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ENSAYOS
Sacado del n. 03 - 2005

Pedro y las piedras de la Ciudad eterna


Una reflexión del presidente del Pontificio Consejo para la Cultura


por el cardenal Paul Poupard


El cardenal Paul Poupard

El cardenal Paul Poupard

No sé si hay cierta impertinencia en la pregunta «¿Está Roma en el centro del mundo?». Pero sé que hay muchos modos pertinentes de responder. Yo por mi parte lo haré partiendo de una afirmación de Madame Swetchine, la amiga de Lacordaire, amigo él mismo de un sacerdote francés hoy casi olvidado, el abate Louis Bautain.

MADAME SWETCHINE,
LACORDAIRE, BAUTAIN
Escuchemos a Madame Swetchine: «Roma es la reina de las ciudades, es un mundo totalmente distinto de todo aquello que hemos encontrado en otras partes; sus bellezas y sus contrastes pertenecen a un orden tan elevado que nada nos prepara para ello, nada podría hacer presagiar ni prever sus efectos. Aquí las ideas se vuelven grandes, aquí los sentimientos se vuelven más religiosos, el corazón se aplaca. Conviven todas las épocas de la historia, separadas y distinguidas, y parece que cada una de ellas ha querido imprimir su propio carácter a sus monumentos, poseer un horizonte que sea el suyo, y por así decir, una atmósfera particular… ¿No es acaso la belleza eterna como la verdad? ¡Qué vínculo tan estrecho entre religión y arte!». Y la ortodoxa convertida vuelve a aparecer cuando hace esta constatación: «Una de las pruebas de la verdad del catolicismo es que responde tan bien a la naturaleza exclusiva de nuestro corazón. Las otras Iglesias creen que simplifican la religión, haciéndola más accesible, más aceptable, extendiendo a toda comunión las promesas hechas por su divino Autor, y es un muy extraño desconocimiento de nuestras necesidades auténticas. Cuanto más positiva, exclusiva, austera, exigente es una regla, más nos atrae, gracias a ese vago instinto que nos hace entrever lo mucho que nuestra movilidad necesita ser parada, nuestra debilidad ser apoyada, nuestro pensamiento ser enderezado y orientado. Nadie se apasionará nunca por una religión que dice que las otras son iguales que ella, y el Dios celoso lo sabía bien. Desde el momento que una cosa no es, no digo sólo la mejor, sino la única completamente buena, ¿por qué elegir, preferir, concentrarse, y no dejar fraccionar su homenaje y su amor?».
Este texto de Madame Swetchine encontrado casi por casualidad me ha invitado a releer unas páginas que, con el fervor del joven romano que yo era entonces, les proponía a los lectores de La vie spirituelle en noviembre de 1961, sobre Lacordaire, Bautain y Madame Swetchine. En el centro está Roma, donde el abate Bautain, filósofo de Estrasburgo, es denunciado por su obispo por fideísmo.
Lacordaire le escribe el 1 de febrero de 1838: «Una condena de Roma permanece para siempre en la historia, su infalibilidad garantiza su destino eterno. En cambio, la condena de un obispo no tiene el mismo destino, ni la misma solidez…». Presenta de este modo a su corresponsal monseñor le Pappe de Trévern: «El anciano obispo de Estrasburgo evidentemente es un galicano exagerado, mucho menos asombrado por lo que hay de falso en Bautain que por lo que hay de verdad… Nadie como yo da valor a la pureza de la doctrina, y yo diría que cada día me vuelvo más celoso, para mí mismo; pero la caridad a la hora de considerar las doctrinas es el contrapeso de todo punto necesario de la inflexibilidad teológica. Nos movemos como verdaderos cristianos si buscamos la verdad y no el error en una doctrina, y hacemos todos los esfuerzos posibles, incluso hasta derramar la sangre, para encontrarla, igual que se corta una rosa a través de sus espinas. Quien mete todo el pensamiento de un hombre, de un hombre sincero, en el mismo saco éste es un fariseo, la única raza de hombres que fuera maldecida por Jesucristo. ¿Acaso existe un Padre de la Iglesia que no tenga opiniones e incluso errores? ¿Tiraremos sus escritos por la ventana para que el océano de la verdad sea más puro? El hombre que lucha por Dios es un ser sagrado, y hasta el momento en que se le condene manifiestamente habrá que considerar su pensamiento con corazón amigo».
El 1 de febrero de 1840, en otra carta a su corresponsal, Lacordaire añade: «En 1838, cuando estaba en Metz, me advirtieron que se intentaba mandarlo a Roma, el último refugio de quienes se equivocan contra la dureza de los que no se equivocan nunca… Le convencí de que fuera a Roma, fue bien recibido, volvió encantado de Roma…»1.
Hace mucho tiempo publiqué el Journal romain de l’abbé Louis Bautain (1838) (El diario romano de 1838 del abate Bautain), que recuerda aquella historia hoy olvidada. He querido recordarla, cosa que ya hice en mi Rome-Pèlerinage2, porque para tantos peregrinos del pasado y de hoy la peregrinación a Roma es sobre todo la oración en la Basílica de San Pedro, en un camino de fe hacia el magisterio vivo de la Iglesia que, según las promesas hechas por Cristo a Pedro, prosigue en la persona de su sucesor, el papa. Es una gracia de la peregrinación a Roma la adhesión renovada a Pedro, cuyo sucesor es el garante de la verdad del Evangelio, en medio de la confusión del siglo.
Bautain escribe en su diario la misma tarde de su llegada, el 28 de febrero de 1838: «Por fin salimos… Estábamos muy impacientes por ver aparecer la gran ciudad, pese a que el cansancio de la noche anterior y de las pasadas nos había agotado; de pronto; al llegar a un alto, el cochero nos gritó haciendo una señal con su látigo: “¡Roma!”. Vimos, en la neblina de la mañana, la cúpula de San Pedro y en un momento hizo como aparecer ante nuestros ojos toda Roma, antigua y moderna, Roma maestra del mundo, tanto por la fuerza como por el espíritu. Tuvimos que subir y bajar no sé cuantas hondonadas después de aquella aparición, y por fin vimos de cerca San Pedro y el Vaticano, y fue la primera cosa que vimos de Roma entrando por la puerta de Civitavecchia que está detrás, y que parece como si se entrara en el Vaticano mismo. Así que lo que hemos visto de Roma desde el principio es lo que únicamente veníamos a buscar, es decir, San Pedro y el Vaticano»3.
El cardenal Paul Poupard

