes han pagado más por su fidelidad al Papa y estableciera relaciones con quienes se comprometieron con los perseguidores. En realidad, precisamente la ordenación episcopal de Shanghai arroja luz sobre las complicadas vicisitudes de la cristiandad china durante los últimos cincuenta años, dando para siempre al traste con la falsa teoría según la cual en China existen dos Iglesias, una fiel al papa y la otra al partido.
En los últimos años también en Roma han entendido que tampoco Jin había traicionado el juramento hecho en el 54 ante Nuestra Señora de Sheshan. El atrevimiento canónico con el que aceptó convertirse en obispo sin el permiso del Papa le valió durante años la acusación de cismático. Pero el tiempo ha aclarado que ni él, ni la mayoría de los obispos ordenados ilícitamente en aquellos años en China, aceptaban la Iglesia nacional “autárquica” con la que soñaba la propaganda del régimen. A la sombra de aquel eslogan intentaban aprovechar las tímidas aperturas concedidas por el régimen para recuperar la vida eclesial, favoreciendo así la continuidad de las instituciones eclesiales y la administración de los sacramentos necesarios para la vida de los fieles, a la luz del sol. Por ello, ya desde principios de los ochenta, la mayor parte de ellos enviaba a la Sede Apostólica por vías reservadas la petición de que se les reconociera como obispos legítimos para regularizar su situación desde el punto de vista canónico.

En Shanghai también hablan solos los frutos
recogidos por la diócesis en estos últimos años de
vida “normal”: nuevas iglesias construidas en toda la ciudad,
seminario a la vanguardia, tipografía que imprime Evangelios para
toda China, escuelas profesionales, relanzamiento de la asociación
de intelectuales católicos, relaciones con universidades e
instituciones católicas de todo el mundo. «Ecclesia catholica una est, incluso en
China» dice sonriendo el padre Giuseppe Lu, que ha estudiado en
Estados Unidos, está al frente de dos parroquias en el centro y
ahora ha pedido el visado para venir a Europa y si es posible pasar por
Colonia hacia el 20 de agosto, cuando esté allí el Papa.
«Nosotros y los clandestinos somos dos caras de la misma moneda.
Antes algunos hermanos de las comunidades “subterráneas”
decían que nosotros, los de las iglesias “abiertas”
acabaríamos en el infierno. Pero hace tiempo que no oigo cosas de
estas. Se necesitará tiempo. Pero siguiendo al mismo pastor, antes o
después llegará la reconciliación. Y serán
ellos los que salgan a la luz del día y vayan a las iglesias
abiertas. Llegados a este punto, ¡no vamos a convertirnos en
clandestinos nosotros! Porque además ya no es necesario. Si
están las iglesias abiertas, ¿por qué esconderse en
casa para decir misa? Por lo menos aquí, en Shanghai, ya ha pasado
la época de los heroísmos».
EL CORAZÓN OLVIDA
La Shanghai sin nuevos héroes es la decadente y liberty de la que el Bund es una buena muestra, a lo largo del margen izquierdo del Huangpu, donde los edificios de piedra de estilo europeo ahora albergan restaurantes de prestigio y sedes de representación de los colosos financieros chinos. Es la intelectual y complaciente que pasa sus noches de euforia en el New Heaven and Earth, el barrio postizo de edificios reconstruidos como las casas de principios del siglo XX, entre restaurantes italianos, locales de streaptease franceses, música latinoamericana, cervezas alemanas y talleres de diseño del nuevo arte de Shanghai. Pero es ante todo el corazón financiero de la megalópolis que hoy late con ritmo de taquicardia en Pudong, al otro lado del río, la vasta área donde el capitalismo extremo que sacude a la China poscomunista se ha encarnado en un proyecto urbanístico ciclópeo. Allí, en la periferia del corazón financiero de toda Asia, la pobre Iglesia de Jesucristo son el padre Giovanni Gong y sus mil feligreses de la Inmaculada, la nueva iglesia inaugurada en mayo. Una semilla inerme, perdida entre los rascacielos de vidrio y cemento y los complejos residenciales superprotegidos para los nuevos ricos. Donde, ante los nuevos tiempos, no es raro que aflore un sentimiento de inconfesada nostalgia por la época de heroico testimonio cristiano que ya pertenece al pasado.
