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EDITORIAL
Sacado del n. 05 - 2003

Intervención del senador Giulio Andreotti en el congreso “Cuarenta años después de la Pacem in terris"

Pacem in terris y acción política


Intervención del senador Giulio Andreotti en el congreso “Cuarenta años después de la Pacem in terris: los nuevos signos de los tiempos”, Pontificia Universidad Lateranense, Roma, 11 de abril de 2003


Giulio Andreotti


Mientras celebramos la Pacem in terris y la iluminadora y oportuna llamada del Santo Padre en su Mensaje de Año Nuevo de este triste y atormentado 2003, considero un deber recordar aquí el reiterado apoyo que la Santa Sede siempre ha dado a la inspiración y elaboración de una política exterior planteada rigurosamente en términos de solidaridad y paz.
Arranco de los años degasperianos. Pesaba duramente sobre Italia la herencia de la guerra "fascista"; y, pese a la participación del ejército italiano junto a los aliados poquísimas semanas después de la publicación del armisticio (nos lo recuerda el cementerio de Montelungo, en la llanura de Cassino), un gélido aislamiento se cernía sobre nosotros. Las puertas de la ONU (la nueva Sociedad de Naciones) se abrirían sólo en 1955, si bien en 1949 ya nos habíamos adherido a la Alianza Atlántica tras una valiente batalla parlamentaria interior, en la que —aquí va mi primer "recuerdo" en esta gratificante participación en el convenio promovido por monseñor Fisichella— además de la hostilidad de la oposición socialista y comunista se tuvieron que superar algunos desacuerdos en la mayoría. El artículo 11 de nuestra Constitución, que repudia la guerra, había sido recibido con entusiasmo, como requería la tradición religiosa popular que rechaza en sus oraciones la guerra junto con la peste y el hambre. La idea de un pacto militar no pertenecía a los ambientes católicos, prescindiendo de la desconfianza, que seguía aún viva, de la propaganda sobre el eje Roma-Berlín-Tokio y todo lo que eso suponía. Convencer de que sólo mediante un fuerte entendimiento armado entre las dos orillas del Atlántico se podía bloquear el expansionismo de los soviéticos no era fácil. Incluso dentro de la Democracia Cristiana había recelos, en personas espiritualmente ejemplares como Igino Giordani.
Mientras celebramos la Pacem in terris y la iluminadora y oportuna llamada del Santo Padre en su Mensaje de Año Nuevo de este triste y atormentado 2003, considero un deber recordar aquí el reiterado apoyo que la Santa Sede siempre ha dado a la inspiración y elaboración de una política exterior planteada rigurosamente en términos de solidaridad y paz
No fue suficiente la iniciativa del cardenal Spellman ante algunos obispos italianos para aclarar las cosas. Recuerdo que el arzobispo de Nueva York venía desarrollando desde 1943 una preciosa acción filoitaliana ante el Departamento de Estado. Sin embargo, se hacía necesario que Pío XII en persona aceptara la idea de la alianza defensiva.
Creo que se debe a monseñor Montini un consejo precioso dado a De Gasperi: conseguir que el Papa recibiera al embajador italiano en Washington, que conocía en profundidad toda la temática, incluidas las dificultades del Congreso americano, por la impertérrita desconfianza a la hora de asumir compromisos externos: recordemos el conocido aislacionismo del presidente Wilson que, en su tiempo, había impedido la adhesión de los Estados Unidos a la Sociedad de Naciones.
En su libro Dieci anni tra Roma e Washington el embajador Alberto Tarchiani refiere la audiencia con estas palabras: "En un viaje que hice a Italia —en el verano de 1948— me dijeron en la sede del Gobierno italiano que una de las razones del titubeo gubernamental era el parecer del Vaticano, contrario a nuestra entrada en el Bloque atlántico. Pensé que se hacía necesario ir a escuchar directamente lo que pensaba Pío XII, si tenía la amabilidad de hacérmelo entender. Me recibió el 8 de septiembre en Castel Gandolfo, y con gran benevolencia me dedicó más de cuarenta minutos. No refiero aquella conversación, pero puedo atestiguar que el Santo Padre, aun permaneciendo fiel a la doctrina de la fraternidad y la paz en el mundo, era completamente contrario a la idea de que Italia, en caso de guerra, tuviera que pasar —por la incapacidad de defenderse— "bajo el telón de acero". La repito porque era una aspiración obvia, por lo demás reflejada en tantos actos públicos y mensajes oficiales y oficiosos del Pontífice y de la Santa Sede. Cuando le comenté a De Gasperi el estado de ánimo del Papa me dijo que no tuviera dudas, ya que sabía hasta qué punto sus opiniones eran claras y decididas. Se derrumbaba de este modo la leyenda de que el Santo Padre se oponía a las formas más adecuadas y eficaces para la defensa del país, y también, implícitamente, de la Iglesia".
Hasta aquí la versión, por decirlo así, oficial.
Por lo que recuerdo, de la audiencia no se dio noticia oficial, pero el día siguiente L’Osservatore Romano dedicaba en su primera página un amplio artículo sobre los desórdenes que se estaban produciendo en la zona roja de Berlín. No es difícil imaginar los recuerdos que evocaban en Pío XII estas noticias germánicas.
La audiencia, de todos modos, dio sus frutos. Tarchiani le había planteado al Santo Padre el problema con toda exactitud: la Europa libre, pero sola, no estaba en condiciones de afrontar militarmente a la Unión Soviética, que, entre otras cosas, en caso de ataque podría contar con la cooperación (o por lo menos, con la no beligerancia) de los importantes partidos comunistas occidentales. La defenestración —término macabramente exacto— del gobierno democrático checoslovaco testimoniaba que había que desconfiar.
Las instrucciones que siguieron produjeron un efecto inmediato. Al Papa le había asombrado la lucidez del análisis del laicísimo embajador Tarchiani y la ineluctabilidad del remedio defensivo. Era seguro que la alianza euroamericana que se estaba elaborando era eso, defensiva.
En nuestros grupos parlamentarios —Senado y Cámara de diputados— el sí a De Gasperi, que antes se le negaba, fue cosa hecha.
El día de la caída del muro de Berlín e, inmediatamente después, el día de la disolución del imperio soviético, sin que se disparara un sólo cañonazo y sin que hubiera habido ni siquiera un intento de agresión por parte de la OTAN, pese a las provocaciones (recordemos las crisis de Berlín), los supervivientes de 1949 sentimos nuestro agradecimiento por Pío XII y monseñor Montini; de este último encontraremos más tardes huellas de esto en otras decisiones de gran altura que tomaría después, una en especial después de ser elegido Papa.


