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ORTODOXOS
Sacado del n. 09 - 2003

ORTODOXOS. Un mismo drama les une a los católicos

Más poder y menos fieles


Los observadores más sensibles escrutan, bajo la máscara del neoprotagonismo de las jerarquías ortodoxas, los datos reales sobre la práctica de la fe. Después de más de diez años de “libre evangelización” disminuyen paulatinamente los fieles que acuden a la iglesia


por Gianni Valente


Una joven enciende una vela en la iglesia

Una joven enciende una vela en la iglesia

El pasado 10 de junio Alexis II celebró el 13 aniversario de su elección a patriarca de Moscú y de todas las Rusias. Pero los altos dignatarios ortodoxos que querían homenajearlo en la solemne ocasión, tuvieron que acudir a su residencia de Peredelkino, en la campiña moscovita, donde el jefe de la Iglesia más grande de Oriente transcurre, desde hace meses, largos períodos de descanso, como le prescribieron los médicos, entre un ingreso y otro en el hospital (el último, en la segunda mitad de mayo). La salud de este estonio de setenta y cuatro años, de origen noble, que estuvo al frente de la Iglesia rusa en el ajetreado decenio del renacimiento poscomunista, había dado señales de debilitamiento ya a mediados de los noventa. Pero recientemente las alarmas referidas a su insuficiencia respiratoria se hicieron más frecuentes. El pasado noviembre, una crisis cardíaca, definida por los comunicados oficiales como «crisis de hipertensión», según análisis oficiosos le provocó también complicaciones de isquemia cerebral. Una grave pulmonía que contrajo el pasado mes de marzo le impidió a finales de abril celebrar las liturgias pascuales. Por todo ello, hace meses que los medios de comunicación rusos hablan de que se están acelerando las “grandes maniobras” para su sucesión.
Ya a mediados de enero, la Nezavisimaja Gazeta, con un artículo de título irónico (La segunda llegada de Cirilo y Metodio), indicaba como protagonistas de la carrera a la sucesión al metropolitano Kirill de Smolensk y Kaliningrado y al metropolitano Mefodi, que entonces estaba al frente de Voronezh-Lipetsk, cuyos nombres, en el juego a la lotería patriarcal de los medios de comunicación, van con frecuencia junto a los del más anciano metropolitano Filaret, de Minsk, y de Sergij, metropolitano de la recién creada diócesis de Voronezh-Borisoglebsk.
En los perfiles biográficos de los potenciales sucesores de Alexis se destacan los “puntos de fuerza” de cada candidato. Kirill, actual número dos de la jerarquía, jefe del rico y poderoso Departamento para las Relaciones con el Exterior (cargo por el que es un viejo conocido para los delegados católicos comprometidos con el diálogo ecuménico), es indicado normalmente como el favorito. La retransmisión dominical en la que viene participando ininterrumpidamente desde hace ocho años, en una importante cadena de televisión nacional, ha dado a conocer su rostro al gran público. Procedente del grupo de los discípulos de Nikodim, el filocatólico metropolitano de Leningrado que murió de infarto en el Vaticano mientras era recibido en audiencia por el papa Luciani, en virtud de esta extracción espiritual sigue siendo incluido en el ala más liberal del episcopado. Pero en los últimos años su interés predominante ha sido el refuerzo del papel político de la ortodoxia rusa. El prestigio teológico, en cambio, es el punto de fuerza de Filaret. Exarca de Bielorrusia, presidente de la Comisión teológica, miembro permanente del Santo Sínodo, también él forma parte del pelotón de herederos de Nikodim, de quien ha conservado con mayor continuidad su sensibilidad disponible al diálogo con los católicos y el deseo de subrayar el perfil espiritual de la presencia eclesial en la sociedad. Su más avanzada edad (era ya obispo en el 65, en plena época soviética, cuando los otros potenciales candidatos estaban todavía en el seminario) podría ser una buena carta en la partida. Pero a su reconocida autoridad religiosa no le corresponde la misma disponibilidad de medios materiales y coberturas políticas. Esto, sin embargo, no les falta a Kirill o a Sergij, actual canciller del Patriarcado. Ni tampoco a Mefodi, que juega su mano sobre todo gracias a los buenos enganches en la actual nomenclatura nacional. Fue nombrado obispo en 1980 cuando tenía solamente 31 años, fue administrador de las finanzas del Patriarcado durante toda la década de los ochenta, y el único dignatario ortodoxo acusado en tiempos recientes por un colega (Chrysostom, de Vilnius) de ser colaborador directo del KGB. Mefodi, tras algunos años grises, había vuelto al escenario tras la elección presidencial de Vladimir Putin. Se había trasladado casi establemente a Moscú, donde había instaurado una estrecha red de relaciones con la actual élite del poder político, adoptando posturas de pragmática apertura a Occidente y de reafirmación de los intereses nacionales, según la línea putiniana. En las últimas semanas, la renaciente estrella de Mefodi parece haber entrado de nuevo en un túnel gris. El pasado 8 de mayo, una reorganización general de la estructura diocesana del Patriarcado de Moscú dio lugar a una serie de cambios en cadena. En la lotería de los nuevos destinos, Mefodi fue mandado a Kazajstán, después del desmembramiento de la sede metropolitana de Voronezh-Lipetsk, de la que era titular, asignándosele el nuevo arrondissement metropolitano de Astana y Almaty. Una nueva unidad territorial creada ad hoc «para hacer su exilio respetable», según las palabras malignas del periódico Nezavisimaja Gazeta, que ha interpretado todo el caso como un ulterior refuerzo de la posición de Kirill, en un artículo titulado Cirilo ha ganado a Metodio, jugando de nuevo con la alusión a los nombres de los dos santos evangelizadores de los pueblos eslavos.
Mefodi ha tenido, pues, que abandonar la presidencia de la Comisión histórico-jurídica del Patriarcado y la del Fondo Makariov, gracias a la cual había podido distribuir en los últimos años premios y reconocimientos en el campo de las investigaciones históricas. Desde la periferia del ex imperio le será más complicado cultivar las relaciones con la nomenclatura política moscovita. Pero fuera de las zancadillas reales o presuntas entre ellos, todos los “patriarcables”, en el período incierto y suspenso que caracteriza todo cambio de reinado, están fatalmente obligados a medir bien sus movimientos teniendo en cuenta los impulsos nacionalistas, antiecuménicos y conservadores que atraviesan a buena parte del cuerpo eclesial, sobre todo en los ambientes monásticos y entre los jóvenes starets, los maestros espirituales de la última generación, que representan casi una red eclesiástica paralela con tentaciones antijerárquicas.

