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JUAN PABLO II
Sacado del n. 10 - 2003

Un artículo del presidente del Pontificio Consejo para la cultura

El Papa no puede tener una antropología personal


Wojtyla es un hombre de cultura, un intelectual convertido en papa. Pero una vez, hojeando un ensayo sobre su antropología, me dijo: «Estas cosas sólo podía decirlas Karol Wojtyla»


por el cardenal Paul Poupard


El cardenal Paul Poupard

El cardenal Paul Poupard

Veinticinco años… la primera imagen que recuerdo del papa Juan Pablo II es la de su primer día de pontificado, cuando todos los cardenales, en la celebración de la plaza de San Pedro, fueron a ofrecerle obediencia. Cuando llegó el cardenal Wyszsnski, el Papa se levantó y ocurrió algo así como una lucha entre el viejo primado que quería arrodillarse y el joven Papa que lo levantaba para situarle a su altura y abrazarlo. Esta escena fue inmortalizada en la piedra: una espléndida escultura en el corazón de la Universidad de Lublín. Otra hermosa imagen es la sala Clementina, donde una niña consiguió colarse y agarrarse a la sotana del Papa… Aunque las escenas son innumerables, y se mezclan entre sí.
La primera vez que entré en la biblioteca privada del papa Juan XXIII me recibió con un «¡Hijo hermoso!». Cuando trabajaba en la Secretaría de Estado para Pablo VI, siempre me llamaba «Querido monseñor». Y cuando por primera vez entré en la sala de Juan Pablo II, éste me estrechó con su robusta mano y me dijo: «¿Qué? ¿Qué tal va todo?». Pensé: ¡hay que ver cómo cambian los tiempos!
En esta conversación mía con el Papa, cuando nada me hacía pensar en mi trabajo junto a él en los años que vendrían, él mostró su interés por las costumbres y los métodos de Pablo VI: «Sé que tuvo usted el privilegio de trabajar con mi gran predecesor, desearía que me hablara de ello». Cosa que hice.
Del Papa recuerdo, sobre todo, su humanidad: una vez Papa nunca trató de tapar sus insuficiencias, como todos tratan de hacer. Y a menudo he visto su total sencillez frente a la verdad. Me asombra este modo suyo de ir adonde quiere ir, sin ser víctima de maniobras y guiándose sólo por su propia conciencia.
En ningún momento, ni siquiera cuando se le planteaban las preguntas más disparatadas, le vi perder la paciencia.
Su serenidad tiene profundas raíces, y esto, creo yo, es la razón de sus buenas relaciones con los periodistas: nunca se ha enfadado por sus preguntas. Por otro lado, si hubieran visto ustedes lo que escribía de él hace más de veinte años el director de Le Monde, otros hubieran cedido a las delicias de un reconocimiento mediático similar. Pero él no. Recuerdo los “¡Viva el Papa! ¡Viva el Papa!”, a los que él responde como un caballero: «¡Sí, gracias a Dios sigue vivo!».
Hay un factor importante a considerar. Este Papa es un hombre de cultura. Un intelectual convertido en Papa.
Un día fui a desayunar con él llevando el Diccionario de las religiones para regalárselo. Empezó a hojearlo y parecía que no iba a terminar nunca. Su buen secretario estaba desolado, viendo cómo se le enfriaba el desayuno. Yo miraba de reojo al Santo Padre, veía que se detenía en el artículo dedicado a la antropología de Karol Wojtyla. Sin pensármelo dos veces, dije: «Es peligroso para un colaborador del Papa escribir un artículo sobre la antropología de Juan Pablo II». «¿Peligroso? ¿Por qué?», dice él. Yo seguí diciendo: «Pues porque, en realidad… digo algunas cosas…». Entonces ocurrió algo estupefaciente: los ojos del Papa se velaron de repente con una expresión de nostalgia: «Estas cosas sobre la antropología podía decirlas sólo Karol Wojtyla», que, con otras palabras, significa: «Hoy yo soy el Papa, ya no puedo tener una antropología personal». Luego le pasó el libro a don Stanislao, como un gesto que quería decir: «Ofrezco esta renuncia como sacrificio».
Lo que me asombra es que este Papa es el hombre de las síntesis. Siempre tiene una visión grande de las cosas. Sufre cuando la gente trabaja encerrada en su propio sector sin prestar atención a lo que pasa a su alrededor. Actúa con gran sencillez, y al mismo tiempo con magnanimidad, con longanimidad. Hablando de la preparación del Simposio presinodal para Europa sobre la cultura, que me había pedido que organizara, y que se desarrolló del 28 al 31 de octubre de 1991, recuerdo su petición explícita: «Hay que darles gran espacio a los rusos». Y fue lo que hice, lo que llevó a una gran desigualdad numérica a favor de la delegación rusa, compuesta por diez-doce personas, mientras que los franceses, los alemanes, los italianos y los otros tenían grupos de solo dos personas. La gran preocupación del Papa, tras tanta separación, era esta: «Es necesario que los rusos se sientan completamente dentro de Europa». Esta intuición suya sigue siendo válida también hoy, en su XXV año de pontificado, y cada vez más.
(texto recogido por Giovanni Cubeddu)


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