Monseñor Montini, cuya amistad con De Gasperi es bien sabida, había vivido la pasión con que el presidente había trabajado para otorgar organicidad a la parte europea de la defensa común, mediante un Tratado de integración: la CED (Comunidad Europea de Defensa). Por desgracia, la difícil situación interior de Italia y la derrota del último gobierno de De Gasperi en julio de 1953 impidieron que Italia ratificara el Tratado, que posteriormente fue aniquilado por Francia tras la muerte de nuestro presidente en agosto de 1954.
Cuando comenzaron los intentos de retomar, esta vez en un ámbito económico, un plano de entendimiento comunitario europeo, monseñor Montini —hablando con Moro, con Taviani y con otros de nosotros, ex militantes de la FUCI, con quienes seguía manteniendo una relación iluminadora— sostuvo fieramente que no podíamos limitarnos a acuerdos mercantiles, y que se había de crear una comunidad política y cultural. Desde que en 1957 comienza la Comunidad Económica Europea fue constante este planteamiento, que, por lo demás, será el eje central del apoyo de la Santa Sede a la Europa unida, expresado reiteradamente por los papas, antes y después de Pablo VI, aunque de manera especial por el papa Montini, como fue recordado en un inolvidable congreso celebrado sobre este tema en Milán, y como ha documentado monseñor Macchi en sus puntuales publicaciones biográficas.