UNA A UNA
En Occidente, periodistas con fantasía pronostican una inminente explosión de espiritualidad cristiana en China, como corolario religioso de los extendidos procesos de homologación consumista actuales en el universo chino. Nada de esto se deja entrever hoy en las caras satisfechas y curiosas de la multitud que pulula por Shanghai, arrastradas por las agobiantes liturgias neoconsumistas de la megalópolis que no conoce el descanso. A veces llevan la cruz colgada del cuello para imitar a algún rapero local. Pero desde luego no saben nada de las jaculatorias en latín cantadas en los lágers, de la Asociación patriótica, del gobierno que espía, y mucho menos de los veinte años de fraternales rencores entre los cristianos “clandestinos” y los de las iglesias “abiertas”.
Tampoco Teresa sabía nada. Cuando era niña en Pekín, sus padres, funcionarios cumunistas, no le habían dicho nada, por supuesto. Porque además nunca estaban, entregados como estaban a su carrera política en Mongolia. Luego ella conoció a una amiga cristiana, comenzó a asistir a misa, recibió el bautismo a los veinticinco años. Cuenta que cuando le pidieron qué nombre cristiano iba a elegir, respondió que quería el de la santa más guapa. «La madrina me miró mal, pero luego me regaló un libro de la vida de Teresa de Lisieux… Cuando fui al extranjero, un cura de allí me preguntó si yo formaba parte de la Iglesia “subterránea”. Yo no entendía de qué hablaba. Respondí que en China yo no conocía iglesias construidas bajo tierra, que nunca las había visto en las estaciones de metro…». Ahora se mueve bien con el ritmo neohedonista de Shanghai. Le gusta trasnochar, en los talleres de los artistas, o descubrir nuevos restaurantes para llevar luego a amigos. Pero es ella la que está dibujando las escenas del Evangelio y los símbolos chinos en las vidrieras de la Catedral de Zikawei. Las mismas que fueron destruidas a pedradas por la Guardia Roja.

Tampoco los seminaristas, los jóvenes sacerdotes
y las monjas que se reúnen en la parroquia de San Pedro antes de
diseminarse por toda Shanghai dando cursos de verano de catecismo, parecen
darle demasiada importancia a imaginarias conquistas cristianas que
deberían encontrar vía libre en el desierto espiritual de las
magalópolis chinas. Pero ni siquiera se la toman con el consumismo
sacio y nada desesperado de sus contemporáneos. «Esta es la
época que nos ha tocado vivir», dice abriendo los brazos
Antonio Zhao, que está terminando teología en el seminario de
Sheshan y ha seguido también él a principios de julio el
retiro de cuatro días organizado por la diócesis para
estudiar los métodos «sobre cómo comunicar de manera
atractiva la fe a los chicos, a los jóvenes y los adultos a los que
iremos a dar el catecismo». Saben bien que, como les ocurrió
ya a los pobrecillos que testimoniaron a Jesucristo en los campos de
trabajo, no serán los buenos propósitos ni las actuaciones
humanas bien planificadas lo que haga que florezca la fe al principio o que
la mantenga en la perseverancia. Saben que en China, como en cualquier otra
parte, también hoy los pocos que llevan el nombre de Cristo son una
inermidad custodiada por Otro.
Este es quizá el consuelo del nuevo obispo Giuseppe Xing cuando imagina los años que le esperan: no serán sus éxitos ni sus aciertos, pero ni siquiera sus errores ni sus límites los que decidan si la semilla de leticia cristiana esparcida por la tierra china, después de haber dado fruto incluso en el huracán de la persecución, se secarán o bien si podrá milagrosamente echar raíces, una a una, en los corazones atareados de hombres y mujeres de su inmensa ciudad llena de luces.