El cardenal Paul Poupard


LA VOCACIÓN DE ROMA De este modo creo que está clara la respuesta que hay que dar a la pregunta: «¿Está Roma en el centro del mundo?». Porque esta palabra “centro” puede entenderse de muchas maneras: ¿centro de atracción o centro de irradiación?
Si se entiende como centro de atracción o de irradiación en el mundo, hay que saber si se piensa en el papa o en la Curia. Sabemos que estas dos cosas no se confunden, la segunda está al servicio del primero. Por otro lado hay que distinguir el aspecto religioso, el aspecto moral y el aspecto político de las cosas. La respuesta no será la misma según se considere uno u otro aspecto.
Si se considera la llamada opinión común y nos esforzamos en juzgar consiguientemente esta opinión común a la luz de lo que la Iglesia piensa de sí misma, me parece que estamos ante dos concepciones igualmente falsas de Roma y de la Santa Sede. Una concepción tiende a minimizar indebidamente el papel de Roma como centro de atracción o de irradiación considerándola una simple Iglesia entre las otras. En oposición a esta concepción que minimiza, hay otra que tiende a exagerar, en cierto sentido, su papel, asimilándola más o menos formalmente a un “poder”, ignorando lo que la Iglesia dijo de sí misma en el Concilio en materia de libertad religiosa4.
Creo que la verdadera vocación de Roma es ser considerada como testigo principal –y a la Iglesia mediante ella–, como testigo de Cristo vivo, muerto y resucitado, testigo principal como ningún otro según la misión que Cristo le dio a Pedro. Este testimonio tiene en Roma una expresión extraordinariamente auténtica para aquellos que creen y también para algunos de aquellos que no creen. Roma, entonces, como centro de la Iglesia, puede y debe aceptar tener una responsabilidad universal y misionera, sean cuales fueren las debilidades connaturales de toda colaboración humana con la obra de Dios.

LA URBS
Creo que esta es la vocación de Roma, cosa que de alguna manera explica la fascinación de Roma. Porque la ciudad de Roma después de dos mil años ejerce una verdadera fascinación en todo el mundo, hasta el punto que se ha podido llamar “la Ciudad” y nada más: “la Urbs”. A la ciudad y al mundo, Urbi et orbi, el Santo Padre da su bendición solemne desde lo alto del balcón de la Basílica de San Pedro, frente a esa plaza maravillosa que lleva el nombre del apóstol fundador. Los televidentes no paran de mirarla, esperando poder un día realizar la peregrinación a Roma. Porque si todos caminos llevan a Roma, es todavía más cierto añadir hoy que llevan hasta ella al viajero deslumbrado, al peregrino deseoso de repetir los pasos de los apóstoles, de rezar en las grandes basílicas, de participar en el fervor de un pueblo multicolor, cuya fe se reaviva cantando con el sucesor de Pedro el Credo católico.

