Veintiún cardenales hablan del nuevo Papa
Parte I
ESTOY MUY
CONTENTO
por el cardenal Bernardin Gantin
decano emérito del Sacro Colegio
Estoy muy contento de que Benedicto XVI me haya recibido antes de que yo volviera a Benin para seguir siendo misionero romano en África. Y estoy muy contento de que la misma mañana el Papa haya recibido también al cardenal vicario Camillo Ruini y a los altos cargos del Celam. Roma, África y América Latina juntas. Le expresé al Papa mis mejores deseos para un pontificado largo y provechoso. Le recordé también los problemas de mi continente, a menudo olvidado por los poderosos de este mundo, pero siempre presente en el corazón del sucesor de Pedro. De Juan Pablo II ayer, de su sucesor hoy. Hablé de guerras que ensangrientan nuestra tierra, del hambre que mata a grandes y pequeños, de las sectas que envenenan la fe de la gente sencilla, del islam que avanza, del sida que siega la vida de miles de inocentes. Por eso me asombró que el primer llamamiento del Papa en el primer Regina Caeli rezado desde la ventana de su apartamento del Palacio apostólico fuera por la paz en Togo, país fronterizo con mi Benin. Me conmueve la prontitud del Papa, aunque, como es obvio, hubiera preferido que no hubiera sido necesaria su intervención. En la breve audiencia hablamos del presente y del futuro. No hubo tiempo para ningún “amarcord”. De todos modos, no puedo olvidar que Benedicto XVI fue creado cardenal por Pablo VI en 1977, y que en aquel “miniconsistorio” –los nuevos cardenales fueron cuatro–, la púrpura también se le concedió a mi humilde persona. También esto le agradezco al papa Montini.

