Reflexiones sin prejuicios de “uno que viene de fuera”
La intervención del presidente del Senado italiano en la presentación del libro Un caffè in compagnia, que recoge las entrevista de Renato Farina con don Luigi Giussani, Roma, 28 de febrero de 2005
por Marcello Pera

El presidente del Senado italiano Marcello Pera con Renato Farina y Julián Carrón en la presentación del libro Un café en compañía
Esta presentación del libro de entrevistas de Renato Farina con don Giussani se produce pocos días después de su muerte. Conservamos todavía en la emoción y en los ojos la ceremonia fúnebre, la Catedral de Milán y la plaza abarrotadas de gente, el dolor contenido, la muchedumbre sobre todo de jóvenes, la lúcida y rigurosa homilía del cardenal Ratzinger pronunciada improvisando con dominio de los conceptos y del lenguaje, el discurso tan denso de don Julián Carrón, los aplausos e incluso los silencios. De algún modo, la presentación de hoy continúa aquella celebración, porque el autor de las entrevistas era amigo de don Giussani y es un protagonista de Comunión y Liberación, y porque el otro presentador es el sucesor de don Giussani.
Pueden por ello comprender la cohibición de hoy de quien, como yo, se siente un invitado a una función para la cual considera que no tiene ningún título. No título institucional, porque la institución que presido no cuenta aquí; tampoco título personal, porque con respecto a don Giussani y a su mundo, yo soy uno que “viene de fuera”.
Pero esto lo sabían perfectamente mis amigos Farina y Fontolan, y por eso creo que he de devolverles su amable invitación empezando precisamente por admitir honestamente los problemas que me causa el que yo venga de fuera. Son por lo menos tres.
2. TRES DESVENTAJAS
El primer problema es la incompetencia. Naturalmente, soy lector, pero un lector incluso atento, incluso interesado, incluso partícipe no es lo mismo que un lector competente. El pensamiento teológico, en sentido estricto o amplio, no es un terreno sobre el que me mueva a gusto. Algo conozco y tengo mis puntos de referencia, me he formado algunas convicciones, pero no sería serio que me considerara un estudioso de teología. Lo que digo será dicho, y por lo mismo habrá de ser escuchado, como la reflexión de alguien que trata de comprender antes que juzgar. Como ha de hacer quien llega de fuera y siente curiosidad por las cosas de dentro.
El segundo problema es el retraso. A don Giussani, a Comunión y Liberación, al mundo de las asociaciones católicas y de la Iglesia, así como a todas mis actuales tomas de posición en tema de religión, de fe, de identidad, he llegado tarde. Durante buena parte de mi vida me he ocupado de otras cosas, por lo que hoy, no habiendo recibido la gracia de la fe, como mucho la de la inquietud intelectual y espiritual, me doy cuenta de que he de poner en orden una serie no fácil de temas y problemas de naturaleza religiosa y existencial. Sobre un punto he de admitir que he tenido suerte. Sobre el hecho de que he pensado mucho y también enseñado y escrito bastante sobre cuestiones como la de la relación entre la religión y la ciencia o entre la fe y la razón o sobre cuestiones hoy cruciales como la de la relatividad e historicidad de las creencias frente a su aspiración a la verdad o a un valor universal. Si no contara con este trabajo a mis espaldas, hoy no podría sostener lo que sostengo en tema de relación entre religión y política, ciencia y conocimiento, por ejemplo con referencia a los problemas bioéticos, a las raíces cristianas de Europa, a la crisis de nuestra identidad. Admito, pues, que llego de fuera, pero creo poseer cierta preparación.
Por fin, el tercer problema, que me trae directamente a este libro de Farina. Para mí, don Giussani, ahora que puedo decir que lo conozco algo mejor por sus escritos, por su acción de organizador, por los encuentros con sus amigos y colaboradores, por las obras que se han escrito sobre él, sigue todavía envuelto en un misterio o, si se quiere un término más laico, en una paradoja. Por lo menos para mí, don Giussani no es de fácil lectura. Su lectura no es de fácil comprensión. Y su comprensión no es de fácil traducción. Y sin embargo son muchísimos quienes lo leen, muchísimos lo entienden, muchísimos lo siguen. Me parece un profeta, porque la relación que se establece entre un profeta y sus seguidores es la de la percepción de la presencia, de la guía, del carisma. Lo cual, si no yerro, es exactamente la experiencia de la fe, la cual hace comprensible la palabra difícil porque esa palabra es vida vivida.
3. ALGUNOS ATENUANTES
Una vez declarados mis problemas y mis dificultades, me quedan por decir por lo menos dos ventajas.
Primera. Nunca he tenido ningún tipo de prejuicio hacia la experiencia religiosa. No sólo por la educación recibida en una modesta familia de creyentes y practicantes a su manera, sino también por formación intelectual. Considero que la fe es un hecho y la religión, estoy convencido de ello, no es solo una cultura sino una forma originaria e irreducible de experiencia, en el mismo sentido en el que las categorías son formas de experiencia según Kant. Quiten la fe y habrán mutilado a un hombre; quiten la religión, y habrán decapitado la historia.
