Veintiún cardenales hablan del nuevo Papa
Parte II
Preside en la
caridad

por el cardenal Justin Francis Rigali
arzobispo de Filadelfia
En su primer discurso el Santo Padre manifestó dos sentimientos. Por un lado, un sentimiento de incapacidad y de turbación humana; por el otro, confesó su confianza, «in Te speravi, Domine», y admitió que la confianza es más grande que el miedo. El papa Benedicto confía en que ha sido el Señor quien le ha llamado mediante los cardenales, pero yo diría que también mediante todas las oraciones de la Iglesia, de las personas que han respaldado a los cardenales con la solidaridad de su oración.
Tiene gran confianza en que Dios le ayudará, que comenzará en él una buena obra, según las palabras de san Pablo.
La Iglesia está llena de esperanza; el Señor ha llamado, el Señor dará la gracia, ayudará al papa Benedicto a llevar a cabo el trabajo que ha comenzado en su vida, en su ministerio sacerdotal. ¿Durante cuántos años? Nadie lo puede establecer.
El Papa ha manifestado ya su deseo de seguir el camino del Concilio Vaticano II, y esto es muy hermoso, porque fue el mismo papa Juan XXIII quien expresó cuál es el fin del Concilio. El 8 de octubre de 1962 estaba presente cuando el papa Roncalli dijo que el Concilio había sido convocado principalmente «para que el depósito de la fe sea custodiado y enseñado de forma cada vez más eficaz». Existían, por supuesto, otros fines, importantísimos, no cabe duda, come el ecumenismo, pero ese era el primero.
El papa Ratzinger tiene gran experiencia, porque Juan Pablo II lo eligió como prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, y en todos estos años ha trabajado por la fe de la Iglesia, con la solicitud de custodiarla y enseñarla de forma cada vez más eficaz. Ahora como papa puede seguir custodiando la fe, y para él es fácil prometer fidelidad al Concilio, porque en estos años ha vivido la realización del Concilio. Esta es la tarea a la que se ha dedicado hasta ahora. Y por lo que respecta al ecumenismo, la realidad de la unidad visible en la fe y en el amor de todos los cristianos será objeto de su solicitud; y bajo la gracia del Espíritu Santo, el Papa llevará a cabo lo que tanto significaba para Juan Pablo II y Pablo VI: recordemos el testamento del papa Montini en el que pedía que siguiera adelante el trabajo del ecumenismo.
El nuevo Papa es consciente de que es el obispo de Roma, sabe que el cometido de ser «episcopus catholicae Ecclesiae», obispo de la Iglesia católica, significa ser obispo de todos los obispos: he aquí la colegialidad, de la que ya ha hablado. Sabe muy bien que como sucesor de Pedro posee la plenitud del sagrado poder, pero este poder pleno, de modo misterioso, también es compartido por los obispos, puesto que el Señor confió su Iglesia a Pedro junto con los obispos, el poder se ejerce “cum Petro et sub Petro”.
Su preocupación, según toda la tradición desde los orígenes, incluso antes del Concilio, es la de presidir en la caridad. El Papa tiene esta idea, presidir en la caridad, y es muy importante la colegialidad afectiva con los obispos. Veremos la continuidad, veremos qué es el papado, porque los papas recientes nos han demostrado qué significa presidir en la caridad, recibir a los obispos y recibir al pueblo de Dios, por eso millones y millones de católicos se sienten como en su casa aquí en Roma. Pero le toca al obispo de Roma abrazarles a todos en la fe y en la caridad. Y así será.
¿Y todos los retos del mundo? Veremos que el Papa seguirá predicando el magisterio social de la Iglesia, porque esto es lo que Jesús enseñaba. Pero Jesús iba a todas partes haciendo el bien, y la Iglesia ha recibido de Él esta herencia. Decía Juan Pablo II que el hombre, con todas sus exigencias, con todo su ser, es el camino para la Iglesia, y la Iglesia existe para que cada hombre tenga la plenitud de la vida humana y cristiana.
El papa Benedicto recordó que comienza su ministerio en el año dedicado a la Eucaristía, un año, según Juan Pablo II, en el que todos nosotros podemos comprenderla mejor y renovar nuestra fe en la Eucaristía, que la Iglesia proclama sacrificio de Cristo, el sacramento del cuerpo y de la sangre de Jesucristo. Y además la Eucaristía, decía Juan Pablo II, y por supuesto también lo sabe el papa Benedicto XVI, no sólo es sacrificio, nuestro alimento y nuestra compañía, sino que también es desafío, porque es la persona misma de Jesús que nos dice: «Amaros los unos a los otros, como yo os he amado». Se trata de una dimensión universal. Por eso la Iglesia va hacia el hombre y hacia todos los hombres, porque es solidaria con todas las dificultades y los dolores del hombre, y también de las comunidades y de las naciones.
Este es el trabajo del pontífice romano, ya se llame Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II o Benedicto XVI: predicar a Jesucristo, en una continuidad absoluta.
¡Qué hermoso, cuando el Papa fue elegido! Después de que, según el rito, eligiera su nombre, y nosotros rezáramos por él, allí en la Capilla Sixtina, en cumplimiento del plan de Dios, el cardenal protodiácono se pone delante del papa y proclama el Evangelio de Mateo, capítulo 16. En ese instante se vuelve a los orígenes, para que el papa sepa en seguida claramente qué es lo que le espera. Se lee la confesión de fe de Pedro a Jesús: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo»; y la respuesta de Jesús: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Desde el primer momento todo queda claro: Pedro debe proclamar a Cristo y es Cristo el que le llama y le da la gracia de poder cumplir con la misión de vicario suyo.
Sí, rebosamos de esperanza, y estamos llenos de confianza. Cierto es que Jesús les dijo a los apóstoles que pasarían tribulaciones en el mundo, pero dijo también: «Confidite», tened confianza, porque «yo he vencido al mundo […] y las puertas del infierno no prevalecerán». Porque Pedro está edificado sobre la roca, y toda la Iglesia, como dicen los Hechos de los Apóstoles, es fiel en la oración por Pedro, y… no tenemos nada más. Hemos de afrontarlo todo, los problemas y los peligros, con la fuerza del Espíritu Santo, fuerza que el Señor derrama en el corazón del papa pero también de todos los fieles. Sus oraciones valen mucho, como las de la comunidad en torno al papa, los obispos.
La oración: el Señor no podía hacer nada más, este es su plan de salvación, y todo esto existe para que nosotros encontremos la salvación, podamos vivir en este mundo con plena satisfacción y alegría, en preparación de la vida eterna.

