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AFRICA
Sacado del n. 05 - 2003

REPORTAJE

Nosotros, que no somos Harry Potter


Hasta las años ochenta no se había visto nunca en Kinshasa que las familias echaran de casa a sus hijos por considerarlos brujos. Pero, con la llegada de las sectas religiosas y con los éxodos causados por la guerra, el fenómeno se ha difundido de tal manera que ha creado un ejército de miles de niños de la calle que todos los días luchan por su supervivencia


por Danilo de Marco


En estas paginas, imagenes de muchachos de la calle en el barrio de Matete, en Kinshasa, donde proliferan centenares de sectas cristianas que, especulando con la desesperacion de la gente, han  dado lugar al fenomeno de los niños-brujos

En estas paginas, imagenes de muchachos de la calle en el barrio de Matete, en Kinshasa, donde proliferan centenares de sectas cristianas que, especulando con la desesperacion de la gente, han dado lugar al fenomeno de los niños-brujos

Al llegar a Kinshasa, capital de la República Democrática del Congo, y tras recorrer los treinta kilómetros que separan el aeropuerto del Bulevar 30 de Junio, única arteria central de la ciudad, uno se ve obligado a hundirse en la cité, la inmensa e incómoda ciudad pobre, hormiguero de casi seis millones de habitantes. La situación es tan degradante y el Gobierno tan corrupto, que hasta el pobrecillo que arregla el bache de la carretera, todos los días el mismo bache, para conseguir algún dinero de los automovilistas, debe pagar regularmente su “comisión” a la policía. La vida de la calle en Kinshasa es muy dura. Pese a ello, se estima que más de 40.000 muchachos viven a salto de mata, sin saber qué van a comer durante el día, dónde irán a dormir, cómo pasarán la incierta y peligrosa noche. Un “ejército de la calle” que no pertenece a la realidad cultural del Congo, antiguo Zaire, y que comenzó a formarse entre los años ochenta y noventa, cuando el régimen de Mobutu Sese Seko, después de treinta años, empezó a disolverse. Un hecho social que tiene su origen sobre todo en la pérdida de los valores tradicionales de la aldea africana y de la familia, que ha crecido por una situación económica cada vez más catastrófica, por la guerra que se sigue combatiendo en el noreste del país, pese a que el 17 de diciembre las facciones en lucha firmaran un acuerdo de paz en Pretoria.
Ndoki quiere decir brujo en el idioma indala. La enfermedad de un pariente, la pérdida del trabajo, una cosecha mala, se atribuyen generalmente a una brujería. La muerte, peor si es la de un joven –el africano no comprende la muerte de un joven– requiere explicaciones. La culpa es siempre de alguien que ha hecho mal de ojo o de un maleficio. Hasta un mal sueño provoca sospechas. En una situación estancada en las más miserables de las condiciones, cuando una familia con muchos hijos no logra comer, se hace posible acusar incluso al propio hijo de ser un ndoki… brujo endemoniado. De modo que muchos chicos no soportan vivir sobreviviendo. En estas condiciones la calle es para ellos el lugar de la libertad, el ambiente y el medio de socialización principal que substituye a la familia como integración y protección social.
La creencia en la brujería está muy difundida en África, pero en Kinshasa no se había hablado nunca de niños brujos. En los años ochenta, con la llegada de las sectas religiosas y con el desplazamiento forzado del campo a las ciudades debido a la marginación económica y a la guerra, este fenómeno se agudiza. La sectas han sabido leer muy bien en la psicología del africano que cree en las palabras y no en los hechos. Una religión fácil, exaltada, que se puede comprar con un dólar, con sus milagros en vivo y cánticos de grupo. Los pastores de estas sectas, que son muchas, comenzaron a prometer soluciones milagrosas y salvíficas. Pastores que se transforman en exorcistas y obligan a los niños a “vomitar al diablo”. Y si esto no sucede, es fácil acusar a uno de los numerosos hijos, generalmente el más débil, de ser el responsable, de practicar la brujería.
Toda desgracia familiar requiere un culpable. El año pasado varios centenares de muchachos fueron echados de sus casas en Mbuji-Mayi, una ciudad minera, acusados de haber hecho maleficios que causaron la caída del precio de los diamantes. Acusan a los niños de haber hecho de todo, incluso de haberse comido a su victima, después de haberla matado. Hoy la mayor parte de los muchachos de la calle viene de estas experiencias familiares. Pero la situación ha degenerado tanto que no es raro que casos de estos sucedan también en las familias pudientes.