¡INEXTINGUIBLE ROMA!
¡Inextinguible Roma! Se la ha podido llamar capital de la civilización y del derecho, del arte y de la historia, Roma de las piedras y de los siglos inextricablemente mezclados entre sí, Roma subterránea de las catacumbas, Roma construida sobre la sepultura de Pedro descubierta en el Vaticano, edificada sobre el martirio de los apóstoles, pero también sobre los escombros de los templos paganos y de las ciudades antiguas, Roma moderna, en fin, llena del rumor de tantos recuerdos y del ruido de las grandes arterias, o de las estrechas callejuelas de Trastévere, Roma de las iglesias y de los conventos, Roma de las universidades y los colegios, Roma de los peregrinos, con la muchedumbre pisando semana tras semana la plaza de San Pedro, debajo de las ventanas del papa.
Como decía Juan Pablo II el 25 de abril de 1979, en el aniversario de la fundación de Roma, esta fecha no marca sólo el comienzo de una sucesión de generaciones humanas que han habitado la Ciudad; es también un comienzo para naciones y pueblos lejanos que saben que tienen un vínculo de unidad especial con la tradición cultural latina en lo que esta tiene de profundo.
Los apóstoles del Evangelio, y en primer lugar Pedro de Galilea y Pablo de Tarso, vinieron a Roma y en ella implantaron la Iglesia. Así empezó a existir en la capital del mundo antiguo la Sede de los sucesores de Pedro, de los obispos de Roma. Lo que era cristiano echó raíces en lo que era pagano y, después de desarrollarse en el humus romano, comenzó a crecer con nueva fuerza. Aquí el sucesor de Pedro es el heredero de la misión universal que la Providencia inscribió en el libro de la historia de la Ciudad eterna.

PEDRO Y LAS PIEDRAS Reina de la historia, fiesta de las artes, delicia de los ojos y gozo del corazón, Roma es para el peregrino el centro vivo y visible de la unidad de la Iglesia católica, fecundado por el martirio de los apóstoles, regado por siglos de fe, iluminado por la presencia del sucesor de Pedro. Tanto si llegan desde el aeropuerto de Fiumicino, de la estación de ferrocarriles de Términi o desde la autopista del Sol llena de coches, tendrán la misma preocupación, sentirán el mismo fuego que les quemará dentro: ver San Pedro y al Santo Padre. Porque para el peregrino que viene a Roma el mensaje de las piedras del pasado se conjuga con los rostros del hoy de Dios, en un vivo testimonio de fe. No visita solo lugares prestigiosos repletos de historia milenaria, sino que entra a formar parte de un pelotón de testigos, y coloca sus pasos, junto con sus contemporáneos de todo el mundo, sobre los mismos pasos de aquellos que, a lo largo de los tiempos, le precedieron. Continuidad viva en el tiempo y en el espacio, la Iglesia que los cristianos forman se encuentra en Roma en una cadena secular.
Miembros de tantas comunidades esparcidas por entre los pueblos, los cristianos descubren de repente en Roma su unidad profunda de pueblo de Dios recogido alrededor de la tumba de Pedro y en torno a su sucesor vivo, en el Vaticano. La enorme capital del mundo antiguo, en efecto, fue elegida por los apóstoles porque querían implantar el Evangelio en el corazón mismo del Imperio. Al venir a Roma para anunciar la fe en Cristo resucitado, Pedro y Pablo hallaron en ella la muerte. Su martirio plantó la Iglesia. Según el dicho antiguo: la sangre de los mártires es la semilla de los cristianos. Y desde los primeros siglos los cristianos, empujados por un sentimiento incontenible, se pusieron en movimiento hacia las tumbas de los santos apóstoles, para profesar su fe, en viva continuidad con sus padres y en estrecha unión con el obispo de Roma.
La Vía Apia antigua. Por esta vía Pedro y Pablo llegaron a Roma