MI ESPERANZA PARA
LA IGLESIA CATÓLICA
por el cardenal Jean-Baptiste Pham Minh Mân
arzobispo de Thành-Phô Hô Chi Minh
Espero que el nuevo papa Benedicto XVI sea: 1) un incansable mensajero de la Buena Nueva de Cristo, para ayudar a la Iglesia a ser testigo del amor de Dios por toda la humanidad; 2) un pastor que anime y guíe el rebaño de Dios enfrentándose a la cultura del materialismo, del pragmatismo y del consumismo presentes en la vida de la sociedad moderna, hacia la riqueza de la vida de Cristo; 3) un líder espiritual que sirva humildemente a Dios y a la sociedad mediante sabios esfuerzos para construir una nueva comunidad humana que viva en la verdad y en la santidad, en el amor y en la paz de Cristo.
Las perspectivas y líneas maestras futuras del nuevo pontificado están en la homilía de su primera misa como papa celebrada en la Capilla Sixtina el miércoles 20 de abril.
La Iglesia continúa su peregrinación en la senda indicada por el Concilio Vaticano II, bajo la luz del Espíritu de Cristo: la comunión en vistas de una unidad más grande en un mundo globalizado; el diálogo finalizado a un compromiso más eficaz por una vida más rica y por una dignidad humana mayor en un mundo que, si mira al futuro, se ve afligido por incertidumbres y ansias.
La comunión y la unidad dan a la Iglesia una vida más rica y mayor fuerza. El diálogo y el servicio ayudan a la Iglesia a cumplir de manera más eficaz su misión en el mundo moderno.

ESCUCHABA CON ATENCIÓN
LA OPINIÓN DE TODOS
por el cardenal
Péter Erdö
arzobispo de
Esztergorm-Budapest
Entre los fieles católicos de Hungría, pero también en toda la sociedad magiar, la noticia de la elección del cardenal Joseph Ratzinger a la sede de san Pedro fue recibida con gran alegría. Los intelectuales de mi país conocen muchas obras del nuevo Pontífice, gracias también a las traducciones húngaras. Sus escritos han sido best-sellers. Se hablaba mucho de ellos tanto en público como en reuniones privadas. Por esto hace unos años el entonces cardenal Ratzinger recibió el premio “Stephanus” de la sociedad de San Esteban, la asociación y editorial católica más antigua y prestigiosa del país. Mandé su último libro-entrevista como regalo de Navidad a todos los sacerdotes de nuestra diócesis. Mis recuerdos más queridos de la persona del Papa están ligados a su actividad en las distintas congregaciones y comisiones de la Santa Sede. Como estimadísimo cardenal escuchaba siempre con atención las opiniones de los demás y al final, en su intervención, ofrecía una síntesis elegante, apreciando todos los elementos positivos que habían surgido en el debate. Y no se limitaba a hacer una presentación sintética del debate, sino que señalaba con la máxima claridad también el camino para la solución del problema.

EL CAMINO
DE LA BASÍILICA DE SAN PABLO
por el cardenal Crescenzio Sepe
prefecto de la Congregación para la evangelización
de los pueblos
El pontificado del papa Benedicto XVI da sus primeros pasos, pero el horizonte que ha indicado a la Iglesia es vasto y lleva lejos.
Fue suficiente un gesto, la oración ante la tumba del apóstol Pablo, para señalar la gran dirección de marcha y, al mismo tiempo, las raíces de un ministerio petrino que hoy es señal de esperanza para la humanidad entera.
En la Basílica de San Pablo, Benedicto XVI realizó una peregrinación tan breve en la distancia como significativa en su extraordinaria profundidad. A la tumba del Apóstol de las gentes, el Papa fue a «reavivar» la «gracia del apostolado» para poder servir mejor a una Iglesia que, al inicio del tercer milenio, «siente con renovada intensidad que el mandato misionero de Cristo es más actual que nunca». Para el Santo Padre, tomar el camino de la Basílica de San Pablo ha sido como tomar para sí mismo y para la Iglesia ese camino misionero a lo largo del cual no hay temor de que pueda perderse ni siquiera un átomo de la fidelidad a Cristo. A menudo es, como enseñan los dos apóstoles fundadores de la Iglesia de Roma, el camino del martirio, «regó esta tierra y fecundó la Iglesia de Roma, que preside la comunión universal de la caridad». En la peregrinación a San Pablo hemos visto el deseo urgente de Benedicto XVI de redescubrir, siguiendo a los Padres y a la luz del Concilio Vaticano II, el carácter misionero de la Iglesia y, al mismo tiempo, delinear los rasgos de su pontificado.
Sede de la cátedra de Pedro, Roma es la primera piedra angular de una visión misionera integral. Antes de llegar físicamente, el apóstol Pablo llega a la capital del imperio con la más importante de sus cartas, presentándose a la comunidad de Roma como «siervo de Jesucristo, apóstol por vocación» (Rm 1, 1).
Benedicto XVI nos ha ayudado a leer, en el libro abierto –y a menudo inexplorado– de nuestros mismos testimonios, páginas antiguas y nuevas de una realidad eclesial que siempre ha reconocido como su cometido primario el deber del anuncio.
«El Concilio Vaticano II», dijo el papa Benedicto en San Pablo, «dedicó a la actividad misionera el decreto denominado precisamente Ad gentes, que recuerda cómo los apóstoles, siguiendo las huellas de Cristo, “predicaron la palabra de la verdad y engendraron las Iglesias”».
Evangelizar ha sido el compromiso primario –diría el anhelo apostólico– de Juan Pablo II, que introdujo a la Iglesia en el tercer milenio cristiano.
El papa Benedicto XVI, de manera creativa, sigue sus huellas.
La Iglesia misionera está ahora en camino bajo su guía. Y los horizontes son más vastos que nunca.

