La Iglesia en los tiempos del genocidio
Un conflicto por el control de las riquezas naturales, símbolo de la tragedia que sacude a África en los últimos decenios. Cómo ha vivido la Iglesia la fidelidad al Señor durante estos años
por Davide Malacaria

Las provincias del este de la República Democrática del Congo
Estamos en Murambi, Ruanda, país en el que hay miles de lugares de este tipo. Memoriales los llaman. Fueron construidos para recordar aquella trágica locura esotérica conocida como genocidio de Ruanda, cuando en 1994 ochocientas mil personas fueron asesinadas en cien días.
Desde aquí, con este olor a muerte que nos acompañará durante todo el día, comienza nuestro viaje hacia el cercano Kivu, en el este de la República Democrática del Congo [a partir de ahora, sólo Congo, n. de la r.], para contar otro genocidio. O mejor dicho, la cola y la consecuencia del genocidio ruandés. Cuatro millones y medio de muertos, entre 1996 y 2003, en dos guerras durante las cuales Congo fue arrasado por tropas ruandesas, burundesas y ugandesas además de las de los distintos señores de la guerra locales. Una matanza por el control de las riquezas naturales en beneficio de las multinacionales occidentales, que es también el símbolo de la tragedia en la que ha caído África en los últimos decenios. Y donde la Iglesia ha sido llamada a seguir al Señor mediante grandes tribulaciones.
Bukavu
Las calles de Bukavu son imposibles y el asfalto es un recuerdo lejano. Los pocos vehículos renquean a paso de hombre, entre dos hileras de gente que va y viene todo el día, tratando se sacar adelante la jornada. Llueve a menudo en Kivu. Y entonces las cosas se complican, pues la tierra roja se vuelve fango y las ruedas resbalan. Y siempre las dos hileras de gente caminando. Descalzos, en el barro. Algunos se arremolinan alrededor de un camión averiado, las mujeres exponen su pobre mercancía en telones llenos de barro.
En Panzi está el Centro de Animación Misionera de los javierianos, dirigido por el padre Sebastiano Amato. Panzi está en las afueras de la ciudad, y se llega atravesando el barrio más poblado, una continuación de barracas de madera apelotonadas a los lados de la calle. Algunas se tambalean como si fueran a derrumbarse con las próximas lluvias. Es lo que pasa de vez en cuando. Pero la gente vive en ellas igualmente. Quizá por fatalismo, o quizá porque no tienen otra alternativa.
El padre Sebastiano nos habla de la muchedumbre de hutus que escapó a Congo después del genocidio ruandés, en aquel lejano 94, después de la conquista de Kigali por parte de Paul Kagame. Escapaban de la venganza tutsi y la marca de la infamia. «Los perseguía la acusación de ser genocidiarios… es cierto, entre ellos estaban también los culpables de aquella locura programada, pero eran una pequeña minoría… La verdad es que no ha habido una investigación seria sobre lo que pasó, así que a todos los hutus adultos ruandeses se les ha colgado el sambenito de genocidas. Una acusación que se ha usado para justificar los crímenes que luego se cometieron en el Congo». Esta es la opinión común por aquí, que se repite continuamente en las dramáticas cartas escritas por el entonces arzobispo de Bukavu, monseñor Emmanuel Kataliko.
Kataliko conoció el exilio y la muerte repentina (era el año jubilar de 2000), y es el sucesor de monseñor Christophe Munzihirwa, asesinado el 29 de octubre de 1996, primer día de guerra. La hostilidad hacia la Iglesia, en especial hacia los sacerdotes, misioneros y monjas, ha sido una constante en este conflicto. Arranca de una estrategia dirigida a eliminar y acallar a los que se hacían portadores de las instancias de los oprimidos. El padre Sebastiano era el ecónomo de la diócesis cuando mataron a Munzihirwa, y se acuerda muy bien de aquellos días. Mientras habla de ello va hasta al final del patio del Centro y abre una pequeña puertecita que da al exterior. Parece como si entráramos en un mundo de hadas: el paisaje urbano ha desaparecido y comienza otra cosa completamente distinta. Pero no es la tierra de Oz lo que encontramos, sino solo casas de barro y miseria.