La Vía Apia antigua. Por esta vía Pedro y Pablo llegaron a Roma


SAN PEDRO Y EL SANTO PADRE Roma como peregrinación no es de ningún modo una tierra extranjera a la que se llega para hacer una visita efímera, decidida en el último momento y que enseguida se olvida. Tampoco es un santuario circunscrito, limitado a una aparición lejana. Toda la Urbe entera es la patria de los fieles católicos, y también de muchos cristianos, desde hace más de dos mil años. El tiempo, que en otras partes de diluye en la historia, aquí arraiga en la duración. Mientras en una peregrinación a un lugar en el que se ha manifestado la Virgen María o un santo la continuidad consiste solo en la fidelidad a ese mensaje, Roma se afirmó en el tiempo, que la ciudad misma ha llenado con su presencia y su acción. Pedro y Pablo, mártires, están enterrados aquí. Sobre sus tumbas se levantan dos basílicas. Las catacumbas conservan las huellas de los vivos y de los muertos de los primeros siglos. Pero los peregrinos no se limitan a visitar lugares. En Roma encontramos al vicario de Cristo, al sucesor de Pedro. Entre Pedro y las piedras no hay antagonismo sino complementariedad.
¿Qué vais a hacer a Roma? ¿Una peregrinación a las basílicas? ¿O a ver al Papa? ¡Por qué decir “o” cuando evidentemente se trata de una “y” que hay que decir y hacer! Esto es lo singular de Roma como peregrinación: lugares y hombres que no se pueden separar, porque todo los une. El peregrino va hacia la plaza de San Pedro para rezar en la Basílica de San Pedro y para ver al Santo Padre. Videre Petrum: esta antigua exclamación de fe surge de la profundidad de los siglos, es el paso creyente que une a Pedro con Juan Pablo II, el uno con el otro, el uno tras el otro destinatarios de la promesa inaudita de Cristo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Se trata precisamente de un paso de fe, animado por la certeza que habita en el poeta: «Y nosotros caímos en la red de Pedro. Porque es Jesús quien la había echado para nosotros» (Charles Péguy).

DE PEDRO A KAROL Pedro vino a Roma. Fue su primer obispo. Y después de su muerte el obispo de Roma le sucede en su cargo de pastor, responsable en primer grado del colegio de los obispos, el primero de los cuales es él: eje central de la Iglesia esparcida en el tiempo y el espacio, difundida por los cuatro rincones del universo, en camino hacia la patria eterna. Ciudad de Dios en el corazón de la ciudad de los hombres, de los cuales quisiera ser alma, la Iglesia de Jesucristo no es para nada un conglomerado informe, sino un organismo estructurado. Sus estructuras visibles presagian la esencial nervadura espiritual de gracia, cuya fuente es el Señor y cuyo canal es el Espíritu. Sólidamente mezclado con sus hermanos de todas las razas y lenguas, el peregrino que visita Roma, en esta ciudad toma más conciencia de que camina desde el tiempo hacia la eternidad. Porque la eternidad ya dejó en ella sus huellas. El tiempo puede también deshacer las piedras a lo largo de los siglos, Pedro, él, está siempre vivo, desde Simón de Galilea a Karol de Cracovia, también él venido de lejos, para llevarnos mejor lejos, en la barca de la Iglesia, con el viento del Espíritu.
El peregrino que visita los edificios materiales, señal y custodia de una realidad espiritual, no se acerca a ellos como el turista que descubre una obra de arte. Es un creyente que coloca sus pasos sobre los de generaciones que le han precedido, de las que ha recibido, junto a la iglesia adonde viene a rezar, la fe que anima su oración. Por eso, el corazón de la peregrinación a Roma es el encuentro y la bendición recibida del sucesor de Pedro. Es la gracia propia de la audiencia en la que cada miércoles el Santo Padre se dirige a los peregrinos, como testigo de la fe e intérprete autorizado del Evangelio, así como la gracia del rezo con ellos, cada domingo, del Ángelus.
La vocación de Roma es confirmarles en la fe para que la vivan en todos los caminos de la Iglesia y del mundo, en medio de los hombres, en todos los caminos que son los caminos de Cristo, según la hermosa imagen de Juan Pablo II en su primera encíclica, Redemptor hominis.
Cómo no pensar que entre todos esos caminos Roma es la privilegiada, gracias a la continuidad de una tradición cuya depositaria es la Urbe. El sucesor de Pedro no es un mítico platillo volador caído del cielo de Polonia sobre las riberas del Tíber. No es un nuevo Melquisedec, sin padre ni madre, ni genealogía. Como dice su nombre, es un sucesor. Su persona se identifica con su función… Esta, heredera del Evangelio y marcada por el peso de la historia, se inscribe en los dos mil años que han llenado la ciudad de Roma, levantando su devenir en la ciudad de los hombres al destino de Ciudad de Dios. Iglesia encarnada, la Iglesia de Roma no es sin mancha, no es dura y pura como una utopía, cuya única cualidad real sería no existir. En cambio existe, con sus rasgos marcados tan fuertemente por el tiempo y el espacio, por los hombres y sus construcciones de piedra. De este modo, la vocación de Roma es la encarnación de la fe, con los apóstoles Pedro y Pablo y los millones de creyentes que han venido a rezar sobre sus tumbas y a beber en la fe.
Como decía Juan Pablo II el 4 de julio de 1979, tras celebrar por primer vez en Roma la fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo: «Qué elocuente es el altar, en el centro de la Basílica, sobre el cual el sucesor de Pedro celebra la eucaristía pensando que está tan cerca del altar en el que Pedro hizo, sobre la cruz, el sacrificio de su vida en unión con el de Cristo crucificado y resucitado en el Calvario».

