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IGLESIA
Sacado del n. 08 - 2009

Cuando se hace difícil incluso confesarse



por Sandro Veronesi


Un día de hace nueve años me entraron ganas de confesarme. En Roma, el 15 de agosto, durante el Jubileo de los jóvenes, yo estaba curioseando por la ciudad en medio de millones de muchachos que habían llegado de todo el mundo para celebrarlo. En el Circo Massimo había una fila de tiendas parecidas a las de la Fiesta de l’Unità [las fiestas del Partido Demócrata de Izquierdas, n. de la r.], bajo las que una batería de sacerdotes estaba confesando a la gente: no sé por qué aquella visión produjo en mí el impetuoso deseo de volver al rebaño. Me recosté contra una tapia y me puse a reflexionar: ¿cuándo había abandonado yo el rebaño? Hacía treinta años, poco después de la Confirmación –era todavía niño–. Y ¿cuántos mandamientos había roto desde entonces? Todos, menos el quinto y el séptimo. Y ¿no veía yo acaso que aquellas confesiones que me atraían tanto tenían lugar cara a cara con el sacerdote, sin el filtro misericordioso del confesionario –cosa que en mis tiempos me hacía sentir una vergüenza tremenda? En fin, confesarse después de treinta años cara a cara con un cura desconocido era algo muy fuerte: ¿tenía de verdad ganas de hacerlo? ¿Estaba dispuesto a afrontar las consecuencias? Por ejemplo, ¿iba a cumplir las penitencias que me pusieran? Por extraño que pudiera parecer, la respuesta a todas aquellas preguntas era siempre sí; no me quedaba más que lanzar el dado, pensé, sin darle demasiadas vueltas al asunto. Pasé al otro lado de la tapia y me dirigí –decidido, inspirado– hacia una tienda en la que había un sacerdote negro. Enseguida me salió al paso un voluntario con una camiseta azul (de esas que llevan escrito “Era forastero y me acogisteis”) y me preguntó adónde iba. «A confesarme», le respondí, solemnemente. «No puedes», me dijo, «no tienes pase». Me quedé de una pieza –no me lo esperaba–, pero mantuve la calma, nunca mejor dicho, ovina: «¿Y dónde puedo conseguirlo?», le pregunté mansamente. La respuesta llegó como un mazazo: «En Internet». Estaba ya anocheciendo, por lo que mientras volvía a casa y buscaba este pase en Internet (¿en qué dirección web, además? ¿había que imprimirlo directamente o se tenía que ir a recogerlo a alguna parte?) se me iba a hacer completamente de noche. «Vamos», dije, «déjame pasar. Por favor, solo quiero confesarme. ¿Qué daño le hago a nadie?». Pero que si quieres: «No tienes pase», repitió el muchacho –y me sonrió, inefable, inflexible; era además bastante gordo, por desgracia, lo que me quitó cualquier tentación de apartarlo de un empujón. Así se esfumó mi vuelta al catolicismo.


(sacado de la Repubblica del 3 de septiembre de 2009)


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