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SACRAMENTOS
Sacado del n. 05 - 2003

Entrevista a Walter Kasper

La Iglesia no se da la vida por sí sola


El presidente del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos interviene sobre la última encíclica del papa Ecclesia de Eucharistia


por Gianni Valente


El cardenal Walter Kasper

El cardenal Walter Kasper

La decimocuarta encíclica del papa Juan Pablo II es un documento que con palabras sobrias y persuasivas invita a fijarse en el «don de la misma santa humanidad de Jesús» que el Señor ofrece a su Iglesia en el sacramento de la Eucaristía. No es solamente una lista de prohibiciones o un manual de instrucciones. No va “contra” nadie. Y sobre todo no expresa ninguna actitud de presuntuoso orgullo doctrinal. Si la Iglesia, como sugiere el título del documento, vive de la Eucaristía, un don recibido por su naturaleza no puede convertirse en término de una posesión presuntuosa.
En esta entrevista, quien expresa con tales argumentaciones su propia gratitud por la última encíclica papal no es un nostálgico tradicionalista. El cardenal Walter Kasper es englobado a menudo en el ala “progresista” por los que gustan de dividir el Sacro Colegio según las categorías rígidas de la política. Desde marzo de 2001 es presidente del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos. Es, por tanto, el exponente de la Curia romana que más se interesa ex officio por las relaciones con los jefes de las demás Iglesias y comunidades eclesiales cristianas. Sus lúcidas y equilibradas consideraciones adquieren valor también en virtud del papel que desempeña, visto que hasta ahora las críticas más duras contra la Ecclesia de Eucharistia se han centrado sobre todo en el presunto anti-ecumenismo retrógrado de la encíclica.
Hay que añadir que la relación entre Iglesia y Eucaristía ha sido el tema central de las investigaciones y estudios que Kasper ha llevado a cabo en su larga actividad de profesor y estimado teólogo durante el periodo postconciliar.
Normalmente toda encíclica debería subrayar aspectos u ofrecer respuestas a preguntas actuales. Según usted, eminencia, ¿qué es lo que le ha sugerido al Papa que era el momento oportuno de escribir una encíclica sobre la Eucaristía?
WALTER KASPER: Más que poner en guardia sobre puntos determinados, la encíclica enfoca la condición general de la Iglesia que tenemos ante nuestros ojos. Asistimos en nuestros tiempos a un florecer de rituales producidos casi a ritmo comercial, mientras parece perderse la percepción misma de la especificidad histórica de los sacramentos cristianos. Usando una imagen que utilizó una vez el cardenal Danneels, asistimos a una especie de atrofia, de “ceguera”, que hace que ya no se perciba la sacramentalidad de la Iglesia, sobre todo en las tierras de antigua evangelización. El Concilio Vaticano II, con la constitución Lumen gentium y con la relativa a la liturgia, recordaba ya la naturaleza sacramental de la Iglesia. Pero luego se ha dado un empobrecimiento que no puede ser imputado al Concilio. Gracias también al diálogo con los hermanos protestantes hemos aprendido la importancia del ministerio de la Palabra. Pero mientras tanto los sacramentos corren el peligro de dejar de ser el centro de gravedad de la pastoral católica.
¿Ha encontrado en el texto de la encíclica pasajes que propongan con eficacia sintética la naturaleza sacramental de la Iglesia?
KASPER: Hay muchos. Por ejemplo, el párrafo 12 dice respecto a la Eucaristía que «la Iglesia vive continuamente del sacrificio redentor, y accede a él no solamente a través de un recuerdo lleno de fe, sino también en un contacto actual». La vida de gracia se transmite por contacto: esta es la dinámica propia de los sacramentos, que es evidente en la Eucaristía. El memorial celebrado en la Eucaristía no es solamente el recuerdo de un hecho pasado sobre el que cultivar reflexiones religiosas subjetivas: en el párrafo 11 se dice que la Eucaristía «no sólo lo evoca sino que lo hace sacramentalmente presente», refiriéndose al acontecimiento de la pasión y muerte del Señor. El reconocimiento de este contenido objetivo, real del memorial eucarístico ayuda también en el diálogo con los luteranos, para hacerles reconocer también a ellos el valor sacrificial de la celebración eucarística.
¿De qué modo?