MIRAR Y ENTENDER Ante tantos tesoros acumulados no faltan las críticas que se escandalizan por este mecenismo, mientras hay tanta pobreza gritando venganza. La historia no puede rescribirse, y hoy entendemos con dificultad el comportamiento de los Papas del Renacimiento. Pablo VI, inaugurando la nueva sala de las audiencias, la Sala Nervi, el 30 de junio de 1971 declaró que esta «no expresa ningún orgullo monumental o vanidad ornamental, sino que la audacia propia del arte cristiano es la de expresarse en términos grandes y majestuosos». Pero también mucho tiempo antes, cuando era sustituto de la Secretaría de Estado, monseñor Montini se había expresado en esos mismos términos, que yo dedico, cuarenta años después, a los peregrinos de hoy: «Fascinación, reverencia, estupor o simple curiosidad, o también desconfianza prudente guían los pasos del moderno romero que no ha podido evitar la visita obligada y que siente dentro de sí la necesidad de mirar y entender.
Mirar y entender: quizá en ello estriba la diferencia psicológica entre la visita a la Ciudad del Vaticano y la visita a cualquier otro gran monumento de la antigüedad, el Foro romano, las Pirámides, el Partenón, los restos de Nínive o de la civilización de los Incas. A estos es suficiente mirarlos; aquí también hay que entender. Porque aquí hay algo que está indefiniblemente presente, algo que llama a la reflexión, que exige un encuentro, que impone un esfuerzo interior, una síntesis espiritual.
Porque el Vaticano no es sólo un conjunto de edificios monumentales que pueden interesar al artista; ni tampoco es sólo una magnífica señal de los siglos pasados que pueden interesar al historiador; y ni tan siquiera un cofre repleto de tesoros bibliográficos y arqueológicos que pueden interesar al erudito; así como tampoco el museo conocido por las obras maestras sublimes que pueden interesar al turista; ni, para terminar, el templo sagrado del martirio del apóstol Pedro que puede interesar al fiel. El Vaticano no es sólo el pasado; es la casa del Papa, de una autoridad siempre viva y activa».

EL MENSAJE DE LA CIUDAD ETERNA Como la voz de Cristo sobre las aguas tempestuosas del lagoTiberíades, la de su vicario Juan Pablo II suena con potencia y trastoca tanto los viejos eslóganes como las nuevas ideologías: «No tengáis miedo, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo. A su potencia que salva, abrid las fronteras de los Estados, los sistemas económicos y políticos, los terrenos inmensos de la cultura, de la civilización, del desarrollo. No tengáis miedo… Dejad que Cristo hable al hombre. Él solo tiene palabras de vida, sí, de vida eterna».
Este es el mensaje de Roma, extraordinaria encrucijada de pueblos y civilizaciones. Pedro no tuvo miedo de venir con Pablo aquí a plantar la cruz en el corazón de aquel Imperio unificado y poderoso. La unidad política y lingüística, la centralización administrativa serán, desde Roma, cartas preciosas para la difusión del Evangelio a partir de la capital del mundo antiguo. Precisamente cuando estaba a punto de ser borrada de la historia, esto la convirtió en la Ciudad eterna. Tras el declive del Imperio de Occidente y el alejamiento del Imperio de Oriente, Roma se liga sin miedo a la nueva Europa que está trabajosamente surgiendo. En el año 800 el Papa coronó en ella a Carlo Magno como emperador de Occidente. Tras la tempestad del saeculum ferreum, Roma se convierte en el corazón de la defensa católica contra el fraccionismo de las herejías. Los destellos del Barroco atestiguan aquí de manera especial el gozo de la fe después de la tempestad, el gozo de la fe y el gozo de la vida, que son una cosa sola. Haciéndonos descubrir estas etapas posteriores de un arte siempre en simbiosis con su tiempo, ¿no es acaso la lección de Roma consolidar en nosotros el sentimiento de lo universal, de recordarnos nuestra vocación católica?
Roma siempre ha practicado con éxito la asimilación. La comunidad cristiana estuvo en ella perfectamente durante tres siglos hablando griego, y será lo mismo luego con el latín. Celebrará tanto en las casas particulares de los orígenes como en las grandes basílicas de Constantino. «¿Dónde os reunís?», le preguntaban a Justino. Y el filósofo cristiano respondía simplemente: «Donde podemos».
Esta es la lección de Roma. No desde el exterior, sino desde el interior se convierte al mundo y a la sociedad. Los cristianos se aprovechan sin problema de sus usos cuando no tienen nada de reprensible. Los cristianos de Roma adoptaron para sus edificios de culto el esquema de las basílicas paganas. Y se puede encontrar la representación del dios sol en el mosaico que decora el techo de un cubículo, por lo demás cristiano porque la escena de Jonás adorna una de las paredes. En Santa Prisca y en San Esteban Rotondo la iglesia está dentro del mitreo preexistente, mientras que bajo San Clemente se ve que la iglesia cristiana del siglo IV está junto al mitreo privado. Más tarde los restos de la antigüedad adornarán los santuarios cristianos y decorarán sus entradas: columnas de mármol de templos paganos se convierten en soportes de iglesias cristianas, obeliscos egipcios sobre los que campea la cruz de Cristo.
San Pedro es llevado al suplicio, detalle de un sarcófago del siglo IV conservado en las catacumbas 
de San Sebastián