Los niños acuden en tropel, gritando el nombre del padre. Y se le cuelgan de las manos. Nos enseña la escuela construida por los javierianos. Realmente grande, con muchas aulas, bancos y pizarras. Cosas normales, pero excepcionales en estos lares. Algunas mujeres saludan. «Antes aquí no había nadie», explica el padre, «se ha ido poblando poco a poco y sigue llenándose de gente cada día más». No es necesario preguntar los motivos: la guerra, el hambre, las cosas de siempre.
A dos pasos de Panzi, en el barrio de Chai (té, en la lengua del lugar), hay una parroquia llevada por los javierianos. El párroco, el padre Carmelo Sanfelice, fue obligado a exiliarse durante la guerra: le habían acusado de haber organizado un foco de resistencia congoleña. Sacude la cabeza al recordarlo, casi divertido. Nos lleva hasta la iglesia, con sus dos mil asientos. «Tenemos mil catecúmenos», dice contento. También debe estar contento de esa mies tan frondosa el gran crucifijo colgado en la pared, de una madera tan oscura que parece negra, como sus feligreses. Al despedirnos, el padre Carmelo nos confiesa que entre la gente se está poniendo de moda la brujería tradicional, en una forma más oscura y diabólica. Le creemos. Por lo demás, en lo que ha pasado en este rincón del mundo es difícil no ver la mano del diablo…
![2008. Reparto de víveres en los alrededores de Goma <BR>[© Associated Press/LaPresse]](/upload/articoli_immagini_interne/1241604972313.jpg)
2008. Reparto de víveres en los alrededores de Goma
[© Associated Press/LaPresse]
Un día a la semana los javierianos de la región acuden a la casa madre. El padre Gianni Brentegani, el superior, nos los señala uno a uno, aludiendo a sus historias personales y a los años pasados en la misión. Habla de las relaciones con la Iglesia africana, tan distinta de la occidental, y de cómo los misioneros ponen cuidado en quedarse un paso atrás, para no hacerles sombra a los ministros locales. Un paso atrás, pero siempre presentes, incluso en los años más oscuros. «Una presencia continua que ha sido apreciada. Y que ha hecho crecer go poco a poco volvíamos a la misión. Con la guerra las cosas se han puesto más difíciles, pero hemos conseguido igualmente ir a verlos en cuanto las condiciones nos lo permitían». Alrededor de Shabunda estaban los temibles May May, las milicias congoleñas que más se han opuesto a los invasores. «Pero cuando salíamos de la misión para ir a visitar nuestras comunidades nos dejaban pasar, haciéndonos el saludo militar», recuerda el padre Giuseppe. Otras veces, cuando las cosas se recrudecían y la guerra se hacía más feroz, se movían los catequistas. Algunos se hacían ciento sesenta kilómetros para llegar a Shabunda, recuerda el misionero. Luego dice que su simple presencia, su manera de compartir las travesías de los congoleños, era para aquella gente motivo de esperanza. Y mientras habla, con esos modales sumisos, a uno no le caben dudas de que es exactamente como él dice.
Don Justin Nkunzi tiene las espaldas anchas. Tienen que haberle servido en los años de la guerra. Es el responsable de la Comisión de Justicia y Paz de la diócesis. A don Justin le gusta especialmente el pasaje del Evangelio en el que Jesús, frente a la muchedumbre hambrienta, dice a los suyos: «Dadles de comer». Luego es Él quien hace los milagros de aquel poco, o nada, que los suyos tienen. Pero, ahora como entonces, nos dice, la Iglesia está llamada a no quedarse indiferente frente a las necesidades de los pobres y los oprimidos. Ahora la guerra parece superada, pero don Justin recuerda bien las horas terribles y habla de ellas con realismo cristiano: «Los enemigos pertenecen a este mundo… Lo que entristece, sobre todo en circunstancias como las que hemos atravesado nosotros, es cuando se advierte poca solidaridad por parte de la Iglesia universal…».
![Niños soldados [© Associated Press/LaPresse]](/upload/articoli_immagini_interne/1241604891610.jpg)
Niños soldados [© Associated Press/LaPresse]
Burhale ha sido durante años un lugar inseguro y las emboscadas eran cosa ordinaria. El camino para llegar es de tierra, y serpentea por las colinas de cerca de Bukavu. En la ida se atraviesan pueblos de casas miserables, cuyos nombres recuerdan oscuras masacres.