SENCILLO,
HUMILDE, TRANQUILO
por el cardenal Alfonso López Trujillo
presidente del Pontificio Consejo para la Familia
«La primera obra de Ratzinger que leí fue Introducción al cristianismo. Me impresionó por su claridad y por el modo de tratar, partiendo de la fe, los problemas del mundo contemporáneo. Me ofreció además materia de reflexión su obra eclesiológica Palabra en la Iglesia. Fue como abrir de par en par ventanas para respirar el buen oxígeno de la fe. Sus criterios son los justos. A mis sacerdotes, en Medellín, les solía regalar aquel libro cuando se ordenaban; es uno de esos libros que deben estar en la biblioteca de todo sacerdote. Creo que he leído todo lo que se ha publicado del cardenal Ratzinger en español, pero también en italiano y en francés». Estas palabras, escritas para mi libro Testimonios, que salió en español en el ya lejano 1997, conservan todo su valor.
Puedo añadir además que mi conocimiento del entonces profesor Joseph Ratzinger se remonta a 1971. Yo era obispo desde hacía poco y en la sede de la Conferencia episcopal colombiana organizamos un mes de cursos de actualización teológica para los obispos del país. Entre los conferenciantes estaba el actual papa Benedicto XVI. Recuerdo como si fuera hoy que el joven profesor Ratzinger a veces “desaparecía” de la circulación y se retiraba en un rincón para rezar el breviario o para preparar la conferencia siguiente. Soy testigo de lo hábil que era con la taquigrafía para escribir rápidamente sus lecciones.Posteriormente, en 1988, cuando yo era presidente de la Conferencia episcopal colombiana, organicé una semana de encuentros entre los obispos y Ratzinger, que mientras tanto se había convertido en cardenal y prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.Como miembro de la mencionada Congregación, además, tuve la oportunidad de apreciar en estos más de veinte años las grandes dotes humanas y espirituales del actual Pontífice. Su actitud sencilla, humilde, tranquila. Su capacidad de escucha y de síntesis. Su apertura paciente al diálogo. Pero sin nunca olvidar la obligación de recordarles a todos lo que el Señor desea de su Iglesia.En mi libro de 1997 también escribía: «Francamente, en nosotros que lo conocemos de cerca, provoca más bien hilaridad el verlo injustamente calificado de “gran inquisidor”. Ante todo, creo que solo su ejemplar obediencia le ha llevado a una responsabilidad tan difícil, ejercida con la autoridad que emana de la verdad serena, aunque firmemente servida […]. Una característica poco conocida, quizá, es su paciencia, de la que podrían ser testigos quienes han tratado con él cumpliendo los cargos que les ha confiado la Iglesia, incluidos los teólogos de la liberación». Tampoco estas palabras, pronunciadas hace ocho años, han perdido valor… Todo lo contrario.Quiero terminar esta breve intervención afirmando que me siento muy honrado por haber sido uno de los primeros en ser recibido en audiencia por el Papa. En aquella ocasión pude darle nueva información sobre los preparativos del Encuentro mundial de las familias con el Papa previsto para la primera semana de julio de 2006 en Valencia, España.
LA NOVEDAD DEL
NOMBRE
por el cardenal Giovanni Battista Re
prefecto de la Congregación para los Obispos
Si el nombre de Benedicto XVI ha sido para muchos una sorpresa, por lo que se refiere a la brevedad del cónclave y la elección del cardenal Ratzinger no puede hablarse de verdadera sorpresa debido a la personalidad del nuevo Papa.
En efecto, ya hace años formaba parte del grupo de teólogos más sobresalientes (llegó a la cátedra universitaria a los treinta y un años, perito del Concilio Vaticano II, etc.); además, desde 1977, es decir, cuando Pablo VI lo nombró arzobispo de Múnich y, meses después, cardenal, era uno de los personajes más conocidos del mundo por su hondura intelectual, por la visión de los problemas de nuestro tiempo y por el compromiso en la defensa de la identidad cristiana.La novedad del nombre no debe hacer pensar en una discontinuidad con sus inmediatos predecesores: Benedicto XVI seguirá sin duda la línea de Juan Pablo II, dentro de la bimilenaria tradición de la Iglesia. Lo declaró él mismo, tras su elección, afirmando que le parecía «sentir la mano fuerte» del papa Juan Pablo II apretando la suya y decirle: «¡No tengas miedo!» (L’Osservatore Romano, 21 de abril).El Papa Ratzinger conjuga el vigor y el rigor intelectual con la finura humana y la sencillez en los modales. Revelan también su humanidad las palabras con las que, recién elegido papa, se presentó, definiéndose «un simple y humilde trabajador de la viña del Señor».La grandeza de un papa está en el hecho de ser sucesor de san Pedro y, por consiguiente, vicario de Cristo en la tierra con la tarea de confirmar a los hermanos en la fe y ser fundamento de la unidad de la Iglesia. Cambia la persona, pero continúa la misma misión.Sin embargo, cada papa aporta su personalidad, sus orígenes, la impronta del ambiente en que se desarrolló su formación humana y cristiana. Por tanto, el estilo de Benedicto XVI será distinto del de su predecesor, pero no será diferente el amor a Cristo ni el deseo de servir a la humanidad, ayudándola a crecer en la hermandad, en la solidaridad, en el respeto de los demás, en el amor, en la justicia y en la pacífica convivencia.En estos veintitrés años en los que estuvo frente al dicasterio de la Curia romana que se ocupa de la defensa y de la promoción de la fe católica, el cardenal Ratzinger ha manifestado ser un gran testigo de la verdad sobre Dios y sobre el hombre, sin ceder a las modas y sin nunca caer en la búsqueda del éxito en este mundo.En la homilía del día de apertura del cónclave, comentando a san Pablo, que exhortaba «a no dejarse llevar por ningún viento de doctrina», el cardenal Ratzinger usó palabras fuertes contra la «dictadura del relativismo», tan difundido hoy «que deja como última medida solo el propio yo y sus antojos». Y concluía diciendo que una fe adulta no es la que «sigue las olas de la moda y la última novedad», sino «la fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo» (L’Osservatore Romano, 19 de abril). Son palabras que dan a entender el horizonte de su pensamiento y de su mentalidad, y que ponen de manifiesto su espíritu valiente. Hombre de fe profunda, está dispuesto a encontrarse y a dialogar con cualquiera, siempre que esté a la búsqueda sincera de la verdad.Mientras Juan Pablo II era por naturaleza místico y filósofo, en Benedicto XVI predomina la espiritualidad arraigada en la tradición de los Padres de la Iglesia y una fuerte dimensión teológica.Su decisión de llamarse con este nombre va unida al compromiso por la paz que caracterizó a Benedicto XV (1914-1922), quien habló de la guerra como de «inútil masacre» y fue incansable buscador de soluciones pacíficas. Pero este nombre retoma sobre todo la herencia de san Benito, fundador del monaquismo, que se difundió desde Montecassino por toda Europa y que tanto influyó en la formación de la civilización europea, fundada en el reconocimiento del primado de Dios sobre la historia y del espíritu sobre la materia. El nombre Benedicto, por lo tanto, posee una profunda raíz de fe, de cultura y de civilización. De los dieciséis Papas que eligieron este nombre, diez eran romanos: en el nombre, pues, también hay una raíz de romanidad.La experiencia nos enseña que cada época tiene el papa que necesita, porque el Espíritu Santo actúa en la Iglesia y en los corazones.El extraordinario interés que ha levantado el papado en el mundo en estas semanas y la intensidad con que lo han vivido los corazones demuestra lo viva que está la Iglesia católica, pero también es señal de esperanza en que la acción del nuevo Papa, pese a las tempestades y las tribulaciones que no faltarán, traiga frutos abundantes de bondad y bienes para la humanidad de hoy, marcada por un deseo de infinito que nadie podrá nunca borrar de los corazones humanos.Benedicto XVI ahora trazará su camino, que será nuevo y antiguo al mismo tiempo. En la homilía de la misa de inauguración del ministerio pastoral como sucesor de Pedro, Benedicto XVI quiso recordar y hacer suyas las palabras de Juan Pablo II, pronunciadas el 22 de octubre de 1978: «¡Abrid las puertas a Cristo!». Subrayó con fuerza que «el cristiano nunca está solo» y que quien deja entrar a Cristo en su existencia «no pierde nada, absolutamente nada, de lo que hace a la vida libre, bella y grande» (L’Osservatore Romano, 25 de abril).De ahora en adelante el papa Ratzinger dejará de tener tiempo de ponerse al piano para tocar a Mozart. Será un Papa que reforzará la fe en el mundo; será un gran Pastor, exigente en el plano de la fe y los principios, pero con el corazón lleno de bondad hacia la gente cercana y lejana, en un mundo sediento de amor y de razones de esperanza y de vida.
LA LITURGIA
ES LA EXPRESIÓN DE LA FE
por el cardenal Francis Arinze
prefecto de la Congregación para el Culto Divino
y la Disciplina de los Sacramentos
Conocí al entonces cardenal Ratzinger cuando era arzobispo de Múnich, en 1977 ó 1978, durante una visita a Alemania que hice cuando era yo arzobispo de Onitsha, Nigeria. Había oído hablar de él como teólogo, pero nunca lo había visto antes. Le conocí mucho mejor cuando fui nombrado por Juan Pablo II presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, es decir, en el 84, y luego como miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Yo diría que es una gran personalidad. En él veo al sacerdote, al obispo, al cardenal y ahora a un Papa dedicado a Jesucristo y a la Iglesia; una persona de fe, de fe católica sin ambages, inteligente. El Papa Benedicto sabe articular la fe de manera clara, lúcida; de una forma que está bien para los doctos y que no resulta demasiado difícil para los sencillos. Cuando se tiene la suerte de escucharlo, uno se enriquece doctrinal y espiritualmente. Es una persona muy inteligente, pero al mismo tiempo no avasalla al otro, sabe escuchar. Si el otro presenta de verdad un argumento positivo, él no duda en aceptarlo. Yo también le he visto cambiando de postura cuando se ha hallado frente a argumentos realmente persuasivos.A menudo la gente olvida que el papel de la Congregación para la doctrina de la fe es promover y defender la fe y no reprimir a los teólogos disidentes. Por eso se ha imaginado al cardenal Ratzinger solo como un árbitro severo y fiscal siempre dispuesto a pitar el fuera de juego o a anular goles no válidos… Pues bien –aunque es justo que haya un árbitro para evitar que el juego termine a palos– la fe es algo mucho más importante que un partido de fútbol, y la figura del cardenal Ratzinger, hoy papa Benedicto, no puede quedar sólo en árbitro petulante. No hay más que ver L’Osservatore Romano del 24 de abril con las dos páginas con la bibliografía de sus últimos cuarenta años. ¡Impresionante realmente!A las personas que no lo conocen personalmente yo les digo: esperen, escuchen, abran los ojos, abran también los oídos, porque una persona no puede ver si cierra los ojos y no puede oír nada si no quiere escuchar.Algunos tienen miedo de la verdad, por eso cuando oyen hablar de Congregación para la Doctrina de la Fe dicen enseguida que tienen dolor de cabeza o la tensión alta, pero yo les digo que no tengan miedo: cuando lean más los textos de este Papa, sentirán, gustarán más el gozo de ser fieles testigos de Jesús.El papa Benedicto XVI como teólogo y como cardenal ha escrito mucho sobre la liturgia, porque «lex credendi, lex orandi»: la liturgia es la expresión de la fe y es la fe lo que guía la liturgia. La liturgia no es el campo de aquellos a quienes les gusta hacer las cosas a su manera, no es el campo del “hazlo tú mismo”. La liturgia es la expresión oficial de la fe de la Iglesia, de la celebración de los misterios de Cristo. Y el cardenal Ratzinger –hoy papa Benedicto– tenía ideas bastante claras sobre la liturgia, y no tenía miedo de manifestarlas. Esto nos da muchos ánimos en nuestro trabajo de la Congregación para el Culto Divino, como bien se puede adivinar. ¡Quien no tenga miedo de escuchar, que entienda!
VIVE SU VIDA SIN
MIEDO
por el cardenal Bernard Francis Law
arcipreste de la Patriarcal Basílica Liberiana
de Santa María la Mayor
Conocía los libros de Joseph Ratzinger teólogo, pero el primer encuentro con el actual Pontífice se remonta a los años ochenta, cuando era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y yo era delegado eclesiástico de la Conferencia Episcopal Estadounidense para la pastoral provision de los miembros del clero anglicano uxorado que querían entrar en la Iglesia católica como sacerdotes. En lo concreto yo hacía de trait d’union entre la Congregación que formalmente otorgaba a los anglicanos el permiso de ser consagrados sacerdotes y cada uno de los obispos que estaban dispuestos a dar un papel pastoral a estos nuevos sacerdotes de la Iglesia católica. Después del Sínodo extraordinario de 1985, pude además frecuentar más de cerca al entonces cardenal Ratzinger. Como consecuencia de aquel Sínodo, en efecto, el Papa decidió que se preparara un Catecismo oficial de la Iglesia católica. Juan Pablo II nombró a Ratzinger presidente de la Comisión encargada de redactarlo y yo fui nombrado miembro de esta Comisión. En aquella ocasión pude trabajar al lado de Ratzinger. Aquella fue para mí una experiencia extraordinaria, una riqueza para mi vida. No puedo olvidar un hecho que me une personalmente a la figura del nuevo Papa y a la de su predecesor. Era el 27 de mayo de 1994, el día antes de que le dieran el alta a Juan Pablo II en el Gemelli, donde había sido ingresado para la operación de cadera. Precisamente aquella mañana el Papa –que aún seguía en su habitación de la décima planta del policlínico– recibió del entonces cardenal Ratzinger y del que esto suscribe el primer ejemplar, con las clásicas tapas de cuero blanco, de la versión inglesa del Catecismo de la Iglesia católica.
Con el cardenal Ratzinger también participé en numerosas reuniones de varias Congregaciones de la Curia romana, durante las cuales me quedé siempre impresionado por sus puntos de vista siempre preciosos. Su capacidad de escuchar, su capacidad de sintetizar las intervenciones que escuchaba durante las reuniones, de eliminar las confusiones, era una cosa maravillosa.Una cosa que siempre me ha impresionado del cardenal Ratzinger es que, escuchando o leyendo cada una de sus intervenciones, se aprende siempre algo, y que él posee un especial, extraordinario carisma para enseñar. Pero no sólo esto. El nuevo Papa es también un hombre que vive su vida sin miedo, porque deposita toda su confianza en Dios, en Jesús y en la Bienaventurada Virgen María. Esto se ha visto también en la manera sencilla en la que ha aceptado la tarea humanamente inaudita de ser el obispo de Roma y sucesor de Pedro.
«LA IGLESIA
RESPLANDECE
CON LA LUZ DE CRISTO»
por el cardenal Dionigi Tettamanzi
arzobispo de Milán
«Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16, 18). Esta palabra de Jesús es el fundamento indestructible y la motivación más profunda que explica todo lo que hemos experimentado en estas últimas semanas. Efectivamente, es esta afirmación de Jesús lo que explica el amor que el pueblo cristiano siente por el Papa, por todos los Papas.
Las palabras de Jesús llegan al terminar un diálogo intenso y cada vez más emotivo entre Jesús y sus discípulos. Son como la respuesta y la rúbrica del propio Señor Jesús a la incisiva profesión de fe del apóstol Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo».Esta es la misma página evangélica que fue leída en el silencio de la Capilla Sixtina el atardecer del martes 19 de abril, inmediatamente después de que el nuevo Papa aceptara su elección canónica a sumo pontífice y tras haber elegido como nombre el de Benedicto XVI. Lo que un día lejano se había realizado en el diálogo incisivo entre Pedro y el Señor Jesús, en aquel preciso momento se renovaba y se realizaba una vez más entre el propio Señor Jesús y el nuevo Pedro, que tenía el nombre y el rostro del cardenal Ratzinger.Estoy seguro de que la destacada y rica personalidad del nuevo Papa se irá revelando poco a poco, durante el desarrollo de su pontificado.Hay un rasgo de la trayectoria humana y de la personalidad del nuevo Papa que me gusta subrayar. Es el rasgo de la fidelidad al Concilio y de su aplicación.Sigue siendo todavía hoy el Concilio lo que orienta el ministerio recién comenzado del nuevo Papa. En efecto, siguiendo las huellas del llorado Juan Pablo II, pretende seguir el camino en el tercer milenio «llevando en las manos el Evangelio, aplicado al mundo actual a través de la autorizada relectura del Concilio Vaticano II», como dijo con las palabras pronunciadas en la Capilla Sixtina el día siguiente de ser elegido.Y «donde está Pedro allí está la Iglesia de Milán», como ya sostenía uno de mis predecesores, el arzobispo Luigi Nazzari di Calabiana, retomando la conocida frase de nuestro padre san Ambrosio («Ubi Petrus, ibi Ecclesia»). Sí, también nuestra Iglesia se empeña en caminar en la fidelidad al Concilio Vaticano II.Aquel Concilio señaló con nuevo vigor a Jesucristo a los hombres de nuestro tiempo como «luz de las gentes» y deseó «ardientemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo que resplandece sobre la faz de la Iglesia, anunciando el Evangelio a toda criatura» (Lumen gentium, n. 1). Como ya decía nuestro san Ambrosio: «La Iglesia resplandece no con luz propia, sino con la de Cristo, y toma su esplendor del Sol de justicia» (Esamerone IV, 32).Quien mira fijamente a Cristo Señor y en la fe lo reconoce como único, universal y necesario Salvador del hombre y del mundo está implicado en el dinamismo misionero de la Iglesia: se convierte en testigo de Él, el Resucitado. Como dijo el Papa el domingo 24 de abril, «existimos para enseñar Dios a los hombres», para proclamar a todos, con la palabra y con la vida, que «nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los demás la amistad con Él».Quien mira fijamente a Cristo Señor realiza precisamente su ardiente deseo, su precisa voluntad: ut unum sint (Jn 17, 21), y camina por el sendero del ecumenismo. Aún más: quien mira fijamente a Cristo Señor acepta el diálogo interreligioso, acepta –en la verdad y el amor– al hombre, a todos y cada uno de los hombres, especialmente a las muchas personas que viven en el desierto.Me asombra la petición que el Papa hizo y sigue haciendo con especial insistencia: la petición de que le apoyemos con nuestras oraciones: «Rezad por mí»: esta es la petición, o mejor dicho, la exhortación tan personal y fuerte que Benedicto XVI me hizo también a mí durante el breve pero emocionante momento de saludo y homenaje en la Capilla Sixtina inmediatamente después de ser elegido y nuevamente durante la mañana del viernes 22 de abril al finalizar el encuentro con todos los cardenales. Arrodillado frente a él, le hablaba de la cercanía y el afecto de toda nuestra Iglesia ambrosiana y le refería las oraciones que le acompañaban. Y él me dirigió, con un tono firme y a la vez conmovido, estas sencillas aunque incisivas palabras: «¡Y rezad por mí!».Que la santísima Madre de Jesús y de la Iglesia, nuestra Madonnina, desde la aguja más alta de la Catedral, alcance con su mirada y su sonrisa a Benedicto XVI y lo acompañe en su servicio de pastor universal.
UN HOMBRE DE FE
CATÓLICA
por el cardenal Francis Eugene George
arzobispo de Chicago
El Papa Benedicto XVI es un hombre de fe, de fe católica, y es también un hombre de oración, entre cuyas tareas principales estará la de afrontar un proceso de secularización agresivo, especialmente en Occidente.
Tuve ocasión de escuchar al entonces cardenal Joseph Ratzinger durante una conferencia teológica en Filadelfia, en los Estados Unidos, antes de que me nombraran obispo. Ya había leído sus libros, no solo los que tratan de la doctrina de la Iglesia, de la teología fundamental y de la eclesiología, sino también los de espiritualidad, que han sido para mí una ayuda en la oración.Cuando me convertí en obispo, me encontré y hablé con él varias veces. Siempre me dio la impresión de ser un hombre sereno y capaz. Capaz de escuchar y de hallar los puntos en común, postergando para otra vez los puntos discordantes.Cuando Benedicto XVI se asomó al balcón de San Pedro e hizo aquel gesto expansivo para saludar a la gente, pensé: ahí está la gracia de estado, el cardenal Ratzinger antes no era tan expansivo. He de decir que para mí fue luego muy importante el momento en el que el cardenal Ratzinger aceptó la elección como Papa. En aquel momento pensé: ahora tenemos una Iglesia completa, no hay un comité de cardenales, sino alguien que tiene en sus manos el poder de las llaves.He de decir que me asombró también la elección del nombre, con las referencias a la paz en el mundo (el papa Benedicto XV) y al futuro de Europa (san Benito de Nursia). Creo que vamos a tener un Papa profundamente sensible a las corrientes culturales de hoy.Benedicto XVI, además, conoce bien la historia de la liturgia, y es consciente de que con la llamada reforma litúrgica algo se perdió. Es sin duda alguna un hombre del Concilio Vaticano II, como lo era Juan Pablo II. Pero han pasado cuarenta años, y hemos de ver lo bueno y lo malo de la reforma. Y quizá el nuevo Papa llevará equilibrio en el debatido campo de la liturgia.
SEGURIDAD DE LA
FE
Y ESPERANZA PARA LA HUMANIDAD
por el cardenal Paul Shan Kuo-hsi
obispo de Kaohsiung (Taiwán)
Estoy muy contento de que tengamos un nuevo Papa, muy similar en muchos aspectos a su predecesor. Es un hecho que fue gran amigo de Juan Pablo II, su brazo derecho, de modo que muchos de los grandes proyectos del precedente Pontífice pueden ser continuados.
El nuevo Papa es un hombre de fe profunda. De este modo, aunque en una sociedad secularizada existe todo tipo de vientos y oleadas doctrinales –a las que se induce a seguir a la gente, que a veces no sabe por dónde ir porque ha perdido el rumbo, el sentido de la vida, el significado de las cosas–, este Papa, con su profunda fe en Dios y en Jesús, tiene muy claro qué camino siguen la Iglesia y la humanidad.Y además es un gran teólogo, ha sido durante un cuarto de siglo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y guardián de la fe de la Iglesia, posee una visión y una perspectiva muy claras, de las que la Iglesia y toda la humanidad están muy necesitadas. De este nuevo Papa yo me espero que ante todo pueda dar seguridad a la Iglesia. Él sabe que en los últimos decenios, siguiendo los vientos de distintas doctrinas y creencias, los propios cristianos se han vuelto cristianos de “cafetería”, toman de acá y de allá, se quedan con esto y rechazan lo otro, no saben ya que la fe vale en su plenitud y requiere que se la tome en su totalidad, no se la puede cortar a trocitos, so pena de perder su autenticidad. Este Papa puede darnos la certeza de la fe.En segundo lugar, el papa Benedicto puede traer a la humanidad luz y esperanza. Muchos jóvenes buscan para su futuro un guía, una luz, una esperanza que ni sus profesores ni sus gobiernos pueden ofrecerles. Hay mucha confusión, y el Papa puede ofrecer una luz, no la suya, sino la del Señor Jesús, que dijo de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo; quien me siga no caminará en las tinieblas», porque sólo en Jesucristo tenemos esperanza y luz.Tercero, su nombre, Benedicto, es hermoso, es el del santo patrón de Europa occidental. Juan Pablo II procedía de la Europa del Este, a la que liberó del comunismo ateo. La Europa del Oeste está hoy muy secularizada y la fe muy debilitada. Así como san Benito y sus monjes mantuvieron en Europa la tradición y la cultura cristianas durante las invasiones bárbaras, el papa Benedicto puede revitalizar las tradiciones y las raíces de la cultura y la sociedad europeas.Sabemos también que en 1914, al comienzo de la Primera Guerra Mundial, fue elegido papa Benedicto XV, que no quería ni amaba la guerra, sino que buscó siempre la paz y la reconciliación. Recordemos también que escribió, con gran impacto, la célebre carta apostólica Maximum illud para promover las actividades misioneras, como también la creación y la formación del clero indígena en las tierras de misión. También este Papa se prodigará en las misiones y las nuevas vocaciones locales, llevará mayor evangelización al mundo. Espero que, haciéndose cargo de las tierras de misión, siga a su predecesor Juan Pablo II, quien, en 1995, en Manila, hablando a la Federación de las Conferencias Episcopales de Asia, dijo que el tercer milenio sería el de la evangelización de Asia, y lo repitió en su exhortación apostólica Ecclesia in Asia, tras el Sínodo de los obispos asiáticos. Para el papa Wojtyla, el primer milenio había sido el de la evangelización del Mediterráneo, el segundo de las Américas, del Norte y del Sur, y de parte de África, así que el tercer milenio estaba reservado para Asia. Espero que esto no se quede sólo en un deseo suyo, sino que sea una profecía a la que espero que el nuevo Papa se pueda unir.En fin, espero que bajo la guía del papa Benedicto XVI los teólogos puedan hallar nuevos términos para ofrecer nuestra fe de una manera aceptable por el mundo moderno, y comprensible para el hombre común.Estas esperanzas mías se las ofrezco al nuevo Papa.
UNA BENDICIÓN
PARA TODOS NOSOTROS
por el cardenal Theodore Edgar McCarrick
arzobispo de Washington
Creo que podemos estar todos muy contentos de que el Señor nos haya dado a este nuevo Papa, Benedicto XVI. Considero que el que el cónclave terminara tan pronto fue debido a lo mucho que nos impresionó este hombre no sólo por la manera de rezar por nuestro amado Santo Padre Juan Pablo II; no sólo por sus modales humildes, amables, afables, pero llenos de bondad y dignidad, con que llevó a cabo su papel de decano del Sagrado Colegio durante los días desde la muerte del Santo Padre hasta el cónclave, sino también porque, estando con él, comenzamos a recordar todas las cosas extraordinarias que ha hecho por la Iglesia en los últimos veinticinco años en que ha estado al lado del Santo Padre. Desarrolló de manera espléndida el papel de teólogo del Santo Padre y de guardián de la doctrina de la fe, que era tan importante para Juan Pablo II y para todos nosotros.
Con su sabiduría, él y el Santo Padre formaban un gran equipo que trabajó por el bien de la Iglesia y para guiar a los fieles. Creo que, cosa que recordamos mirándolo y escuchándolo, no es sólo un gran teólogo sino un hombre de fe.Recuerdo haber leído sus libros espirituales, sus libros de meditación, libros que no sólo revelan su sabiduría e inteligencia, sino también su humildad, su piedad y su bondad.De modo que cuando elegimos al nuevo Papa, el primero en ser elegido en el tercer milenio, nos encontramos frente a un hombre que nos había asombrado por el modo en que nos había guiado durante tres semanas y que nos hizo recordar, con su bondad y su santidad, los dones extraordinarios que ya le había hecho a la Iglesia en todos los años de su cercanía al papa Juan Pablo II.En el mundo de hoy él parece poseer la fuerza y la gracia necesarias para guiarnos hacia el futuro. Este es el motivo por el que todos creímos que el Espíritu Santo nos decía: este es vuestro hombre, elegidlo, seguidlo y alegraos, pues os he dado este nuevo guía que os hará de pastor. Sedle fiel del mismo modo que habéis tratado de serlo con sus predecesores.En los Estados Unidos existe esta costumbre: el nuevo presidente, recién elegido, hace un discurso al Estado de la Unión en el que explica su postura, su visión del estado presente de las cosas y sus proyectos para el futuro. Creo que el Santo Padre, con amplitud de miras, hizo lo mismo en su primera homilía el 20 de abril.No podía haberla preparado mucho antes porque no podía saber que iba a convertirse en Papa; pero fue como si el Espíritu Santo le hubiera dicho: «Diles qué necesita la Iglesia en su caminar». Y ahí tenemos todas las cosas a las que él aludió, especialmente a su voluntad de basarse en el trabajo del Concilio Vaticano II, de basarse en aquellos grandes documentos.Siempre fuimos conscientes de que Juan Pablo II fue uno de los grandes padres del Concilio y que tuvo un papel de primer plano; también que el cardenal Ratzinger, ahora Benedicto XVI, tuvo un papel de gran importancia por ser uno de los grandes teólogos del Concilio.¡Qué afortunados somos por tener dos hombres que saben interpretar auténticamente el Concilio y guiarnos auténticamente para que sigamos las grandes enseñanzas, las grandes gracias, las grandes visiones!Así que creo que somos muy afortunados por tener a este gran hombre. A veces los medios de comunicación (¡desde luego no 30Días!) ofrecen interpretaciones sobre las personas, y a menudo el cardenal Ratzinger ha sido descrito como un hombre duro, fuerte, un hombre que no trabaja con los demás. Bien, en las tres semanas en las que convivimos con él, advertimos su colegialidad, su actitud colaboradora, su voluntad de trabajar en grupo y su afabilidad: existe en él una gran amabilidad y una gran humildad a la hora de relacionarse con sus hermanos cardenales.
Hemos de dar gracias a Dios por tenerle como Papa, y rezo para que el Señor siga bendiciéndolo en su tarea de guiar la gran grey de esta gran Iglesia católica en los años que vendrán.
El Papa nos ha explicado que ha elegido el nombre de Benedicto porque el papa Benedicto XV fue un hombre que trabajó por la paz y la reconciliación de los pueblos del mundo, herido por la terrible Primera Guerra Mundial. Luego dijo que lo había elegido porque san Benito fue uno de los grandes patrones de Europa, una Europa que ahora ha de unirse para emprender el camino justo en los años que vendrán.
Cuando escuché el nombre, pensé que es “Benedictus” para nosotros porque será una bendición para la Iglesia, y para todos nosotros. No es que él hubiera pretendido serlo. Lo será. Será una bendición para nosotros en este momento tan crítico para la vida de la Iglesia y del mundo.