Campaña de Europa
Un cura ortodoxo de Moscú al frente de una manifestación de un millar de fieles contra el Vaticano

Un cura ortodoxo de Moscú al frente de una manifestación de un millar de fieles contra el Vaticano

El incesante activismo de los altos mandatarios de la Iglesia rusa en este momento de transición repercute también en las relaciones entre los ortodoxos. El caso más reciente se dio con el mensaje que el propio patriarca Alexis dirigió a las parroquias ortodoxas de tradición rusa esparcidas por Europa occidental, invitándolas a confluir en una estructura eclesiástica unificada bajo la jurisdicción del Patriarcado de Moscú. Una “reductio ad unum”, pensada como una especie de regreso a la casa madre, para terminar con la fragmentación jurisdiccional que se consolidó en la diáspora ortodoxa rusa en Europa comenzada en los años treinta del siglo pasado. Es decir, en la época en que, mientras la Iglesia rusa sufría persecuciones, amplios sectores de la emigración rusa salieron de la órbita del Patriarcado moscovita, hallando acogida y encuadrándose canónicamente en otras entidades eclesiales ortodoxas. La carta abierta de Alexis lleva la fecha del primero de abril, y va dirigida, además de a los obispos del Patriarcado activos en Europa occidental, también al obispo que está al frente de la archidiócesis para las parroquias de tradición rusa en la Europa occidental que depende del Patriarcado ecuménico de Constantinopla, y del que desde Ginebra dirige la diócesis eurooccidental de la llamada “Iglesia rusa fuera de las fronteras”, que se separó del Patriarcado de Moscú en 1926, para evitar la colaboración contaminante con el régimen bolchevique. En la misiva Alexis sostiene que ha llegado el momento de superar las divisiones jurisdiccionales de la diáspora ortodoxa rusa «debidas a la tragedia histórica conocida por el pueblo ruso» tras la «catástrofe revolucionaria». Declara la intención de crear una «región metropolitana» para Europa occidental en la que puedan confluir «todas las parroquias, los monasterios y las comunidades de origen y tradición rusas». Añade que en esta nueva realidad quedará garantizado un estatuto de autonomía y autogobierno, para respetar «las formas de organización de la vida eclesial que los descendientes de los emigrados de la primera oleada elaboraron durante decenios». Pero adelanta también una “fase dos” en la que el proceso de reunificación podrá absorber también retazos y camarillas ortodoxas de la Europa central, que por el momento están fuera de la órbita moscovita. El objetivo final, expuesto al final de la carta, es «la fundación canónica, cuando Dios lo quiera, de una Iglesia ortodoxa local y multinacional en la Europa occidental, que se construirá con un espíritu de conciliaridad por parte de todos los fieles ortodoxos que viven en esos países».
Alexis II con el metropolitano Kirill