PLENA Y TOTAL entrega A CRISTO
por el cardenal José Saraiva Martins
prefecto de la Congregación para las causas de los santos
Cristo como centro de nuestra existencia es uno de los temas que emergen en los primeros discursos del nuevo papa Benedicto XVI. Como profundo teólogo que es, ve en el ministerio petrino, al que le ha llamado la Providencia, en la luz del Señor, al cual le pide la fuerza para ser «valiente y fiel pastor de su rebaño, siempre dócil a las inspiraciones de su Espíritu». Al preparase a emprender dicho servicio para la Iglesia universal, renueva en primer lugar a Cristo su «adhesión total y confiada», repitiendo las palabras: «In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum».
El Cristo al que se dirige el Papa es el Cristo resucitado, constantemente presente en la eucaristía, «que se sigue entregando a nosotros, llamándonos a participar en la mesa de su Cuerpo y su Sangre. De la comunión plena con él brota cada uno de los elementos de la vida de la Iglesia, en primer lugar la comunión entre todos los fieles, el compromiso de anuncio y de testimonio del Evangelio, y el ardor de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y los pequeños».
Precisamente porque la eucaristía es «fuente y cumbre» de la vida y de la misión de la Iglesia, el nuevo Pontífice, siguiendo las huellas de su inmediato predecesor, pide que se intensifiquen, sobre todo en los próximos meses, el amor y la devoción a Jesús eucarístico.
Este centralismo de Jesucristo, subrayado en el discurso al final de la concelebración eucarística con los cardenales electores en la Capilla Sixtina, lo vemos de nuevo en sus intervenciones posteriores. Y así en la homilía de la misa de inicio de su ministerio petrino como obispo de Roma, el papa Benedicto XVI dice que «la Iglesia está viva; está viva porque Cristo está vivo, porque él ha resucitado verdaderamente»; que «la santa inquietud de Cristo ha de animar al pastor»; que la Iglesia en su conjunto, con sus pastores a la cabeza, «ha de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud»; que una de las características fundamentales del pastor debe ser amar a los hombres que Dios le ha confiado, «tal como ama Cristo, a cuyo servicio está».
Sólo encontrando en Cristo al Dios vivo, dice el Papa, conocemos la verdadera vida; y sigue afirmando que «nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él».
Y el papa Benedicto termina su homilía recordando las palabras inolvidables y programáticas de su inmediato predecesor: «“¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!”», las hace suyas y las dirige, en especial a los jóvenes: «Queridos jóvenes: ¡no tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida». Palabras que, desde luego, no olvidarán los centenares de miles de jóvenes que se preparan a participar en la Jornada mundial de la juventud del próximo agosto en Colonia.
La misma línea cristocéntrica fue subrayada por el nuevo Pontífice en la homilía que pronunció durante su visita a la Basílica de San Pablo extramuros el 25 de abril. Una visita que el mismo Papa definió como «una peregrinación, por decirlo así, a las raíces de la misión, de la misión que Cristo resucitado encomendó a san Pedro, a los Apóstoles y, de modo singular, también a san Pablo». Fue el amor a Cristo lo que transformó la existencia de Pablo y lo llevó a anunciar el Evangelio a las gentes. Este mismo amor es el que el Papa pide también para sí mismo «para que no descanse ante la urgencia del anuncio evangélico en el mundo de hoy».
Y Benedicto XVI recuerda el lema que san Benito puso a su Regla, exhortando a sus monjes a «no anteponer absolutamente nada al amor de Cristo».
Sobre este pensamiento el papa Benedicto vuelve en su primera audiencia general, el pasado 27 de abril en la plaza de San Pedro. Le pide al padre del monaquismo occidental «que nos ayude a mantener firmemente a Cristo en el centro de nuestra existencia. Que él ocupe siempre el primer lugar en nuestros pensamientos y en todas nuestras actividades». Palabras que son un verdadero resumen de teología espiritual y pastoral del nuevo sucesor de Pedro.

POR LA RECONCILIACIÓN Y LA PAZ
por el cardenal
Jean-Louis Tauran
archivero y bibliotecario
de la Santa Iglesia Romana
Participar en un cónclave como cardenal elector es, ante todo, una profunda experiencia espiritual. Personalmente experimenté que quien vota es, en realidad, un instrumento de la acción de Dios en su Iglesia, una Iglesia que me parece más viva y audaz que nunca.
La elección del cardenal Joseph Ratzinger como sucesor del papa Juan Pablo II es la expresión de una continuidad: el nuevo Pontífice lo ha recordado muchas veces. Pero todos nosotros, mejor dicho todo el mundo, hemos comprendido que Benedicto XVI, humilde y sonriente, podría ser el Papa que proclame la eterna ternura de Dios. En el mundo duro, a veces despiadado, que nos hemos construido, el nuevo Pontífice nos recordará, con su mansedumbre, la fuerza del amor capaz de abrir nuevos caminos a la humanidad. Por lo demás, al elegir el nombre Benedicto en recuerdo de Benedicto XV, él mismo ha querido indicar que pondrá su ministerio al servicio de la reconciliación y de la paz.
Me ha llamado también la atención lo que he oído decir a muchos romanos: “Esta Papa tan profundo dice las cosas tan bien dichas que lo entendemos todo”.
Sí, una vez más la Iglesia ha demostrado que, viva y joven, es capaz de sorprender y de decir al mundo, con Benedicto XVI: «¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo».
No hay mejor noticia para el mundo de hoy y de mañana.

La defensa del
hombre
contra todas las tiranías
por el cardenal Renato Raffaele Martino
presidente del Consejo Pontificio de Justicia y Paz
Concelebré con el papa Benedicto XVI la misa de toma de posesión en San Juan, el sábado 7 de mayo. Uno de los fragmentos del admirable discurso que más llamó mi atención, y que pienso que afectan al dicasterio que presido, fue el que hablaba de la defensa del hombre contra todas las tiranías que parten de los «intentos de adaptar y desvirtuar la Palabra de Dios» y de las «erróneas interpretaciones de la libertad». Con la misma firmeza de Juan Pablo II sobre este mismo tema, añadió con diáfana claridad: «La libertad de matar no es una verdadera libertad, sino una tiranía que reduce al ser humano a la esclavitud». Esto no afecta sólo al aborto o la eutanasia, sino también a la guerra, a la pena de muerte, al terrorismo, a los exterminios por hambre o por arrasar el medio ambiente.
Desde el comienzo de su ministerio apostólico, con la elección del nombre, con los primeros discursos y los primeros gestos del pontificado, Benedicto XVI ha manifestado claramente su compromiso en defensa de la persona, para la promoción de sus derechos inalienables y por la realización de la justicia y la paz en el mundo.
Durante su primera audiencia general, el miércoles 27 de abril, explicando el motivo del nombre Benedicto –«para vincularme idealmente» al venerado Papa predecesor Giacomo della Chiesa, que fue «intrépido y auténtico profeta de paz»–, el Santo Padre dijo con claridad: «Como él, deseo poner mi ministerio al servicio de la reconciliación y la armonía entre los hombres y los pueblos, profundamente convencido de que el gran bien de la paz es ante todo don de Dios, don frágil y precioso que es preciso invocar, conservar y construir día a día con la aportación de todos».
Por lo demás, en la homilía de la misa del solemne comienzo del ministerio petrino, en la plaza de San Pedro, del 24 de abril, ya había denunciado con fuerza las injusticias que amenazan la paz cuando «los tesoros de la tierra ya no están al servicio del cultivo del jardín de Dios, en el que todos puedan vivir, sinos subyugados al poder de la explotación y la destrucción».
Todas estas palabras tienen el aval de los primeros gestos de gran humanidad, cordialidad y apertura. El nuevo Pontífice se ha mostrado desde el primer momento disponible al diálogo con los hermanos separados, con los judíos, con los musulmanes, con los creyentes de las otras religiones y con todas las personas de buena voluntad.
Animado, apoyado y guiado por el Supremo Pastor, el Consejo Pontificio de Justicia y Paz retoma con nuevo vigor y entusiasmo sus iniciativas de promoción eclesial que tienen esta finalidad, intensificando publicaciones, reuniones y seminarios de estudio, convenios, encuentros, participación cualificada en cumbres internacionales, especialmente ilustrando y difundiendo este año el Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, de reciente edición, como precioso instrumento para el recto discernimiento y la eficaz presencia y acción de los católicos en el vasto mundo de las relaciones sociales.

