Archivo de 30Días
Retrato de familia
Publicamos el primer capítulo del libro Mio fratello Albino, editado por 30Giorni en 2003
por Stefania Falasca
![Juan Pablo I abraza a su hermana Antonia durante la audiencia reservada a los familiares el 2 de septiembre de 1978. A la izquierda se entrevé a su hermano Edoardo [© Foto Felici]](/upload/articoli_immagini_interne/1248099764670.jpg)
Juan Pablo I abraza a su hermana Antonia durante la audiencia reservada a los familiares el 2 de septiembre de 1978. A la izquierda se entrevé a su hermano Edoardo [© Foto Felici]
Era la primera vez que veía a mi hermano después de ser elegido papa y también fue la última, este fue el último abrazo.
Berto, en cambio, lo vio a solas aquella misma tarde. Albino lo mandó llamar a través de su secretario, a la casa de las monjas en la que nos quedábamos. Le entregó una carta y algunos objetos de recuerdo. Berto lo volvió a ver el 19 de septiembre, cuando pasó por Roma antes de viajar a Australia, y aquella vez se quedó también una noche en el Vaticano. Para mí, la única vez que pude volver a verlo, aunque no de cerca, fue solo el día después de nuestra audiencia. Aquel 3 de septiembre, cuando los parientes participamos en la misa en la plaza de San Pedro y fuimos a la audiencia reservada a los belluneses. En el aula nos saludó a todos con la familiaridad y la simpatía de siempre. Antes de nosotros había recibido también a los de Vittorio Veneto y de Venecia. A la salida de aquella audiencia, recuerdo, escuché a una señora que le decía a otra de Vittorio Veneto: «¿Sabe qué nos ha dicho el Papa? Ha dicho: “Mi corazón sigue en Venecia...”». Pero no era la primera vez que Albino decía eso. Yo se lo había escuchado decir otras veces, recordando que precisamente en Venecia se conocieron nuestros padres. Y también que nuestra madre había trabajado en Venecia. En la Casa de Reposo de los Santos Juan y Pablo que llevaban las monjas. Cuando era patriarca e iba a visitarlas, pedía siempre ver los registros. Me lo ha contado la superiora. Quería siempre ver los registros donde estaba escrito el nombre de nuestra madre...

Los hermanos Luciani, Edoardo (Berto) y Antonia (Nina)
¿Cómo se conocieron? Nuestro padre trabajaba en aquel período en Murano, en las fundiciones, y había ido a trabajar allí precisamente para poder conocer a mi madre. Mi padre estaba viudo. Su primera mujer murió enseguida, y de aquel primer matrimonio había tenido dos niñas, Amalia y Pía. Las dos eran sordomudas. La abuela se ocupaba de ellas, mientras vivió. Luego murió y las niñas comenzaron a ir de un pariente a otro. Él estaba siempre en el extranjero, emigrante. Había trabajado como obrero en Innsbruck, Austria, en Solingen, Alemania, y luego en Francia, en Bélgica... Su hermana, Angela, que luego fue nuestra madrina, un día le dijo: «Oye, qué vamos a hacer con estas niñas... no van a estar siempre de un lado para otro, trata de casarte, fundar una familia, las niñas lo necesitan». Luego le dijo: «Hay una buena chica, Bortola Tancon... ¿la conoces?... Podría estar bien para ti, pero con esas ideas que tú tienes... seguro que no se quiere casar contigo». Mi padre era de ideas socialistas, en Alemania había estado en movimientos sindicales. También en el pueblo formaba parte de la cooperativa social. Era una ayuda para los pobres. Una buena cosa. Pero les llamaban comecuras... Así que nuestro padre, aunque al principio no estaba muy convencido de que saliera bien, decidió seguir el consejo de su hermana. Le presentaron a mi madre. A ella le gustó. Era un hombre guapo. Se veían el domingo delante de la Basílica de los Santos Juan y Pablo. Un día mi madre le dijo: «Oye, yo no te doy una respuesta ahora, pero en agosto tengo vacaciones y me voy a casa, allí me lo pienso...». Cuando se fue a Canale, su madre le desaconsejó con fuerza que se casara con él. Su padre, en cambio, le dijo: «Mira, yo he trabajado con él en Alemania, es un buen hombre, realmente bueno. Si te gusta, estoy seguro de que estarás bien con él». Ella entonces fue a pedir consejo al párroco, don Filippo Carli. Se conocían de toda la vida mi madre y él, eran amigos de infancia, de la misma edad, habían hecho incluso el catecismo juntos. Don Filippo, además, conocía mucho también a mi padre... Mi padre estaba subscrito a L’Asino, la revista de los socialistas, y la oficina de correos estaba cerca de la canónica. Don Filippo le confesó a mi madre que algunas veces antes de que el periódico lo enviaran al abonado a Alemania, él iba y lo retiraba de correos, para que no se lo mandaran...
