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NOVA ET VETERA
Sacado del n. 05 - 2009

Archivo de 30Días

Retrato de familia


Publicamos el primer capítulo del libro Mio fratello Albino, editado por 30Giorni en 2003


por Stefania Falasca


Juan Pablo I abraza a su hermana Antonia durante la audiencia reservada a los familiares el 2 de septiembre de 1978. A la izquierda se entrevé a su hermano Edoardo [© Foto Felici]

Juan Pablo I abraza a su hermana Antonia durante la audiencia reservada a los familiares el 2 de septiembre de 1978. A la izquierda se entrevé a su hermano Edoardo [© Foto Felici]

«Mirad», nos decía nuestra madre cuando éramos niños, «yo he visto al hombre que luego fue papa». Antes de casarse nuestra madre había trabajado en Venecia y allí un día encontró al patriarca Sarto, el futuro Pío X. Habían pasado muchos años pero seguía sin poder creérselo. Recordamos conmovidos este episodio la mañana de aquel 2 de septiembre de 1978, cuando Albino elegido Papa nos recibió a mí y a Eduardo en audiencia sin nadie más. «¿Qué diría nuestra madre?», le dije, y no pudimos sujetarnos las lágrimas. Él entonces me abrazó y el fotógrafo sacó la foto justo en aquel momento... Esta es precisamente la foto... Dijo: «Quedaos tranquilos, tranquilos, porque yo no he hecho nada para llegar hasta aquí. Estoy tranquilo yo, así que estad tranquilos también vosotros». Nos pidió perdón además por todos los periodistas que se nos habían metido en casa por su culpa.
Era la primera vez que veía a mi hermano después de ser elegido papa y también fue la última, este fue el último abrazo.
Berto, en cambio, lo vio a solas aquella misma tarde. Albino lo mandó llamar a través de su secretario, a la casa de las monjas en la que nos quedábamos. Le entregó una carta y algunos objetos de recuerdo. Berto lo volvió a ver el 19 de septiembre, cuando pasó por Roma antes de viajar a Australia, y aquella vez se quedó también una noche en el Vaticano. Para mí, la única vez que pude volver a verlo, aunque no de cerca, fue solo el día después de nuestra audiencia. Aquel 3 de septiembre, cuando los parientes participamos en la misa en la plaza de San Pedro y fuimos a la audiencia reservada a los belluneses. En el aula nos saludó a todos con la familiaridad y la simpatía de siempre. Antes de nosotros había recibido también a los de Vittorio Veneto y de Venecia. A la salida de aquella audiencia, recuerdo, escuché a una señora que le decía a otra de Vittorio Veneto: «¿Sabe qué nos ha dicho el Papa? Ha dicho: “Mi corazón sigue en Venecia...”». Pero no era la primera vez que Albino decía eso. Yo se lo había escuchado decir otras veces, recordando que precisamente en Venecia se conocieron nuestros padres. Y también que nuestra madre había trabajado en Venecia. En la Casa de Reposo de los Santos Juan y Pablo que llevaban las monjas. Cuando era patriarca e iba a visitarlas, pedía siempre ver los registros. Me lo ha contado la superiora. Quería siempre ver los registros donde estaba escrito el nombre de nuestra madre...
Los hermanos Luciani, Edoardo (Berto) y Antonia (Nina)

Los hermanos Luciani, Edoardo (Berto) y Antonia (Nina)