Aquí arriba, Juan XXIII lee un mensaje radiofónico en 1962

Aquí arriba, Juan XXIII lee un mensaje radiofónico en 1962


Pero existe también otro punto clave en nuestra política exterior, aún más estrechamente ligado a la acción vaticana. Me refiero al Acto para la Cooperación y la Seguridad europeas, firmado en Helsinki en 1975 por todos los Estados de nuestro viejo continente (salvo Albania), incluida la Santa Sede, en la persona del cardenal Casaroli.
La primera idea a este respecto fue lanzada algunos años antes por Moscú con la intención principal de conseguir que los confines fijados tras la Segunda Guerra fueran definitivos. Al principio, ratione originis, hubo alguna que otra desconfianza. Pero cuando en 1972 fui de visita oficial a la Unión Soviética, Gromyko especialmente me habló del tema con mucha objetividad y dando elementos de reflexión, en los que posteriormente pude profundizar con el presidente Nixon. Richard Nixon fue un gran presidente de los Estados Unidos, que llevó a cabo el reconocimiento de China manteniendo relaciones distendidas con Moscú. En este clima fue bien acogida la idea de un protocolo euroamericano, que no era un tratado, sino una solemne declaración de intenciones que, como ya he dicho, fue firmada en la capital finlandesa en 1975.
Nixon fue alejado del poder en agosto de 1974, pero ya la idea americana sobre el tema de la CSCE estaba formada; bajo la presidencia de Gerald Ford se concretaron los lazos con Europa. Será George Bush quien firmará en 1990 la transformación de la CSCE en OSCE.
Aldo Moro, quien en 1975 firmó como presidente del Gobierno italiano y como presidente de turno de la Comunidad Europea, respondió claramente a quienes planteaban críticas porque veían una contradicción en la postura soviética; ya que precisamente en aquellos días los soviéticos había reafirmado la soberanía limitada|de los países del Pacto de Varsovia. Breznev pasará _dijo Moro— pero la semilla que hemos sembrado dará un día sus frutos.
Efectivamente, veinticinco años más tarde —tras la desaparición de Breznev, la caída del muro de Berlín y la liquidación del imperio del Este—, en noviembre de 1990 se le dio en París al compromiso de cooperación la forma de un Tratado, denominado Carta de la Nueva Europa. Por desgracia, Moro ya no estaba entre nosotros, y tampoco Pablo VI, que cuando la firma de Helsinki se mantuvo en estrecho contacto con Moro, y que sabemos que tuvo que convencer a una parte de la Curia romana. Es interesante recordar que un sólo personaje firmó tanto en Helsinki como en París: el cardenal Casaroli, acompañado en ambos casos por monseñor Achille Silvestrini.
Desde el punto de vista intergubernamental, la actividad de esta Organización no ha sido digna de nota, pero su asamblea parlamentaria ha funcionado y sigue funcionando bien: con una atenta participación de los diputados y senadores americanos, que no existe ya en otros organismos, como la Unión interparlamentaria. Creo que en un momento de crisis profunda de las instituciones internacionales, en que se le ha quitado prestigio a la Organización de las Naciones Unidas, de laceraciones políticas dentro de la Unión Europea (en dramático contraste con su ampliación), de difícil coloquio con América, creo que un empuje que le devuelva (o simplemente le dé) fuerza a la OSCE podría representar, contra las tendencias a la disgregación y aislamiento entre los continentes, la solución para que la humanidad reemprenda esta cuesta arriba, que desde luego no podrán solucionar las guerras.



