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ARTE
Sacado del n. 09 - 2003

Siena, una obra maestra anterior a Duccio


Cuando la exposición sobre Duccio di Buoninsegna abra sus puertas en octubre, una de las etapas más importantes será la cripta descubierta hace dos años y restaurada para la ocasión. Habla Luciano Bellosi


por Giuseppe Frangi



La fachada de la Catedral de Siena

La fachada de la Catedral de Siena

Para qué funciones estaba destinada esta gran aula construida hace ocho siglos debajo del suelo del altar mayor de la Catedral de Siena, sigue siendo un misterio. Apoyada en la pared del baptisterio, tendría que haber levantado sus arcos por encima de lo que hoy es el piso de la Catedral. Fue completamente decorada con frescos, como demuestran las escenas “cortadas” en su parte superior, de las que quedan sólo la parte inferior. Luego, terminadas las obras, llegó la contraorden: el local fue llenado de escombros y cerrado dentro de los cimientos de la gran Catedral de Siena. Hasta que hace dos años, los obreros que estaban trabajando en la colocación del altar mayor notaron la existencia de esta habitación enterrada. Imagínense el asombro cuando, al quitar las piedras, aparecieron los colores brillantes de frescos que ningún agente atmosférico había podido hacer “empalidecer”. Ciento ochenta metros cuadrados de escenas, con la Pasión y la Resurrección de Jesús: las piedras y los escombros han provocado daños no irrecuperables a la superficie de las pinturas, que hoy un paciente y delicado trabajo de restauración está tratando de arreglar. Una carrera contra reloj, porque el próximo 4 de octubre abrirá sus puertas la esperada exposición sobre Duccio di Buoninsegna, y la cripta será una etapa obligatoria de la muestra. ¿Cuál es la relación entre este hallazgo excepcional y el genio de la Maestà? Lo explica a 30Días el mayor conocedor de la pintura senesa de los orígenes y organizador de esta exposición que hará llegar a la ciudad toscana a miles de visitadores, Luciano Bellosi. Titular de la cátedra de Historia del Arte de la Universidad de Siena, autor de una monografía fundamental sobre Cimabue y del ensayo más importante sobre la Maestà de Duccio, Bellosi ha seguido de cerca, y casi con aprensión, el excepcional rescate. «En realidad, no se trata de frescos», puntualiza, «sino de pinturas murales en seco: una debilidad técnica que requiere una atención especial por parte de los restauradores. Se trata de un trabajo delicado y largo». Dada su fragilidad, podrán entrar en la cripta durante la exposición sólo 25 personas a la vez.
En realidad, el recorrido ideal comenzará precisamente aquí. «Efectivamente», explica Bellosi, «estas pinturas pueden fecharse en torno a 1270 y representan una especie de victoria contra los que afirmaban que la pintura mural había entrado en la historia del arte senés sólo con Simone Martini. En aquella época Duccio, con poco más de veinte años, estaba probablemente en el taller de Cimabue en Florencia, pero es probable que conservara en sus ojos el color encendido de estas pinturas». El ciclo narra las escenas de la vida de Cristo. Hay un Descanso en la huida a Egipto pintado en un pilar, con referencias al detalle, citado por los evangelios apócrifos, de la palma que se inclina sobre los fugitivos para darles sombra. Hay dos escenas de la Pasión, una Crucifixión y un Entierro de Jesús, y se trata de las dos escenas en mejores condiciones; mientras que los dos recuadros de la Resurrección, con las mujeres piadosas en el sepulcro y el Noli me tangere, tienen su parte superior cortada por las obras de pavimentación de la Catedral. Las imágenes se desenvuelven con solemnidad, con esas figuras esbeltas, de tamaño natural y colocadas con gran sabiduría. «Se trata de uno de esos artistas anteriores a Duccio, cuyo conocimiento profundizará la exposición de octubre. Los nombres más acreditados son los de Dietisalvi di Speme, Guido di Graziano y Rinaldo di Siena», explica Bellosi. El candidato principal es Dietisalvi di Speme, la figura más completa entre los pintores anteriores a Duccio. Los documentos dicen que trabajó entre 1259 y 1288, y le atribuyen con seguridad cuatro tablas pintadas: se trata de las famosas Biccherne, las portadas de los registros en los que la magistratura encargada de las oficinas de hacienda escribía los presupuestos de Siena. Dietisalvi, dicen los documentos, pintó 29 de estas tablas, pero sólo cuatro han llegado hasta nuestros días.
detalle de la Crucifixión de Jesús, pintura de la cripta hallada en 2001 debajo del altar de la Catedral

