El descanso de don Pietro
Don Pietro Pappagallo vivió casi veinte años en Roma. Dedicó a la gente común su obra de asistencia material y espiritual, como la red de apoyo a favor de los judíos y perseguidos políticos que organizó durante la ocupación nazi de la capital italiana. Fue asesinado en las Fosas Ardeatinas, único sacerdote entre las 335 víctimas masacradas el 24 de marzo de 1944 por las SS
por Paolo Mattei

Don Pietro Pappagallo
Aquella madrugada del 24 de marzo de 1944, cuarto viernes de Cuaresma, en la celda número 13 de la cárcel de la vía Tasso 145 –un edificio de los años 20 cerca de San Juan, utilizado como cuartel en 1943 por el oficial de las SS Herbert Kappler para alojar en un ala a los hombres de la Gestapo y en otra a los partisanos y detenidos políticos– hay nueve reclusos, cuatro militares, un abogado, un doctor en leyes, un pintor, un partisano. Y aquel cura, arrestado con la acusación de fabricar documentos falsos para todos quienes –judíos, militares, gente corriente– corrían el riesgo acabar en las manos de los nazifascistas en Roma ciudad abierta.
Una tierna compasión
Don Pietro Pappagallo tiene en 1944 casi 56 años. Era el quinto de ocho hermanos, nacido el 28 de junio de 1888 en Terlizzi, en la provincia de Bari, en el seno de una familia modesta económicamente: su padre, cordelero, fabricaba con cáñamo, yuta y junco las cuerdas tan necesarias para quienes viven de agricultura y mar; su madre, ama de casa, será la primera en intuir y alentar la vocación de aquel chiquillo que acababa de comenzar su actividad de ayudante en el taller del padre: ella le permitirá entrar en el seminario, consiguiendo, con la cesión de bienes inmuebles de su pertenencia, la “renta sacerdotal”, necesaria en aquel entonces para quienes deseaban hacerse curas. El deseo de Pietro se convirtió en realidad en 1915, recién comenzada la I Guerra Mundial: el 3 de abril de aquel año, Sábado Santo, recibió la ordenación y el día siguiente, Pascua de Resurrección, distribuyó la estampita-recuerdo de su primera misa, en la que quiso reproducir la oración al «Dios de las misericordias», al «Rey pacífico», compuesta por Benedicto XV para implorar la paz. «Mientras estabais en esta tierra, tuvisteis latidos de tierna compasión por las desaventuras humanas», se lee en la oración: esta expresión es la línea de continuidad que atravesará la existencia de Pietro, cuyo comienzo de sacerdocio, observa Renato Brucoli en su biografía de don Pappagallo (Pane e cipolla e santa libertà, primera parte [1888-1939], Región Pulla, Terlizzi 2007) coincide «paradójicamente con el comienzo de la Primera Guerra Mundial, y terminará, al precio de toda una vida entera, al terminar la Segunda Guerra Mundial».
El final tendrá lugar precisamente en Roma, adonde don Pietro llega por primera vez en 1925, para estudiar derecho canónico: en los primeros diez años de su vida sacerdotal había puesto su capacidad organizativa a disposición de un internado en la diócesis de Molfetta, Giovinazzo y Terlizzi, y, posteriormente, del seminario “Pío X” de Catanzaro. Pero este cura de treinta y siete años, explica Brucoli, «quiere vivir más en contacto con la gente, por lo que se pone como meta la Ciudad Eterna. Siente que su lugar está allí».