«Nosotros nos
conocemos desde 1980…»
por el cardenal Javier Lozano Barragán
presidente del Consejo Pontificio para los Agentes Sanitarios
Conocí al entonces cardenal Joseph Ratzinger hace veinticinco años. Así que, cuando fui a prestarle obediencia tras el cónclave, el papa Benedicto XVI, antes de que yo pudiera hablar, me dijo: «Nosotros nos conocemos desde 1980…». Por aquel entonces él era el relator del Sínodo de la Familia, y yo el secretario especial. Y precisamente para comenzar aquel trabajo me invitó a Múnich, donde él era cardenal arzobispo. Recuerdo muchas cosas de aquel primer encuentro, su extrema amabilidad, pero también su enorme perspicacia. En aquel tiempo se debatía mucho aquí en Europa sobre la teología de la liberación. Recuerdo bien que me dijo: «Pero, ¿qué es esa teología de la liberación?». Esta fue una de sus primeras preguntas. En aquel 1980 trabajamos juntos durante mucho tiempo, y tres o cuatro meses por lo menos de manera continua. Y luego durante la celebración del Sínodo nos veíamos todos los días. Me acuerdo muy bien que me decía: «Usted hace esta parte del trabajo y yo hago la otra». Es decir, tenía confianza total en mí y no pretendía que yo escribiera simples borradores que luego él corregiría. Así ahorró tiempo: por entonces no teníamos ordenador, no teníamos nada, todo se escribía a mano. Además, él entonces no hablaba todavía bien italiano, por lo que hablábamos alemán. Espero no resultar presuntuoso diciendo que gracias a aquel trabajo codo con codo de 1980 nos hicimos amigos. Para mí fue un grandísimo privilegio trabajar con él en aquella ocasión.
Yo luego volví a México y el cardenal Ratzinger fue llamado a Roma al frente de la Congregación para la doctrina de la fe. En este período yo estudiaba especialmente la teología de la liberación y escribía algunos libros. Cada vez que pasaba por Roma iba a verlo y le llevaba mis libros. Recuerdo especialmente que le llevé el que dediqué precisamente a la teología de la liberación, titulado La Iglesia del pueblo, teologías en conflicto, y luego el que dediqué a las sectas, titulado Por qué soy católico, respuesta a las sectas. Era siempre cortés y amable, y nuestros coloquios eran siempre para mí de gran estímulo intelectual y espiritual.
Posteriormente Juan Pablo II me hizo el honor de llamarme al Vaticano para que presidiera el Consejo Pontificio para la pastoral de la salud. Y también me nombró miembro de la Congregación para los Obispos. De este modo tuve la suerte de verme a menudo con el cardenal Ratzinger. A veces tuve la oportunidad de afrontar con él problemas incluso de mi competencia, como los bioéticos. Juntos discutimos la cuestión de si era lícito que los diáconos pudieran administrar la extremaunción, costumbre muy difundida en países europeos como Alemania y Francia, o latinoamericanos como Brasil. Recientemente, además, hemos tenido contactos para estudiar la conveniencia o no de colaborar con el Global Found para luchar contra el sida, la malaria y la tuberculosis, como también en el nacimiento de la Fundación del Buen Samaritano, creada por Juan Pablo II en nuestro dicasterio, precisamente para ayudar a los enfermos más necesitados del mundo, especialmente los afectados por el virus del HIV. Sobre este punto me alegra que el cardenal Angelo Sodano me haya comunicado recientemente que el papa Benedicto XVI ha aprobado per integrum la intervención para el Forum mundial de la salud que se celebra en Ginebra a mediados de mayo en la sede de la OMS, donde aprueba también la mencionada Fundación.
Quiero terminar este breve testimonio con una simpática anécdota del día siguiente de la elección de Benedicto XVI. Yo salía con otros cardenales del comedor de la Casa “Santa Marta”, después del desayuno, cuando encontramos al Papa completamente vestido de blanco. Yo le dije: «¡Qué casualidad, Santo Padre!», y añadí: «Santo Padre, ¿ha sido capaz de dormir esta noche?». Y él me respondió: «Sí… creo que habrá noches peores…». El segundo cardenal que venía conmigo le dijo: «Tenemos que acostumbrarnos a verle vestido de blanco…», y él respondió con una sonrisa. El tercer cardenal le dijo: «Pero usted también tiene que acostumbrarse a verse de blanco…», y él respondió: «¡Gracias a Dios, yo no me veo!».

Andaba por la
calle rezando
el rosario, con su boina
por el cardenal Georges Cottier
pro-teólogo de la Casa pontificia
Lo que llamaba la atención del cardenal Ratzinger era su sencillez. Yo le vi muchas veces andar por la calle de Porta Angelica rezando el rosario, con su boina. Esta es la primera imagen suya que se me ocurre, tan lejana de la de Panzerkardinal que circula por ahí, completamente falsa. Está claro que cuando, en conciencia, tiene que tomar una decisión, lo hace sin vacilar. Pero esto es una cualidad.
Durante varios años fue secretario de la Comisión Teológica Internacional, y cada año había una semana plenaria durante la cual desarrollábamos un trabajo intenso sobre distintos temas, sugeridos por la Congregación para la doctrina de la fe o elegidos por la propia Comisión. Durante aquellas jornadas siempre advertí una gran libertad de discusión. El cardenal Ratzinger estaba siempre con nosotros, seguía todas las fases del trabajo, y se veía que, estando familiarizado con la teología y los teólogos, se movía, por así decir, con naturalidad. En aquellas ocasiones pudimos comprobar sus cualidades humanas, como la afabilidad y la capacidad de escuchar, y también las intelectuales, como la capacidad de síntesis. Ahora que los cardenales lo han elegido sucesor de Pedro, tenemos como papa a un hombre sabio, que sabe que la teología forma parte de la sabiduría cristiana, y que no hay teología sin la vida de fe. Cuando en su primera audiencia general recordó la regla de no anteponer nada a Cristo, que san Benito indicaba a los monjes, se puede decir que este mismo criterio podemos adivinarlo en su persona, incluso en la manera de hacer teología. Esta es la cosa más hermosa. Me alegré mucho de que se presentara al mundo como un humilde trabajador de la viña del Señor. Y también cuando, en su homilía de la misa de inicio de pontificado, dijo que su programa será no la afirmación de ideas propias, sino la docilidad a la inspiración de Jesús y a su Evangelio. El papa Benedicto XVI es un vir ecclesiasticus, un hombre de la Iglesia. Siempre ha tenido presente que el teólogo católico hace teología no a título personal, sino como hijo de la Iglesia. Así ha vivido su actividad de teólogo. En plena humildad, sin ceder a la tentación de la soberbia que a menudo convierte la profesión de teólogo en un riesgo, en un trabajo peligroso.
Pienso también que Dios le ha preparado para su cargo actual, porque el papa Ratzinger no sólo ha sido el gran teólogo que es, sino que el largo período vivido como prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe le ha garantizado una experiencia de la vida de la Iglesia de vasto horizonte, en el contacto continuo con tantos obispos. Es un Papa que posee una visión realmente de conjunto de los problemas. Los grandes problemas ahora son globales, afectan a toda la humanidad, y desde su observatorio, desde su meditación, desde su oración, el cardenal Ratzinger ha sido preparado para afrontar todo esto.

