25 AÑOS DE PONTIFICADO
Queda el estupor
Aquel 16 de octubre de 1978, nadie, ni siquiera Stefan Wyszynski, el primado de Polonia que profetizaba una Iglesia guiada por Wojtyla en el tercer milenio, podía imaginar cuántas cosas iban a suceder en las siguientes décadas
por Marco Politi

Juan Pablo II el 16 de octubre de 1978, día de su elección, se asoma por primera vez a la plaza de San Pedro
Porque nadie, lo que se dice nadie –ni siquiera Stefan Wyszynski, el primado de Polonia que profetizaba una Iglesia guiada por Wojtyla en el tercer milenio– podía imaginar las cosas que iban a suceder en las siguientes décadas. No hablamos de la caída del muro de Berlín, de la liberación de Polonia, de la desaparición de la URSS, solamente imaginarlo era de visionarios. Pero, ¿quién podía imaginarse un Papa que cruza el Tíber y entra en la sinagoga? ¿Quién podía soñar un Papa que pronuncia solemnemente en San Pedro el mea culpa por los errores y los horrores cometidos en los siglos por la Iglesia? ¿Quién podía predecir la meditación de un Pontífice romano en una mezquita? ¿Quién podía atreverse a pensar en una oración coral a Dios de todos los jefes religiosos del mundo, presentes en Asís respondiendo a la invitación del Papa católico para implorar la paz y que volverían una vez más para condenar la idea de que pueden desencadenarse violencia, terrorismo y guerras abusando del nombre de Dios?
¿Quién habría osado describir a un Papa sangrante por los disparos de un sicario llegado de Estambul y alojado en la pensión Isa (que en árabe significa Jesús)? ¿Quién habría osado predecir que el robusto Pontífice, amante del deporte, iba a guiar la Iglesia desde una silla de ruedas para compartir la pasión de Cristo y la pasión de millones de hombres y mujeres, excluidos porque no no son suficientemente dinámicos?
Cuanto más quiere ser lúcido y frío el observador –como ha de ser para poner orden en los hechos– más parece evidente que toda la parábola del pequeño Lolek convertido en sucesor de Pedro ha sido plásticamente algo fuera de lo ordinario. Fuera de los esquemas era ya ese Papa que el día de la misa de inauguración cruzaba con paso largo la plaza, trazando con el báculo pastoral enormes señales de la cruz sobre la multitud. Fuera de lo ordinario era el grito: «No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo!». Insólita era desde el principio la nueva actitud de usar la palabra “yo” en vez del “nos” pontificio e impersonal, insólita la costumbre de moverse sin engorros clericales, de dirigirse a todos con inmediatez. Inédita también la voluntad de buscar los medios de comunicación, de aceptar las preguntas de los periodistas, de ofrecerse a las cámaras, de lanzarse en viajes y docenas de entrevistas en países extranjeros, convencido de que había que buscar nuevos canales para hablar al mundo.
Así Karol Wojtyla sigue echando semillas. «Siempre ha querido que los hombres vivan según Dios»: con esta frase el cardenal Giovanni Battista Re ha resumido eficazmente los veinticinco años de pontificado. A mí me queda en el corazón, entre las mil imágenes y palabras que ha difundido en el mundo,...
En el primer decenio el mundo quedó asombrado de las gestas polacas. Racionalmente era impensable que se pudiera llegar no a la rebelión –porque se habían dado cíclicamente en Polonia y en los países sovietizados del Este europeo– ni tampoco al cambio de gobernantes, porque también esto había ocurrido, sino a la total destrucción del sistema. Era impensable, parecía imposible y, sin embargó, sucedió.Wojtyla no se ha jactado nunca de todo ello, como mucho ha dicho que «sacudió un árbol que estaba ya podrido». Consciente de la complejidad de los procesos sociales y de la vacuidad de quien pretende jugar a Supermán. Pero lo cierto es que sin su clarividencia, sin su prontitud a la hora de aprovechar la ocasión de la común sintonía estratégica con el presidente americano Reagan –también él convencido de que Solidaridad no debía desaparecer– la grieta que se había abierto en Varsovia se hubiera cerrado como ya había sucedido otras veces en la Europa oriental. En cambio, la tranquila perseverancia del Papa eslavo impidió que cicatrizase la herida causada al Partido-Padrón. Su resistencia activa hizo que al final la gangrena atacara el cuerpo, los músculos y el esqueleto del sistema autoritario.
Y, sin embargo, no es este el éxito mayor del pontificado wojtyliano. Lo que ha hecho que este reino sea una fuente continua de energía son los impulsos que Juan Pablo II ha transmitido diariamente a la Iglesia católica y desde ahí a todo el planeta.