COMPASIÓN Y
COMPRENSIÓN MARAVILLOSAS
por el cardenal Desmond Connell
arzobispo emérito de Dublín
La elección de Benedicto XVI me causó una excelente impresión.
Tras el anuncio del cardenal Medina, algunas personas probablemente se preguntaron si el cardenal Ratzinger, ahora Benedicto XVI, es un pastor o más bien un teólogo, o quizá incluso un hombre alejado del contacto con la gente común. Lo que hemos visto a partir de su elección demuestra que es un verdadero pastor.
Me asombró mucho su homilía del día de la inauguración de su ministerio, en especial el uso de la imagen del desierto. Mucha gente, por distintos motivos, incluida la pobreza y el abandono, vive en el desierto de la sociedad secular moderna. Me pareció que en las palabras del Santo Padre había una maravillosa compasión y comprensión por el sufrimiento de la gente en el mundo moderno. Vi al Papa abrir su corazón al sufrimiento.
También me impresionaron mucho las cuestiones que a él le interesan. Está ansioso por divulgar la colegialidad. Creo que esto ha provocado cierta sorpresa, pero está claro que desea hallar un camino para que progrese lo que le interesaba al Concilio Vaticano II. Está claro que, como Juan Pablo II, él es un hombre del Concilio Vaticano II que quiere infundir en la Iglesia el pensamiento de aquel Concilio.
Le interesa también la paz y la reconciliación en el mundo. Está siguiendo el ejemplo de su predecesor Benedicto XIV, el cual, durante la Primera Guerra Mundial, emprendió los primeros grandes pasos de la Santa Sede para conseguir la paz y la reconciliación necesarias para hacer la vida vivible.
El Papa Benedicto XVI está también muy implicado en el desarrollo de la misión ecuménica de la Iglesia, pues ésta forma parte fundamental de la búsqueda de la unidad por la que Cristo rezó durante la Última Cena. Estos son algunos de mis primeros pensamientos.