KASPER: En el pasado los luteranos entendieron a menudo nuestro reconocimiento del carácter sacrificial de la celebración eucarística como una multiplicación del hecho único, singular, no reproducible de la pasión del Señor. Pero la Iglesia católica reconoce que el acontecimiento único, singular de la pasión y muerte de Jesús no puede ser repetido. Es el mismo acontecimiento que de modo sacramental, y por tanto misterioso, se hace presente en la celebración litúrgica. La Eucaristía es el don presente de la misma santa humanidad de Jesús, y no una representación metafórica de aquel don escenificada por los hombres. Quien come el pan eucarístico entra en contacto personal con el mismo único sacrificio de Jesucristo. La encíclica sigue en el párrafo 12 las enseñanzas del Concilio de Trento, cuando reconoce que «la Misa hace presente el sacrificio de la Cruz, no se le añade y no lo multiplica». Y cita también una hermosa frase de san Juan Crisóstomo: «Nosotros ofrecemos siempre el mismo Cordero, y no uno hoy y otro mañana, sino siempre el mismo. Por esta razón el sacrificio es siempre uno sólo».
El documento papal se detiene mucho en la Eucaristía como sacrificio, poniendo en guardia sobre interpretaciones restrictivas…
KASPER: En el párrafo 13 se repite que «la Eucaristía es sacrificio en sentido propio y no sólo en sentido genérico», como si Cristo se hubiera ofrecido en sentido metafórico, como «alimento espiritual» para los fieles. El sacrificio de Cristo es un don del Hijo al Padre y a nosotros. Reducirlo a un banquete fraternal para recordar un hecho del pasado es una trivialidad.
En el relativismo general, algunos esperan que la Iglesia reafirme sus propias certezas con una actitud casi de desafío. Desean que surja una especie de “orgullo católico” que se complace de la posesión de sus dogmas. ¿Le parece que este documento está condicionado por esta corriente cultural-eclesial?
KASPER: Todo lo contrario. Cuando la Iglesia repite sus verdades de fe, no hace nunca una afirmación presuntuosa de sí, como si las verdades de fe fueran una posesión suya. La fe cristiana, dice santo Tomás de Aquino, es «perceptio veritatis tendens in ipsam». Es reconocer la verdad tendiendo hacia ella, pidiéndola. En este caso son un ejemplo los hermanos ortodoxos, para los cuales la repetición de las verdades de fe puede darse sólo como doxología, es decir, como oración de súplica y de acción de gracias al Señor y al Espíritu Santo en la celebración litúrgica. También esta encíclica me parece marcada por referencias a la petición, a la oración, a la humilde espera en lo que el Señor mismo obra a través del sacramento de la Eucaristía. Por ejemplo, en el párrafo 18, se habla de la proyección escatológica que marca la celebración eucarística «en la espera de tu venida». Y citando una antífona de la solemnidad del Corpus Christi, se define la Eucaristía como la anticipación en esta tierra del Paraíso, «prenda de la gloria futura».
En fin, también repetir las verdades de fe es un modo de rezar y no el ejercicio de una posesión presuntuosa…
KASPER: Dice san Buenaventura: nosotros no poseemos la verdad, es la verdad la que nos posee. El dogma es como el dedo apuntado hacia el misterio. Lo que cuenta es la realidad del Misterio, lo que el Misterio mismo hace, y que se da antes de la definición dogmática. La Tradición, el depositum fidei, la custodia de las verdades de fe es esencial en la vida de la Iglesia. Pero el “tesoro” al que remiten y aluden todas las fórmulas de fe conservadas por la Tradición es Cristo. Es Él quien “tradit”, quien trasmite la vida a la Iglesia de generación en generación. Él es el sujeto de la Tradición. El magisterio eclesiástico es solamente un humilde servidor de su acción. Y la fe no se queda en la repetición de las fórmulas, sino que es el reconocimiento de la realidad que indican las fórmulas. En resumen, cuando repetimos los dogmas, cuando, por ejemplo, rezamos el Credo, estamos haciendo ante todo un gesto de plegaria, de súplica al Espíritu. No afirmamos una posesión nuestra.
La vida de gracia se transmite por contacto: esta es la dinámica propia de los sacramentos, que es evidente en la Eucaristía […] La Eucaristía es el don presente de la misma santa humanidad de Jesús
Un capítulo de la encíclica lleva por título “La Eucaristía edifica la Iglesia”. ¿Qué le sugiere esta imagen?