detalle de la Crucifixión de Jesús, pintura de la cripta hallada en 2001 debajo del altar de la Catedral

«Dietisalvi y los demás demuestran que no conocen aún la revolución de Cimabue, que marca de modo decisivo la escena artística a partir de la década siguiente», puntualiza Bellosi. «La primera señal en Siena de esta revolución la tendremos con la gran vidriera de la Catedral, realizada en 1286 sobre cartones pintados por Duccio, que evidentemente lo había aprendido en Florencia». La vidriera, recién restaurada, será una de las obras importantes de la exposición. Será posible verla desde cerca en la majestad de sus seis metros de diámetro y en el esplendor de sus colores totalmente rescatados. «Por primera vez el trono de María es un trono concebido arquitectónicamente, ya no es un trono de madera como, por ejemplo, en la Madonna Rucellai, obra maestra juvenil de Duccio. En la vidriera se ve una concepción nueva del espacio; aunque es justo decir que no es seguramente Duccio el que lleva a cabo la búsqueda más racional. Giotto, que era más joven que él y que probablemente se cruzó con él en el taller de Cimabue, era el verdadero abanderado del nuevo cambio».
Bellosi ha estudiado las pinturas de la cripta comparándolas con las contemporáneas Biccherne. Gracias a la comparación no sólo ha reducido la lista de los probables autores, sino que sobre todo ha fijado la característica clave de la pintura senesa: el sentido del color. «En las pinturas de la cripta el frescor de los pigmentos es excepcional; la oscuridad y el hecho de haber permanecido durante tantos siglos encerradas han conservado de manera sorprendente los colores. La cripta, en efecto, no fue en la práctica utilizada. Quizás la habían ideado como ingreso a la Catedral desde la ciudad. Pero luego se cambió totalmente el proyecto».
En torno, mientras tanto, como hemos visto, las cosas cambiaban rápidamente. En 1287 Duccio recibía el encargo de la vidriera de la Catedral. Contemporáneo de este trabajo es la pequeña Maestà de Berna, otra obra que se podrá ver en la exposición. Donde veremos también el excepcional Tríptico de las colecciones de la reina de Inglaterra, la obra más hermosa de Duccio, Maestà aparte. Con la madurez de Duccio, el arte senés despega. «La originalidad y la elegancia son las primeras características que indican una grandeza acabada. El velo blanco debajo del manto de la Virgen en el Tríptico es un detalle que causa maravilla», explica Bellosi. Pero si tuviéramos que trazar un perfil del Duccio hombre y artista, ¿qué nos tendríamos que imaginar? Bellosi sugiere dos categorías no exclusivamente artísticas: «Para mí la belleza de Duccio se basa en la seriedad y en la convicción. Vio con sus ojos el poder de la revolución de Giotto, la asimiló a su manera sin reservas mentales, pero tuvo la fuerza de seguir siendo el mismo. Proyectó en la intensidad de los colores, como en esos tonos rojos de vino tinto y oscuros, su propio estupor por lo real. Pero nunca perdió el sentido del equilibrio. La profundidad del trazo no fue nunca en perjuicio de la elegancia».
Este es pues Duccio. Un grande cuya historia humana y artística hoy podemos seguir, paso a paso. Imaginándolo asombrado a los pies de esas pinturas de la cripta de la Catedral, deslumbrantes de colores que hoy surgen de nuevo tal y como las vieron sus ojos.



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