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NOVA ET VETERA
Sacado del n. 08/09 - 2010

LOS SACRAMENTOS DE JESÚS Y LOS NIÑOS

«La Iglesia de Cristo se difunde por doquier mediante los santos párvulos»



por Paolo Mattei


«El centenario del decreto Quam singulari es una ocasión providencial para recordar e insistir en el tomar la primera comunión cuando los niños tengan la edad del uso de razón, que hoy, incluso, parece anticiparse. No es recomendable, por ello, la práctica que se está introduciendo cada día más de alargar la edad de la primera comunión. Al contrario, es aún más necesario el adelantarla». Son palabras tomadas de un artículo que el cardenal Antonio Llovera Cañizares, prefecto de la Congregación para el Culto divino y la Disciplina de los sacramentos, escribió para L’Osservatore Romano del domingo 8 de agosto de 2010. La intervención del cardenal Cañizares nos ha sugerido el contenido de la sección “Nova et Vetera” de este mes: se trata de un artículo de Lorenzo Cappelletti, publicado en abril de 1998, en el que, entre otras cosas, se proponen los ocho puntos normativos del decreto Quam singulari, promulgado en 1910 por Pío X. El papa Sarto, que ya en 1905, promulgando el decreto Sacra Tridentina Synodus, había invitado a todos los fieles con uso de razón a la comunión frecuente –práctica que se había debilitado fuertemente desde los tiempos en que el «contagio del jansenismo» se había «extendido por doquier» –, con el decreto Quam singulari quiso establecer las normas de la admisión de los niños a la confesión y a la comunión.
Sobre este importante documento intervino en 2005, con ocasión del Año de la Eucaristía, también el cardenal Darío Castrillón Hoyos, entonces prefecto de la Congregación para el Clero, quien explicaba en una Carta enviada a todos los sacerdotes: «Con San Pío X, muchos estamos convencidos de que esta praxis de permitir a los niños a la Primera Comunión desde la edad de siete años, trae a la Iglesia grandes gracias del Cielo. Además, no hay que olvidar que en la Iglesia primitiva, el sacramento de la Eucaristía se administraba a los recién nacidos, inmediatamente después del Bautismo, bajo las especies de unas pocas gotas de vino. Permitir que los niños puedan recibir lo antes posible a Jesús Eucarístico, que había sido durante muchos siglos uno de los cimientos de la pastoral para los más pequeños en la Iglesia; costumbre que fue restablecida por San Pío X en su tiempo, que fue alabada por sus sucesores» (cf. 30Días, n. 1/2, 2005, pp. 16-18).
La propensión tan difundida a retrasar la admisión a la primera confesión, a la confirmación y a la primera comunión, es tal vez el indicio más grave de la presencia, aún muy extendida y activa, de la herejía de Pelagio, «que hoy tiene más seguidores de lo que parece», observó en 1990 el entonces cardenal Ratzinger en el Meeting de Rímini. El pensamiento pelagiano lleva, en efecto, a considerar los sacramentos como una especie de premio que se ha de conceder a quienes hayan realizado un largo proceso de toma de conciencia. Esta es la esencia del pelagianismo: concebir la gracia como toma de conciencia de las verdades y negar el proprium de la gracia, es decir, el atractivo de la caridad. Es el mismo Agustín en el De gratia Christi et de peccato originali, el que observa que Pelagio reconoce el don menor, es decir, la enseñanza, el ejemplo a seguir para tomar conciencia, pero niega el mayor, es decir, el don de la inspiratio dilectionis, el atractivo de la caridad. Precisamente respecto a esta tendencia ponía en guardia el papa Benedicto XVI, cuando, en 2006, les recordaba a los sacerdotes de la diócesis de Albano, Italia, que «no debemos transformar la Confirmación en una especie de “pelagianismo”».
Adelantar lo más posible la edad para la admisión de los niños a la primera comunión y a los otros sacramentos, puede ser, por un lado, la reafirmación del primado de la gracia; y puede evitar, por el otro, que los padres y los niños perciban como un chantaje los largos años de catequesis preparatoria. Ante el número cada vez mayor de adolescentes que se alejan de la práctica cristiana, ¿no sería mejor confiar más en la gracia que en los medios humanos? ¿Y no sería mejor esperar que, aun cuando se alejen –también el hijo más joven de la parábola evangélica se alejó–, quede en ellos la memoria de los sacramentos como algo hermoso y no como un compromiso arduo que roza el chantaje? En la memoria del joven de la parábola, la casa del padre, aun estando lejos, seguía siendo de todos modos un lugar hermoso al que podría volver siempre.
Pueden fortalecer esta esperanza las palabras de san Agustín: «Quacumque in parvulis sanctis Ecclesia Christi diffunditur / La Iglesia de Cristo se difunde por doquier mediante los santos párvulos» (Enarrationes in psalmos 112, 2).


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