Segunda. Tampoco he tenido nunca ningún tipo de prejuicio hacia el compromiso religioso. Nunca he pensado que ser laico significara cultivar un huerto y defenderlo de las incursiones de los creyentes. Y ello me ha ayudado a no creer que la religión pueda ser encerrada en la mera subjetividad, sin que se le permita mirar y actuar fuera. Esto me parece una suerte, porque veo que esos laicistas que aún hoy siguen pensando lo contario tienen dificultades incluso a la hora de comprender el renacimiento del sentimiento y de la identidad religiosa en el mundo, desde el islámico al cristiano. Y también a la hora de reaccionar cuando este renacimiento supera la afirmación de la identidad y se convierte en riesgo para la convivencia.
Con estas advertencias, llego ahora a los puntos que considero que he aprendido del don Giussani de Farina.
4. EL CRISTIANISMO INTEGRAL
DE DON GIUSSANI
El primer punto es este. La fe cristiana deriva de una experiencia. Es un acontecimiento, como recordó don Carrón en la Catedral de Milán, un acontecimiento, un encuentro, una revelación. Es un Él que viene hacia nosotros, que se manifiesta y se da a conocer. De ello se derivan algunas consecuencias importantes. La primera es que la fe no es subrogable de ningún razonamiento, teoría o explicación. Un hecho es un hecho: se percibe, se reconoce. La segunda consecuencia es que si la fe es un hecho, entonces el hecho de la fe es más fuerte que cualquier punto de la doctrina elaborada y aceptada. El hecho –el Dios que se ha hecho hombre– es la tradición intangible, la doctrina, en cambio, es la elaboración revisable del hecho. Dice don Giussani a Farina: «¿Qué es el cristianismo? Uno: Dios se hizo hombre, murió y resucitó, y vive entre nosotros. Dos: el hecho que este acontecimiento no pueda ser callado, hay que anunciarlo; es así de sencillo: para eso fueron elegidos los cristianos, para la misión» (p. 124).
El segundo punto va unido a este concepto de misión, un concepto sencillo, como dice don Giussani, pero que incluso en los últimos tiempos se había vuelto tímido y controvertido en sectores de la propia Iglesia católica. Se trata de lo siguiente. Tener fe cristiana, ser cristiano quiere decir al mismo tiempo muchas cosas: advertir una presencia, dar testimonio de ella, predicar su mensaje, comprometerse a realizarlo.
También de este punto se derivan varias consecuencias. Una en especial: que la vida de la Iglesia ha de estar marcada por la fidelidad a la tradición. Por ello, si en nombre de la tradición se juzga que esta o aquella posición histórica de la Iglesia y su jerarquía son una claudicación, o un pacto, o un alejamiento de la tradición, entonces se ha de ser intransigente.
Creo que esta intransigencia, este valor, es lo que ha sido definido y con tanta frecuencia criticado como el integrismo de don Giussani o de Comunión y Liberación. Esta acusación me parece injustificada. ¿Era integrista y rígido don Giussani cuando predicaba la tradición o eran claudicantes la doctrina y la práctica religiosa de la Iglesia posconciliar, la cual predicaba el diálogo con la modernidad y terminaba diluyendo la fe cristiana en un mensaje solo cultural?
Resulta útil releer la entrevista de 1988 sobre Los rostros secretos de Pedro, que es quizá la más clara, y sin duda la más dramática, del libro. Aquí don Giussani habla del «desastre» y del «precipicio» hacia el que hace diez años estaba yendo la Iglesia, de la decisión que «había llevado al asociacionismo católico a refugiarse en toda clase de izquierda política», de la fidelidad a la tradición, de los tormentos y de las desilusiones de Pablo VI, quien «sentía la destrucción de la presencia católica en la sociedad», y en fin de la invitación del Papa a seguir adelante. Y dice: «Cuando uno tiene bien clara la conciencia de ser fiel a la tradición que se le ha enseñado, y halla que el magisterio de la Iglesia subraya siempre lo mismo conforme evoluciona, y no tiene conciencia de haberlo contradicho jamás, entonces para este hombre lo único que importa es hacer, nada más. Es hacer valientemente, incluso juzgando y acusando lo que no es conforme a la tradición viva» (págs. 106-7).

Don Luigi Giussani, fallecido en Milán el 22 de febrero de 2005
Y esto me lleva al tercer y último punto de reflexión que ha provocado en mí el libro de Farina, el del compromiso. El cristiano está comprometido en la predicación, en la misión, en las obras. Está comprometido a ser en la sociedad, pero no para llevarla hacia ésta o aquélla dirección –la justicia social, la paz, la tolerancia, etcétera–, sino para moldearla y encaminarla hacia una única dirección, que es la de Cristo. Si es así se entiende que el cristianismo, como ha recordado el cardenal Ratzinger en la Catedral de Milán, no es propiamente una cultura y aún menos una cultura de la liberación de pueblos de un estado social o histórico. Es un error –sigo citando al cardenal Ratzinger– «transformar el cristianismo en moralismo, el moralismo en política, sustituir el creer con el hacer». Por eso el cristiano es una presencia incómoda: porque, cuando es auténtico, no se deja encasillar en ninguno de los esquemas culturales y políticos del momento. Y por eso es una presencia molesta: porque exige y no se conforma. Su meta está allí, no aquí. Concierne a todos, no a algunos.
Aquí termino. Para uno que viene de fuera, creo que ya he dicho mucho. Por supuesto, he escuchado mucho de lo que se dice desde dentro.