Y sin embargo, el párroco no le desaconsejó a mi madre que se casara con él. Le dijo: «Tiene esas ideas... pero es un buen hombre, su primera mujer le seguía siempre, y yo creo que tú sabrás manejarlo, verás que no estarás mal con él». Se casaron el 2 de diciembre de 1911. El último sábado antes del comienzo del Adviento. En Canale existe todavía el pequeño banco, con las iniciales de mi madre, que ella quiso donar a la iglesia cuando se casó. Antes de casarse, sin embargo, mi madre le hizo prometer a mi padre que cambiaría de ideas...
![En Canale d’Agordo, con sus familiares y algunos amigos sacerdotes el día de su primera misa <BR>[© Famiglia Luciani]](/upload/articoli_immagini_interne/1248099810905.jpg)
En Canale d’Agordo, con sus familiares y algunos amigos sacerdotes el día de su primera misa
[© Famiglia Luciani]
La recuerdo como eran en los años de mi infancia. Nosotros crecimos con ellas. Amalia estaba muy unida a mi hermano Berto. Se llevaban muy bien. Recuerdo que dijera lo que dijera Berto, era como el evangelio para ella. Fue ella la primera en llamarle así, porque no era capaz de decir Edoardo. Recuerdo que hicieron pruebas y el nombre Berto era el que le salía mejor. Desde entonces, todos nosotros hemos seguido llamándolo así. Pía conseguía hablar con más facilidad. Cuando yo era pequeña pasaba los días con ella. Era como una segunda madre para mí. Me contaba siempre muchas historias, tenía mucha fantasía. Y me quedaban siempre impresas las historias que contaba. Me enseñaba también el catecismo. Pía, aunque tenía ese defecto, era de una inteligencia viva. Aunque no sabía hablar bien, fue ella quien enseñó a leer y a escribir a Albino antes de que éste fuera a la escuela. Sí, fue realmente así. Me lo decía siempre mi hermano. Porque cuando era pequeñito era ella sobre todo quien lo cuidaba. Albino estaba muy apegado a ella. Pía aprendió muy bien a coser. Era ingeniosa. Una vez, recuerdo, le hizo a Albino un sombrerito con la tela de los uniformes de los soldados. Él estaba orgulloso. Entonces todos sus compañeros, uno a uno, se presentaron en casa para que Pía les hiciera un sombrero igual que el de Albino. Le hizo incluso la cartera para meter los libros de la escuela. Estaba orgulloso de su hermana. Pía luego se hizo monja de clausura. Se convertiría en sor María del Buen Consejo en Turín, en la Pequeña Casa de la Divina Providencia. Cuando se fue, en el año 28, yo tenía ocho años, y desde aquel momento no la he vuelto a ver. Albino estaba en aquel período en el seminario de Belluno. Recuerdo que más tarde, comentando el hecho de que su hermana se hubiera hecho monja, dijo que había hecho bien nuestro padre oponiendo resistencia al principio, cuando ella le pidió permiso para entrar en el convento. Nuestro padre, efectivamente, no le dio inmediatamente permiso, porque tenía miedo de que hubieran sido las monjas las que le habían metido en la cabeza aquella convicción y sentía mucho que esto para ella fuera un acomodo, dada su situación. Pero era ella la que quería ir. Recuerdo todavía cuando Pía le decía a nuestra madre: «Mamá, por favor, dile tú a papá que quiero meterme a monja». Y nuestra madre decía: «No, Pía, no, yo no se lo digo. Sabes que yo también siento mucho que te vayas... pero si realmente estás dispuesta, tienes que pedírselo tú».
![Albino Luciani administra la comunión a algunos niños durante su primera misa como obispo en su pueblo natal [© Famiglia Luciani]](/upload/articoli_immagini_interne/1248099765061.jpg)
Albino Luciani administra la comunión a algunos niños durante su primera misa como obispo en su pueblo natal [© Famiglia Luciani]
Cada vez que iba a verla, Albino me decía que la veía siempre contenta. Cuando Pía murió en 1969, él no era todavía cardenal. Fui a Turín. Las hermanas me enseñaron su celda. Recuerdo que entré en aquella pequeña habitación... estaba dispuesta exactamente igual que la de nuestra casa de Canale: la máquina de coser junto a la ventana, la estatua de san José delante... exactamente como cuando estaba en casa cuando éramos pequeñas. Al verla me conmoví.
El primer recuerdo que conservo de mi infancia está ligado precisamente a las historias de ángeles y santos que ella de pequeña me contaba para dormirme. Tendría yo tres años. Yo dormía en el catre, junto a la cama de mis padres, y una mañana el sol que entraba por las ventanas me despertó. Recuerdo nítidamente aquella imagen de la luz del sol entrando por las ventanas. Y recuerdo que me eché a llorar porque la luz del día me había despertado de un bonito sueño. Me había soñado que en la plaza de Canale, frente a la iglesia, había una escalera, y por esta escalera subían y bajaban jugando los ángeles. Esta imagen es lo más lejos que pueden ir mis recuerdos.