CASOS. El Estado de Israel convierte en “inmigrantes clandestinos” a los católicos de origen árabe
La guerra de los visados
Desde hace diez meses, con las excusas más dispares, a decenas de religiosos y sacerdotes católicos no les ha sido renovado el permiso de residencia. Dentro de algunos meses el Seminario de Beit Yala puede ser cerrado y sus seminaristas expulsados del país
por Gianni Valente

Imágen del Seminario del patriarcado latino de Jerusalén en Beit Yala
Puede parecer un típico caso de odisea burocrática. Pero, en los ultimos meses, algo parecido les está pasando a un número creciente de sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y novicias extranjeras que viven en Tierra Santa. Una “guerra de visados” llevada a cabo a la chita callando, sin explicaciones oficiales, que con aplazamientos inmotivados está transformando gradualmente en “sin papeles” a una parte creciente de la variada tropa de eclesiásticos católicos que trabajan en Israel.
A principios de marzo, los miembros de comunidades e instituciones católicas a los que Israel no había renovado el permiso de residencia eran unos ochenta. Una cifra que está destinada a aumentar en los próximos meses porque las demoras en los visados comenzaron en mayo de 2002 y en las próximas semanas comenzarán a caducar los permisos anuales. Si luego vamos a ver la lista de los afectados, salta a la vista que el extraño virus del visado negado sigue criterios de selección muy singulares: más del 90% de sus “víctimas” es árabe. Libaneses, iraquíes, sirios, pero en gran parte ciudadanos de países con los que Israel mantiene sólidas relaciones diplomáticas, como Jordania y Egipto. En cambio, desde el punto de vista de las familias religiosas de procedencia, los casos de no renovación de los visados están distribuidos sin preferencias aparentes. Hay bastantes franciscanos de la Custodia de Tierra Santa (también tuvo problemas, hoy resueltos, el libanés George Abou Jazen, párroco de la iglesia de San Salvador en Jerusalén); hay muchas religiosas y novicias árabes de las congregaciones de Rosario, de San José y de Santa Dorotea; hay algunos benedictinos y también dos trapenses libaneses octogenarios que llegaron a Jerusalén hace mas de sesenta años, cuando el Estado de Israel no existía, y que por primera vez y a su venerable edad se van a ver como inmigrantes “clandestinos”.
Seminario en peligro
Entre los religiosos, quien se encontraba fuera de Israel con el visado caducado vive ahora en alguna casa de la región o en la base “romana” de su congregación, en espera de que cambie la situación. El hecho de que algunos miembros no puedan regresar, aunque crea problemas, no compromete mucho las normales modalidades de la presencia de las órdenes y congregaciones religiosas con miembros de distintas nacionalidades. Pero en el seminario patriarcal de Beit Yala, que forma al clero destinado a la red diocesana de toda Tierra Santa, el caso de los visados plantea inquietudes para su futuro.
La jurisdicción del patriarcado latino de Jerusalén comprende también Jordania y Chipre, además de Israel y las tierras de la autonomía palestina. En el Seminario patriarcal instituido en Beit Yala en 1852 con el permiso de la Sublime Puerta que entonces gobernaba en Tierra Santa, la patrulla de candidatos al sacerdocio procedentes de las parroquias latinas de la otra parte del Jordán ha sido siempre la más numerosa. Desde 1967, después de la guerra con que Israel ocupó Jerusalén Este y los territorios de la Cisjordania, los seminaristas jordanos siempre obtuvieron sin dificultad los visados de entrada y residencia. Con un procedimiento rutinario que preveía todos los años la concesión de veinte nuevos visados y cuarenta renovaciones. También hoy la mayor parte de los cincuenta seminaristas menores y de los veintidós mayores es de origen jordano. Entre los que van a recibir la ordenación, los de origen jordano son dieciséis. Y para todos ellos, si las cosas no cambian antes de mayo, se prevé un destino de “irregulares” que pueden ser expulsados. Como casi les sucedió a George Hattar y Raed Hiyazin, clérigos del primer y del tercer año de teología, que durante las vacaciones de Navidad fueron detenidos por la policía israelí en la carretera de Nazaret y llevados a la frontera con Jordania. En este caso la intervención casual de un funcionario católico del Ministerio israelí de los Cultos que les conocía impidió su expulsión. La sensación creciente de precariedad comienza a minar la supervivencia de una institución comunitaria muy agobiada por el conflicto y por muchos meses de estado de sitio total impuesto en la zona en torno a Belén durante las últimas fases de la ocupación israelí. «Si esto sigue, se podría pensar seriamente en cerrar el Seminario», admite el rector Maroun Laham, palestino de nacionalidad jordana. También su permiso está caducado y, por tanto, es un “clandestino” de hecho, como otros muchos sacerdotes árabes que enseñan en el Seminario o son párrocos en Israel.