BENEDICTO XVI,
EL MENSAJE DE UN NOMBRE
por el cardenal José da Cruz Policarpo
patriarca de Lisboa
Joseph Ratzinger era uno de los cardenales más conocidos. La exigente responsabilidad de la misión que ha desarrollado, en sus casi veinticuatro años como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, lo ha colocado en el centro de todas las cuestiones vivas de la creatividad teológica, siempre a la búsqueda de la síntesis entre la fe de la iglesia, las culturas y los problemas del mundo contemporáneo. En esta misión supo conciliar la apertura dialogante con la firmeza en la afirmación de la fe. Pero también se le han dirigido críticas que, mediatizadas unilateralmente, tendían a dar de él una imagen de cierto tipo.
Su elección coloca a la Iglesia y al mundo frente a un dilema: ¿clasificamos un pontificado, recién comenzado, a partir de una imagen estigmatizada por los medios de comunicación, no completa y no siempre exacta, o aceptamos el cambio que solo el Espíritu de Dios llevará a cabo?
Con nuestra conmoción este cambio ocurrió en nosotros, los cardenales electores, en el momento en que pasamos de cumplir un acto electoral –durante el cual él era uno de nosotros– a arrodillarnos ante él, con deferencia y fe, prometiéndole fidelidad y obediencia, porque él era el pastor que, mediante nuestro voto, Dios acababa de colocar al frente de su Iglesia.
Su capacidad de sorprendernos se reveló inmediatamente en el nombre que eligió: Benedicto.
El día antes de la muerte de Juan Pablo II, el nuevo Papa estuvo en Subiaco, en el santuario de san Benito, patrón y gran evangelizador de Europa. En la gran crisis de civilización que siguió a la caída del Imperio romano, la Iglesia mostró que, en lo que concierne a la evangelización de Europa, es siempre posible comenzar nuevamente, pues Jesucristo lleva consigo una esperanza que traza el sentido supremo de la vida y de la historia de la civilización.
La voluntad de desarrollar la dimensión misionera de la Iglesia también fue un rasgo histórico de un gran Pontífice de comienzos del siglo XX: Benedicto XV. El nuevo Papa quiso explicar enseguida a los cardenales reunidos en la Sixtina que precisamente la figura y la acción de Benedicto XV le inspiraron en la elección de este nombre. Benedicto XV fue el Papa de la misión, el Papa de la paz, un hombre que levantó puentes.
San Benito, patrón de Europa, y el gran Papa que fue Benedicto XV llevaron al nuevo Pontífice a elegir, pues, un nombre que significa proyecto de Iglesia, una Iglesia al servicio del hombre y maestra al mismo tiempo de humanidad, porque es sacramento de Jesucristo.
En su primera homilía, el día después de su elección, trazó con firmeza el camino que recorrer en estos nuevos tiempos de misión. Subrayó la unidad de los cristianos, camino que recorrer con «gestos concretos que penetren en los espíritus y sacudan las conciencias»; el diálogo interreligioso e intercultural, y la colaboración con quienes deciden el destino del mundo para buscar la paz y edificar un mundo de rostro humano.
Quiso indicar el Concilio Vaticano II «como brújula para orientarse», y reafirmó su «decidida voluntad de proseguir en el compromiso de aplicación del Concilio Vaticano II». El Vaticano II fue un giro tan grande, una síntesis tan decisiva en todos los campos del pensamiento eclesiológico, que muchos aspectos siguen esperando un desarrollo en profundidad, no desde el punto de vista teórico, sino para sacar todas las consecuencias de acción y actitud pastoral de la Iglesia en el mundo contemporáneo. Desde el punto de vista doctrinal, por ejemplo, hay algunos puntos que pueden desarrollarse, como el del desarrollo de la categoría de Iglesia como signo de salvación. La palabra “signo” está ligada a la naturaleza sacramental de la Iglesia; decir que la Iglesia es, en todo su ser, en toda su realidad histórica, un signo para el mundo, aún no ha sido desarrollado en profundidad. Así como decir que la Iglesia tiene el deber de interpretar los signos de los tiempos, de estar abierta a la historia de la humanidad interpretando con sabiduría todo lo que es la realidad humana, y discerniendo en ella lo que puede ser signo del reino de Dios.
Así pues, que Benedicto XVI se haya puesto como objetivo el desarrollo del Vaticano II hasta sus últimas consecuencias es muy importante. Y si se hacen necesarios algunos cambios en algún punto de la pastoral –interpretando sabiamente todo lo que es la realidad humana y expresando la bondad y la misericordia de la Iglesia– él, por su histórica autoridad y conocimiento de las cuestiones más delicadas inherentes a la vida de la Iglesia, es sin lugar a dudas la persona que mejor puede hacerlo.
Benedicto XVI deja, pues, abiertas de par en par las puertas abiertas por Juan Pablo II, diciendo al mundo que la Iglesia existe por el bien del hombre y de la humanidad.