Justin Francis Rigali
por el cardenal Justin Francis Rigali
arzobispo de Filadelfia
En su primer discurso el Santo Padre manifestó dos sentimientos. Por un lado, un sentimiento de incapacidad y de turbación humana; por el otro, confesó su confianza, «in Te speravi, Domine», y admitió que la confianza es más grande que el miedo. El papa Benedicto confía en que ha sido el Señor quien le ha llamado mediante los cardenales, pero yo diría que también mediante todas las oraciones de la Iglesia, de las personas que han respaldado a los cardenales con la solidaridad de su oración.
Tiene gran confianza en que Dios le ayudará, que comenzará en él una buena obra, según las palabras de san Pablo.
La Iglesia está llena de esperanza; el Señor ha llamado, el Señor dará la gracia, ayudará al papa Benedicto a llevar a cabo el trabajo que ha comenzado en su vida, en su ministerio sacerdotal. ¿Durante cuántos años? Nadie lo puede establecer.
El Papa ha manifestado ya su deseo de seguir el camino del Concilio Vaticano II, y esto es muy hermoso, porque fue el mismo papa Juan XXIII quien expresó cuál es el fin del Concilio. El 8 de octubre de 1962 estaba presente cuando el papa Roncalli dijo que el Concilio había sido convocado principalmente «para que el depósito de la fe sea custodiado y enseñado de forma cada vez más eficaz». Existían, por supuesto, otros fines, importantísimos, no cabe duda, come el ecumenismo, pero ese era el primero.
El papa Ratzinger tiene gran experiencia, porque Juan Pablo II lo eligió como prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, y en todos estos años ha trabajado por la fe de la Iglesia, con la solicitud de custodiarla y enseñarla de forma cada vez más eficaz. Ahora como papa puede seguir custodiando la fe, y para él es fácil prometer fidelidad al Concilio, porque en estos años ha vivido la realización del Concilio. Esta es la tarea a la que se ha dedicado hasta ahora. Y por lo que respecta al ecumenismo, la realidad de la unidad visible en la fe y en el amor de todos los cristianos será objeto de su solicitud; y bajo la gracia del Espíritu Santo, el Papa llevará a cabo lo que tanto significaba para Juan Pablo II y Pablo VI: recordemos el testamento del papa Montini en el que pedía que siguiera adelante el trabajo del ecumenismo.
El nuevo Papa es consciente de que es el obispo de Roma, sabe que el cometido de ser «episcopus catholicae Ecclesiae», obispo de la Iglesia católica, significa ser obispo de todos los obispos: he aquí la colegialidad, de la que ya ha hablado. Sabe muy bien que como sucesor de Pedro posee la plenitud del sagrado poder, pero este poder pleno, de modo misterioso, también es compartido por los obispos, puesto que el Señor confió su Iglesia a Pedro junto con los obispos, el poder se ejerce “cum Petro et sub Petro”.
Su preocupación, según toda la tradición desde los orígenes, incluso antes del Concilio, es la de presidir en la caridad. El Papa tiene esta idea, presidir en la caridad, y es muy importante la colegialidad afectiva con los obispos. Veremos la continuidad, veremos qué es el papado, porque los papas recientes nos han demostrado qué significa presidir en la caridad, recibir a los obispos y recibir al pueblo de Dios, por eso millones y millones de católicos se sienten como en su casa aquí en Roma. Pero le toca al obispo de Roma abrazarles a todos en la fe y en la caridad. Y así será.
¿Y todos los retos del mundo? Veremos que el Papa seguirá predicando el magisterio social de la Iglesia, porque esto es lo que Jesús enseñaba. Pero Jesús iba a todas partes haciendo el bien, y la Iglesia ha recibido de Él esta herencia. Decía Juan Pablo II que el hombre, con todas sus exigencias, con todo su ser, es el camino para la Iglesia, y la Iglesia existe para que cada hombre tenga la plenitud de la vida humana y cristiana.
El papa Benedicto recordó que comienza su ministerio en el año dedicado a la Eucaristía, un año, según Juan Pablo II, en el que todos nosotros podemos comprenderla mejor y renovar nuestra fe en la Eucaristía, que la Iglesia proclama sacrificio de Cristo, el sacramento del cuerpo y de la sangre de Jesucristo. Y además la Eucaristía, decía Juan Pablo II, y por supuesto también lo sabe el papa Benedicto XVI, no sólo es sacrificio, nuestro alimento y nuestra compañía, sino que también es desafío, porque es la persona misma de Jesús que nos dice: «Amaros los unos a los otros, como yo os he amado». Se trata de una dimensión universal. Por eso la Iglesia va hacia el hombre y hacia todos los hombres, porque es solidaria con todas las dificultades y los dolores del hombre, y también de las comunidades y de las naciones.
Este es el trabajo del pontífice romano, ya se llame Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II o Benedicto XVI: predicar a Jesucristo, en una continuidad absoluta.
¡Qué hermoso, cuando el Papa fue elegido! Después de que, según el rito, eligiera su nombre, y nosotros rezáramos por él, allí en la Capilla Sixtina, en cumplimiento del plan de Dios, el cardenal protodiácono se pone delante del papa y proclama el Evangelio de Mateo, capítulo 16. En ese instante se vuelve a los orígenes, para que el papa sepa en seguida claramente qué es lo que le espera. Se lee la confesión de fe de Pedro a Jesús: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo»; y la respuesta de Jesús: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Desde el primer momento todo queda claro: Pedro debe proclamar a Cristo y es Cristo el que le llama y le da la gracia de poder cumplir con la misión de vicario suyo.
Sí, rebosamos de esperanza, y estamos llenos de confianza. Cierto es que Jesús les dijo a los apóstoles que pasarían tribulaciones en el mundo, pero dijo también: «Confidite», tened confianza, porque «yo he vencido al mundo […] y las puertas del infierno no prevalecerán». Porque Pedro está edificado sobre la roca, y toda la Iglesia, como dicen los Hechos de los Apóstoles, es fiel en la oración por Pedro, y… no tenemos nada más. Hemos de afrontarlo todo, los problemas y los peligros, con la fuerza del Espíritu Santo, fuerza que el Señor derrama en el corazón del papa pero también de todos los fieles. Sus oraciones valen mucho, como las de la comunidad en torno al papa, los obispos.
La oración: el Señor no podía hacer nada más, este es su plan de salvación, y todo esto existe para que nosotros encontremos la salvación, podamos vivir en este mundo con plena satisfacción y alegría, en preparación de la vida eterna.

