Cuando se hace difícil incluso confesarse
por Sandro Veronesi
Un día de hace nueve
años me entraron ganas de confesarme. En Roma, el 15 de agosto,
durante el Jubileo de los jóvenes, yo estaba curioseando por la
ciudad en medio de millones de muchachos que habían llegado de todo
el mundo para celebrarlo. En el Circo Massimo había una fila de
tiendas parecidas a las de la Fiesta de l’Unità [las fiestas
del Partido Demócrata de Izquierdas, n.
de la r.], bajo las que una batería de
sacerdotes estaba confesando a la gente: no sé por qué
aquella visión produjo en mí el impetuoso deseo de volver al
rebaño. Me recosté contra una tapia y me puse a reflexionar:
¿cuándo había abandonado yo el rebaño?
Hacía treinta años, poco después de la
Confirmación –era todavía niño–. Y
¿cuántos mandamientos había roto desde entonces?
Todos, menos el quinto y el séptimo. Y ¿no veía yo
acaso que aquellas confesiones que me atraían tanto tenían
lugar cara a cara con el sacerdote, sin el filtro misericordioso del
confesionario –cosa que en mis tiempos me hacía sentir una
vergüenza tremenda? En fin, confesarse después de treinta
años cara a cara con un cura desconocido era algo muy fuerte:
¿tenía de verdad ganas de hacerlo? ¿Estaba dispuesto a
afrontar las consecuencias? Por ejemplo, ¿iba a cumplir las
penitencias que me pusieran? Por extraño que pudiera parecer, la
respuesta a todas aquellas preguntas era siempre sí; no me quedaba
más que lanzar el dado, pensé, sin darle demasiadas vueltas
al asunto. Pasé al otro lado de la tapia y me dirigí
–decidido, inspirado– hacia una tienda en la que había
un sacerdote negro. Enseguida me salió al paso un voluntario con una
camiseta azul (de esas que llevan escrito “Era forastero y me
acogisteis”) y me preguntó adónde iba. «A
confesarme», le respondí, solemnemente. «No
puedes», me dijo, «no tienes pase». Me quedé de
una pieza –no me lo esperaba–, pero mantuve la calma, nunca
mejor dicho, ovina: «¿Y dónde puedo
conseguirlo?», le pregunté mansamente. La respuesta
llegó como un mazazo: «En Internet». Estaba ya
anocheciendo, por lo que mientras volvía a casa y buscaba este pase
en Internet (¿en qué dirección web, además?
¿había que imprimirlo directamente o se tenía que ir a
recogerlo a alguna parte?) se me iba a hacer completamente de noche.
«Vamos», dije, «déjame pasar. Por favor, solo
quiero confesarme. ¿Qué daño le hago a nadie?».
Pero que si quieres: «No tienes pase», repitió el
muchacho –y me sonrió, inefable, inflexible; era además
bastante gordo, por desgracia, lo que me quitó cualquier
tentación de apartarlo de un empujón. Así se
esfumó mi vuelta al catolicismo.
(sacado de la Repubblica del 3 de septiembre de 2009)
(sacado de la Repubblica del 3 de septiembre de 2009)