LOS DESAFÍOS
Y LAS OPORTUNIDADES
DEL MUNDO MODERNO
por el cardenal Cormac Murphy-O’Connor
arzobispo de Westminster
S
por el cardenal Bernardin Gantin
decano emérito del Sacro Colegio
Estoy muy contento de que Benedicto XVI me haya recibido antes de que yo volviera a Benin para seguir siendo misionero romano en África. Y estoy muy contento de que la misma mañana el Papa haya recibido también al cardenal vicario Camillo Ruini y a los altos cargos del Celam. Roma, África y América Latina juntas. Le expresé al Papa mis mejores deseos para un pontificado largo y provechoso. Le recordé también los problemas de mi continente, a menudo olvidado por los poderosos de este mundo, pero siempre presente en el corazón del sucesor de Pedro. De Juan Pablo II ayer, de su sucesor hoy. Hablé de guerras que ensangrientan nuestra tierra, del hambre que mata a grandes y pequeños, de las sectas que envenenan la fe de la gente sencilla, del islam que avanza, del sida que siega la vida de miles de inocentes. Por eso me asombró que el primer llamamiento del Papa en el primer Regina Caeli rezado desde la ventana de su apartamento del Palacio apostólico fuera por la paz en Togo, país fronterizo con mi Benin. Me conmueve la prontitud del Papa, aunque, como es obvio, hubiera preferido que no hubiera sido necesaria su intervención. En la breve audiencia hablamos del presente y del futuro. No hubo tiempo para ningún “amarcord”. De todos modos, no puedo olvidar que Benedicto XVI fue creado cardenal por Pablo VI en 1977, y que en aquel “miniconsistorio” –los nuevos cardenales fueron cuatro–, la púrpura también se le concedió a mi humilde persona. También esto le agradezco al papa Montini.

Alfonso López Trujillo
por el cardenal Alfonso López Trujillo
presidente del Pontificio Consejo para la Familia
«La primera obra de Ratzinger que leí fue Introducción al cristianismo. Me impresionó por su claridad y por el modo de tratar, partiendo de la fe, los problemas del mundo contemporáneo. Me ofreció además materia de reflexión su obra eclesiológica Palabra en la Iglesia. Fue como abrir de par en par ventanas para respirar el buen oxígeno de la fe. Sus criterios son los justos. A mis sacerdotes, en Medellín, les solía regalar aquel libro cuando se ordenaban; es uno de esos libros que deben estar en la biblioteca de todo sacerdote. Creo que he leído todo lo que se ha publicado del cardenal Ratzinger en español, pero también en italiano y en francés». Estas palabras, escritas para mi libro Testimonios, que salió en español en el ya lejano 1997, conservan todo su valor.
Puedo añadir además que mi conocimiento del entonces profesor Joseph Ratzinger se remonta a 1971. Yo era obispo desde hacía poco y en la sede de la Conferencia episcopal colombiana organizamos un mes de cursos de actualización teológica para los obispos del país. Entre los conferenciantes estaba el actual papa Benedicto XVI. Recuerdo como si fuera hoy que el joven profesor Ratzinger a veces “desaparecía” de la circulación y se retiraba en un rincón para rezar el breviario o para preparar la conferencia siguiente. Soy testigo de lo hábil que era con la taquigrafía para escribir rápidamente sus lecciones.Posteriormente, en 1988, cuando yo era presidente de la Conferencia episcopal colombiana, organicé una semana de encuentros entre los obispos y Ratzinger, que mientras tanto se había convertido en cardenal y prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.Como miembro de la mencionada Congregación, además, tuve la oportunidad de apreciar en estos más de veinte años las grandes dotes humanas y espirituales del actual Pontífice. Su actitud sencilla, humilde, tranquila. Su capacidad de escucha y de síntesis. Su apertura paciente al diálogo. Pero sin nunca olvidar la obligación de recordarles a todos lo que el Señor desea de su Iglesia.En mi libro de 1997 también escribía: «Francamente, en nosotros que lo conocemos de cerca, provoca más bien hilaridad el verlo injustamente calificado de “gran inquisidor”. Ante todo, creo que solo su ejemplar obediencia le ha llevado a una responsabilidad tan difícil, ejercida con la autoridad que emana de la verdad serena, aunque firmemente servida […]. Una característica poco conocida, quizá, es su paciencia, de la que podrían ser testigos quienes han tratado con él cumpliendo los cargos que les ha confiado la Iglesia, incluidos los teólogos de la liberación». Tampoco estas palabras, pronunciadas hace ocho años, han perdido valor… Todo lo contrario.Quiero terminar esta breve intervención afirmando que me siento muy honrado por haber sido uno de los primeros en ser recibido en audiencia por el Papa. En aquella ocasión pude darle nueva información sobre los preparativos del Encuentro mundial de las familias con el Papa previsto para la primera semana de julio de 2006 en Valencia, España.

Giovanni Battista Re
por el cardenal Giovanni Battista Re
prefecto de la Congregación para los Obispos
Si el nombre de Benedicto XVI ha sido para muchos una sorpresa, por lo que se refiere a la brevedad del cónclave y la elección del cardenal Ratzinger no puede hablarse de verdadera sorpresa debido a la personalidad del nuevo Papa.
En efecto, ya hace años formaba parte del grupo de teólogos más sobresalientes (llegó a la cátedra universitaria a los treinta y un años, perito del Concilio Vaticano II, etc.); además, desde 1977, es decir, cuando Pablo VI lo nombró arzobispo de Múnich y, meses después, cardenal, era uno de los personajes más conocidos del mundo por su hondura intelectual, por la visión de los problemas de nuestro tiempo y por el compromiso en la defensa de la identidad cristiana.La novedad del nombre no debe hacer pensar en una discontinuidad con sus inmediatos predecesores: Benedicto XVI seguirá sin duda la línea de Juan Pablo II, dentro de la bimilenaria tradición de la Iglesia. Lo declaró él mismo, tras su elección, afirmando que le parecía «sentir la mano fuerte» del papa Juan Pablo II apretando la suya y decirle: «¡No tengas miedo!» (L’Osservatore Romano, 21 de abril).El Papa Ratzinger conjuga el vigor y el rigor intelectual con la finura humana y la sencillez en los modales. Revelan también su humanidad las palabras con las que, recién elegido papa, se presentó, definiéndose «un simple y humilde trabajador de la viña del Señor».La grandeza de un papa está en el hecho de ser sucesor de san Pedro y, por consiguiente, vicario de Cristo en la tierra con la tarea de confirmar a los hermanos en la fe y ser fundamento de la unidad de la Iglesia. Cambia la persona, pero continúa la misma misión.Sin embargo, cada papa aporta su personalidad, sus orígenes, la impronta del ambiente en que se desarrolló su formación humana y cristiana. Por tanto, el estilo de Benedicto XVI será distinto del de su predecesor, pero no será diferente el amor a Cristo ni el deseo de servir a la humanidad, ayudándola a crecer en la hermandad, en la solidaridad, en el respeto de los demás, en el amor, en la justicia y en la pacífica convivencia.En estos veintitrés años en los que estuvo frente al dicasterio de la Curia romana que se ocupa de la defensa y de la promoción de la fe católica, el cardenal Ratzinger ha manifestado ser un gran testigo de la verdad sobre Dios y sobre el hombre, sin ceder a las modas y sin nunca caer en la búsqueda del éxito en este mundo.En la homilía del día de apertura del cónclave, comentando a san Pablo, que exhortaba «a no dejarse llevar por ningún viento de doctrina», el cardenal Ratzinger usó palabras fuertes contra la «dictadura del relativismo», tan difundido hoy «que deja como última medida solo el propio yo y sus antojos». Y concluía diciendo que una fe adulta no es la que «sigue las olas de la moda y la última novedad», sino «la fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo» (L’Osservatore Romano, 19 de abril). Son palabras que dan a entender el horizonte de su pensamiento y de su mentalidad, y que ponen de manifiesto su espíritu valiente. Hombre de fe profunda, está dispuesto a encontrarse y a dialogar con cualquiera, siempre que esté a la búsqueda sincera de la verdad.Mientras Juan Pablo II era por naturaleza místico y filósofo, en Benedicto XVI predomina la espiritualidad arraigada en la tradición de los Padres de la Iglesia y una fuerte dimensión teológica.Su decisión de llamarse con este nombre va unida al compromiso por la paz que caracterizó a Benedicto XV (1914-1922), quien habló de la guerra como de «inútil masacre» y fue incansable buscador de soluciones pacíficas. Pero este nombre retoma sobre todo la herencia de san Benito, fundador del monaquismo, que se difundió desde Montecassino por toda Europa y que tanto influyó en la formación de la civilización europea, fundada en el reconocimiento del primado de Dios sobre la historia y del espíritu sobre la materia. El nombre Benedicto, por lo tanto, posee una profunda raíz de fe, de cultura y de civilización. De los dieciséis Papas que eligieron este nombre, diez eran romanos: en el nombre, pues, también hay una raíz de romanidad.La experiencia nos enseña que cada época tiene el papa que necesita, porque el Espíritu Santo actúa en la Iglesia y en los corazones.El extraordinario interés que ha levantado el papado en el mundo en estas semanas y la intensidad con que lo han vivido los corazones demuestra lo viva que está la Iglesia católica, pero también es señal de esperanza en que la acción del nuevo Papa, pese a las tempestades y las tribulaciones que no faltarán, traiga frutos abundantes de bondad y bienes para la humanidad de hoy, marcada por un deseo de infinito que nadie podrá nunca borrar de los corazones humanos.Benedicto XVI ahora trazará su camino, que será nuevo y antiguo al mismo tiempo. En la homilía de la misa de inauguración del ministerio pastoral como sucesor de Pedro, Benedicto XVI quiso recordar y hacer suyas las palabras de Juan Pablo II, pronunciadas el 22 de octubre de 1978: «¡Abrid las puertas a Cristo!». Subrayó con fuerza que «el cristiano nunca está solo» y que quien deja entrar a Cristo en su existencia «no pierde nada, absolutamente nada, de lo que hace a la vida libre, bella y grande» (L’Osservatore Romano, 25 de abril).De ahora en adelante el papa Ratzinger dejará de tener tiempo de ponerse al piano para tocar a Mozart. Será un Papa que reforzará la fe en el mundo; será un gran Pastor, exigente en el plano de la fe y los principios, pero con el corazón lleno de bondad hacia la gente cercana y lejana, en un mundo sediento de amor y de razones de esperanza y de vida.