La Catedral de San Ignacio, en Zikawei, como es ahora y como era en los años 20 del pasado siglo
ZIKAWEI, 8 DE SEPTIEMBRE DEL 55
Los terrenos de alrededor de la Catedral, ahora cultivados con rascacielos y grandes almacenes electrónicos, habían sido donados a la Iglesia por el mandarín Xu Guangqi, poderoso amigo del jesuita Matteo Ricci, a principios del siglo XVII, después de recibir el bautismo. Aún hoy el barrio Xujiahui –Zikawei en el dialecto de Shanghai– toma el nombre de la familia de Xu. Aquí los jesuitas habían comenzado a edificar ya a mediados del siglo XIX su ciudadela cristiana en los suburbios de la que entonces era una gran metrópolis cosmopolita. Con la Catedral, los seminarios, el observatorio astronómico. La que entonces era la residencia de los padres, ahora es la biblioteca Zikawei, y el antiguo refectorio sirve de sala de lectura. La que entonces era la casa de las hermanas, ahora es un restaurante para ricos, en la otra parte de la Puxi Road. Aquí en Zikawei, como rector del Colegio San Ignacio, trabajaba el padre Zhang Boda, el primer mártir jesuita muerto como prisionero contrarrevolucionario en las cárceles de Mao ya en noviembre del 51. Aquí en Zikawei la estrategia maoísta para aniquilar a la Iglesia china separándola de la comunión visible con el sucesor de Pedro realizó uno de sus golpes más espectaculares. Porque la diócesis de Shanghai y su obispo Ignacio Gong Pinmei eran un símbolo para todo el inmenso país, el baluarte de la resistencia católica contra el proyecto del Partido Comunista de crear una Iglesia nacional de régimen que renegara de todo vínculo con la Sede Apostólica, considerada la «central imperialista» vaticana. Tampoco el laico Simón He, que ahora tiene 71 años y entonces acababa de terminar la escuela media, ha podido olvidar aquella noche del 8 de septiembre del 55: «La policía rodeó todos los edificios religiosos. El rastreo duró toda la noche y el día siguiente. Arrestaron a más de cuatrocientas personas, todas las más destacadas de la diócesis: al obispo Gong, a todos los sacerdotes colaboradores suyos más estrechos, y a casi todos los laicos inscritos en la Legión de María, con la acusación de ser un grupo paramilitar pagado por las potencias capitalistas. A otros mil los reunieron en el seminario menor, y allí los trabajaron durante tres años, con sesiones de lavado de cerebro sobre el socialismo y contra el Vaticano imperialista». Sin jefes y casi sin pastores, la Iglesia de Shanghai vivió durante años en un limbo de incertidumbre. Hasta que, a mediados de los sesenta, cayó también aquí, como en toda China, la noche oscura de la Revolución cultural. «El seminario», recuerda Simón, «se convirtió en hospital. Las hermanas se hicieron trabajadoras en su ex casa transformada en una fábrica de paraguas. Requisaron o cerraron todas las iglesias. Nosotros seguimos rezando, encerrados en casa. También la Catedral de Zikawei cayó en desgracia. Los Guardias Rojos rompieron las vidrieras, dañaron el tejado y las agujas. Pero lo demás siguió en pie».

El obispo Aloysius Jin Luxian impone el Evangelio sobre la cabeza de Giuseppe Xing Wenzhi durante su ordenación episcopal, el pasado 28 de junio
Desde entonces, todo parece haber cambiado. Quienes entran hoy en Zikawei encuentran una iglesia como todas las demás, a la que van libremente cristianos que ya no necesitan esconderse para rezar o comulgar. Al lado de la Catedral también han inaugurado hace poco el nuevo palacio episcopal y la residencia para sacerdotes, de diez pisos, sobre la que destacan las estatuas de mármol de los cuatro evangelistas. Y sin embargo, bajo la apariencia de una vida eclesial normal, los años de la gran tribulación han dejado dentro de la Iglesia de Shanghai heridas aún abiertas.
Hace cincuenta años, el joven jesuita Aloysius Jin y su hermano de hábito Giuseppe Fan Zhongliang estaban entre los colaboradores más estrechos del obispo Gong Pinmei, y también fueron arrestados la noche de la gran redada. Su obispo se fiaba de ambos: al primero lo había hecho rector del seminario mayor, al segundo le había puesto al frente del menor. En 1954, sintiendo que se acercaba el huracán, habían subido con su obispo y todos los curas de Shanghai al santuario de Nuestra Señora de Sheshan para jurar que no traicionarían la fe, con la ayuda de la Virgen. Una vez pasados los terribles años de la Revolución cultural, después de casi cinco lustros de cárcel y destierro, también Jin y Fan fueron liberados, como ocurría en aquel periodo, a principio de los ochenta, con miles de sacerdotes, religiosos y fieles. La China de Deng Xiaoping volvía a abrir las iglesias, invitaba a los curas, monjas y obispos a retomar su trabajo, aunque fuera bajo estrecha vigilancia política. Fue entonces cuando el camino de los dos jesuitas se dividió.
