Home > Archivo > 12 - 2009 > El caso Baoding y la Carta del Papa
CHINA
Sacado del n. 12 - 2009

El caso Baoding y la Carta del Papa


La verdadera historia del obispo Francesco An Shuxin: detenido durante diez años por los comunistas, insultado por agencias católicas, procesado por sus hermanos en la fe y tratado con cierto empacho incluso por el Vaticano. Un caso emblemático, que revela las generalizadas resistencias a las sugerencias pastorales dirigidas por Benedicto XVI a todos los católicos chinos en la Carta de junio de 2007


por Gianni Valente


Fieles a la salida de la misa delante de la Catedral de la Inmaculada Concepción (Nantang) de Pekín <BR>[© Associated Press/LaPresse]

Fieles a la salida de la misa delante de la Catedral de la Inmaculada Concepción (Nantang) de Pekín
[© Associated Press/LaPresse]

No es difícil llegar a Baoding, por la autovía o en tren. Está a menos de 150 quilómetros de Pekín, en dirección sur. Hace ya tiempo que desaparecieron de allí las industrias contaminantes y se instalaron turbinas eólicas y todo lo necesario para conseguir energía solar, eólica y biológica. Por eso los reportajes de los períodos gubernamentales la ensalzan como la capital de las energías renovables, la ciudad-modelo de la vía china al desarrollo sostenible. Pero también para quienes conocen por lo menos un poco las historias recientes de los católicos chinos, Baoding no es un lugar como los demás. Y por razones completamente distintas.
El nombre de la ciudad de Hebei, actualmente habitada por menos de un millón de habitantes, aparece a menudo en las crónicas de la catolicidad china de los últimos decenios, como epicentro de acontecimientos delicados y controvertidos. Fue en Baoding donde el obispo Giuseppe Fan Xueyan comenzó en 1981 a ordenar a obispos de manera clandestina, fuera de las interferencias y el control de los organismos “patrióticos” impuestos a la Iglesia por la política religiosa del régimen. Iniciativa autorizada post factum por el papa Wojtyla, y repleta de consecuencias. De ahí arrancó rápidamente la red de obispos “clandestinos”, es decir, no reconocidos como tales por el gobierno, que se colocaron frente a la parte de la catolicidad china –curas, religiosos, comunidades– que no aceptaba someter su vida eclesial al control del Partido.
Treinta años después, Baoding es de nuevo el centro de una controversia que recuerda de alguna manera la decisión que en su día tomó Giuseppe Fan. Todo gira alrededor del caso de un obispo del área clandestina que ha decidido salir de su situación de clandestino y ejercer su mandato pastoral aceptando procedimientos impuestos por las autoridades civiles. Su decisión ha generado gran cantidad de polémicas venenosas que hace meses sacuden a las comunidades católicas de la región, implicando incluso a los Palacios vaticanos. El asunto parece confuso, y hasta ahora algunas reconstrucciones incompletas y tendenciosas colocadas en internet por agencias y por autoproclamados especialistas han favorecido que se haga de él una interpretación distorsionada. Pero dos documentos, que siguen siendo ignorados por las agencias de prensa occidentales, arrojan plena luz sobre la dinámica concreta de los hechos y sobre las razones de los protagonistas, dejando entrever incluso implicaciones y escenarios reales de la partida más grande que se ha abierto en torno al caso.

Francesco An Shuxin, obispo coadjutor de Baoding [© Ucanews]

Francesco An Shuxin, obispo coadjutor de Baoding [© Ucanews]