Francis Arinze
ES LA EXPRESIÓN DE LA FE
por el cardenal Francis Arinze
prefecto de la Congregación para el Culto Divino
y la Disciplina de los Sacramentos
Conocí al entonces cardenal Ratzinger cuando era arzobispo de Múnich, en 1977 ó 1978, durante una visita a Alemania que hice cuando era yo arzobispo de Onitsha, Nigeria. Había oído hablar de él como teólogo, pero nunca lo había visto antes. Le conocí mucho mejor cuando fui nombrado por Juan Pablo II presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, es decir, en el 84, y luego como miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Yo diría que es una gran personalidad. En él veo al sacerdote, al obispo, al cardenal y ahora a un Papa dedicado a Jesucristo y a la Iglesia; una persona de fe, de fe católica sin ambages, inteligente. El Papa Benedicto sabe articular la fe de manera clara, lúcida; de una forma que está bien para los doctos y que no resulta demasiado difícil para los sencillos. Cuando se tiene la suerte de escucharlo, uno se enriquece doctrinal y espiritualmente. Es una persona muy inteligente, pero al mismo tiempo no avasalla al otro, sabe escuchar. Si el otro presenta de verdad un argumento positivo, él no duda en aceptarlo. Yo también le he visto cambiando de postura cuando se ha hallado frente a argumentos realmente persuasivos.A menudo la gente olvida que el papel de la Congregación para la doctrina de la fe es promover y defender la fe y no reprimir a los teólogos disidentes. Por eso se ha imaginado al cardenal Ratzinger solo como un árbitro severo y fiscal siempre dispuesto a pitar el fuera de juego o a anular goles no válidos… Pues bien –aunque es justo que haya un árbitro para evitar que el juego termine a palos– la fe es algo mucho más importante que un partido de fútbol, y la figura del cardenal Ratzinger, hoy papa Benedicto, no puede quedar sólo en árbitro petulante. No hay más que ver L’Osservatore Romano del 24 de abril con las dos páginas con la bibliografía de sus últimos cuarenta años. ¡Impresionante realmente!A las personas que no lo conocen personalmente yo les digo: esperen, escuchen, abran los ojos, abran también los oídos, porque una persona no puede ver si cierra los ojos y no puede oír nada si no quiere escuchar.Algunos tienen miedo de la verdad, por eso cuando oyen hablar de Congregación para la Doctrina de la Fe dicen enseguida que tienen dolor de cabeza o la tensión alta, pero yo les digo que no tengan miedo: cuando lean más los textos de este Papa, sentirán, gustarán más el gozo de ser fieles testigos de Jesús.El papa Benedicto XVI como teólogo y como cardenal ha escrito mucho sobre la liturgia, porque «lex credendi, lex orandi»: la liturgia es la expresión de la fe y es la fe lo que guía la liturgia. La liturgia no es el campo de aquellos a quienes les gusta hacer las cosas a su manera, no es el campo del “hazlo tú mismo”. La liturgia es la expresión oficial de la fe de la Iglesia, de la celebración de los misterios de Cristo. Y el cardenal Ratzinger –hoy papa Benedicto– tenía ideas bastante claras sobre la liturgia, y no tenía miedo de manifestarlas. Esto nos da muchos ánimos en nuestro trabajo de la Congregación para el Culto Divino, como bien se puede adivinar. ¡Quien no tenga miedo de escuchar, que entienda!

Bernard Francis Law
por el cardenal Bernard Francis Law
arcipreste de la Patriarcal Basílica Liberiana
de Santa María la Mayor
Conocía los libros de Joseph Ratzinger teólogo, pero el primer encuentro con el actual Pontífice se remonta a los años ochenta, cuando era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y yo era delegado eclesiástico de la Conferencia Episcopal Estadounidense para la pastoral provision de los miembros del clero anglicano uxorado que querían entrar en la Iglesia católica como sacerdotes. En lo concreto yo hacía de trait d’union entre la Congregación que formalmente otorgaba a los anglicanos el permiso de ser consagrados sacerdotes y cada uno de los obispos que estaban dispuestos a dar un papel pastoral a estos nuevos sacerdotes de la Iglesia católica. Después del Sínodo extraordinario de 1985, pude además frecuentar más de cerca al entonces cardenal Ratzinger. Como consecuencia de aquel Sínodo, en efecto, el Papa decidió que se preparara un Catecismo oficial de la Iglesia católica. Juan Pablo II nombró a Ratzinger presidente de la Comisión encargada de redactarlo y yo fui nombrado miembro de esta Comisión. En aquella ocasión pude trabajar al lado de Ratzinger. Aquella fue para mí una experiencia extraordinaria, una riqueza para mi vida. No puedo olvidar un hecho que me une personalmente a la figura del nuevo Papa y a la de su predecesor. Era el 27 de mayo de 1994, el día antes de que le dieran el alta a Juan Pablo II en el Gemelli, donde había sido ingresado para la operación de cadera. Precisamente aquella mañana el Papa –que aún seguía en su habitación de la décima planta del policlínico– recibió del entonces cardenal Ratzinger y del que esto suscribe el primer ejemplar, con las clásicas tapas de cuero blanco, de la versión inglesa del Catecismo de la Iglesia católica.
Con el cardenal Ratzinger también participé en numerosas reuniones de varias Congregaciones de la Curia romana, durante las cuales me quedé siempre impresionado por sus puntos de vista siempre preciosos. Su capacidad de escuchar, su capacidad de sintetizar las intervenciones que escuchaba durante las reuniones, de eliminar las confusiones, era una cosa maravillosa.Una cosa que siempre me ha impresionado del cardenal Ratzinger es que, escuchando o leyendo cada una de sus intervenciones, se aprende siempre algo, y que él posee un especial, extraordinario carisma para enseñar. Pero no sólo esto. El nuevo Papa es también un hombre que vive su vida sin miedo, porque deposita toda su confianza en Dios, en Jesús y en la Bienaventurada Virgen María. Esto se ha visto también en la manera sencilla en la que ha aceptado la tarea humanamente inaudita de ser el obispo de Roma y sucesor de Pedro.

Dionigi Tettamanzi
CON LA LUZ DE CRISTO»
por el cardenal Dionigi Tettamanzi
arzobispo de Milán
«Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16, 18). Esta palabra de Jesús es el fundamento indestructible y la motivación más profunda que explica todo lo que hemos experimentado en estas últimas semanas. Efectivamente, es esta afirmación de Jesús lo que explica el amor que el pueblo cristiano siente por el Papa, por todos los Papas.
Las palabras de Jesús llegan al terminar un diálogo intenso y cada vez más emotivo entre Jesús y sus discípulos. Son como la respuesta y la rúbrica del propio Señor Jesús a la incisiva profesión de fe del apóstol Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo».Esta es la misma página evangélica que fue leída en el silencio de la Capilla Sixtina el atardecer del martes 19 de abril, inmediatamente después de que el nuevo Papa aceptara su elección canónica a sumo pontífice y tras haber elegido como nombre el de Benedicto XVI. Lo que un día lejano se había realizado en el diálogo incisivo entre Pedro y el Señor Jesús, en aquel preciso momento se renovaba y se realizaba una vez más entre el propio Señor Jesús y el nuevo Pedro, que tenía el nombre y el rostro del cardenal Ratzinger.Estoy seguro de que la destacada y rica personalidad del nuevo Papa se irá revelando poco a poco, durante el desarrollo de su pontificado.Hay un rasgo de la trayectoria humana y de la personalidad del nuevo Papa que me gusta subrayar. Es el rasgo de la fidelidad al Concilio y de su aplicación.Sigue siendo todavía hoy el Concilio lo que orienta el ministerio recién comenzado del nuevo Papa. En efecto, siguiendo las huellas del llorado Juan Pablo II, pretende seguir el camino en el tercer milenio «llevando en las manos el Evangelio, aplicado al mundo actual a través de la autorizada relectura del Concilio Vaticano II», como dijo con las palabras pronunciadas en la Capilla Sixtina el día siguiente de ser elegido.Y «donde está Pedro allí está la Iglesia de Milán», como ya sostenía uno de mis predecesores, el arzobispo Luigi Nazzari di Calabiana, retomando la conocida frase de nuestro padre san Ambrosio («Ubi Petrus, ibi Ecclesia»). Sí, también nuestra Iglesia se empeña en caminar en la fidelidad al Concilio Vaticano II.Aquel Concilio señaló con nuevo vigor a Jesucristo a los hombres de nuestro tiempo como «luz de las gentes» y deseó «ardientemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo que resplandece sobre la faz de la Iglesia, anunciando el Evangelio a toda criatura» (Lumen gentium, n. 1). Como ya decía nuestro san Ambrosio: «La Iglesia resplandece no con luz propia, sino con la de Cristo, y toma su esplendor del Sol de justicia» (Esamerone IV, 32).Quien mira fijamente a Cristo Señor y en la fe lo reconoce como único, universal y necesario Salvador del hombre y del mundo está implicado en el dinamismo misionero de la Iglesia: se convierte en testigo de Él, el Resucitado. Como dijo el Papa el domingo 24 de abril, «existimos para enseñar Dios a los hombres», para proclamar a todos, con la palabra y con la vida, que «nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los demás la amistad con Él».Quien mira fijamente a Cristo Señor realiza precisamente su ardiente deseo, su precisa voluntad: ut unum sint (Jn 17, 21), y camina por el sendero del ecumenismo. Aún más: quien mira fijamente a Cristo Señor acepta el diálogo interreligioso, acepta –en la verdad y el amor– al hombre, a todos y cada uno de los hombres, especialmente a las muchas personas que viven en el desierto.Me asombra la petición que el Papa hizo y sigue haciendo con especial insistencia: la petición de que le apoyemos con nuestras oraciones: «Rezad por mí»: esta es la petición, o mejor dicho, la exhortación tan personal y fuerte que Benedicto XVI me hizo también a mí durante el breve pero emocionante momento de saludo y homenaje en la Capilla Sixtina inmediatamente después de ser elegido y nuevamente durante la mañana del viernes 22 de abril al finalizar el encuentro con todos los cardenales. Arrodillado frente a él, le hablaba de la cercanía y el afecto de toda nuestra Iglesia ambrosiana y le refería las oraciones que le acompañaban. Y él me dirigió, con un tono firme y a la vez conmovido, estas sencillas aunque incisivas palabras: «¡Y rezad por mí!».Que la santísima Madre de Jesús y de la Iglesia, nuestra Madonnina, desde la aguja más alta de la Catedral, alcance con su mirada y su sonrisa a Benedicto XVI y lo acompañe en su servicio de pastor universal.

