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EDITORIAL
Sacado del n. 12 - 2009

Una perspectiva interesante


Así fue también cuando hace muchos años conocí en Roma a monseñor Jin Luxian, hoy obispo de Shangai, que ha preparado la introducción a la edición en lengua china de nuestro libro Quien reza se salva. Lo encontré en la Universidad de Propaganda Fide y me asombró esta capacidad tanto de escuchar atentamente como de ser un excelente orador


Giulio Andreotti


El padre Matteo Ricci (1552-1610) en un retrato de Emmanuele Yu Wen-Hui, 1610, iglesia del «Gesù», Roma

El padre Matteo Ricci (1552-1610) en un retrato de Emmanuele Yu Wen-Hui, 1610, iglesia del «Gesù», Roma

Empecé a interesarme por China desde muy joven, asistiendo a los programas de la Liga Misionera de Estudiantes de los jesuitas, a la que debo mucho porque fue para mí un instrumento para adquirir conocimientos que en mi actividad política me resultaron muy útiles. Luego tuve muchas ocasiones de conocer la profundidad del pueblo chino tanto a través de algunos viajes al otro lado de la Gran Muralla (recuerdo siempre la extraordinaria calidad de las preguntas que planteaban los estudiantes de sus universidades durante encuentros que en otras partes eran áridos y protocolarios) como en coloquios con personalidades chinas de paso por Roma o participantes, en otras partes, en reuniones de la Unión Interparlamentaria.
Cada una de las personas que conocí era distinta de las otras, pero tenían una característica común, algo que siempre me ha asombrado del pueblo chino: la atención con que escuchan a su interlocutor. Nosotros, que nos definimos “occidentales”, solemos creer que somos los mejores de todos y que, cuando dialogamos, estamos haciendo una concesión a quien está frente a nosotros. Los chinos, por el contrario, cuando escuchan al interlocutor dan siempre la impresión de tener la exigencia de adquirir algo nuevo. Y también de que lo consiguen.
Así fue también cuando hace muchos años conocí en Roma a monseñor Jin Luxian, hoy obispo de Shangai, que ha preparado la introducción a la edición en lengua china de nuestro libro Quien reza se salva. Lo encontré en la Universidad de Propaganda Fide y me asombró esta capacidad tanto de escuchar atentamente como de ser un excelente orador. Y sin embargo yo no tenía nada que enseñarle que le enriqueciera. Antes al contrario, fui yo quien me enriquecí a través de él participando en una misa en la Catedral de Shangai en la que me conmovió la compostura y la participación de los fieles. Una participación que quizá en nuestras iglesias no siempre se encuentra. Siendo yo católico practicante no es que me hubiera olvidado de las reservas de entonces de la Santa Sede hacia la Iglesia católica patriótica china, pero advertía en aquellos fieles, en los muchos jóvenes sacerdotes que oficiaban, un fondo de verdad y pasión que nosotros habíamos perdido en cierto sentido.
Otra oportunidad de abundar en la vieja amistad con el pueblo chino fue el estudio de la personalidad del padre Matteo Ricci, que in loco lo veneran como padre de la patria. La figura de Matteo Ricci nos ayuda a plantear el problema de las relaciones con China en su justa perspectiva. Todo el esfuerzo de Matteo Ricci, y no solo el suyo, contemplado por lo demás en la metodología de preparación de los jesuitas, fue dedicar años al conocimiento de la lengua y las costumbres de los chinos, hasta parecer uno de ellos, precisamente para que no le vieran como un extraño que trataba de llevar a China un producto de Occidente. Esta es una lección que no vale solo para China, sino que tiene también que ver con las tensiones y los problemas del mundo actual. En particular es un justo antídoto a la desconfianza que, pese a variar de país en país, existe en gran parte del mundo hacia Occidente, cosa que no hemos de perder de vista.
El obispo Aloysius Jin Luxian impone las manos a Giuseppe Xing Wenzhi durante su ordenación episcopal, que tuvo lugar el 28 de junio de 2005

El obispo Aloysius Jin Luxian impone las manos a Giuseppe Xing Wenzhi durante su ordenación episcopal, que tuvo lugar el 28 de junio de 2005

Pensando en la relación entre la nación china y la Iglesia católica, quisiera acudir a una pequeña fórmula que pertenece al lenguaje matemático. Cuando íbamos a la escuela nos enseñaban el máximo común divisor y el mínimo común múltiplo. Claro está que en la vida, cuando se actúa idealmente y se trata con rigidez lógica de afirmar las ideas propias, es como intentar alcanzar el máximo común divisor. Pero con frecuencia lo que ayuda a construir es la búsqueda del mínimo común múltiplo. Es decir, la búsqueda en todas las cosas de un aspecto, aunque sea pequeño o potencial, sobre el que se pueda construir una previsión de mejora, de evolución, una previsión de desarrollo.
Esta compenetración, esta no ajenidad de los católicos en las situaciones concretas, puede expresarse en formas diversas. Hace unos quince años, por ejemplo, monseñor Aloysius Jin Luxian me contó que había tomado una interesante iniciativa: en China el sistema escolar es solo estatal, y el Estado fija los horarios de apertura de las escuelas. Pero las actividades escolares llegan solo hasta cierta hora de la tarde. Entonces el obispo Jin había pedido abrir una escuela nocturna profesional, sirviéndose de las estructuras de las escuelas estatales. La iniciativa no iba “contra” nadie, no hubo objeciones y por consiguiente llegó el permiso de las autoridades y la escuela nocturna comenzó a funcionar. Es una gota de agua en el océano, pero indica una perspectiva interesante.
Nosotros, pues, hemos de tratar de subrayar esta capacidad positiva de la aportación de la religión, y en este caso hablamos de la religión católica, al desarrollo global del país, subrayando la total ausencia de segundas intenciones.


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