Jean-Baptiste Pham Minh Mân
MI ESPERANZA PARA
LA IGLESIA CATÓLICA
por el cardenal Jean-Baptiste Pham Minh Mân
arzobispo de Thành-Phô Hô Chi Minh
Espero que el nuevo papa Benedicto XVI sea: 1) un incansable mensajero de la Buena Nueva de Cristo, para ayudar a la Iglesia a ser testigo del amor de Dios por toda la humanidad; 2) un pastor que anime y guíe el rebaño de Dios enfrentándose a la cultura del materialismo, del pragmatismo y del consumismo presentes en la vida de la sociedad moderna, hacia la riqueza de la vida de Cristo; 3) un líder espiritual que sirva humildemente a Dios y a la sociedad mediante sabios esfuerzos para construir una nueva comunidad humana que viva en la verdad y en la santidad, en el amor y en la paz de Cristo.
Las perspectivas y líneas maestras futuras del nuevo pontificado están en la homilía de su primera misa como papa celebrada en la Capilla Sixtina el miércoles 20 de abril.
La Iglesia continúa su peregrinación en la senda indicada por el Concilio Vaticano II, bajo la luz del Espíritu de Cristo: la comunión en vistas de una unidad más grande en un mundo globalizado; el diálogo finalizado a un compromiso más eficaz por una vida más rica y por una dignidad humana mayor en un mundo que, si mira al futuro, se ve afligido por incertidumbres y ansias.
La comunión y la unidad dan a la Iglesia una vida más rica y mayor fuerza. El diálogo y el servicio ayudan a la Iglesia a cumplir de manera más eficaz su misión en el mundo moderno.

Péter Erdö
ESCUCHABA CON ATENCIÓN
LA OPINIÓN DE TODOS
por el cardenal
Péter Erdö
arzobispo de
Esztergorm-Budapest
Entre los fieles católicos de Hungría, pero también en toda la sociedad magiar, la noticia de la elección del cardenal Joseph Ratzinger a la sede de san Pedro fue recibida con gran alegría. Los intelectuales de mi país conocen muchas obras del nuevo Pontífice, gracias también a las traducciones húngaras. Sus escritos han sido best-sellers. Se hablaba mucho de ellos tanto en público como en reuniones privadas. Por esto hace unos años el entonces cardenal Ratzinger recibió el premio “Stephanus” de la sociedad de San Esteban, la asociación y editorial católica más antigua y prestigiosa del país. Mandé su último libro-entrevista como regalo de Navidad a todos los sacerdotes de nuestra diócesis. Mis recuerdos más queridos de la persona del Papa están ligados a su actividad en las distintas congregaciones y comisiones de la Santa Sede. Como estimadísimo cardenal escuchaba siempre con atención las opiniones de los demás y al final, en su intervención, ofrecía una síntesis elegante, apreciando todos los elementos positivos que habían surgido en el debate. Y no se limitaba a hacer una presentación sintética del debate, sino que señalaba con la máxima claridad también el camino para la solución del problema.

Crescenzio Sepe
EL CAMINO
DE LA BASÍILICA DE SAN PABLO
por el cardenal Crescenzio Sepe
prefecto de la Congregación para la evangelización
de los pueblos
El pontificado del papa Benedicto XVI da sus primeros pasos, pero el horizonte que ha indicado a la Iglesia es vasto y lleva lejos.
Fue suficiente un gesto, la oración ante la tumba del apóstol Pablo, para señalar la gran dirección de marcha y, al mismo tiempo, las raíces de un ministerio petrino que hoy es señal de esperanza para la humanidad entera.
En la Basílica de San Pablo, Benedicto XVI realizó una peregrinación tan breve en la distancia como significativa en su extraordinaria profundidad. A la tumba del Apóstol de las gentes, el Papa fue a «reavivar» la «gracia del apostolado» para poder servir mejor a una Iglesia que, al inicio del tercer milenio, «siente con renovada intensidad que el mandato misionero de Cristo es más actual que nunca». Para el Santo Padre, tomar el camino de la Basílica de San Pablo ha sido como tomar para sí mismo y para la Iglesia ese camino misionero a lo largo del cual no hay temor de que pueda perderse ni siquiera un átomo de la fidelidad a Cristo. A menudo es, como enseñan los dos apóstoles fundadores de la Iglesia de Roma, el camino del martirio, «regó esta tierra y fecundó la Iglesia de Roma, que preside la comunión universal de la caridad». En la peregrinación a San Pablo hemos visto el deseo urgente de Benedicto XVI de redescubrir, siguiendo a los Padres y a la luz del Concilio Vaticano II, el carácter misionero de la Iglesia y, al mismo tiempo, delinear los rasgos de su pontificado.
Sede de la cátedra de Pedro, Roma es la primera piedra angular de una visión misionera integral. Antes de llegar físicamente, el apóstol Pablo llega a la capital del imperio con la más importante de sus cartas, presentándose a la comunidad de Roma como «siervo de Jesucristo, apóstol por vocación» (Rm 1, 1).
Benedicto XVI nos ha ayudado a leer, en el libro abierto –y a menudo inexplorado– de nuestros mismos testimonios, páginas antiguas y nuevas de una realidad eclesial que siempre ha reconocido como su cometido primario el deber del anuncio.
«El Concilio Vaticano II», dijo el papa Benedicto en San Pablo, «dedicó a la actividad misionera el decreto denominado precisamente Ad gentes, que recuerda cómo los apóstoles, siguiendo las huellas de Cristo, “predicaron la palabra de la verdad y engendraron las Iglesias”».
Evangelizar ha sido el compromiso primario –diría el anhelo apostólico– de Juan Pablo II, que introdujo a la Iglesia en el tercer milenio cristiano.
El papa Benedicto XVI, de manera creativa, sigue sus huellas.
La Iglesia misionera está ahora en camino bajo su guía. Y los horizontes son más vastos que nunca.