El cuarto elemento adoptado y cultivado por Italia en constante armonía, e incluso a menudo secundando el empuje vaticano, está relacionado con las ayudas a los países en vías de desarrollo, y especialmente, con la supresión de su deuda. Sobre este tema Juan Pablo II ha intervenido decididamente varias veces, incluyendo aquí la exhortación a los parlamentarios y administradores públicos reunidos durante el Jubileo de 2000. Por desgracia, el compromiso adoptado, incluso en organismos internacionales, de dedicar a los países más pobres una parte, aunque fuera pequeña, del producto interior bruto no se ha respetado si no en pequeña parte. Sin embargo, recientemente se le ha vuelto a dar un nuevo empuje tanto en el Parlamento italiano como en organismos internacionales; sigue siendo un elemento fuera de discusión incluso para la salvaguardia de la paz, que no puede ser más que obra de justicia.
Son conclusiones que, por desgracia, siguen siendo de dolorosa actualidad. Sin confundir el ámbito civil y nuestra pertenencia a la comunidad cristiana, creo que no existen alternativas válidas para cumplir nuestros deberes políticos fuera del inflexible servicio a la paz para todas las gentes que hay que construir, como dice la encíclica que estamos recordando:…
En conjunto, la cuota italiana ha sido igual a una media del 19% de las deudas de los países beneficiarios. Específicamente, Italia ha anulado el 78% de la deuda de Uganda, el 28% de la de Etiopía y el 23% de la de Mozambique. Con tres acuerdos (Tanzania, Burkina Faso y Mauritania) se procedió a su cancelación total.
Sin embargo, hemos de destacar que cuando el Papa pide que se intervenga está moralmente sostenido también por las misiones católicas que actúan en los continentes a favor del crecimiento de tantos pueblos desheredados, a veces pagando con el sacrificio.
Hace algunos años, cuando estábamos reuniendo a los ministros de Sanidad de Latinoamérica para concordar un programa italiano de ayuda, invitamos a que asistiera al obispo de Recife, monseñor Hélder Câmara. Despertó profunda emoción con su oración a Dios, que creó el mundo, y no un primer, un segundo y un tercer mundo.

Permítaseme una puntualización, por así decir, terminológica. Al principio de dos grandes encíclicas hallamos la misma palabra. La Rerum novarum de León XIII habla de la "ardiente codicia de cosas nuevas que ha comenzado a agitar a los pueblos". La Pacem in terris comienza diciendo: "Todos los hombres que en todos los tiempos "cupidissime appetiverunt pacem"". Merece una reflexión.
¿Conseguirán las nuevas generaciones encarrilar por el sendero justo su cupiditas?



Hace trece años tuve el honor de hablar en un convenio en Bérgamo sobre "La paz hoy: aspiraciones de los pueblos y responsabilidad de los gobiernos". Quiero releer aquí la conclusión:
"Reunidos aquí en el centenario del nacimiento de Angelo Roncalli, en un momento en el que el corazón de todos los hombres está turbado (quizá no sea síntoma de cobardía tener miedo), sentimos sobrevolar sobre nosotros su tranquilizador optimismo, su confianza anclada en el Único que no tiembla ni traiciona. Sube espontáneamente hasta nuestros labios la oración: quédate con nosotros, papa Juan, porque es de noche, una noche muy oscura".
Son conclusiones que, por desgracia, siguen siendo de dolorosa actualidad.
Sin confundir el ámbito civil y nuestra pertenencia a la comunidad cristiana, creo que no existen alternativas válidas para cumplir nuestros deberes políticos fuera del inflexible servicio a la paz para todas las gentes que hay que construir, como dice la encíclica que estamos recordando: en la verdad, en la justicia, en la caridad y en la libertad.
Los papas no disponen de tropas, pero tienen las legiones de la caridad operante, y, más en general, pueden armar los espíritus. Como está haciendo con una profundidad extraordinaria Juan Pablo II, que es el único punto fijo en un mundo desorientado y extraviado. ¡Que Jesús ayude a su Vicario en la tierra!





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