Relaciones complicadas
El de Beit Yala es el único seminario católico diocesano de Tierra Santa. El único de rito latino en todo Oriente Próximo. De aquí han salido ya 258 sacerdotes y 11 obispos, entre ellos dos patriarcas latinos de Jerusalén: Jaime Beltriti y su sucesor, el actual titular del patriarcado latino Michel Sabbah. Desde las ventanas del austero y decoroso edificio de piedra se ve Jerusalén. En las aulas y en el refectorio se habla árabe, francés y a menudo italiano. El clero que aquí se forma está destinado a administrar gran parte de las sesenta parroquias del patriarcado.
Cerrar el seminario de Beit Yala significa crear grandes problemas a la Iglesia católica en Tierra Santa. Significa atacar un centro neurálgico del sistema diocesano que se ocupa del cuidado pastoral de gran parte de los católicos árabes. Esa comunidad autóctona palestina exigua y sometida a presiones de vario tipo, pero que permite que la presencia católica en Tierra Santa no sea sólo un artículo de importación, una lista de casas e institutos religiosos abiertos en la tierra de Jesús como sucursales de prestigio de órdenes y movimientos diseminados por todo el mundo o un asunto para inquietos corazones occidentales que llegan aquí siguiendo sus propios itinerarios espirituales.
En los últimos meses y en varias ocasiones, la nunciatura apostólica en Israel ha pedido explicaciones sobre el caso de los visados a las autoridades israelíes, sin recibir respuesta alguna. Hay que considerar que antes de las elecciones de finales de enero el Ministerio del Interior estaba dirigido por un exponente del Shas, el partido religioso extremista y xenófobo: un personaje partidario de prohibir la inmigración a Israel a todos los “gentiles”. Y no es difícil pensar que con el bloqueo selectivo de los visados, también la Iglesia católica paga el precio de los impulsos contra los árabes que siente la sociedad israelí. En el clima de emergencia que se vive tras los atroces atentados de los kamikazes, quizá alguien trata de ajustar cuentas también con las realidades eclesiales locales, no muy bien vistas por los actuales líderes políticos israelíes. Especialmente con el patriarcado latino y las Iglesias de Oriente, que fatalmente comparten el destino y las orientaciones de sus fieles palestinos. El pasado 17 de enero, las duras medidas de control usadas por los agentes israelíes del aeropuerto de Tel Aviv convencieron por primera vez al patriarca latino Michel Sabbah, que dispone de pasaporte diplomático, a anular una visita a Roma. Mientras en Occidente continúan las campañas periodísticas que tratan de lanzar la acusación letal de antisemitismo teológico contra las Iglesias de Oriente Próximo por sus críticas a la política israelí.
Pero el caso de los visados no concierne sólo a las difíciles relaciones entre Israel y las Iglesias locales. Como dice a 30Días el padre David Jaeger, profesor de Derecho canónico y portavoz de la Custodia de Tierra Santa, «estamos frente a un incumplimiento del artículo 3 § 2 del Acuerdo fundamental entre la Santa Sede y el Estado de Israel que entró en vigor el 10 de marzo de 1994. Este artículo garantiza el derecho de la Iglesia a “formar nombrar y desplegar” –el original inglés usaba el verbo deploy– “su propio personal” en sus instituciones. Participé en las negociaciones y recuerdo que esta fórmula pretendía tutelar precisamente este derecho».
En el Vaticano se espera que el caso de los visados en Israel, cuantitativamente más consistente que la análoga disputa que complica las relaciones con Rusia, se resuelva con el nuevo gobierno, que recibió el voto de confianza de la Knesset el pasado 28 de febrero y cuyo ministro de Interior es Abraham Poraz, nacido en Rumania en 1945 y exponente del partido laico Shinui. También se espera que se ponga remedio a la negligencia mostrada por las autoridades israelíes durante los últimos meses en las negociaciones ordinarias con la Santa Sede. Basta pensar que desde el pasado noviembre la parte israelí ha suspendido unilateralmente las reuniones de la comisión bilateral permanente de trabajo entre la Santa Sede e Israel, instituida en 1994 para elaborar normas detalladas sobre cada uno de los puntos previstos en el Fundamental Agreement. El organismo estaba a punto de tratar el delicado tema del status de las propiedades de instituciones católicas en Israel desde el punto de vista fiscal. Se ha justificado el estancamiento con la crisis de gobierno y la elección del nuevo ejecutivo, pero desde el 94 Israel ha ido tres veces a las urnas y los trabajos de la comisión continuaron sin problemas.