José Saraiva Martins
PLENA Y TOTAL entrega A CRISTO
por el cardenal José Saraiva Martins
prefecto de la Congregación para las causas de los santos
Cristo como centro de nuestra existencia es uno de los temas que emergen en los primeros discursos del nuevo papa Benedicto XVI. Como profundo teólogo que es, ve en el ministerio petrino, al que le ha llamado la Providencia, en la luz del Señor, al cual le pide la fuerza para ser «valiente y fiel pastor de su rebaño, siempre dócil a las inspiraciones de su Espíritu». Al preparase a emprender dicho servicio para la Iglesia universal, renueva en primer lugar a Cristo su «adhesión total y confiada», repitiendo las palabras: «In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum».
El Cristo al que se dirige el Papa es el Cristo resucitado, constantemente presente en la eucaristía, «que se sigue entregando a nosotros, llamándonos a participar en la mesa de su Cuerpo y su Sangre. De la comunión plena con él brota cada uno de los elementos de la vida de la Iglesia, en primer lugar la comunión entre todos los fieles, el compromiso de anuncio y de testimonio del Evangelio, y el ardor de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y los pequeños».
Precisamente porque la eucaristía es «fuente y cumbre» de la vida y de la misión de la Iglesia, el nuevo Pontífice, siguiendo las huellas de su inmediato predecesor, pide que se intensifiquen, sobre todo en los próximos meses, el amor y la devoción a Jesús eucarístico.
Este centralismo de Jesucristo, subrayado en el discurso al final de la concelebración eucarística con los cardenales electores en la Capilla Sixtina, lo vemos de nuevo en sus intervenciones posteriores. Y así en la homilía de la misa de inicio de su ministerio petrino como obispo de Roma, el papa Benedicto XVI dice que «la Iglesia está viva; está viva porque Cristo está vivo, porque él ha resucitado verdaderamente»; que «la santa inquietud de Cristo ha de animar al pastor»; que la Iglesia en su conjunto, con sus pastores a la cabeza, «ha de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud»; que una de las características fundamentales del pastor debe ser amar a los hombres que Dios le ha confiado, «tal como ama Cristo, a cuyo servicio está».
Sólo encontrando en Cristo al Dios vivo, dice el Papa, conocemos la verdadera vida; y sigue afirmando que «nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él».
Y el papa Benedicto termina su homilía recordando las palabras inolvidables y programáticas de su inmediato predecesor: «“¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!”», las hace suyas y las dirige, en especial a los jóvenes: «Queridos jóvenes: ¡no tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida». Palabras que, desde luego, no olvidarán los centenares de miles de jóvenes que se preparan a participar en la Jornada mundial de la juventud del próximo agosto en Colonia.
La misma línea cristocéntrica fue subrayada por el nuevo Pontífice en la homilía que pronunció durante su visita a la Basílica de San Pablo extramuros el 25 de abril. Una visita que el mismo Papa definió como «una peregrinación, por decirlo así, a las raíces de la misión, de la misión que Cristo resucitado encomendó a san Pedro, a los Apóstoles y, de modo singular, también a san Pablo». Fue el amor a Cristo lo que transformó la existencia de Pablo y lo llevó a anunciar el Evangelio a las gentes. Este mismo amor es el que el Papa pide también para sí mismo «para que no descanse ante la urgencia del anuncio evangélico en el mundo de hoy».
Y Benedicto XVI recuerda el lema que san Benito puso a su Regla, exhortando a sus monjes a «no anteponer absolutamente nada al amor de Cristo».
Sobre este pensamiento el papa Benedicto vuelve en su primera audiencia general, el pasado 27 de abril en la plaza de San Pedro. Le pide al padre del monaquismo occidental «que nos ayude a mantener firmemente a Cristo en el centro de nuestra existencia. Que él ocupe siempre el primer lugar en nuestros pensamientos y en todas nuestras actividades». Palabras que son un verdadero resumen de teología espiritual y pastoral del nuevo sucesor de Pedro.

Jean-Louis Tauran
POR LA RECONCILIACIÓN Y LA PAZ
por el cardenal
Jean-Louis Tauran
archivero y bibliotecario
de la Santa Iglesia Romana
Participar en un cónclave como cardenal elector es, ante todo, una profunda experiencia espiritual. Personalmente experimenté que quien vota es, en realidad, un instrumento de la acción de Dios en su Iglesia, una Iglesia que me parece más viva y audaz que nunca.
La elección del cardenal Joseph Ratzinger como sucesor del papa Juan Pablo II es la expresión de una continuidad: el nuevo Pontífice lo ha recordado muchas veces. Pero todos nosotros, mejor dicho todo el mundo, hemos comprendido que Benedicto XVI, humilde y sonriente, podría ser el Papa que proclame la eterna ternura de Dios. En el mundo duro, a veces despiadado, que nos hemos construido, el nuevo Pontífice nos recordará, con su mansedumbre, la fuerza del amor capaz de abrir nuevos caminos a la humanidad. Por lo demás, al elegir el nombre Benedicto en recuerdo de Benedicto XV, él mismo ha querido indicar que pondrá su ministerio al servicio de la reconciliación y de la paz.
Me ha llamado también la atención lo que he oído decir a muchos romanos: “Esta Papa tan profundo dice las cosas tan bien dichas que lo entendemos todo”.
Sí, una vez más la Iglesia ha demostrado que, viva y joven, es capaz de sorprender y de decir al mundo, con Benedicto XVI: «¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo».
No hay mejor noticia para el mundo de hoy y de mañana.

Renato Raffaele Martino
contra todas las tiranías
por el cardenal Renato Raffaele Martino
presidente del Consejo Pontificio de Justicia y Paz
Concelebré con el papa Benedicto XVI la misa de toma de posesión en San Juan, el sábado 7 de mayo. Uno de los fragmentos del admirable discurso que más llamó mi atención, y que pienso que afectan al dicasterio que presido, fue el que hablaba de la defensa del hombre contra todas las tiranías que parten de los «intentos de adaptar y desvirtuar la Palabra de Dios» y de las «erróneas interpretaciones de la libertad». Con la misma firmeza de Juan Pablo II sobre este mismo tema, añadió con diáfana claridad: «La libertad de matar no es una verdadera libertad, sino una tiranía que reduce al ser humano a la esclavitud». Esto no afecta sólo al aborto o la eutanasia, sino también a la guerra, a la pena de muerte, al terrorismo, a los exterminios por hambre o por arrasar el medio ambiente.
Desde el comienzo de su ministerio apostólico, con la elección del nombre, con los primeros discursos y los primeros gestos del pontificado, Benedicto XVI ha manifestado claramente su compromiso en defensa de la persona, para la promoción de sus derechos inalienables y por la realización de la justicia y la paz en el mundo.
Durante su primera audiencia general, el miércoles 27 de abril, explicando el motivo del nombre Benedicto –«para vincularme idealmente» al venerado Papa predecesor Giacomo della Chiesa, que fue «intrépido y auténtico profeta de paz»–, el Santo Padre dijo con claridad: «Como él, deseo poner mi ministerio al servicio de la reconciliación y la armonía entre los hombres y los pueblos, profundamente convencido de que el gran bien de la paz es ante todo don de Dios, don frágil y precioso que es preciso invocar, conservar y construir día a día con la aportación de todos».
Por lo demás, en la homilía de la misa del solemne comienzo del ministerio petrino, en la plaza de San Pedro, del 24 de abril, ya había denunciado con fuerza las injusticias que amenazan la paz cuando «los tesoros de la tierra ya no están al servicio del cultivo del jardín de Dios, en el que todos puedan vivir, sinos subyugados al poder de la explotación y la destrucción».
Todas estas palabras tienen el aval de los primeros gestos de gran humanidad, cordialidad y apertura. El nuevo Pontífice se ha mostrado desde el primer momento disponible al diálogo con los hermanos separados, con los judíos, con los musulmanes, con los creyentes de las otras religiones y con todas las personas de buena voluntad.
Animado, apoyado y guiado por el Supremo Pastor, el Consejo Pontificio de Justicia y Paz retoma con nuevo vigor y entusiasmo sus iniciativas de promoción eclesial que tienen esta finalidad, intensificando publicaciones, reuniones y seminarios de estudio, convenios, encuentros, participación cualificada en cumbres internacionales, especialmente ilustrando y difundiendo este año el Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, de reciente edición, como precioso instrumento para el recto discernimiento y la eficaz presencia y acción de los católicos en el vasto mundo de las relaciones sociales.