Don Pietro con dos amigos en el atrio de la Basílica de Santa María la Mayor
«El trabajo [de los obreros] en la empresa es deshumanizador: la jornada se alarga de manera inverosímil, el despido es automático si se rechazan las horas extraordinarias, el proceso industrial que contempla la aplicación de sustancias químicas es potencialmente nocivo para su salud, la discriminación salarial es evidente entre los obreros del sur y sus colegas de la capital. A mí no me parece justo todo esto. Tampoco me consuelan las razones de oportunidad política, que para nada me interesan. Sé solo que la fe y el sentido de humanidad no pueden contraponerme a mis hermanos, a cuyo servicio he sido colocado. Si usted no está con ellos, puedo solo decir que quedo desconcertado y confuso». Don Pietro escribió estas líneas a monseñor Ferdinando Baldelli, entonces –finales de los años veinte– responsable de Curia para la asistencia eclesial a los trabajadores. En 1927 se le había dado al sacerdote de Terlizzi un cargo gracias al cual conoció la grave situación en que vivía un amplio porcentaje de la población urbana: tenía que llevar como asistente espiritual la residencia de los obreros foráneos de SNIA Viscosa, una gran empresa química con más de dos mil trabajadores que hacía algunos años se había instalado en la vía Prenestina, en una zona que, por la cercanía con la estación Termini y el Muelle de mercancías de San Lorenzo, se iba industrializando rápidamente, y por lo mismo su población crecía a ritmos forzados. Don Pietro iba por los barracones-dormitorios cercanos a la fábrica en los que vivían cientos de obreros procedentes del sur de Italia, muchos de los cuales eran paisanos suyos: vivían fuera de casa mortificados por las agotadoras horas extraordinarias obligadas de que hablaba en la carta. Pero, ¿podía ser tomada su protesta en seria consideración en un momento en el que el régimen está planificando el futuro de expansión imperialista de la nación bajo la bandera de la autosuficiencia en la producción? Frente a esta voluntad de potencia, las llamadas del cura a la firme condena de la explotación de los trabajadores contenida en la Rerum novarum de León XIII no encontraron audiencia ni siquiera en el Vaticano, de donde salió, por el contrario, la orden de que se le alejara del cargo que tenía en la fábrica.
«Quien ha nacido en este río será santo»
Don Pietro, que aún no ha sido incardinado en la Urbe, corre el riesgo, pues, de terminar en Terlizzi de nuevo. El obispo de su diócesis, sin embargo, intercede a tiempo ante la Curia a favor de su sacerdote, que en 1928 es nombrado vice párroco de la Basílica patriarcal de San Juan de Letrán, con la tarea específica de administrar el bautismo en San Juan in Fonte. Don Pietro está muy contento. Recuerda el tiempo en que desarrollaba el mismo servicio en la Catedral de Terlizzi y pasa sus días rezando en el Baptisterio, confortado en aquel precioso ministerio también por cute;cil seguir concediéndole, como hasta entonces, permisos de estancia en Roma ad libitum. Don Pietro es consciente de ello, y por eso atrapa al vuelo una ocasión que le parece providencial: las cien monjas Oblatas del Niño Jesús, residentes en el gran instituto de la vía Urbana 1, cerca de Santa María la Mayor, necesitan un capellán y un padre espiritual. Le piden a don Pietro su disponibilidad, y él acepta inmediatamente, porque además comparte, sigue explicando Brucoli, su estilo de vida dedicado «a las actitudes de la “infancia espiritual”», es decir, «a la sencillez, a la humildad, a la confianza, a la transparencia, a la alegría», y también porque conoce bien la regla agustiniana que informa la vida de aquellas religiosas.
A finales de 1929, don Pietro se instala en el número 2 de la vía Urbana. Celebra para las monjas la misa cada mañana a las seis y media y la adoración eucarística cada domingo por la tarde. Aloja a sus amigos en la pequeña terraza que se asoma al antiguo barrio de Suburra y por su disponibilidad y jovialidad se convierte en punto de referencia para muchísimas personas del barrio. Y, por fin, en 1931, tras ser nombrado clérigo beneficiado de la patriarcal Basílica de Santa María la Mayor, es incardinado en la diócesis de Roma. Comienza entonces a colaborar con el cardenal Bonaventura Cerretti, arcipreste de la Basílica Liberiana, quien le pide que lleve a cabo delicadas misiones diplomáticas ante representantes de Estados extranjeros con quienes la Santa Sede está estableciendo relaciones concordatarias, y que organice el flujo de peregrinos que en 1933 llegarán a Roma para el Año Santo extraordinario de la Redención convocado por Pío XI. Don Pietro se siente por fin en casa.