Jin aceptó convertirse en rector del seminario, y en el 85 en obispo auxiliar de Shanghai, con el permiso del gobierno de Pekín, pero sin el del Papa de Roma, mientras que el viejo Gong Pinmei, legítimo titular de la sede episcopal, permanecía en régimen de libertad vigilada. Fan, en cambio, rechazó cualquier tipo de colaboración con las asociaciones “patrióticas” que imponía el régimen como instrumentos de control de la vida de la Iglesia. En el 85 fue también él ordenado obispo clandestinamente, y el Vaticano lo reconoció como único y legítimo sucesor de Ignacio Gong Pinmei. La comunidad de los fieles “subterráneos” que seguían diciendo rosarios y celebrando misa encerrados en las casas particulares, manteniéndose alejados de las iglesias que volvían a abrir una a una bajo el control del gobierno, cerraron filas en torno a Fan, sintiéndose confirmados por Roma en su decisión de inflexible resistencia. Ellos eran la “Iglesia fiel”, los que en nombre de la plena fidelidad con el sucesor de Pedro habían rechazado cualquier tipo de compromiso con la línea separatista que el régimen quería imponer a los católicos chinos. Jin, su curia y sus sacerdotes eran traidores, usurpadores, marionetas movidos por el régimen. Ellos eran la cizaña del campo del Señor.
Ahora, el obispo Fan está enfermo de Alzheimer, transcurre sus días sin memoria en el apartamento donde durante veinte años el régimen ha tolerado sus actividades “ilegales”, controlándolo estrechamente y limitando su libertad de movimiento. La comunidad underground recibió la noticia: la Santa Sede no reconocerá a ningún otro obispo clandestino para la Iglesia de Shanghai. Cuando Jin Luxian se jubile, el único legítimo pastor de todos los católicos de Shanghai será también para ellos su sucesor, Giuseppe Xing, reconocido por el gobierno de Pekín.
Podría parecer una paradoja de la ingratitud eclesiástica. Como si la Curia romana les diera la espalda a quienes han pagado más por su fidelidad al Papa y estableciera relaciones con quienes se comprometieron con los perseguidores. En realidad, precisamente la ordenación episcopal de Shanghai arroja luz sobre las complicadas vicisitudes de la cristiandad china durante los últimos cincuenta años, dando para siempre al traste con la falsa teoría según la cual en China existen dos Iglesias, una fiel al papa y la otra al partido.
En los últimos años también en Roma han entendido que tampoco Jin había traicionado el juramento hecho en el 54 ante Nuestra Señora de Sheshan. El atrevimiento canónico con el que aceptó convertirse en obispo sin el permiso del Papa le valió durante años la acusación de cismático. Pero el tiempo ha aclarado que ni él, ni la mayoría de los obispos ordenados ilícitamente en aquellos años en China, aceptaban la Iglesia nacional “autárquica” con la que soñaba la propaganda del régimen. A la sombra de aquel eslogan intentaban aprovechar las tímidas aperturas concedidas por el régimen para recuperar la vida eclesial, favoreciendo así la continuidad de las instituciones eclesiales y la administración de los sacramentos necesarios para la vida de los fieles, a la luz del sol. Por ello, ya desde principios de los ochenta, la mayor parte de ellos enviaba a la Sede Apostólica por vías reservadas la petición de que se les reconociera como obispos legítimos para regularizar su situación desde el punto de vista canónico.

Una estación del Vía Crucis rezada por los fieles antes de la misa dominical
EL CORAZÓN OLVIDA
La Shanghai sin nuevos héroes es la decadente y liberty de la que el Bund es una buena muestra, a lo largo del margen izquierdo del Huangpu, donde los edificios de piedra de estilo europeo ahora albergan restaurantes de prestigio y sedes de representación de los colosos financieros chinos. Es la intelectual y complaciente que pasa sus noches de euforia en el New Heaven and Earth, el barrio postizo de edificios reconstruidos como las casas de principios del siglo XX, entre restaurantes italianos, locales de streaptease franceses, música latinoamericana, cervezas alemanas y talleres de diseño del nuevo arte de Shanghai. Pero es ante todo el corazón financiero de la megalópolis que hoy late con ritmo de taquicardia en Pudong, al otro lado del río, la vasta área donde el capitalismo extremo que sacude a la China poscomunista se ha encarnado en un proyecto urbanístico ciclópeo. Allí, en la periferia del corazón financiero de toda Asia, la pobre Iglesia de Jesucristo son el padre Giovanni Gong y sus mil feligreses de la Inmaculada, la nueva iglesia inaugurada en mayo. Una semilla inerme, perdida entre los rascacielos de vidrio y cemento y los complejos residenciales superprotegidos para los nuevos ricos. Donde, ante los nuevos tiempos, no es raro que aflore un sentimiento de inconfesada nostalgia por la época de heroico testimonio cristiano que ya pertenece al pasado.