KASPER: El redescubrimiento de los Padres de la Iglesia, debido también a Henri de Lubac, ha ofrecido nuevas ideas para comprender la conexión entre Iglesia y Eucaristía. La Iglesia celebra la Eucaristía, pero la Iglesia misma vive de la Eucaristía. En toda la encíclica está presente el reconocimiento de que la Iglesia no se da la vida por sí sola, no se edifica a sí misma, no se autoproduce. La Iglesia no es un órgano meramente exterior creado por la comunidad de los creyentes, ni es una especie de hipóstasis trascendente que casi preexiste a la obra en acto de Cristo en el mundo. Y la comunión no es una agregación voluntariosa de fieles. Vive de la participación en una realidad preexistente, que hay antes y que sale al encuentro desde fuera.
Pablo VI, en el Credo del pueblo de Dios, citado también en la encíclica, escribía que la Iglesia «no goza de otra vida que de la vida de la gracia».
KASPER: En el párrafo 23 de la encíclica está escrito: «La acción conjunta e inseparable del Hijo y del Espíritu Santo, que está en el origen de la Iglesia, de su constitución y de su permanencia, continúa en la Eucaristía». Gracias también al último Concilio ecuménico hemos descubierto la importancia de la epiclesis, es decir, de la oración eucarística en la que el sacerdote pide al Padre que envíe su Espíritu para que el pan y el vino se conviertan en el cuerpo y la sangre de Jesucristo. No es el sacerdote quien realiza la transubstanciación: el sacerdote invoca al Padre, para que ésta se cumpla por obra del Espíritu Santo. Podemos decir que toda la Iglesia es una epiclesis.
Y, sin embargo, asistiendo a la misa, a veces se tiene la impresión de que la comunidad, más que invocar el don del Espíritu, celebra a sí misma.
KASPER: Es una tentación real, que aflora en muchos ámbitos eclesiásticos, cuando se dice, por ejemplo, que se quiere construir la Iglesia “desde abajo”. En sentido propio no se puede “hacer” Iglesia, “organizar” Iglesia. Porque la communio no viene de abajo, es gracia y don que viene de arriba.
¿No se da pie, de este modo, a las críticas sobre la organización piramidal de la Iglesia?
KASPER: Pero “de arriba” quiere decir del Espíritu Santo, no de la jerarquía. La Iglesia no se puede “hacer” desde bajo, pero tampoco desde la cúpula. Ni siquiera la jerarquía, el Papa, los obispos pueden pensar que son ellos los que “producen” la Iglesia. De hecho, la tentación de “hacer Iglesia” no está sólo en las comunidades de base y en los grupos parroquiales. Se manifiesta también en los niveles más altos de la institución eclesiástica, o en las academias teológicas, como cuando la misma celebración eucarística queda reducida a una pretexto para “programar”, para construir sobre ella programas pastorales. En esto la Ecclesia de Eucharistia ofrece buenas dosis de antídoto.
La encíclica propone de nuevo con fuerza el papel indispensable del sacerdote en la celebración eucarística. Algunos ven en ello una vuelta a la sumisión de la comunidad a los clérigos…
KASPER: Yo lo veo de otra manera. El sujeto de la liturgia es Jesucristo. El sacerdote celebra in persona Christi: es el siervo, aquel que da la voz a Cristo. Cuando dice: «Este es mi cuerpo, esta es mi sangre», el cuerpo y la sangre ofrecidos, no son, desde luego, los suyos. Además, si se presenta correctamente, también la cuestión de la necesidad del ministro ordenado para celebrar la Eucaristía puede superar las objeciones de carácter ecuménico.
¿De qué modo?
KASPER: Como se dice en el párrafo 29, la comunidad no puede darse por sí sola el ministro ordenado. El sacerdote le es enviado como un don que supera las posibilidades de la comunidad, y que ella recibe «a través de la sucesión episcopal que se remonta a los Apóstoles». En esta perspectiva, la necesidad del ministro ordenado es una señal que sugiere y hace saborear también la gratuidad del sacramento eucarístico. Da testimonio de que la comunidad no puede darse por sí sola la Eucaristía. No puede producirla como una prestación propia. Como sacando de sí misma con su propio esfuerzo algo que le es inmanente.
’n el capítulo titulado “Eucaristía y comunión eclesial”, se reafirma que para recibir la comunión hay que estar libre del peso del pecado mortal.