Don Pietro en la terraza de su casa en la vía Urbana con su sirvienta Maria Teresa Nallo
«Domine, ecce quem amas infirmatur. Sufficit ut noveris: non enim amas et deseris», «Señor, aquel a quien amas está enfermo. Es suficiente que tú lo sepas, pues tú no abandonas a los que amas». Las palabras de esperanza de Agustín que comentan el episodio evangélico de la resurrección de Lázaro, recién leídas en la oración del Matutinum, confortan el corazón de don Pietro. Sigue aún de rodillas en el suelo de la celda número 13 de la cárcel de la vía Tasso, y reza en voz baja el Salmo 142 de los Laudes de aquel cuarto viernes de Cuaresma de 1944. «Auditam mihi fac mane misericordiam tuam quia in te speravi», «Haz que sienta tu gracia por la mañana, porque confío en ti». Los compañeros de celda duermen. Es todavía muy temprano.
Le habían arrestado en su casa, en la vía Urbana, casi dos meses antes. Aquel apartamento se había convertido con el paso de los años en un refugio para muchos y en la pequeña terraza ventilada, entre las macetas olorosas de albahaca de la región Pulla y el perfume del café preparado por Teresa, su sirvienta también de Terlizzi, se reunía diariamente con un grupo de amigos, algunos de los cuales eran paisanos suyos –como Gioacchino Gesmundo, profesor de filosofía en el instituto Cavour y dirigente del Partido Comunista clandestino–, para intercambiar con ellos noticias e impresiones sobre lo que estaba pasando en Italia y en Europa.
«Mi tío era un cura cura, un cura multiplicado por mil por lo que se refiere a altruismo; él sentía la misión, todo el mundo llamaba a las puertas de mi tío»: así lo recuerda su sobrino Antonio, cuyo testimonio está recogido en el sugestivo florilegio de memorias orales que Alessandro Portelli ha recogido para contar la trágica historia de las Fosas Ardeatinas mediante las narraciones de quienes vivieron en primera persona aquellos acontecimientos (L’ordine è già stato eseguito, Donzelli, Roma 1999). «Hacía documentos falsos. “Basta una fotografía y una póliza”, decía, una misteriosa póliza napolitana que certificaba como desplazados a todos estos desgraciados dispersos y perseguidos, arrollados por el torbellino terrible de las persecuciones». La casa de la vía Urbana se había convertido en tabla de salvación también para aquellos a los que el régimen consideraba peligrosos subversivos. Don Pietro los ayudaba a todos, y cayó en la trampa, como ocurre a menudo, por obra del trabajo oscuro de los delatores, disfrazados de perseguidos que el confiado cura-falsario, movido por el ímpetu de una generosidad que rayaba en la imprudencia, recibía con los brazos abiertos. «Pero, por lo demás, pensaba por la calle, cómo no iba a dar de comer a quien llama hambriento a tu puerta, a no vestirlo cuando lo ves harapiento y tiritando de frío con este tiempo, a no darle cobijo cuando sabes que lo buscan para matarlo, a no ayudarle cuando sabes que no tiene un céntimo en el bolsillo, a no ayudarle a volver con sus hijos, su madre, su mujer, su padre, sus hermanos, que le esperan al otro lado de la línea de batalla»: así entra Antonio Lisi en los pensamientos de don Pappagallo en la hermosa biografía en la que se narran los últimos meses de su vida (Don Pietro Pappagallo, martire delle Fosse Ardeatine, Tau Editrice, Todi [Perusa] 2006). «Hago documentos falsos con timbres falsos, carnés de identidad falsos, salvoconductos falsos para atravesar las líneas del sur, es cierto, pero Tú, Señor, sabes por qué lo hago… Estoy en tus manos, Dios mío».