Desde entonces, todo parece haber cambiado. Quienes entran hoy en Zikawei encuentran una iglesia como todas las demás,
a la que van libremente cristianos que ya no necesitan esconderse para rezar o comulgar. «Si están las iglesias abiertas, ¿por qué esconderse en casa para decir misa?
Por lo menos aquí, en Shangai, ya ha pasado la época de los heroísmos»
También el padre Giovanni, que esta
mañana está leyendo aquí el breviario y luego celebra
la eucaristía para sus cincuenta fieles de misa diaria, era uno de
los jóvenes seminaristas que después de la redada del 55 tuvo
que tragarse tres años de lecciones “reeducativas” sobre
el socialismo y las conjuras vaticanas impartidas por los maoístas
en el seminario de Zikawei. Luego, durante treinta años
esperó que pasara el huracán, siguiendo fiel a la promesa de
su juventud. No se casó, y en el 87 volvió al seminario de
Sheshan, el primero que volvió a abrir durante los años de la
apertura. Se hizo sacerdote solo en el 90, a la edad de 52 años.
Pero ahora que ya ve la China del mañana desde el observatorio
privilegiado de Pudong, no le salen las cuentas. «Cuando estaba a
punto de llegar la persecución, el obispo Gong Pinmei nos dijo que
estuviéramos preparados. Rezad al Señor, nos dijo, para que
os ayude a conservar la fe, que es el único tesoro. Hoy me parece
que nadie advierte este tesoro. Todos piensan en hacer dinero, trabajan
incluso doce horas al día. Para los jóvenes, incluso los de
familias cristianas, las historias de quienes han conservado la fe en
aquellos años difíciles son agua pasada. El corazón de
los hombres puede olvidarse también del pasado más
grande».
UNA A UNA
En Occidente, periodistas con fantasía pronostican una inminente explosión de espiritualidad cristiana en China, como corolario religioso de los extendidos procesos de homologación consumista actuales en el universo chino. Nada de esto se deja entrever hoy en las caras satisfechas y curiosas de la multitud que pulula por Shanghai, arrastradas por las agobiantes liturgias neoconsumistas de la megalópolis que no conoce el descanso. A veces llevan la cruz colgada del cuello para imitar a algún rapero local. Pero desde luego no saben nada de las jaculatorias en latín cantadas en los lágers, de la Asociación patriótica, del gobierno que espía, y mucho menos de los veinte años de fraternales rencores entre los cristianos “clandestinos” y los de las iglesias “abiertas”.
Tampoco Teresa sabía nada. Cuando era niña en Pekín, sus padres, funcionarios cumunistas, no le habían dicho nada, por supuesto. Porque además nunca estaban, entregados como estaban a su carrera política en Mongolia. Luego ella conoció a una amiga cristiana, comenzó a asistir a misa, recibió el bautismo a los veinticinco años. Cuenta que cuando le pidieron qué nombre cristiano iba a elegir, respondió que quería el de la santa más guapa. «La madrina me miró mal, pero luego me regaló un libro de la vida de Teresa de Lisieux… Cuando fui al extranjero, un cura de allí me preguntó si yo formaba parte de la Iglesia “subterránea”. Yo no entendía de qué hablaba. Respondí que en China yo no conocía iglesias construidas bajo tierra, que nunca las había visto en las estaciones de metro…». Ahora se mueve bien con el ritmo neohedonista de Shanghai. Le gusta trasnochar, en los talleres de los artistas, o descubrir nuevos restaurantes para llevar luego a amigos. Pero es ella la que está dibujando las escenas del Evangelio y los símbolos chinos en las vidrieras de la Catedral de Zikawei. Las mismas que fueron destruidas a pedradas por la Guardia Roja.

Momentos de la misa dominical celebrada por monseñor Giuseppe Xing en la Catedral de Zikawei, el pasado 10 de julio
Este es quizá el consuelo del nuevo obispo Giuseppe Xing cuando imagina los años que le esperan: no serán sus éxitos ni sus aciertos, pero ni siquiera sus errores ni sus límites los que decidan si la semilla de leticia cristiana esparcida por la tierra china, después de haber dado fruto incluso en el huracán de la persecución, se secarán o bien si podrá milagrosamente echar raíces, una a una, en los corazones atareados de hombres y mujeres de su inmensa ciudad llena de luces.