Su hermano siempre la recordó, incluso en la última audiencia del 27 de septiembre... Sí. Aquella en la que habló de la caridad. «A la suave memoria de mi madre, mi primera maestra de catecismo». Le dedicó a ella Catequesis en migajas. Salió en el 49, justo el año después de su muerte. Ella siempre fue un punto de referencia para él. Me acuerdo ahora de una redacción que Albino hizo el cuarto año de la escuela primaria. La describía de este modo: «Va vestida de cualquier manera porque es campesina, pero sabe leer, escribir bien y también echar cuentas». Nuestra madre había podido ir a la escuela hasta el tercer año de primaria, pero era verdad que sobresalía por sus cualidades. Le dieron incluso un premio, la novela de Manzoni Los novios, y lo guardaba en casa con orgullo. Muchos iban a su casa para que les escribiera las cartas que mandaban a los parientes emigrados. Era una mujer rustega, como decimos nosotros, muy sencilla, pero de gran temperamento, volitiva, enérgica. En Canale también había ayudado a muchas muchachas a encontrar trabajo. Antes de trabajar en la Casa de Reposo en Venecia, había trabajado como criada en una familia judía, y durante tres años trabajó en el extranjero, en Suiza. Cuando conoció a nuestro padre ya no era ninguna niña, tenía casi treinta años.
¿Cómo se conocieron? Nuestro padre trabajaba en aquel período en Murano, en las fundiciones, y había ido a trabajar allí precisamente para poder conocer a mi madre. Mi padre estaba viudo. Su primera mujer murió enseguida, y de aquel primer matrimonio había tenido dos niñas, Amalia y Pía. Las dos eran sordomudas. La abuela se ocupaba de ellas, mientras vivió. Luego murió y las niñas comenzaron a ir de un pariente a otro. Él estaba siempre en el extranjero, emigrante. Había trabajado como obrero en Innsbruck, Austria, en Solingen, Alemania, y luego en Francia, en Bélgica... Su hermana, Angela, que luego fue nuestra madrina, un día le dijo: «Oye, qué vamos a hacer con estas niñas... no van a estar siempre de un lado para otro, trata de casarte, fundar una familia, las niñas lo necesitan». Luego le dijo: «Hay una buena chica, Bortola Tancon... ¿la conoces?... Podría estar bien para ti, pero con esas ideas que tú tienes... seguro que no se quiere casar contigo». Mi padre era de ideas socialistas, en Alemania había estado en movimientos sindicales. También en el pueblo formaba parte de la cooperativa social. Era una ayuda para los pobres. Una buena cosa. Pero les llamaban comecuras... Así que nuestro padre, aunque al principio no estaba muy convencido de que saliera bien, decidió seguir el consejo de su hermana. Le presentaron a mi madre. A ella le gustó. Era un hombre guapo. Se veían el domingo delante de la Basílica de los Santos Juan y Pablo. Un día mi madre le dijo: «Oye, yo no te doy una respuesta ahora, pero en agosto tengo vacaciones y me voy a casa, allí me lo pienso...». Cuando se fue a Canale, su madre le desaconsejó con fuerza que se casara con él. Su padre, en cambio, le dijo: «Mira, yo he trabajado con él en Alemania, es un buen hombre, realmente bueno. Si te gusta, estoy seguro de que estarás bien con él». Ella entonces fue a pedir consejo al párroco, don Filippo Carli. Se conocían de toda la vida mi madre y él, eran amigos de infancia, de la misma edad, habían hecho incluso el catecismo juntos. Don Filippo, además, conocía mucho también a mi padre... Mi padre estaba subscrito a L’Asino, la revista de los socialistas, y la oficina de correos estaba cerca de la canónica. Don Filippo le confesó a mi madre que algunas veces antes de que el periódico lo enviaran al abonado a Alemania, él iba y lo retiraba de correos, para que no se lo mandaran...
Y sin embargo, el párroco no le desaconsejó a mi madre que se casara con él. Le dijo: «Tiene esas ideas... pero es un buen hombre, su primera mujer le seguía siempre, y yo creo que tú sabrás manejarlo, verás que no estarás mal con él». Se casaron el 2 de diciembre de 1911. El último sábado antes del comienzo del Adviento. En Canale existe todavía el pequeño banco, con las iniciales de mi madre, que ella quiso donar a la iglesia cuando se casó. Antes de casarse, sin embargo, mi madre le hizo prometer a mi padre que cambiaría de ideas...
En Canale d’Agordo, con sus familiares y algunos amigos sacerdotes el día de su primera misa <BR>[© Famiglia Luciani]

En Canale d’Agordo, con sus familiares y algunos amigos sacerdotes el día de su primera misa
[© Famiglia Luciani]