Karol Wojtyla, ante todo, ha demostrado con la palabra, los gestos, el testimonio que la fe es algo actual y presente. No es un residuo del pasado o un asunto de santurrones. Es materia palpitante del vivir contemporáneo, porque los hombres, las mujeres y los jóvenes de hoy buscan –a menudo desesperadamente– dar un sentido a su existencia. No es, por supuesto, la única opción en una sociedad con múltiples tendencias y creencias, pero, con todo, el Papa eslavo y romano, es decir, universal, ha mostrado la “actualidad” del creer y del anunciar el Evangelio.
...la invocación tocante a la fraternidad humana contenida en la encíclica Evangelium vitae: «Los demás no son contrincantes de quienes hay que defenderse, sino hermanos y hermanas con quienes se ha de ser solidarios; hay que amarlos por sí mismos; nos enriquecen con su misma presencia»
No por ello ha desaparecido la “crisis de lo sagrado”, que viene de lejos y que inevitablemente se desarrolla en una sociedad donde lo divino ya no desciende a la realidad. Y de aquí vienen las iglesias desiertas, los confesionarios abandonados, el clero que se desangra lentamente porque ni siquiera los nuevos que llegan, ni siquiera los pequeños aumentos de vocaciones, consiguen ir a la zaga del crecimiento de la población. Pero este es un fenómeno de la época, común a todas las Iglesias tradicionales. Lo que cuenta es el hecho de que Juan Pablo II ha vuelto a poner la fe en juego y ha dado impulso a quienes en la comunidad de los creyentes estaban dispuestos a dar su contribución para llevar la Buena Nueva.Al principio algunos sonreían ante el frenesí de sus viajes, las ceremonias llenas de danzas, cantos, gritos, aplausos y coreografías un poco cursis. Pero pronto se comprendió que era un diseño sencillo y eficaz en la trama infinita de sus viajes. Buscando a las comunidades cristianas en cada rincón del globo, dándoles “voz” y visibilidad, aunque sólo por pocos días, hablando con ellas de tú a tú, Juan Pablo II ha dado a los más de mil millones de católicos de los cinco continentes un fuerte sentimiento de pertenencia, un espíritu de participación en el destino del “pueblo de Dios” que un papado secuestrado en los apartamentos vaticanos no habría sabido ofrecer.
Desde este punto de vista Wojtyla intuyó enseguida la urgencia de que el papado fuera planetario si quería seguir diciendo algo en el mundo globalizado. No se hablaba de globalización cuando Juan Pablo II subió al trono, pero es como si hubiera tenido en la sangre la idea de que el gobierno de la Iglesia católica solamente sería posible proyectándose en una dimensión mundial.
En esta dimensión Karol Wojtyla ha transformado la fisonomía misma del papado. Si antes el pontífice romano era solamente el líder de los católicos o, como mucho, una personalidad eminente del mundo cristiano, después de estos veinticinco años el papado se ha transformado en portavoz y abogado de los derechos del hombre en todos los continentes, superando las barreras de los Estados, de las culturas y de las creencias. A todo los sitios donde va la gente lo percibe así, ya se trate de exponentes de otras religiones, no creyentes o agnósticos. «Su figura nos ha entrado dentro íntimamente», me confesaba estos días una profesora romana desde siempre sospechosa de todo lo que es clerical. La figura de Wojtyla ha logrado entrar en los corazones y en las mentes porque ha sabido hablar de paz y de justicia, pero también de valores religiosos, de manera convincente. Recuerdo una mujer policía israelí, que conocí a orillas del lago de Tiberíades, que me dijo mirando a Juan Pablo II: «No me interesa la Iglesia católica, pero este hombre es un hombre de Dios».
¿Hay un secreto en la fuerza de comunicación de Karol Wojtyla? Recordar su pasado de actor es trivial. Claro está que el Papa sabe por experiencia cómo pisar las tablas y por eso sabe usar un micrófono sin complejos. Pero no reside aquí su fuerza de penetración en el imaginario de sus contemporáneos. La verdad es que Wojtyla es un místico, ademas de un filósofo, y es, por tanto, una persona acostumbrada a dirigir cultural e históricamente los acontecimientos. Su misticismo se ve cuando reza. Es el momento del abandonarse totalmente a Dios, de la inmersión más profunda en las dimensiones desconocidas de la propia alma, en un anhelo total dirigido a Cristo. En este lanzarse a la dimensión vertical está la causa profunda de su compromiso entre los hombres y por los hombres. Porque el ser humano, tal y como lo ve Wojtyla, no es solamente criatura de Dios, hecha a su imagen, es “gloria Dei”, gloria de Dios, esplendor de Dios podríamos decir poéticamente. Y en este concepto arraiga la certeza de que la dignidad del hombre (con sus derechos fundamentales) es incomparable y ha de ser salvaguardada a toda costa. «Juan Pablo II, el peregrino de la humanidad», se leía en un pancarta durante su reciente visita a la basílica de Pompeya.