En Burhale hay un centro sanitario que durante la guerra fue blanco de saqueos sistemáticos. Hace poco que ha vuelto la actividad, gracias a un proyecto de la CISS (Cooperación Internacional Sur Sur), una de las pocas ONG que ha conseguido hacer algo por estos lares, financiada por el Ministerio de Exteriores italiano, como nos explica su coordinadora, Beatrice Luccardi. Hay médicos ahora en Burhale, y hermanas, que cuidan de los enfermos. Son las Hijas de María Reina de los Apóstoles y nos llevan a visitar las habitaciones y las camas, que vuelven a recibir pacientes. A pocas decenas de metros hay una escuela llevada por ellas y algunos niños desafían el calor del mediodía. En el centro de la amplia plazoleta una hornacina contiene una estatua de la Virgen. Las hermanas hablan del pasado y de las matanzas de los alrededores, entre ellas una en la que murió don Jean-Claude. «También una de nuestras hermanas fue asesinada», dice una monja con un suspiro ligero. Ligero como algo que se pone en manos del Señor. Que se reza también por los carniceros de entonces, como dice comentando una observación nuestra.
El asesinato de don Jean-Claude provocó gran conmoción en toda la diócesis. «Éramos amigos desde pequeños», dice don Justin. «Nos hicimos sacerdotes juntos… aquí todos lo consideran un mártir, como a monseñor Munzihirwa, como a Kataliko. Y el día que murió se celebra misa donde fue asesinado».
Fueron muchos los curas y las monjas asesinados durante el conflicto. El padre Francesco Saverio Bashi, párroco de Santa María Mediadora, que se encuentra en la isla de Idjwi (la mayor del archipiélago que flota en el centro del lago Kivu), nos enseña un libro en el que se habla de decenas de ellos. Es una lista de nombres y de lugares, de fechas, tan desconocidos para los occidentales y tan queridos para la gente del lugar. Se sabe poco de esto: aquí la norma era tener escondido, ocultar.
Un modo de actuar usual durante la guerra, nos explica Jean Moreau, porque se hizo de todo para esconder las pruebas del genocidio. Moreau es el presidente de una asociación de defensa de los derechos del hombre, impulsada por monseñor Munzihirwa. «Los campos de los alrededores de Bukavu están llenos de fosas comunes», sigue diciendo. A él le amenazaron varias veces, y con él a otros de su oficina, pero la asociación siguió haciendo su trabajo, fiel a la herencia del obispo. «Andando por las calles de Bukavu», nos explica, «a veces se ven ramos de flores colocados contra algún edificio. Sí, porque aquí en la ciudad, sobre las fosas comunes construían casas…». Y hay también quien dice que los cuerpos de los congoleños asesinados fueron transportados a los Memoriales ruandeses, para llenar de huesos aquellos desgarradores santuarios. Puede que sean leyendas, pero son realmente muchos quienes piensan de esta manera por aquí…
![2008. Campo de refugiados en los alrededores de Goma [© Afp/Grazia Neri]](/upload/articoli_immagini_interne/1241604891673.jpg)
2008. Campo de refugiados en los alrededores de Goma [© Afp/Grazia Neri]
Goma está negra desde que el cercano volcán hizo erupción, en enero de 2002, y quedó casi completamente arropada por la lava. Aquí la tensión es más alta que en otros lugares y Ruanda está demasiado cerca. Es algo que respira todavía. Por esta zona recientemente sembró la muerte y el terror Laurent Nkunda antes de que lo arrestaran el pasado enero. La última llamarada de la guerra, por lo menos hasta el momento…
En Goma trabaja Luisa Flisi, una misionera laica, que habla de un programa de ellos dirigido especialmente a los enfermos de sida, que arrancó gracias a la obra de Françoise, una de las primeras seropositivas que ellas asistieron. «Ahora asistimos a quinientas… y también a unos cien niños, nacidos con el virus HIV». Durante años sus caminos se han venido cruzando con los de una singular figura de misionero, el padre Silvio Turazzi, javieriano, que llegó a África en una silla de ruedas. «Es que en la misión no son necesarias las piernas, sino el corazón», comenta Luisa, aludiendo a las tantas obras de caridad florecidas alrededor del misionero.