Para los chicos y las chicas la vida de la calle es… la libertad, tras la experiencia traumática con su familia. El espacio abierto de la calle y la posibilidad de hacer lo que quieren es para ellos algo insustituible. Sólo siguiendo su frenético ir y venir se puede llegar a comprender su estado de libertad: a pesar de todo. Hay muchachos de la calle que tienen sólo 4 años. Pero la vida es dura y las características comunes a todos son la inseguridad, la homosexualidad, la explotación, la prostitución, el abuso de drogas, los malos tratos y la injuria. La mayor parte de los chicos de la calle de Matete, uno de los barrios más populosos de Kinshasa, maraña de heces donde viven más de 200.000 personas, pasa la noche durmiendo en los mercados y jardines públicos, algunos se reúne en la decadente estación ferroviaria de Matete, que aún tiene un tejado de lata. Para todos la noche significa angustia e incertidumbre. Durante el sueño, transeúntes mal intencionados les dan patadas, les tiran piedras y hasta le apagan cigarrillos sobre sus cuerpos. También la policía usa la violencia contra estos ladronzuelos. Los abusos y los malos tratos que viven y sufren los chicos y las chicas de la calle nacen precisamente de su régimen de vida, que se basa en la violencia. Los mayores roban a menudo el dinero a los pequeños y les obligan a relaciones homosexuales y castigos por las culpas cometidas o para ajustar cuentas. Muchas veces estos actos se cometen bajo el influjo de drogas: marihuana, alcohol, colas, drogas duras (heroína), valium, que se encuentran fácilmente en el mercado y muy baratas. Además del problema de los chicos de la calle está el de los niños-soldados. Fenómeno que se ha desarrollado sobre todo en el noreste, donde la guerra ha devastado territorios, ha terminado con animales (la muerte de más de nueve mil gorilas ha puesto esta especie en peligro de extinción) y aterrorizado a la población. La mayor parte de los niños-soldados no sabe leer. Arrancados con la violencia de sus pupitres a la edad de 7 u 8 años, armados con ametralladoras que a veces eran más grandes que ellos, han pasado a través de todas las experiencias: mujeres, droga, alcohol. Ser militar en el Congo, incluso a los 8 años, quiere decir mandar, quiere decir tener derechos ante los civiles, incluso el de matar. En 1997, cuando Kabila derrotó a Mobutu, entró en Kinshasa, tras haber recorrido andando más de dos mil kilómetros, un ejército de niños-soldados, todos en fila india como hormigas. Ahora hay un proyecto para desmovilizar y reinsertar a estos niños, que ya tienen casi 18 años, sigue en pie el problema de qué hacer con ellos, vistas las condiciones sociales y económicas del país. Además, estos jóvenes no quieren ser desmovilizados, y siguen manteniendo dos identidades, una con el nombre que tenían cuando eran soldados, y la otra, con el nombre civil. En fin, se siguen sintiendo soldados, fuertes, poderosos y superiores a sus coetáneos de la calle, a los que desprecian.

Niños de la calle y niños-soldados. Existe aún una relación entre estos chicos y la sociedad: todavía no se han formado bandas organizadas, pero ya están creciendo los primeros hijos de los chicos de la calle. Una bomba para el futuro. ¿Qué podemos esperar de jóvenes que la sociedad ha maltratado, marginado, violado, obligado cuando eran unos críos a matar sin motivo alguno, si no el motivo desconocido para ellos de proteger los privilegios de los señores de la guerra?
En torno a las riquezas mineras de Congo se sigue combatiendo la “primera guerra mundial africana”: oro, diamantes, volframio, pero sobre todo el coltan de cuya refinación se extrae el tantalio, elemento indispensable para fabricar los condensadores que se encuentran en todos los ordenadores, teléfonos móviles, playstations. Sin el coltan el mundo tecnológico se pararía.
Como escribía The New York Times magazine, «la historia del coltan está muy clara: la globalización estaba causando la ruina de un país desesperado. Por nuestra pasión, por nuestros juguetes electrónicos, las guerrillas se enriquecían, y a los indígenas se les pagaba una miseria por devastar el ecosistema local».
La juventud congoleña es una juventud desesperada, pero que aún escucha… antes de que sea demasiado tarde.



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