Francis Eugene George
por el cardenal Francis Eugene George
arzobispo de Chicago
El Papa Benedicto XVI es un hombre de fe, de fe católica, y es también un hombre de oración, entre cuyas tareas principales estará la de afrontar un proceso de secularización agresivo, especialmente en Occidente.
Tuve ocasión de escuchar al entonces cardenal Joseph Ratzinger durante una conferencia teológica en Filadelfia, en los Estados Unidos, antes de que me nombraran obispo. Ya había leído sus libros, no solo los que tratan de la doctrina de la Iglesia, de la teología fundamental y de la eclesiología, sino también los de espiritualidad, que han sido para mí una ayuda en la oración.Cuando me convertí en obispo, me encontré y hablé con él varias veces. Siempre me dio la impresión de ser un hombre sereno y capaz. Capaz de escuchar y de hallar los puntos en común, postergando para otra vez los puntos discordantes.Cuando Benedicto XVI se asomó al balcón de San Pedro e hizo aquel gesto expansivo para saludar a la gente, pensé: ahí está la gracia de estado, el cardenal Ratzinger antes no era tan expansivo. He de decir que para mí fue luego muy importante el momento en el que el cardenal Ratzinger aceptó la elección como Papa. En aquel momento pensé: ahora tenemos una Iglesia completa, no hay un comité de cardenales, sino alguien que tiene en sus manos el poder de las llaves.He de decir que me asombró también la elección del nombre, con las referencias a la paz en el mundo (el papa Benedicto XV) y al futuro de Europa (san Benito de Nursia). Creo que vamos a tener un Papa profundamente sensible a las corrientes culturales de hoy.Benedicto XVI, además, conoce bien la historia de la liturgia, y es consciente de que con la llamada reforma litúrgica algo se perdió. Es sin duda alguna un hombre del Concilio Vaticano II, como lo era Juan Pablo II. Pero han pasado cuarenta años, y hemos de ver lo bueno y lo malo de la reforma. Y quizá el nuevo Papa llevará equilibrio en el debatido campo de la liturgia.

Paul Shan Kuo-hsi
Y ESPERANZA PARA LA HUMANIDAD
por el cardenal Paul Shan Kuo-hsi
obispo de Kaohsiung (Taiwán)
Estoy muy contento de que tengamos un nuevo Papa, muy similar en muchos aspectos a su predecesor. Es un hecho que fue gran amigo de Juan Pablo II, su brazo derecho, de modo que muchos de los grandes proyectos del precedente Pontífice pueden ser continuados.
El nuevo Papa es un hombre de fe profunda. De este modo, aunque en una sociedad secularizada existe todo tipo de vientos y oleadas doctrinales –a las que se induce a seguir a la gente, que a veces no sabe por dónde ir porque ha perdido el rumbo, el sentido de la vida, el significado de las cosas–, este Papa, con su profunda fe en Dios y en Jesús, tiene muy claro qué camino siguen la Iglesia y la humanidad.Y además es un gran teólogo, ha sido durante un cuarto de siglo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y guardián de la fe de la Iglesia, posee una visión y una perspectiva muy claras, de las que la Iglesia y toda la humanidad están muy necesitadas. De este nuevo Papa yo me espero que ante todo pueda dar seguridad a la Iglesia. Él sabe que en los últimos decenios, siguiendo los vientos de distintas doctrinas y creencias, los propios cristianos se han vuelto cristianos de “cafetería”, toman de acá y de allá, se quedan con esto y rechazan lo otro, no saben ya que la fe vale en su plenitud y requiere que se la tome en su totalidad, no se la puede cortar a trocitos, so pena de perder su autenticidad. Este Papa puede darnos la certeza de la fe.En segundo lugar, el papa Benedicto puede traer a la humanidad luz y esperanza. Muchos jóvenes buscan para su futuro un guía, una luz, una esperanza que ni sus profesores ni sus gobiernos pueden ofrecerles. Hay mucha confusión, y el Papa puede ofrecer una luz, no la suya, sino la del Señor Jesús, que dijo de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo; quien me siga no caminará en las tinieblas», porque sólo en Jesucristo tenemos esperanza y luz.Tercero, su nombre, Benedicto, es hermoso, es el del santo patrón de Europa occidental. Juan Pablo II procedía de la Europa del Este, a la que liberó del comunismo ateo. La Europa del Oeste está hoy muy secularizada y la fe muy debilitada. Así como san Benito y sus monjes mantuvieron en Europa la tradición y la cultura cristianas durante las invasiones bárbaras, el papa Benedicto puede revitalizar las tradiciones y las raíces de la cultura y la sociedad europeas.Sabemos también que en 1914, al comienzo de la Primera Guerra Mundial, fue elegido papa Benedicto XV, que no quería ni amaba la guerra, sino que buscó siempre la paz y la reconciliación. Recordemos también que escribió, con gran impacto, la célebre carta apostólica Maximum illud para promover las actividades misioneras, como también la creación y la formación del clero indígena en las tierras de misión. También este Papa se prodigará en las misiones y las nuevas vocaciones locales, llevará mayor evangelización al mundo. Espero que, haciéndose cargo de las tierras de misión, siga a su predecesor Juan Pablo II, quien, en 1995, en Manila, hablando a la Federación de las Conferencias Episcopales de Asia, dijo que el tercer milenio sería el de la evangelización de Asia, y lo repitió en su exhortación apostólica Ecclesia in Asia, tras el Sínodo de los obispos asiáticos. Para el papa Wojtyla, el primer milenio había sido el de la evangelización del Mediterráneo, el segundo de las Américas, del Norte y del Sur, y de parte de África, así que el tercer milenio estaba reservado para Asia. Espero que esto no se quede sólo en un deseo suyo, sino que sea una profecía a la que espero que el nuevo Papa se pueda unir.En fin, espero que bajo la guía del papa Benedicto XVI los teólogos puedan hallar nuevos términos para ofrecer nuestra fe de una manera aceptable por el mundo moderno, y comprensible para el hombre común.Estas esperanzas mías se las ofrezco al nuevo Papa.