Javier Lorenzo Barragàn
por el cardenal Javier Lozano Barragán
presidente del Consejo Pontificio para los Agentes Sanitarios
Conocí al entonces cardenal Joseph Ratzinger hace veinticinco años. Así que, cuando fui a prestarle obediencia tras el cónclave, el papa Benedicto XVI, antes de que yo pudiera hablar, me dijo: «Nosotros nos conocemos desde 1980…». Por aquel entonces él era el relator del Sínodo de la Familia, y yo el secretario especial. Y precisamente para comenzar aquel trabajo me invitó a Múnich, donde él era cardenal arzobispo. Recuerdo muchas cosas de aquel primer encuentro, su extrema amabilidad, pero también su enorme perspicacia. En aquel tiempo se debatía mucho aquí en Europa sobre la teología de la liberación. Recuerdo bien que me dijo: «Pero, ¿qué es esa teología de la liberación?». Esta fue una de sus primeras preguntas. En aquel 1980 trabajamos juntos durante mucho tiempo, y tres o cuatro meses por lo menos de manera continua. Y luego durante la celebración del Sínodo nos veíamos todos los días. Me acuerdo muy bien que me decía: «Usted hace esta parte del trabajo y yo hago la otra». Es decir, tenía confianza total en mí y no pretendía que yo escribiera simples borradores que luego él corregiría. Así ahorró tiempo: por entonces no teníamos ordenador, no teníamos nada, todo se escribía a mano. Además, él entonces no hablaba todavía bien italiano, por lo que hablábamos alemán. Espero no resultar presuntuoso diciendo que gracias a aquel trabajo codo con codo de 1980 nos hicimos amigos. Para mí fue un grandísimo privilegio trabajar con él en aquella ocasión.
Yo luego volví a México y el cardenal Ratzinger fue llamado a Roma al frente de la Congregación para la doctrina de la fe. En este período yo estudiaba especialmente la teología de la liberación y escribía algunos libros. Cada vez que pasaba por Roma iba a verlo y le llevaba mis libros. Recuerdo especialmente que le llevé el que dediqué precisamente a la teología de la liberación, titulado La Iglesia del pueblo, teologías en conflicto, y luego el que dediqué a las sectas, titulado Por qué soy católico, respuesta a las sectas. Era siempre cortés y amable, y nuestros coloquios eran siempre para mí de gran estímulo intelectual y espiritual.
Posteriormente Juan Pablo II me hizo el honor de llamarme al Vaticano para que presidiera el Consejo Pontificio para la pastoral de la salud. Y también me nombró miembro de la Congregación para los Obispos. De este modo tuve la suerte de verme a menudo con el cardenal Ratzinger. A veces tuve la oportunidad de afrontar con él problemas incluso de mi competencia, como los bioéticos. Juntos discutimos la cuestión de si era lícito que los diáconos pudieran administrar la extremaunción, costumbre muy difundida en países europeos como Alemania y Francia, o latinoamericanos como Brasil. Recientemente, además, hemos tenido contactos para estudiar la conveniencia o no de colaborar con el Global Found para luchar contra el sida, la malaria y la tuberculosis, como también en el nacimiento de la Fundación del Buen Samaritano, creada por Juan Pablo II en nuestro dicasterio, precisamente para ayudar a los enfermos más necesitados del mundo, especialmente los afectados por el virus del HIV. Sobre este punto me alegra que el cardenal Angelo Sodano me haya comunicado recientemente que el papa Benedicto XVI ha aprobado per integrum la intervención para el Forum mundial de la salud que se celebra en Ginebra a mediados de mayo en la sede de la OMS, donde aprueba también la mencionada Fundación.
Quiero terminar este breve testimonio con una simpática anécdota del día siguiente de la elección de Benedicto XVI. Yo salía con otros cardenales del comedor de la Casa “Santa Marta”, después del desayuno, cuando encontramos al Papa completamente vestido de blanco. Yo le dije: «¡Qué casualidad, Santo Padre!», y añadí: «Santo Padre, ¿ha sido capaz de dormir esta noche?». Y él me respondió: «Sí… creo que habrá noches peores…». El segundo cardenal que venía conmigo le dijo: «Tenemos que acostumbrarnos a verle vestido de blanco…», y él respondió con una sonrisa. El tercer cardenal le dijo: «Pero usted también tiene que acostumbrarse a verse de blanco…», y él respondió: «¡Gracias a Dios, yo no me veo!».

Georges Cottier
el rosario, con su boina
por el cardenal Georges Cottier
pro-teólogo de la Casa pontificia
Lo que llamaba la atención del cardenal Ratzinger era su sencillez. Yo le vi muchas veces andar por la calle de Porta Angelica rezando el rosario, con su boina. Esta es la primera imagen suya que se me ocurre, tan lejana de la de Panzerkardinal que circula por ahí, completamente falsa. Está claro que cuando, en conciencia, tiene que tomar una decisión, lo hace sin vacilar. Pero esto es una cualidad.
Durante varios años fue secretario de la Comisión Teológica Internacional, y cada año había una semana plenaria durante la cual desarrollábamos un trabajo intenso sobre distintos temas, sugeridos por la Congregación para la doctrina de la fe o elegidos por la propia Comisión. Durante aquellas jornadas siempre advertí una gran libertad de discusión. El cardenal Ratzinger estaba siempre con nosotros, seguía todas las fases del trabajo, y se veía que, estando familiarizado con la teología y los teólogos, se movía, por así decir, con naturalidad. En aquellas ocasiones pudimos comprobar sus cualidades humanas, como la afabilidad y la capacidad de escuchar, y también las intelectuales, como la capacidad de síntesis. Ahora que los cardenales lo han elegido sucesor de Pedro, tenemos como papa a un hombre sabio, que sabe que la teología forma parte de la sabiduría cristiana, y que no hay teología sin la vida de fe. Cuando en su primera audiencia general recordó la regla de no anteponer nada a Cristo, que san Benito indicaba a los monjes, se puede decir que este mismo criterio podemos adivinarlo en su persona, incluso en la manera de hacer teología. Esta es la cosa más hermosa. Me alegré mucho de que se presentara al mundo como un humilde trabajador de la viña del Señor. Y también cuando, en su homilía de la misa de inicio de pontificado, dijo que su programa será no la afirmación de ideas propias, sino la docilidad a la inspiración de Jesús y a su Evangelio. El papa Benedicto XVI es un vir ecclesiasticus, un hombre de la Iglesia. Siempre ha tenido presente que el teólogo católico hace teología no a título personal, sino como hijo de la Iglesia. Así ha vivido su actividad de teólogo. En plena humildad, sin ceder a la tentación de la soberbia que a menudo convierte la profesión de teólogo en un riesgo, en un trabajo peligroso.
Pienso también que Dios le ha preparado para su cargo actual, porque el papa Ratzinger no sólo ha sido el gran teólogo que es, sino que el largo período vivido como prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe le ha garantizado una experiencia de la vida de la Iglesia de vasto horizonte, en el contacto continuo con tantos obispos. Es un Papa que posee una visión realmente de conjunto de los problemas. Los grandes problemas ahora son globales, afectan a toda la humanidad, y desde su observatorio, desde su meditación, desde su oración, el cardenal Ratzinger ha sido preparado para afrontar todo esto.