¿Y él mantuvo su promesa? Recuerdo un episodio. Me lo contó precisamente Albino, que había sido testigo. Eran las últimas elecciones antes de la guerra del 1915-18. Mi padre acababa de llegar de Argentina y sus amigos socialistas lo pusieron en la lista. No supo negarse. Mi madre tenía un primo en esas listas, que se lo contó. Cuando mi padre volvió a casa ella le dijo con decisión: «¿Es verdad que estás en la lista con ésos? Así que es verdad... pues no era ese el acuerdo que habíamos tomado... si no vas inmediatamente a borrarte de esa lista yo agarro a Albino y me vuelvo con mi familia». Cada vez que me han contado esa escena, la imagen precisa se me ha quedado impresa en sus mínimos detalles: ese salud. Recién casados, nuestra madre se llevó consigo a Pía y Amalia, que ni siquiera tenían diez años. Mis hermanas contaban, cuando yo era pequeña, lo buena que fue mi madre con ellas. Enseguida se encariñó con ellas y ellas igualmente con mi madre. Puso mucho cuidado para que consiguieran hablar algo mejor y las mandó luego a la escuela de costura. Tengo que tener por alguna parte la foto de cuando eran niñas... Lamento no tener ya muchos recuerdos... pero en esta cajita hay algunas fotos... Aquí está: Amalia es la mayor.
La recuerdo como eran en los años de mi infancia. Nosotros crecimos con ellas. Amalia estaba muy unida a mi hermano Berto. Se llevaban muy bien. Recuerdo que dijera lo que dijera Berto, era como el evangelio para ella. Fue ella la primera en llamarle así, porque no era capaz de decir Edoardo. Recuerdo que hicieron pruebas y el nombre Berto era el que le salía mejor. Desde entonces, todos nosotros hemos seguido llamándolo así. Pía conseguía hablar con más facilidad. Cuando yo era pequeña pasaba los días con ella. Era como una segunda madre para mí. Me contaba siempre muchas historias, tenía mucha fantasía. Y me quedaban siempre impresas las historias que contaba. Me enseñaba también el catecismo. Pía, aunque tenía ese defecto, era de una inteligencia viva. Aunque no sabía hablar bien, fue ella quien enseñó a leer y a escribir a Albino antes de que éste fuera a la escuela. Sí, fue realmente así. Me lo decía siempre mi hermano. Porque cuando era pequeñito era ella sobre todo quien lo cuidaba. Albino estaba muy apegado a ella. Pía aprendió muy bien a coser. Era ingeniosa. Una vez, recuerdo, le hizo a Albino un sombrerito con la tela de los uniformes de los soldados. Él estaba orgulloso. Entonces todos sus compañeros, uno a uno, se presentaron en casa para que Pía les hiciera un sombrero igual que el de Albino. Le hizo incluso la cartera para meter los libros de la escuela. Estaba orgulloso de su hermana. Pía luego se hizo monja de clausura. Se convertiría en sor María del Buen Consejo en Turín, en la Pequeña Casa de la Divina Providencia. Cuando se fue, en el año 28, yo tenía ocho años, y desde aquel momento no la he vuelto a ver. Albino estaba en aquel período en el seminario de Belluno. Recuerdo que más tarde, comentando el hecho de que su hermana se hubiera hecho monja, dijo que había hecho bien nuestro padre oponiendo resistencia al principio, cuando ella le pidió permiso para entrar en el convento. Nuestro padre, efectivamente, no le dio inmediatamente permiso, porque tenía miedo de que hubieran sido las monjas las que le habían metido en la cabeza aquella convicción y sentía mucho que esto para ella fuera un acomodo, dada su situación. Pero era ella la que quería ir. Recuerdo todavía cuando Pía le decía a nuestra madre: «Mamá, por favor, dile tú a papá que quiero meterme a monja». Y nuestra madre decía: «No, Pía, no, yo no se lo digo. Sabes que yo también siento mucho que te vayas... pero si realmente estás dispuesta, tienes que pedírselo tú».
Albino Luciani administra la comunión a algunos niños durante su primera misa como obispo en su pueblo natal [© Famiglia Luciani]

Albino Luciani administra la comunión a algunos niños durante su primera misa como obispo en su pueblo natal [© Famiglia Luciani]

¿Cómo había conocido a aquellas monjas? Veinte muchachas del pueblo habían sido mandadas por mi madre a trabajar en el hospital de Belluno, que entonces llevaban las hermanas de María Niña. Estas, al enterarse de que Pía era una buena sastra, la llamaron también para emplearla en el guardarropa. Y allí Pía conoció a una monja que tenía una hermana sordomuda en las monjas de clausura del Cotolengo de Turín. Y ella quiso ir allí. Albino, cuando fue a visitarla, vio que aquel era realmente su camino. Me decía que vivía con poco en aquella casa de monjas, eran pobres. «Pía está contenta, se encuentra en su ambiente», me dijo. A Albino Pía le hizo y bordó luego varios paramentos. También la mitra, que llevó siendo obispo, se la bordó ella. Y quiso ir a Roma en el 58, cuando su hermano recibió la consagración episcopal, aunque solo fuera para ver, decía ella bromeando, cómo le quedaba la mitra.
Cada vez que iba a verla, Albino me decía que la veía siempre contenta. Cuando Pía murió en 1969, él no era todavía cardenal. Fui a Turín. Las hermanas me enseñaron su celda. Recuerdo que entré en aquella pequeña habitación... estaba dispuesta exactamente igual que la de nuestra casa de Canale: la máquina de coser junto a la ventana, la estatua de san José delante... exactamente como cuando estaba en casa cuando éramos pequeñas. Al verla me conmoví.
El primer recuerdo que conservo de mi infancia está ligado precisamente a las historias de ángeles y santos que ella de pequeña me contaba para dormirme. Tendría yo tres años. Yo dormía en el catre, junto a la cama de mis padres, y una mañana el sol que entraba por las ventanas me despertó. Recuerdo nítidamente aquella imagen de la luz del sol entrando por las ventanas. Y recuerdo que me eché a llorar porque la luz del día me había despertado de un bonito sueño. Me había soñado que en la plaza de Canale, frente a la iglesia, había una escalera, y por esta escalera subían y bajaban jugando los ángeles. Esta imagen es lo más lejos que pueden ir mis recuerdos.


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