San Pedro es llevado al suplicio, detalle de un sarcófago del siglo IV conservado en las catacumbas de San Sebastián


EL CULTO DE LOS MÁRTIRES Roma, con los primeros apóstoles Pedro y Pablo, luego con Ignacio, Justino, Ptolomeo, Lucio, el patricio Apolonio, y muchos otros que quedaron en el anonimato, se convierte en un martirologio viviente. En la ciudad que era el epicentro del mundo, la sangre de los mártires es semilla de cristianos. La prestigiosa comunidad de los romanos, ya atractiva para el apóstol Pablo, se ha convertido en una nueva tierra santa, regada por la sangre de los mártires. «La primera en caridad y fraternidad», como escribe Ignacio en su carta a los romanos, irradia su luz por todo el Imperio.
En realidad es el culto a los mártires lo que ha creado la peregrinación y ha contribuido a hacer de Roma una ciudad santa, que se ha venido organizando paulatinamente para recibir a los peregrinos y dedicar a los mártires un culto digno de su fama. San Jerónimo escribe: «¿En qué otra parte como en Roma se va a las iglesias y a las tumbas de los mártires con tanto celo y en tan grande número? Hemos de alabar la fe del pueblo romano». Y san Ambrosio describe la fiesta de los santos Pedro y Pablo celebrada el 29 de junio: «Ejércitos compactos recorren las calles de una ciudad enorme. En tres calles distintas (en el Vaticano, en la Ostiense y en la Apia) se celebra la fiesta de los santos mártires. Parece la avanzada del mundo entero».
A principios del siglo V escribe Prudencio: «Desde las puertas de Alba salen largas procesiones que forman blancas líneas en el campo. El habitante de Los Abruzos y el campesino de Etruria llegan juntos. Está también el feroz sannita, el habitante de la soberbia Capua. También se ve al pueblo de Nola»… Nola, cuyo obispo Paulino escribe: «De este modo, Nola, te adornas a semejanza de Roma». El obispo literato también hace la peregrinación por lo menos una vez al año en las fiestas de los santos Pedro y Pablo.

LA PEREGRINACIÓN La peregrinación a Roma es ante todo una obligación tradicional para todos los obispos. Ya el concilio de Roma, en el 743, con el papa Zacarías, menciona la visita ad limina apostolorum como tradicional, y renueva su obligatoriedad. Tras siglos en los que la usanza se había debilitado, Sixto V, con la constitución apostólica Romanus pontifex del 20 de diciembre de 1585, renueva su obligatoriedad y establece su frecuencia. Cada obispo tiene ahora una obligación doble: ir a venerar las tumbas de los santos apóstoles y exponer al Papa la situación de su diócesis.
En el Angelus del 9 de septiembre de 1979 Juan Pablo II explicaba a los peregrinos el significado de estas visitas ad limina: «Con motivo de nuestro rezo común del Ángelus de mediodía, quiero hoy referirme a la antiquísima tradición de la visita a la Sede de los apóstoles, ad limina apostolorum. De todos los peregrinos que viniendo a Roma manifiestan su fidelidad a esta tradición, los obispos del mundo entero merecen una atención especial. Porque mediante su visita a la Sede de los apóstoles expresan su vínculo con Pedro, que une a la Iglesia en toda la tierra. Viniendo a Roma cada cinco años, traen aquí, en cierto sentido, a todas las Iglesias, es decir, las diócesis que, mediante su ministerio episcopal y al mismo tiempo mediante la unión con la Sede de Pedro, se mantienen en la comunidad católica de la Iglesia universal. Con su visita a la Sede apostólica los obispos traen a Roma también las noticias sobre la vida de las Iglesias de las que son pastores, sobre el progreso de la obra de evangelización, sobre las alegrías y las dificultades de los hombres y los pueblos donde ellos llevan a cabo su misión».
Los peregrinos tienen un doble objetivo: ver al Papa e ir a rezar a las grandes iglesias y basílicas, y sobre todo a San Pedro. Construida con grandes gastos, la mayor basílica de la cristiandad es testigo de un largo compromiso y de una extraordinaria perseverancia, en honor de Pedro y, a la vez, de sus sucesores. La Basílica de San Pedro es, efectivamente, el doble y mismo símbolo de la fe en la misión confiada por Cristo a Pedro y de la veneración de todos los cristianos, pastores y fieles, por su sucesor, el obispo de Roma. Obediencia y respeto se conjugan en un mismo homenaje al pescador de Galilea y al papa de Roma, cuya función, arraigada en la tumba del apóstol, irradia, como la gloria de Bernini, sobre toda la cristiandad.