El día en que lo detuvieron estaba en casa con otras seis personas. Irrumpieron en el apartamento seis hombres armados, tres italianos y tres alemanes, y registraron las habitaciones buscando la lista de los asistidos de don Pietro –que no encontraron– y los timbres –que sí consiguieron recuperar– con los que falsificaba los salvoconductos hacia la libertad. Luego empezaron a llevarse a los presentes. Don Pietro fue el último en ser acompañado a la vía Tasso.

Familiares de una víctima de las Fosas Ardeatinas rezando en el lugar de la matanza
«Nescierunt qui levant lignum sculpturae suae et rogant deum non salvantem», «No saben nada los que llevan sus ídolos de madera, los que suplican a un dios que no puede salvar»: don Pietro susurra los versos del Cántico de Isaías en los Laudes del cuarto viernes de Cuaresma, y quizá piensa en quienes lo han arrestado, en sus jefes, que desde arriba han imaginado y planificado el desastre en el que se encuentra el mundo. En la minúscula porción de mundo que es la celda en la que está rezando piensa quizá incluso en el espía que durante un interrogatorio le ha golpeado la cara con una fusta, en los oficiales alemanes que azuzan a los torturadores, armados con alicates y mazas de hierro, contra víctimas que con frecuencia no tienen ningún secreto que revelar. O quizá no piensa en nada de esto, sino que da gracias al Señor por la compañía que sigue haciéndole en aquellos dramáticos días también mediante aquel breviario, su luz en la oscuridad de la celda: «Psalterium meum, gaudium meum», «Mi salterio es mi gozo», para don Pietro es igual que para san Agustín.
Mientras tanto se ha hecho de día, los compañeros de celda se despiertan y saludan al sacerdote que los ha confortado en las interminables horas de aquel doloroso encarcelamiento, que muchas veces ha cedido su propio rancho a quien estaba peor, que se ha quedado arrodillado largo tiempo rezando junto a un compañero herido después de haberlo curado. Le dan los buenos días los dos comunistas Aladino Govoni y Tigrino Sabatini, que en un momento dado, picados por la curiosidad, empezaron a pedirle que les leyera y explicara los Salmos contenidos en aquel libro del que él nunca se separaba; le da los buenos días el partisano Oscar Cageggi, cuyo recuerdo de los primeros días de familiaridad con don Pietro está contenido en el libro de Lisi: «Comenzó a establecerse entre nosotros una relación de profunda amistad… La serenidad de su rostro, que inspiraba bondad, inteligencia y humildad profunda, nos conquistó inmediatamente. Su llegada fue para todos nosotros como la llegada de un padre».
Alrededor de las 14,00 horas un oficial alemán entra en la celda y grita cinco nombres. El último era el de don Pietro. Tienen que salir inmediatamente. Han de ser llevados, en dos furgones, a algún lugar de la ciudad. No se les dice ni dónde ni por qué. Llegarán, poco después, a unas cuevas que están a dos kilómetros de la Puerta de San Sebastián, en la vía Ardeatina, en una zona de Roma en donde reposan tantos mártires cristianos de los primeros siglos. Serán ajusticiadas a metrallazos 335 personas –llevadas hasta allí desde la cárcel de Regina Coeli, desde la vía Tasso, desde la calle– para vengar a 33 alemanes muertos en un atentado el día anterior. Son obreros e intelectuales, mercachifles y generales, comerciantes y artesanos. Y un cura.
Al salir del furgón, don Pietro mira la fila de vehículos en la Ardeatina: «Murmuró la absolución a los que iban a morir», cuenta Antonio Lisi, que entra de nuevo en los pensamientos del sacerdote: «“Casi todos los que estaban conmigo, en el furgón, pidieron la última confesión, durante el trayecto y en la espera de la ejecución”… Don Pietro le pidió a Dios que perdonara a los carniceros, rezando: “Señor, perdónales, porque no saben lo que hacen”».
Luego cayó, de un tiro en la nuca, sobre el lado izquierdo. La noche anterior, como cada noche, antes de acostarse, había rezado en las Completas el Cántico de Simeón:: «Nunc dimittis…», «Ahora deja, oh Señor, que tu siervo vaya en paz según tu palabra…». El Señor le dio su corona.