Luisa estaba con don Richard Bimeriki cuando lo mataron, hace dos años, y recuerda cómo ocurrió todo. Les habían obligado a tenderse en el suelo los militares del RCD (Rassemblement Congolais pour la Démocratie, movimiento filorruandés), luego dispararon a quemarropa. «Murió en el hospital. Era el día de Pascua», recuerda.
Al otro lado de Goma está el seminario de los caracciolinos. Cuando llegamos acaba de terminar la adoración y los muchachos están correteando fuera de la iglesia. Algunos se paran a cantar una canción a san Francisco Caracciolo, fundador de la Orden. El padre Tommaso Barbona está allí desde hace años y asiste también a la misión de Nyamilina, en el interior. Nos lleva a visitar el seminario: realmente hermoso, con un jardín que se pierde en el lago. Pero lo más grato al Señor han de ser esos treinta seminaristas que se están formando. Se les ve enzarzados en sus libros o absortos en una muda oración, por todas partes.
Hoy es un día de fiesta. De Roma ha llegado el superior general de la Orden, el padre Raffaele Mandolesi, que con el padre Tommaso ha compartido decenas de misiones en Nyamilima. El padre Raffaele habla de uno de sus catequistas, al que llamaron para que escapara con los otros del pueblo, pero se quiso quedar para custodiar la eucaristía. Lo cuenta como algo importante. Y, quizá, si la fe se conservó durante los días del odio, se debe también a cosas de este tipo.
Nos acompaña en coche el padre Tommaso, naturalmente a paso de hombre, y mientras el vehículo renquea levantando polvo volcánico, nos informa sobre Nyamilima: veinticinco escuelas primarias, dos escuelas infantiles, seis institutos superiores, seis dispensarios, un hospital. Números que hablan de una caridad laboriosa, que ha quedado indemne incluso de la furia de Nkunda.
![2008. Desplazados en los alrededores de Goma <BR>[© Afp/Grazia Neri]](/upload/articoli_immagini_interne/1241604972376.jpg)
2008. Desplazados en los alrededores de Goma
[© Afp/Grazia Neri]
Los que en cambio sufrieron los azotes de la violencia en Goma son los salesianos. Un centro suyo fue asaltado, y algunos de ellos maltratados el pasado enero. «Bandidos», zanja don Mario Pérez, que dirige el Centro Don Bosco de Ngangi, mientras nos lleva a ver la maravilla que los salesianos han construido en los márgenes de uno de los barrios más pobres de la ciudad. Laboratorios, centros de formación y escuelas, en los que hay una actividad insospechable. Y luego un centro para los niños desnutridos, un ambulatorio… La crisis de Nkunda ha creado dos millones de desplazados. Algunos miles siguen amasados en las puertas del Centro de Ngangi, otros dentro: enteras familias que poseen solo cuatro trastos desparramados sobre una lona. Y luego cinco mil niños huérfanos, recogidos de la calle y el campo de los alrededores. Entre ellos hay también alguno que fue soldado. Algunos están en el centro de nutrición, luchando contra la muerte. Para todos ellos tiene don Pérez una sonrisa, una atención especial, una caricia. Es parco en palabras el sacerdote, y sin embargo, mientras subía la marea del terror, con su carga de horror y de lutos, levantó la voz. Para llamar la atención del mundo sobre lo que estaba ocurriendo. Y le escucharon. Sin duda alguna lo escuchó el Señor, a juzgar por lo que se ve en este Centro de las afueras de Goma.
De Goma a Bukavu. Es el 11 de febrero, fiesta de la Virgen de Lourdes. La misa es en un centro de acogida fundado por una laica consagrada, Natalina Isella. Aquí recoge a las niñas de la calle, con la intención de volverles a dar una vida normal. Es un fenómeno nuevo, explica. Tiempo atrás las familias amplias africanas podían hacerse cargo de los niños sin padres, pero ahora ya no. Una de las tantas consecuencias de la guerra…
Misa africana, con cantos y ritmo, algunos realmente hermosos. Algunas de las niñas llevan en la cabeza una pañoleta, recuerdo de algún encuentro eclesial en tierra italiana. Es naranja, y lleva escrito: «Heme aquí, envíame». Aquel testimonio y aquella misión se realiza en ese sencillo estar de una niña frente a Jesús. Como entonces, hoy también Bernadette está frente a María.
Y entonces el horror es un recuerdo lejano. Y el Paraíso más concreto y cercano. Aquí también, donde alguien quiso desencadenar el infierno.