Una historia mal contada
Hebei es desde siempre una de las áreas chinas con mayor presencia de católicos. Y Baoding, desde los tiempos del llorado obispo Fan –cuyo cadáver fue entregado por la policía a los familiares en abril de 1992–, es considerado el baluarte de las comunidades llamadas clandestinas.
Con sus sesenta años, Francesco An Shuxin está en el ojo del huracán estos meses. Es un hijo espiritual de Giuseppe Fan. Ejerció su sacerdocio en la red de estructuras y comunidades llamadas “subterráneas”, es decir, no registradas en los organismos gubernamentales, hasta convertirse en obispo auxiliar “clandestino” de la propia Baoding en 1992. Por este motivo pasó diez años detenido y aislado bajo estricto control, desde 1996 a 2006. En agosto de hace tres años fue liberado, y volvió a ajercer su ministerio pastoral saliendo de la clandestinidad.
El camino emprendido por Francesco An despertó inmediatamente malhumores e incomprensiones dentro del área clandestina de su diócesis. Con el tiempo, el malestar de algunos sacerdotes y fieles, ya contrarios a su liberación, se ha ido transformando en rechazo de su autoridad espiscopal. Agencias occidentales han difundido abundantemente por internet las acusaciones que probarían el abandono de la recta vía por parte de An. Como su decisión de concelebrar misa con Giovanni Su Changshan, obispo “oficial” de Baoding, reconocido como tal por el gobierno pero no por la Sede apostólica. Y sobre todo sus cargos dentro de la Asociación Patriótica Diocesana, el organismo híbrido inspirado por el Partido Comunista como instrumento de control sobre la Iglesia china. Todo esto mientras el obispo ordinario clandestino de Baoding, Giacomo Su Zhimin, arrestado en 1996 por la policía, sigue todavía hoy en paradero desconocido. Complican aún más la situación los opositores más críticos de An, que han aludido también a la Sede apostólica, difundiendo ilaciones sobre presuntas presiones que la Congregación de Propaganda Fide habría ejercido sobre el obispo para obligarlo a dejar la clandestinidad y colaborar con las autoridades políticas.
En la memoria apresurada y más bien maniquea de las noticias de agencia y los blogs, el asunto corre el riesgo de quedar clasificado como un simple caso de claudicación: un eclesiástico que cambia de chaqueta y se doblega a la connivencia con el enemigo persecutor, conchabado con oscuros funcionarios vaticanos que, queriendo pensar bien de ellos, demuestran ser ingenuos y estar bastante confusos. Pero, ¿las cosas están así realmente?

La Catedral de Baoding [© Ucanews]

La Catedral de Baoding [© Ucanews]

