El tiempo de la Iglesia según Agustín
«Concede lo que mandas»
La bella oración de san Agustín, recientemente propuesta de nuevo también por Benedicto XVI, puede sintetizar todo este libro: «Concede lo que mandas, y luego manda lo que quieras». Dice el cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, en el prólogo del libro Il tempo della Chiesa secondo Agostino
por el cardenal Jorge Mario Bergoglio

Giacomo Tantardini, Il tempo della Chiesa secondo Agustino. Seguire e rimanere in attesa. La felicità in speranza, Città Nuova, Roma 2009, 388 págs., 22 euros
Se puede decir de muchas maneras que el santo obispo de Hipona es actual. Se pueden aventurar revisitaciones de su teología, descubrir de nuevo la modernidad de su mirada sobre las pasiones humanas, valorizar la genialidad de sus opiniones ante los avatares históricos de su época, en ciertos aspectos tan parecidos a los de hoy.
Durante sus lecciones agustinianas, donde se leían y comentaban los textos en directo, don Giacomo ha individuado y seguido otra filigrana. Si Agustín es actual, si lo sentimos contemporáneo –como este libro documenta– lo es sobre todo porque describe simplemente cómo uno se hace y se mantiene cristiano en el tiempo de la Iglesia. Ese tiempo que es el suyo, y que es el nuestro. «Ese tiempo breve –repite varias veces Agustín comentando las palabras de Jesús en el Evangelio de Juan (Jn 16, 16-20)– que va desde la ascensión al cielo del Señor en su verdadero cuerpo hasta su vuelta gloriosa» (p. 123).
Para mí la imagen más sugestiva de cómo nos hacemos cristianos, tal y como emerge en este libro, es el modo que tiene Agustín de contar y comentar el encuentro de Jesús con Zaqueo (pp. 279-281). Zaqueo es pequeño, y quiere ver al Señor que está pasando, y entonces se sube al sicomoro. Dice Agustín: «Et vidit Dominus ipsum Zacchaeum. Visus est, et vidit / También el Señor vio a Zaqueo. Fue visto y vio». Impresiona este triple ver: el de Zaqueo, el de Jesús y luego el de Zaqueo de nuevo después que el Señor le ha mirado. « También lo habría visto pasar si Jesús no hubiera levantado los ojos,» comenta don Giacomo «pero no habría sido un encuentro. Tal vez habría satisfecho ese mínimo de curiosidad buena que le había hecho subirse al árbol, pero no hubiera sido un encuentro» (p. 280).
Aquí está el quid: algunos creen que la fe y la salvación vienen gracias a nuestro esfuerzo de mirar, de buscar al Señor. En cambio, es lo contrario: tú te salvas cuando el Señor te busca, cuando él te mira y tú te dejas mirar y buscar. El Señor te busca primero. Y cuando tú lo encuentras, comprendes que él estaba allí mirándote, que él te estaba esperando primero.
He aquí la salvación: él te ama primero. Y tú te dejas amar. La salvación es precisamente este encuentro donde el actúa primero. Si este encuentro no tiene lugar, no nos salvamos. Podemos hablar de la salvación. Inventar sistemas teológicos tranquilizadores, que trasforman a Dios en un notario y su amor gratuito en un acto debido que él está obligado a hacer por su naturaleza. Pero no entramos nunca en el pueblo de Dios. En cambio, cuando miras al Señor y te das cuenta con gratitud de que lo miras porque él te está mirando, desaparecen todos los prejuicios intelectuales, ese elitismo del espíritu que es propio de intelectuales sin talento y es eticismo sin bondad.
Si el inicio de la fe es obra del Señor, san Agustín describe también cómo se permanece en este inicio. Aquí las palabras clave son las que aparecen en el subtítulo: seguir y permanecer en espera. Y la figura que las representa es Juan, el discípulo más amado. Juan representa a quien espera ser amado, y en esta espera permanece por gracia y no por esfuerzo. En él resulta evidente que «si él no nos ama primero» (Cf. 1Jn 4, 19) no se puede ni amar ni seguir» (p. 171). En él se renueva a cada instante la espera de los gestos del Señor, la espera de esos nuevos inicios en los que la libertad se adhiere a la gracia «por el placer que le atrae» (p. 372).
Según Agustín existen signos distintivos –subraya don Giacomo–, indicios de cuando el Señor nos mira y abraza.
El primer signo es la gratitud, el impulso espontáneo del corazón que da las gracias. Agustín evidencia que incluso el conocimiento claro de lo que hace falta para obtener la salvación puede convertirse en un motivo de soberbia: la misma que él veía entre los filósofos platónicos de su época, que «han visto dónde hay que llegar para ser felices, pero han querido atribuirse a sí mismos lo que han visto y, cegados por la soberbia, han perdido lo que veían» (p. 27). Se puede llegar a descubrir que la felicidad existe sólo en Dios, pero este saber no conmueve por sí mismo el corazón. El corazón sigue triste y orgulloso. No se deshace en lágrimas de agradecimiento (pp. 19-25). En cambio, cuando el Señor nos toma en sus brazos y «abrazamos humildes a nuestro humilde Dios Jesús» (p. 40), sin ni siquiera pensarlo, nos colmamos de gratitud y damos las gracias. Y en esta gratitud nos hacemos también buenos. Escribe don Giacomo que «uno es bueno no porque sepa qué es el bien, uno está contento no porque sepa qué es la felicidad. Uno es bueno y es feliz porque ha sido abrazado por el bien y por la felicidad» (p. 330).

Jesús y Zaqueo, fresco de la Basílica de Sant’Angelo in Formis, Capua (Italia)
Estos son algunos de los muchos acentos y puntos de reflexión contenidos en este libro que pueden ser un consuelo valioso para muchos, más allá del ámbito de los r">