Están aquí, en esta convicción, las raíces de la acción sociopolítica de Wojtyla. Las raíces del porqué las muchedumbres lo comprenden tan bien. Aquí están las motivaciones profundas de su capacidad de fascinar a centenares de millones de jóvenes en los varios continentes. Cuando exclama, como hizo en Denver: «No tengáis miedo de ir por las calles, en las plazas de las ciudades y de los pueblos. No es el momento de avergonzarse del Evangelio. No tengáis miedo a romper con los cómodos modos de vivir. Jóvenes católicos del mundo, no decepcionéis a Cristo, en vuestras manos lleváis la Cruz, en vuestros labios lleváis palabras de vida»… Cuando exhorta a preocuparse de los más indefensos y de los marginados por la lógica del beneficio –niños, enfermos, discapacitados, ancianos, pobres, desempleados, emigrantes, refugiados, sur del mundo– la muchedumbre siente que de verdad Juan Pablo II está con los más débiles. Muchos se asombraron, cuando después de la caída del muro de Berlín no dudó en arremeter contra el capitalismo salvaje que se difundía pujante en el Este europeo y en el tercer Mundo, afirmando que en Marx había «granos de verdad» cuando denunciaba las condiciones inhumanas en que estaban obligados a vivir los trabajadores del siglo XIX. Ante los profesores y estudiantes de Riga, asombrados por la imprevista declaración, exclamó en 1993: «La explotación llevada a cabo por un capitalismo inhumano (en el siglo XIX) era un mal auténtico… y en esto el marxismo tiene una partícula de verdad». Tres años después en Paderborn, Alemania, el día antes de ir a la puerta de Brandeburgo, en Berlín, para celebrar el fin de los dos totalitarismo del siglo XX –nazismo y comunismo–, Juan Pablo II retomó la cuestión, en una tierra que es cuerpo vivo del libre mercado occidental: «No debe afirmarse un individualismo radical, que al final destruye la sociedad», dijo, «no debe nacer un mundo nuevamente caracterizado por una ideología capitalista radical».
En su discurso en la Universidad de Riga ya había delineado los mandamientos esenciales de la doctrina social de la Iglesia: 1) destino universal de los bienes de la tierra; 2) garantía de la propiedad privada como condición indispensable de la autonomía del individuo; 3) rechazo de la consideración del trabajo como mera mercancía; 4) promoción de una ecología humana; 5) papel social del Estado; 6) necesidad de una democracia basada en los valores.

Juan Pablo II saluda a los peregrinos en la plaza de San Pedro al final de la audiencia del miércoles
Y, sin embargo, incluso cuando se ha contrapuesto al sentir de los contemporáneos, el papa Wojtyla siempre ha sido estímulo para una reflexión no trivial sobre grandes cuestiones como la familia, el valor de las relaciones sexuales, la ingeniería genética, las finalidades de las estructuras políticas y económicas. En un mundo martirizado por conflictos sangrientos, el primero de todos ese conflicto interminable que devasta la Tierra Santa, Wojtyla ha predicado la reconciliación y la purificación de la memoria. Un concepto fuerte destinado a producir ideas en los decenios futuros. Porque tener en cuenta los propios errores y comprender las razones de los demás, perdonar las culpas del otro aun cuando son feroces, no es una señal de debilidad, sino que contiene un dinamismo de renacimiento que –si se aplica– se refleja en todos los aspectos de la vida de relación. Individual y social.
Cuando parecía que la enfermedad estaba reduciendo su capacidad de actuar, Juan Pablo II se ha dedicado este año con gran determinación a la lucha para impedir la aventura de la guerra en Irak, querida por los Estados Unidos. Hecho ilegal, evitable, fuente de inestabilidad, han repetido durante meses el Pontífice y los principales exponentes de la Santa Sede. Los hechos le están dando la razón. Pero aún más se destaca la alternativa planteada por Karol Wojtyla. O el mundo es una comunidad de naciones y entonces es indispensable una instancia de legalidad como la ONU, compartida por todos, con reglas aceptadas por todos; o el mundo es un ruedo donde se afirma el más fuerte con los inevitables arbitrios y contragolpes. Como ha dicho el nuevo cardenal Jean-Louis Tauran, se trata de elegir entre «la fuerza de la ley o la ley de la fuerza». Europa, ha hecho entender el Pontífice, debe hacer su elección, acordándose de su patrimonio espiritual y del imperativo de trabajar por una «globalización en la solidaridad».
Así Karol Wojtyla sigue echando semillas. «Siempre ha querido que los hombres vivan según Dios»: con esta frase el cardenal Giovanni Battista Re ha resumido eficazmente los veinticinco años de pontificado. A mí me queda en el corazón, entre las mil imágenes y palabras que ha difundido en el mundo, la invocación tocante a la fraternidad humana contenida en la encíclica Evangelium vitae: «Los demás no son contrincantes de quienes hay que defenderse, sino hermanos y hermanas con quienes se ha de ser solidarios; hay que amarlos por sí mismos; nos enriquecen con su misma presencia».