LOS SANTOS Roma es un imán también para los santos. No solo los fundadores de órdenes religiosas, sino también los santos del pueblo, los más populares, como Benito Labre. Seminarista, cartujo, luego trapense en Sept-Fons, vino a Roma hacia 1771 para rezar y aquí se quedó, pordiosero vagabundo. ¡Milagro de Roma! Esta ciudad, cuyo lujo y poder había sido duramente criticado con palabras de fuego por san Bernardo, al igual que hiciera Joaquín de Bellay a propósito de su vanidad cortesana, comprendió sin vacilar a aquel harapiento lleno de parásitos, lo admiró y lo amó en su pobreza silenciosa y en su oración hierática. Cuando se anunció su muerte, el 16 de abril de 1783, toda la ciudad se dirigió a Santa María de Monti. Se cortaron sus harapos para hacer reliquias. Sus funerales, el día de Pascua, fueron un triunfo. La tropa que vigilaba la iglesia fue obligada a retirarse por la muchedumbre.
Luego, en el siglo XIX, se conoció un nuevo impulso de toda la cristiandad hacia Roma, comenzando por Francia, donde el galicanismo se estaba transformando lentamente en ultramontanismo. La revolución había perseguido a la Iglesia. Napoleón había humillado al Papa. Pero el padre humillado, según la hermosa expresión de Claudel, se convirtió en objeto de una intensa veneración. Frente a los desmoronamientos constantes de los regímenes más sólidos, el papado y Roma eran como la roca sólida a la que sujetarse en la tempestad. Es conocida la aventura de los peregrinos de la libertad con Lamennais. Muchos otros, menos famosos, llegaron a Roma como peregrinos y en ella encontraron, con un amor renovado por la Iglesia, una convicción profunda, la misma del «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».
Como también, aunque muy distintos por lo que respecta a su psicología y orientaciones, pero unidos en las mismas motivaciones, dom Guéranger, restaurador benedictino de Solesmes en Francia, y Lacordaire, que reestableció los Frailes Predicadores. Conocemos el célebre retrato de Théodore Chassériau, que lo representa después de su profesión religiosa, el 12 de abril de 1840, en el claustro romano de Santa Sabina. O como también Teresa de Lisieux y Charles de Foucauld, los «dos faros que la mano de Dios ha encendido en los umbrales del siglo atómico», según la intensa expresión del padre Congar.

MADELEINE DELBRÊL Más cerca de nosotros, Madeleine Delbrêl, atea convertida y testigo del amor de Dios en el corazón de la ciudad de Ivry, pagana y marxista, un día de mayo de 1952 siente la necesidad imperiosa de ir a Roma a rezar en la tumba de san Pedro. Se le objeta que la cosa cuesta algo más que una hora de oración. Y ella declara a su grupo escéptico que irá si el dinero para pagar el viaje le llega de manera inesperada…, lo cual ocurre. ¡Le toca la lotería nacional, gracias a un billete que le había regalado una amiga latinoamericana! Se pasa dos días y dos noches en el tren, luego transcurre su jornada de doce horas de oración en san Pedro: «Frente al altar papal y en la tumba de san Pedro, he rezado con el corazón perdido… y sobre todo para perder el corazón. No he reflexionado ni pedido “luces”, no había ido allí para eso. Y sin embargo muchas cosas se me impusieron y se quedaron dentro de mí. Ante todo: Jesús le dijo a Pedro: “Tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi Iglesia”. El tenía que convertirse en piedra y la Iglesia había de construirse. Jesús, que tanto habló de la potencia del Espíritu, de su vitalidad, cuando habló de la Iglesia dijo que la iba a construir sobre aquel hombre que se volvería como una piedra. Es Cristo quien ha pensado que la Iglesia no es sólo algo vivo, sino algo construido. Segundo: he descubierto a los obispos… He descubierto durante mi viaje, y en Roma, la inmensa importancia de los obispos en la fe y en la vida de la Iglesia: “Os haré pescadores de hombres”. Me ha parecido que frente a eso que nosotros llamamos autoridad actuamos a veces como fetichistas, a veces como liberales. Estamos bajo el régimen de las autorizaciones, no de la autoridad. Cuando se habla de la obediencia de los santos no se entiende, creo yo, lo cerca que está en el cuerpo de la Iglesia de la lucha interior de los organismos vivos en los que la unidad se realiza mediante actividades de oposición. En fin, también he pensado que si Juan era “el discípulo que Jesús amaba”, fue a Pedro a quien Jesús le preguntó: “¿Tú me amas?”, y a quien después de sus afirmaciones de amor le confió su grey. Dijo también todo aquello que hay que amar: “Lo que habéis hecho al más pequeño de mis hermanos me lo habéis hecho a mí”.
He visto clara la necesidad de que la Iglesia jerárquica sea conocida por los hombres, por todos los hombres, como alguien que los ama. Pedro: una piedra a la que se pide amar. He comprendido cuánto amor habría que hacer pasar en todas las señalas de la Iglesia»5.
La iglesia de San Pablo en las Tre Fontane, cerca de la via Laurentina, edificada en el lugar donde 
fue decapitado Pablo