Documento número 1. El interrogatorio de los clandestinos
La reconstrucción más detallada de la dinámica de los hechos procede de una fuente poco sospechosa de albergar simpatías hacia el obispo An.
Se trata de un largo coloquio que tuvo lugar a finales de noviembre entre el obispo y un cura chino, quien contra la voluntad de An luego lo publicó a mediados de diciembre en www.ccccn.org, uno de los sitios web ligados a grupos del área clandestina de la Iglesia católica. La conversación –que puede consultarse íntegramente en versión italiana en www.30giorni.it– adquiere por momentos un tono inquisitorial, con preguntas apremiantes que tienen el efecto de hacer aún más eficaz la paciente declaración del obispo. An cuenta que constató ya hacia 2000 cierto cambio en los funcionarios políticos encargados de su aislamiento. En aquel tiempo, «también ellos comenzaron a subrayar que se debe obedecer al Papa, de lo contrario deja de existir la Iglesia católica. Pero se obedece al Papa en la fe, en la disciplina y en la doctrina». Sus interlocutores seguían reivindicando un control político y administrativo en la coordinación eclesial, aunque añadiendo, sin embargo, que «la administración que pretendemos nosotros es una administración formal, no quiere decir administrar el interior de la fe como lo entendéis vosotros, porque nosotros no podemos interferir en los asuntos de vuestra fe».
sotros». An cuenta que, en el plano de los hechos, su primer paso para tantear el terreno fue animar a algunos sacerdotes “clandestinos” a que se registraran ante los organismos políticos. Cuando decidió dar el paso él mismo, se preocupó de documentar por lo menos la sinceridad de sus intenciones: en el momento de firmar los papeles para conseguir la “carta del obispo” –un documento de certificación previsto para el clero en la provincia de Hebei– evitó firmar las secciones sobre la autoelección de los obispos, añadiendo una elocuente nota explicativa («en el presupuesto de no violar la fe católica») a la parte firmada, donde se hacía referencia a los principios de autogestión e independencia de la Iglesia china. Luego los funcionarios del gobierno le pidieron que concelebrara junto al obispo oficial de Baoding, para hacer manifiesta la unión. Esa concelebración, presentada por sus críticos como la prueba principal de su escandalosa claudicación, ocurrió según An respetando las normas canónicas que prohíben la comunión sacramental con los obispos ilegítimos: «Concelebré con Su Changshan porque Su había pedido muchas veces su legitimación a la Santa Sede, aun sabiendo que la Santa Sede no podía legitimarlo, porque en Baoding estaba todavía el legítimo obispo ordinario Su Zhimin y yo mismo. La Santa Sede le respondió a Su Changshan que no le permitía ejercer el ministerio episcopal, pero le concedía actuar como sacerdote. Es obvio, yo también en aquel momento pensé en la manera de no violar el principio de la comunión sacramental. Por eso, cuando concelebramos, ninguno de nosotros llevaba puesto paramentos e insignias episcopales».
Acosado por el entrevistador, el obispo responde también a las muchas objeciones. Con respecto a la suerte de monseñor Su Zhimin, An admite que no tenía ninguna noticia del obispo ordinario de la diócesis, pero que recuerda bien que «a principios del año 96 o bien a finales del 95, el obispo Su Zhimin quería salir de la clandestinidad, y yo mismo se lo impedí». An aclara también que había aceptado desde hacía algunos meses el cargo de vicepresidente de la Asociación Patriótica local, garantizando su disponibilidad «sólo verbalmente» y sin firmar ningún registro personal al organismo “patriótico”. A la pregunta de si no se da cuenta de que ha violado los principios aceptando cargos de una asociación que se coloca por encima de la Iglesia, An responde con candorosa sencillez: «Cuando un obispo diocesano acepta el cargo de la Asociación Patrótica, lo importante es que este obispo actúe según la fe o no. También a nosotros nos parecería algo contradictorio que algunos obispos hubieran conseguido el reconocimiento del Papa mientras tenían cargos en la Asociación Patriótica. Pero en realidad no es para nada contradictorio. A quienes el Papa ha reconocido es a los obispos. El Papa nunca ha reconocido a la Asociación Patriótica. Los obispos toman el cargo sencillamente para gobernar mejor la diócesis». El obispo acusado repite que ha hecho solo lo que ha visto hacer en otras diócesis, donde desde hace decenios otros obispos neutralizaron de hecho la presión de los aparatos patrióticos sobre la vida de la Iglesia simplemente asumiendo ellos mismos el control de esos organismos. An reafirma repetidamente que su única intención era superar el «gobierno anómalo de la diócesis», donde el desorden «no lo crean otros, sino nosotros mismos», para favorecer que «los fieles puedan ir a la iglesia de manera normal».
El obispo dice que es consciente de correr «algunos riesgos». Pero le consuela la impresión de estar en sintonía con las sugerencias procedentes de la Sede apostólica: «Miro solo la orientación de la Santa Sede, actúo siguiendo la orientación de la Santa Sede. En 1996 los fieles [de las dos áreas, la “clandestina” y la reconocida por las autoridades políticas, n. de la r.] no podían ni siquiera rezar juntos, y esto causaba daños muy graves... He visto que antes la diócesis de Baoding consideraba que los obispos autoelegidos y autoconsagrados merecían castigo, que pertenecían a una Iglesia cismática, y que los sacramentos administrados por ellos eran problemáticos. Más adelante supe que más del ochenta por ciento de esos obispos fueron reconocidos por el Papa...». En todo caso, An dice que está dispuesto a apartarse inmediatamente, «si la Santa Sede me dice que lo que he hecho no está bien».
En realidad, ya a partir de 2006, la Santa Sede había enviado a Baoding una serie de documentos que reconocían al obispo recién salido de la clandestinidad la legítima autoridad para administrar la diócesis. Pero esas declaraciones pontificias han sido repetidamente ignoradas por los grupos de sacerdotes más críticos con la decisión de An. A veces recurriendo incluso a argumentaciones pretextuosas, como la falta de timbres o de firmas que invalidarían las misivas llegadas de Roma. También cuando llegó del Vaticano la carta que de auxiliar lo nombraba obispo coadjutor, para confirmar ulteriormente su autoridad episcopal, An la enseñó a los sacerdotes que contestaban su autoridad episcopal. En el interrogatorio cuenta que aquella vez sus opositores «no pudieron quedarse con ninguna duda, aunque sencillamente no la aceptaron». Para ellos An no es digno de ser obispo, tras haberse sometido a las peticiones de los funcionarios políticos y de los aparatos patrióticos. Lo han escrito así de claro, incluso en las cartas de denuncia que mandaron a los Palacios vaticanos, desde que dio comienzo la querelle.