KASPER: San Pablo en la primera carta a los Corintios escribe que uno, cuando accede a la Eucaristía, se prueba a sí mismo. La Eucaristía y el sacramento de la confesión de los pecados están obligatoriamente relacionados. Mi padre, hace muchos años, no iba a comulgar todos los domingos si antes no se había confesado, y quizá podía parecer algo exagerado. Pero ahora me parece que se está exagerando en sentido contrario. No se puede comulgar sin tener en cuenta el estado de la propia conciencia.
El documento propone la norma del Código de derecho canónico según la cual no pueden ser admitidos a la comunión eucarística todos los que «obstinadamente persisten en un manifiesto pecado grave». En 1993 tuvieron mucha resonancia sus aperturas y las del cardenal Lehmann, entonces obispo, sobre la posibilidad de administrar sacramentos a personas divorciadas que se habían vuelto a casar…
KASPER: No deseo hablar de aquella discusión. Pero entonces no decíamos que todos los divorciados que se vuelven a casar, vistos como categoría sociológica, pueden acceder a la Eucaristía. Solamente sugeríamos que a la hora de examinar cada caso es oportuno un discernimiento pastoral. La regla debe mantenerse, así como es necesario que quien pide acceder a los sacramentos manifieste un propósito de conversión sincero. Pero hay casos en que, por ejemplo, algunos no consiguen presentar las pruebas de la nulidad de su matrimonio, nulidad de la que están seguros.
El cardenal Ratzinger, hace tiempo, escribió que también la Congregación para la doctrina de la fe estaba estudiando la cuestión de que «si de verdad todo matrimonio entre dos bautizados es ipso facto un matrimonio sacramento», vista la total inconsciencia con la que a menudo se casa la gente…
KASPER: Muchos se casan ignorado las condiciones y los deberes matrimoniales a los que tiene que dar su asentimiento. Como el vínculo de la indisolubilidad. Es una situación que hay que tener en cuenta, cuando se deben juzgar casos delicados.
El quinto capítulo invita a cuidar el decoro litúrgico de la celebración eucarística. ¿Le parece una advertencia conveniente en estos tiempos?
KASPER: Me parece interesante reafirmar que la liturgia no es una propiedad privada, no es una tierra de nadie donde experimentar la propia creatividad. Ya antes del Concilio existían las llamadas “misas privadas” que se celebraban de un modo poco digno. Ahora este toque de atención a la sobriedad de las reglas litúrgicas de la Iglesia me parece aún más oportuno.
La encíclica señala como modelo a los sacerdotes y comunidades que siguiendo fielmente las normas litúrgicas «demuestran de manera silenciosa pero elocuente su amor por la Iglesia»…
KASPER: Es también una cuestión de estética. La continua creatividad litúrgica da lugar a menudo a ritos estéticamente deprimentes. Y además, si hablamos de Eucaristía, inventar nuevas oraciones eucarísticas puede expresar una forma de presunción. La celebración es celebración de la Iglesia, no es mi celebración. Se celebra en nombre de la Iglesia, y por esto es ventajoso seguir la disciplina de la Iglesia. No se me pasaría nunca por la cabeza confiar la invocación al Espíritu a una nueva oración eucarística inventada por mí…
La encíclica invita también a continuar la práctica de la adoración eucarística. Algunos ven en esta sugerencia un elemento anti-ecuménico, señalando que se trata de una devoción desconocida a la tradición ortodoxa y que fue la “bandera” de la pastoral anti-protestante…
KASPER: La encíclica no hace más que constatar lo que se verifica espontáneamente. Es el mismo pueblo de Dios que recurre a las prácticas que alimentan y animan su vida de fe. Son devociones que después del Concilio habían sido arrinconadas, quizá por un exceso de intelectualismo. Ahora también en Alemania muchas parroquias y seminarios practican la adoración eucarística. Una devoción que recuerda también la dimensión del Misterio y que la misa no es sólo un banquete fraternal.
La fe cristiana, dice santo Tomás de Aquino, es reconocer la verdad tendiendo hacia ella, pidiéndola. En este caso son un ejemplo los hermanos ortodoxos, para los cuales la repetición de las verdades de fe puede darse sólo como doxología, es decir, como oración de súplica y de acción de gracias
Vayamos al tema que por “motivos profesionales” sigue usted más de cerca. ¿Cuáles son las consecuencias de la encíclica desde el punto de vista ecuménico?