La iglesia de San Pablo en las Tre Fontane, cerca de la via Laurentina, edificada en el lugar donde fue decapitado Pablo


CONCLUSIÓN Concluyo. ¿Está Roma en el centro del mundo? La respuesta es obvia para el peregrino que visita Roma, venga de donde venga: ¿acaso no se siente en casa en esta ciudad universal?
Y además está el esplendor de su sol, la pureza de su cielo, el fulgor de sus obras de arte, el encanto de sus barrios, el rasgo pintoresco de sus habitantes, un no sé qué que atrae y conmueve, pospone el regreso y empuja a volver. Hay ciudades que se visitan, tesoros que se contemplan, lugares que hay que ver. Roma no se mira desde el exterior, sino que se penetra desde el interior. Uno no se cansa nunca de volver a la plaza de San Pedro, de ir a rezar a su cripta, de bajar a las catacumbas, de ir al Coliseo, de subir a los Santos Cuatro Coronados, de bajar hacia San Clemente, de pararse de nuevo en la Magdalena, de volver a Santa Sabina. Siempre y en todas partes hay peregrinos y romanos que conversan o rezan, los unos y los otros están realmente en casa, en casa del buen Dios, como se decía en Angers cuando yo era pequeño. Algunos son más sensibles a los destellos de los mosaicos, otros al esplendor de los mármoles, otros a la luz fulgurante de Caravaggio. Todos están emocionados por el candor de los frescos primitivos, donde una banalidad de materia se convierte en mensajera del Espíritu que la anima, y de esa agua viva que murmura en nosotros, después de san Ignacio, desde Roma: ven al Padre.
Desde Pedro y Pablo a Juan Pablo II, el genio de la Roma cristiana ha recogido la herencia de la Roma pagana. Los templos convertidos en iglesias, con sus columnas que se transforman en soporte nuevo, y Santa María erigida sobre el templo de Minerva. Lejos de sentirse aplastado por tanto esplendor, el peregrino descubre aquí el mensaje de Pedro inscrito en las piedras de las basílicas y encarnado en los santos. Cada cual encuentra su lugar en el pueblo de Dios, no se siente marginado en cualquier capilla estrecha u olvidado en cualquier oscura cripta, sino en su lugar, en plena luz, en la nave grande, frente a la confesión del Apóstol, cuya sangre derramada atestigua la salvación que Cristo ha traído a todos los hombres. Marcado por la impronta de Roma, el cristiano vuelve a descubrirse católico.
Con el peso de la historia, la Roma de los papas y los santos nos recuerda que las cosas espirituales son también carnales y que el Evangelio se inscribe en el corazón de la ciudad de los hombres para encaminarlos desde el tiempo a la eternidad, a la Ciudad de Dios.
Así pues, a la pregunta de si Roma está en el centro del mundo, respondo sin vacilar: sí, para llevarlo a Dios.


Notas 1 Paul Poupard, La charité de Lacordaire, homme d’Eglise, en La Vie Spirituelle, nov. 1961, págs. 530-543; luego en XIX siècle, siècle de grâces, Ed. S.O.S., París 1982, págs. 111-128.
2 Paul Poupard, Rome-Pèlerinage, nueva edición con motivo del Año Santo, D.D.B., París 1983.
3 Journal romain de l’abbé Louis Bautain (1838), preparado por Paul Poupard, Edizioni di storia e letteratura (Cuadernos de cultura francesa preparado por la fundación Primoli), Roma 1964, págs. 6-7.
4 Cfr. Paul Poupard, Le Concile Vatican II, París 1983, págs. 105-112.
5 Madeleine Delbrêl, Nous autres, gens des rues, presentación de Jacques Loew, París 1966, págs. 138-139.


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