Fieles rezando ante el belén en una iglesia de la ciudad de Qingdao, en la provincia china de Shandong <BR>[© Corbis]

Fieles rezando ante el belén en una iglesia de la ciudad de Qingdao, en la provincia china de Shandong
[© Corbis]

La carta de Propaganda Fide
En lo más álgido de la polémica, algunas agencias trajeron a colación unas fuentes anónimas vaticanas y de Baoding para sostener que el obispo An había salido de la clandestinidad por presiones de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. El pasado 3 de noviembre el dicasterio vaticano que sigue las circunscripciones eclesiásticas chinas emitió una nota para desmentirlo, irritual y categórica a la vez, que fue publica en la agencia Fides.
En realidad, la Santa Sede no ha ejercido presiones, pero más de una vez ha sostenido la legítima autoridad y la persona del obispo An, incluso por escrito. La más elocuente es una carta del 29 de junio de 2008 enviada a los obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y a los fieles de la diócesis de Baoding, firmada por el cardenal Ivan Dias, prefecto de la Congregación de Propaganda Fide. El documento fue también publicado en el sitio www.ccccn.org, y ahora el texto íntegro se puede consultar en italiano en www.30giorni.it, en una traducción nuestra del chino.
La larga misiva está repleta de llamadas a la Carta dirigida por Benedicto XVI a los católicos chinos en junio de 2007, invitándoles a tomarla como texto de referencia en el camino de la reconciliación. Los párrafos referidos a la situación especial de Baoding son inequívocos. Dias recuerda a toda la diócesis «la fortuna de tener como obispos legítimos a Giacomo Su Zhimin –aunque impedido, por seguir detenido– y a su coadjutor Francesco An Shuxin». Escribe que todos, «sin excepción», tienen el deber de reconocerlos como obispos legítimos de la diócesis de Baoding, y también de apoyarlos material y espiritualmente, «sobre todo en las actuales circunstancias tan difíciles y delicadas para su misión de pastores. El tradicional orientamiento “nihil sine episcopo”, recordado por el Papa en su Carta, sigue manteniendo todo su valor (n. 10 §9)». El prefecto de Propaganda Fide les asegura a todos «que el papa Benedicto XVI y la Santa Sede están bien informados de todo lo que ha hecho el obispo Francesco An Shuxin tras salir de prisión». Hace notar que todos saben bien de qué manera «dio testimonio de su fidelidad a Cristo y a la Iglesia con más de diez años de prisión», actuando siempre «con intención recta y buena voluntad, teniendo siempre como norte el bien de la Iglesia». Liquida con tono decidido todas las ilaciones y las resistencias entorno a sus decisiones. «Todos han de saber que el estimado obispo goza del favor y de la total confianza de la Santa Sede. Por ello nadie puede permitirse sospechar de su sinceridad, u oponerse a su autoridad, difundiendo opiniones desconsideradas que turban a los fieles. Esto, además de provocar gran placer entre los enemigos de la Iglesia, representa una falta grave de caridad ante Dios y la Iglesia».
Palabras perentorias, que encuadran el tema en sus límites tanto reales como paradójicos: un obispo legítimo y en plena comunión con el obispo de Roma es rechazado por parte de su clero, con la acusación de ser poco fiel a la Sede romana.

Fieles durante la misa de Navidad 
en la iglesia católica Xishiku de Pekín  [© AFP/Getty Images]

Fieles durante la misa de Navidad en la iglesia católica Xishiku de Pekín [© AFP/Getty Images]