Theodore Edgar McCarrick
PARA TODOS NOSOTROS
por el cardenal Theodore Edgar McCarrick
arzobispo de Washington
Creo que podemos estar todos muy contentos de que el Señor nos haya dado a este nuevo Papa, Benedicto XVI. Considero que el que el cónclave terminara tan pronto fue debido a lo mucho que nos impresionó este hombre no sólo por la manera de rezar por nuestro amado Santo Padre Juan Pablo II; no sólo por sus modales humildes, amables, afables, pero llenos de bondad y dignidad, con que llevó a cabo su papel de decano del Sagrado Colegio durante los días desde la muerte del Santo Padre hasta el cónclave, sino también porque, estando con él, comenzamos a recordar todas las cosas extraordinarias que ha hecho por la Iglesia en los últimos veinticinco años en que ha estado al lado del Santo Padre. Desarrolló de manera espléndida el papel de teólogo del Santo Padre y de guardián de la doctrina de la fe, que era tan importante para Juan Pablo II y para todos nosotros.
Con su sabiduría, él y el Santo Padre formaban un gran equipo que trabajó por el bien de la Iglesia y para guiar a los fieles. Creo que, cosa que recordamos mirándolo y escuchándolo, no es sólo un gran teólogo sino un hombre de fe.Recuerdo haber leído sus libros espirituales, sus libros de meditación, libros que no sólo revelan su sabiduría e inteligencia, sino también su humildad, su piedad y su bondad.De modo que cuando elegimos al nuevo Papa, el primero en ser elegido en el tercer milenio, nos encontramos frente a un hombre que nos había asombrado por el modo en que nos había guiado durante tres semanas y que nos hizo recordar, con su bondad y su santidad, los dones extraordinarios que ya le había hecho a la Iglesia en todos los años de su cercanía al papa Juan Pablo II.En el mundo de hoy él parece poseer la fuerza y la gracia necesarias para guiarnos hacia el futuro. Este es el motivo por el que todos creímos que el Espíritu Santo nos decía: este es vuestro hombre, elegidlo, seguidlo y alegraos, pues os he dado este nuevo guía que os hará de pastor. Sedle fiel del mismo modo que habéis tratado de serlo con sus predecesores.En los Estados Unidos existe esta costumbre: el nuevo presidente, recién elegido, hace un discurso al Estado de la Unión en el que explica su postura, su visión del estado presente de las cosas y sus proyectos para el futuro. Creo que el Santo Padre, con amplitud de miras, hizo lo mismo en su primera homilía el 20 de abril.No podía haberla preparado mucho antes porque no podía saber que iba a convertirse en Papa; pero fue como si el Espíritu Santo le hubiera dicho: «Diles qué necesita la Iglesia en su caminar». Y ahí tenemos todas las cosas a las que él aludió, especialmente a su voluntad de basarse en el trabajo del Concilio Vaticano II, de basarse en aquellos grandes documentos.Siempre fuimos conscientes de que Juan Pablo II fue uno de los grandes padres del Concilio y que tuvo un papel de primer plano; también que el cardenal Ratzinger, ahora Benedicto XVI, tuvo un papel de gran importancia por ser uno de los grandes teólogos del Concilio.¡Qué afortunados somos por tener dos hombres que saben interpretar auténticamente el Concilio y guiarnos auténticamente para que sigamos las grandes enseñanzas, las grandes gracias, las grandes visiones!Así que creo que somos muy afortunados por tener a este gran hombre. A veces los medios de comunicación (¡desde luego no 30Días!) ofrecen interpretaciones sobre las personas, y a menudo el cardenal Ratzinger ha sido descrito como un hombre duro, fuerte, un hombre que no trabaja con los demás. Bien, en las tres semanas en las que convivimos con él, advertimos su colegialidad, su actitud colaboradora, su voluntad de trabajar en grupo y su afabilidad: existe en él una gran amabilidad y una gran humildad a la hora de relacionarse con sus hermanos cardenales.
Hemos de dar gracias a Dios por tenerle como Papa, y rezo para que el Señor siga bendiciéndolo en su tarea de guiar la gran grey de esta gran Iglesia católica en los años que vendrán.
El Papa nos ha explicado que ha elegido el nombre de Benedicto porque el papa Benedicto XV fue un hombre que trabajó por la paz y la reconciliación de los pueblos del mundo, herido por la terrible Primera Guerra Mundial. Luego dijo que lo había elegido porque san Benito fue uno de los grandes patrones de Europa, una Europa que ahora ha de unirse para emprender el camino justo en los años que vendrán.
Cuando escuché el nombre, pensé que es “Benedictus” para nosotros porque será una bendición para la Iglesia, y para todos nosotros. No es que él hubiera pretendido serlo. Lo será. Será una bendición para nosotros en este momento tan crítico para la vida de la Iglesia y del mundo.

Desmond Connell
por el cardenal Desmond Connell
arzobispo emérito de Dublín
La elección de Benedicto XVI me causó una excelente impresión.
Tras el anuncio del cardenal Medina, algunas personas probablemente se preguntaron si el cardenal Ratzinger, ahora Benedicto XVI, es un pastor o más bien un teólogo, o quizá incluso un hombre alejado del contacto con la gente común. Lo que hemos visto a partir de su elección demuestra que es un verdadero pastor.
Me asombró mucho su homilía del día de la inauguración de su ministerio, en especial el uso de la imagen del desierto. Mucha gente, por distintos motivos, incluida la pobreza y el abandono, vive en el desierto de la sociedad secular moderna. Me pareció que en las palabras del Santo Padre había una maravillosa compasión y comprensión por el sufrimiento de la gente en el mundo moderno. Vi al Papa abrir su corazón al sufrimiento.
También me impresionaron mucho las cuestiones que a él le interesan. Está ansioso por divulgar la colegialidad. Creo que esto ha provocado cierta sorpresa, pero está claro que desea hallar un camino para que progrese lo que le interesaba al Concilio Vaticano II. Está claro que, como Juan Pablo II, él es un hombre del Concilio Vaticano II que quiere infundir en la Iglesia el pensamiento de aquel Concilio.
Le interesa también la paz y la reconciliación en el mundo. Está siguiendo el ejemplo de su predecesor Benedicto XIV, el cual, durante la Primera Guerra Mundial, emprendió los primeros grandes pasos de la Santa Sede para conseguir la paz y la reconciliación necesarias para hacer la vida vivible.
El Papa Benedicto XVI está también muy implicado en el desarrollo de la misión ecuménica de la Iglesia, pues ésta forma parte fundamental de la búsqueda de la unidad por la que Cristo rezó durante la Última Cena. Estos son algunos de mis primeros pensamientos.

José da Cruz Policarpo
EL MENSAJE DE UN NOMBRE
por el cardenal José da Cruz Policarpo
patriarca de Lisboa
Joseph Ratzinger era uno de los cardenales más conocidos. La exigente responsabilidad de la misión que ha desarrollado, en sus casi veinticuatro años como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, lo ha colocado en el centro de todas las cuestiones vivas de la creatividad teológica, siempre a la búsqueda de la síntesis entre la fe de la iglesia, las culturas y los problemas del mundo contemporáneo. En esta misión supo conciliar la apertura dialogante con la firmeza en la afirmación de la fe. Pero también se le han dirigido críticas que, mediatizadas unilateralmente, tendían a dar de él una imagen de cierto tipo.
Su elección coloca a la Iglesia y al mundo frente a un dilema: ¿clasificamos un pontificado, recién comenzado, a partir de una imagen estigmatizada por los medios de comunicación, no completa y no siempre exacta, o aceptamos el cambio que solo el Espíritu de Dios llevará a cabo?
Con nuestra conmoción este cambio ocurrió en nosotros, los cardenales electores, en el momento en que pasamos de cumplir un acto electoral –durante el cual él era uno de nosotros– a arrodillarnos ante él, con deferencia y fe, prometiéndole fidelidad y obediencia, porque él era el pastor que, mediante nuestro voto, Dios acababa de colocar al frente de su Iglesia.
Su capacidad de sorprendernos se reveló inmediatamente en el nombre que eligió: Benedicto.
El día antes de la muerte de Juan Pablo II, el nuevo Papa estuvo en Subiaco, en el santuario de san Benito, patrón y gran evangelizador de Europa. En la gran crisis de civilización que siguió a la caída del Imperio romano, la Iglesia mostró que, en lo que concierne a la evangelización de Europa, es siempre posible comenzar nuevamente, pues Jesucristo lleva consigo una esperanza que traza el sentido supremo de la vida y de la historia de la civilización.
La voluntad de desarrollar la dimensión misionera de la Iglesia también fue un rasgo histórico de un gran Pontífice de comienzos del siglo XX: Benedicto XV. El nuevo Papa quiso explicar enseguida a los cardenales reunidos en la Sixtina que precisamente la figura y la acción de Benedicto XV le inspiraron en la elección de este nombre. Benedicto XV fue el Papa de la misión, el Papa de la paz, un hombre que levantó puentes.
San Benito, patrón de Europa, y el gran Papa que fue Benedicto XV llevaron al nuevo Pontífice a elegir, pues, un nombre que significa proyecto de Iglesia, una Iglesia al servicio del hombre y maestra al mismo tiempo de humanidad, porque es sacramento de Jesucristo.
En su primera homilía, el día después de su elección, trazó con firmeza el camino que recorrer en estos nuevos tiempos de misión. Subrayó la unidad de los cristianos, camino que recorrer con «gestos concretos que penetren en los espíritus y sacudan las conciencias»; el diálogo interreligioso e intercultural, y la colaboración con quienes deciden el destino del mundo para buscar la paz y edificar un mundo de rostro humano.
Quiso indicar el Concilio Vaticano II «como brújula para orientarse», y reafirmó su «decidida voluntad de proseguir en el compromiso de aplicación del Concilio Vaticano II». El Vaticano II fue un giro tan grande, una síntesis tan decisiva en todos los campos del pensamiento eclesiológico, que muchos aspectos siguen esperando un desarrollo en profundidad, no desde el punto de vista teórico, sino para sacar todas las consecuencias de acción y actitud pastoral de la Iglesia en el mundo contemporáneo. Desde el punto de vista doctrinal, por ejemplo, hay algunos puntos que pueden desarrollarse, como el del desarrollo de la categoría de Iglesia como signo de salvación. La palabra “signo” está ligada a la naturaleza sacramental de la Iglesia; decir que la Iglesia es, en todo su ser, en toda su realidad histórica, un signo para el mundo, aún no ha sido desarrollado en profundidad. Así como decir que la Iglesia tiene el deber de interpretar los signos de los tiempos, de estar abierta a la historia de la humanidad interpretando con sabiduría todo lo que es la realidad humana, y discerniendo en ella lo que puede ser signo del reino de Dios.
Así pues, que Benedicto XVI se haya puesto como objetivo el desarrollo del Vaticano II hasta sus últimas consecuencias es muy importante. Y si se hacen necesarios algunos cambios en algún punto de la pastoral –interpretando sabiamente todo lo que es la realidad humana y expresando la bondad y la misericordia de la Iglesia– él, por su histórica autoridad y conocimiento de las cuestiones más delicadas inherentes a la vida de la Iglesia, es sin lugar a dudas la persona que mejor puede hacerlo.
Benedicto XVI deja, pues, abiertas de par en par las puertas abiertas por Juan Pablo II, diciendo al mundo que la Iglesia existe por el bien del hombre y de la humanidad.

Cormac Murphy-O’Connor
LOS DESAFÍOS
Y LAS OPORTUNIDADES
DEL MUNDO MODERNO
por el cardenal Cormac Murphy-O’Connor
arzobispo de Westminster
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