KASPER: Es equivocado afirmar, como han hecho algunos protestantes, que esta encíclica puede crear problemas al camino ecuménico. Otros, como Manfred Kock, presidente del Consejo de la Iglesia evangélica en Alemania, han reconocido con realismo que el documento no significa ningún paso atrás y que se limita a repetir la rigurosa normativa católica en las relaciones con los cristianos de otras Iglesias y comunidades eclesiales en lo tocante a la celebración eucarística, expresada anteriormente en el Catecismo de la Iglesia católica, en el Directorio sobre el ecumenismo y en los dos Códigos de derecho canónico.
A pesar de las inexactitudes contenidas en muchos comentarios, la encíclica reafirma también que en casos individuales y en circunstancias particulares un protestante puede recibir la Eucaristía en una celebración católica siempre que esté «bien dispuesto». ¿Cómo puede medirse su “buena disposición”?
KASPER: Digo siempre que en casos de grave necesidad espiritual debe ser capaz de decir «amén» al sacerdote que le ofrece la Eucaristía. Debe poder decir «amén» a la presencia real del cuerpo y de la sangre de Cristo en las especies eucarísticas, consagradas durante una misa en la que se reza por el Papa, citando su nombre. Una misa en la que se reza a la Virgen y se invoca a los santos. Si se siente en conciencia de decir «amén» a todo esto, quiere decir que está bien dispuesto…
Y con los ortodoxos, ¿cómo van las cosas respecto a la recíproca hospitalidad eucarística?
KASPER: Con los ortodoxos compartimos los sacramentos válidos y la misma fe eucarística. La hospitalidad eucarística tiene menos problemas desde el punto de vista doctrinal. Lo que en este momento sugiere cautela son sobre todo valoraciones de oportunidad eclesial. Hay que evitar que los casos de hospitalidad eucarística puedan ser interpretados como manifestaciones de proselitismo.
Dicen que también han inspirado esta encíclica las preocupaciones provocadas por las celebraciones ecuménicas en las que se practica la llamada “intercomunión”. Y que la próxima sesión unificada del Katholikentag y del Kirchentag en Alemania (las reuniones periódicas del laicado católico y del protestante) podría ser el pretexto para celebraciones de este tipo…
KASPER: Sobre este punto los obispos alemanes han hablado claramente, han dicho que no está permitido. Pero no es solamente un problema alemán. Muchos obispos de todo el mundo aluden a él, cuando vienen a Roma para las visitas ad límina. De los reformados nos separa una clara distancia respecto al ministerio ordenado y a la doctrina eucarística. Mientras que con los luteranos existe una posibilidad de acercamiento. Aunque estamos lejos de un verdadero consenso.
¿En qué se basa este acercamiento con los luteranos?
KASPER: Los luteranos creen en la presencia real del cuerpo y de la sangre de Cristo. Para los verdaderos luteranos está claro que Jesucristo está presente en humanidad y divinidad en las especies eucarísticas consagradas en la celebración. Plantean objeciones sobre la definición de “transubstanciación”. Y tienen reservas sobre la permanencia real de Jesucristo en la Eucaristía al terminar la celebración eucarística. Pero sobre este último punto el debate entre ellos sigue abierto y podría llegar a nuevos resultados.
Precisamente con los luteranos y en lo tocante a la doctrina de la justificación, un enfoque tranquilo, realista y meditado de los textos del Concilio de Trento y de sus primeras confesiones de fe llevaron al histórico acuerdo firmado en octubre de 1999. ¿Puede pasar algo parecido respecto a la doctrina sobre la Eucaristía?
KASPER: Esta es mi esperanza: llegar un día a un acuerdo con los luteranos sobre la doctrina eucarística semejante al que se hizo sobre la justificación. Pero todavía hay cuestiones abiertas, así que es mejor no hacer previsiones.
La última pregunta: ¿qué cita de la encíclica le ha gustado más?
KASPER: Son todas interesantes: las de los Padres, las del Concilio de Trento, las muchas citas del Concilio Vaticano II… Como ecumenista me parece muy acertada la decisión de citar varias veces a san Juan Crisóstomo, al cual se remonta la liturgia celebrada por muchas Iglesias ortodoxas. Me parece una buena señal ecuménica.




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