El “Papa confuso” y la Carta escondida
En una reciente entrevista concedida a la agencia Ucanews, el obispo An admitía: «Tras mi liberación, en 2006, yo me negué a entrar en la Asociación Patriótica. Cambié de idea después de leer la Carta del Papa». En el interrogatorio ya citado, An añade detalles elocuentes sobre la acogida de la Carta dirigida por Benedicto XVI a los católicos chinos: «Después de la publicación de la Carta del Papa de 2007», cuenta el obispo, «muchos sacerdotes [de los que se oponen a él, n. de la r.] impidieron que los fieles estudiaran la Carta pastoral, porque decían que el Papa está confuso. De todos modos, no dejan que la gente la estudie. Y esto es ya de por sí un problema […]. Cuando estos sacerdotes supieron que las religiosas de la congregación diocesana la habían estudiado a escondidas, hubo sus más y sus menos».
La Carta de Benedicto XVI a los católicos chinos, publicada el 30 de junio de 2007, es el documento más importante enviado hasta el momento desde la Sede apostólica a la Iglesia de China. Pero desde que fue publicada hay quienes se empeñan en señalar en ella de manera más o menos explícita una falta de claridad que la expondría a conflictos de interpretación, hasta el punto de provocar interpretaciones opuestas sobre cuestiones concretas y delicadas, como las que atañen a la relación entre la Iglesia y los poderes civiles. El cardenal Joseph Zen, de setenta y ocho años, en calidad de arzobispo emérito de Hong Kong, tras la publicación de un Compendio en forma de pregunta y respuesta sobre la Carta papal –que algunos, como el propio Zen, decían que contenía puntos que necesitaban aclaración–, el pasado noviembre sintió el deseo de redactar y publicar una guía de 22 páginas para la correcta interpretación de la Carta papal. El papel de intérprete y mediador in loco de la Carta papal que Zen ha querido crearse en los últimos meses encuentra cada vez más aplicación en los asuntos de la Iglesia china. Recientemente, mientras sacerdotes del área clandestina tratan de compartir encuentros de oración y catequesis con sacerdotes de las comunidades oficiales, ocurre que otros, también responsables de comunidades, se oponen a esto, declarando que quieren atenerse a la línea indicada por Zen antes que a la indicada por el Papa y por Roma.
La iniciativa del cardenal salesiano que se ofrece como garante de la hermenéutica exacta de un texto pontificio parece irritual y autoinspirada. En realidad, la Carta papal a los chinos contiene indicaciones y sugerencias claras y fácilmente a disposición sine glossa de sus destinatarios, incluso por lo que atañe a las cuestiones pastorales más delicadas. Y lo hace teniendo en cuenta todos los factores en juego, y siguiendo el criterio católico del et et.
Benedicto XVI, en el texto firmado por él el día de Pentecostés de 2007, expresa el deseo de que se llegue a un «diálogo respetuoso y abierto» de la Santa Sede y los obispos chinos con las autoridades gubernamentales, que ayude a superar las duraderas «limitaciones que afectan al corazón de la fe y que, en cierta medida, ahogan la actividad pastoral». A los obispos y a las comunidades clandestinas no les ordena salir en bloque y apresuradamente de la clandestinidad, ni mucho menos perseverar en esa opción. Escribe que «la clandestinidad no está contemplada en la normalidad de la vida de la Iglesia», y de esta manera indica con claridad y con tono paternal, sin diktat, cuál es el camino que hay que emprender. Con toda la paciencia del mundo, esperando a quienes avanzan lentamente por el camino que será largo y no exento de paradas y desvíos obligados. Mostrando cordial y diligente comprensión por quienes han sufrido más y que quizá sigan sufriendo la política obtusa o brutal de funcionarios políticos locales.Teniendo en cuenta todos los factores que en cada circunstancia pueden obstaculizar o imposibilitar de hecho el avance hacia el objetivo. Pero sin dudas sobre cuál es el camino que hay que seguir. Sin renunciar nunca al deseo que también todos los obispos que siguen en la clandestinidad «puedan ser reconocidos como tales por las Autoridades gubernamentales incluso para efectos civiles».
Con respecto a la propia Asociación patriótica y a los otros aparatos de control del Estado, la Carta papal repite que su pretensión de ponerse «por encima de los obispos mismos y de dirigir la vida de la comunidad eclesial, no está de acuerdo con la doctrina católica». Lo que se define «inconciliable con la doctrina católica» no es de por sí la existencia de esos organismos, sino su finalidad declarada de poner en práctica «los principios de independencia y autonomía, autogestión y administración democrática de la Iglesia». Se hace también referencia explícita a sus «Estatutos, que contienen elementos inconciliables con la doctrina católica». Pero en ningún punto se pide ni se sugiere el desmantelamiento sistemático e inmediato de la Asociación patriótica, dejando abierta la posibilidad de una reconversión gradual que mediante una revisión de sus estatutos la transforme en instrumento de contacto entre la Iglesia y el régimen político.
Por el momento, la Carta ofrece de todos modos criterios claros sobre cómo actuar dentro de las comunidades católicas con respecto a las relaciones con las autoridades civiles. El Papa repite que «es lícito concelebrar con obispos y sacerdotes que están en comunión con el Papa, aunque sean reconocidos por las Autoridades civiles y mantengan una relación con organismos que el Estado ha querido y que son ajenos a la estructura de la Iglesia, a condición de que tal reconocimiento y relación no comporten la negación de principios irrenunciables de la fe y de la comunión eclesiástica». Para el Papa está claro que la salvaguardia de la fe y de la comunión sacramental no se opone, por sí misma, al diálogo con los distintos niveles del poder político, y que «no se ven dificultades particulares para la aceptación del reconocimiento concedido por las Autoridades civiles, a menos que ello comporte la negación de principios irrenunciables de la fe y de la comunión eclesiástica». La Carta admite, sin embargo, que en el plano concreto los trámites de reconocimiento implican casi siempre abrazar gestos y fórmulas que pueden crear problemas de conciencia a los católicos. «Comprendo», escribe el Papa, «lo difícil que resulta determinar en esas diversas condiciones y circunstancias la opición correcta para actuar». La solución provisional sugerida para afrontar estas contingencias concretas manifiesta en síntesis la dinámica de comunión –entendida también como compartir colegialmente las responsabilidades– ínsita en toda la Carta papal. Benedicto XVI escribe que «la Santa Sede, después de reafirmar los principios, deja la decisión a cada obispo que, después de escuchar a su presbiterio, está en condiciones de conocer mejor la situación local, sopesar las posibilidades concretas de opción y valorar las eventuales consecuencias dentro de la comunidad diocesana». El Papa toma también en consideración que la decisión final no reciba el aplauso de todos los sacerdotes y fieles. En ese caso, espera que, de todos modos, se acepte la decisión, «aunque fuera con sufrimiento, y que se mantenga la unidad de la comunidad diocesana con el propio pastor».

La procesión de la estatua de la Virgen en el santuario mariano de Sheshan (Shangai) el 1 de mayo de 2009, donde llegaron en peregrinación más de tres mil personas [© Ucanews]

La procesión de la estatua de la Virgen en el santuario mariano de Sheshan (Shangai) el 1 de mayo de 2009, donde llegaron en peregrinación más de tres mil personas [© Ucanews]

El tiempo de la siembra
Visto lo visto, la decisión del obispo An en Baoding resulta ser un intento de aplicación de la Carta papal de 2007. Discutible, como todos los intentos humanos. Pero que nada tiene que ver con traiciones y cambios de chaqueta. De modo que las reacciones que ha provocado hacen pensar que quizá el verdadero problema no es la iniciativa tomada por An. Lo que crea problemas a más de uno, dentro y fuera de la China continental, es quizá y precisamente la Carta del Papa.
La epístola de Benedicto XVI sugiere los criterios que andando el tiempo pueden favorecer la reconciliación dentro de la única Iglesia católica china, tras años de sufrimientos, conflictos, acusaciones y maldades entre los hermanos en la fe. Su publicación, sin siquiera decirlo, ha arramblado con tópicos maniqueos y prejuicios empedernidos, como el que afirma –hoy nos parece grotesco– que en China existen dos Iglesias, una fiel al Papa y otra al régimen. Y entonces puede ocurrir que se pongan en marcha mecanismos tácitos de remoción y ocultamiento. Intentos ni siquiera demasiado disimulados de hacer que la Carta del Papa caiga en el olvido. O de darle interpretaciones sesgadas, que excluyen las líneas básicas del documento y que machacan obsesivamente algunas frases cuidadosamente sacadas de contexto, jugando con los entrecomillados de manera algo fraudulenta.
Quienes están detrás de todo esto, normalmente, no tienen el valor de criticar al Papa, por lo que hacen entrever, por ejemplo, que alguien, posiblemente en Roma, le ha informado y aconsejado mal. De este modo se puede llegar incluso a disipar las semillas de perdón y reconciliación que la Carta podría sembrar en el camino de la Iglesia en China, y que podrían germinar ayudando con el tiempo a dejar a un lado hirientes dialécticas y a curar heridas que siguen todavía abiertas. No es casualidad que el cardenal Tarcisio Bertone, en su reciente misiva dirigida a los sacerdotes chinos con motivo del Año sacerdotal –publicada por la agencia Fides el pasado 17 de noviembre– volviera a proponer la reconciliación dentro de la comunidad católica y el diálogo respetuoso y constructivo con las autoridades civiles como las «líneas-guía» de la Carta papal de 2007. «Solo dos años después de la publicación de la Carta pontificia», añade el secretario de Estado, «no parece que haya llegado el momento de hacer balances definitivos. Usando las palabras del gran misionero de China, el padre Matteo Ricci, creo que se puede decir que hoy sigue siendo tiempo más de siembra que de cosecha». Cosa que probablemente ya habían intuido el obispo An y las monjas de Baoding, gracias a su sensus fidei, sin necesidad de intérpretes.


Italiano English Français Deutsch Português