Alexis II con el metropolitano Kirill

Fuera de los resultados concretos que podrá conseguir, la carta expresa bien el “escenario” estratégico que mueve a los altos mandatarios eclesiásticos rusos. El intento de consolidar un punto fuerte en Europa occidental puede también interpretarse como respuesta al «expansionismo católico» en los que el Patriarcado reivindica como sus propios y exclusivos territorios canónicos. También va en la línea con el protagonismo de la Rusia de Putin en el espacio geopolítico europeo. Pero corre el riesgo de abrir nuevos frentes de enfrentamientos por el control de las comunidades de la diáspora, que desde siempre representan un campo minado para las relaciones intraortodoxas, como se intuye también por algunas reacciones al controvertido exploit patriarcal. El padre Boris Bobrinskoy, decano del Instituto de teología ortodoxa Saint-Serge de París y miembro importante de la comunidad ortodoxa de origen ruso bajo la jurisdicción del Patriarcado ecuménico (la parte mayoritaria de la ortodoxia en tierra francesa, celosa de su autonomía), ha deplorado que los acontecimientos puedan degenerar en un nuevo enfrentamiento entre Moscú y Constantinopla. Por su parte, el profesor Nikita Struve definió la carta del patriarca en el semanario parisino Ruskaja Misl «un acto político más que un acto eclesial». Desde Moscú, el padre Innokenti Pavlov, profesor de la Academia teológica de San Petersburgo, juzgó la carta «un paso claramente atribuible al metropolitano Kirill de Smolensk» y a su Departamento para las relaciones exteriores, visto que el patriarca «escribe raramente de su puño y letra los textos que llevan su firma, y más aún ahora, que ha de guardar cama por la enfermedad»

Cuando el altar se apoya
en el trono
Mientras tanto, quizá también para hallar un punto de fuerza que sea reflejo de la propia solidez y relevancia social en un momento de delicada transición, la Iglesia de Moscú sigue con su sistemática ocupación de espacios y privilegios que le garantiza el aparato estatal ruso. La Constitución rusa de 1993 proclama que el Estado es laico. La ley federal del 97 sobre la religión garantiza que las organizaciones religiosas no pueden superponerse al Estado arrogándose las funciones propias de las instituciones estatales. Pero a partir del mismo año 97 una ráfaga de acuerdos de tipo concordatorio entre la Iglesia ortodoxa y algunas instituciones gubernamentales, a nivel federal local, garantizaron a la Iglesia el acceso a sectores clave de la vida civil: escuelas, hospitales, cárceles, ejército. Desde el acuerdo de agosto de 1996 con el Ministerio del Interior, que garantizaba la creación de capellanías en las cárceles rusas, hasta el que siglaron el pasado 5 de marzo el Patriarcado y el Ministerio de Sanidad, que abre hospitales y clínicas a la celebración de ritos religiosos y a la intervención de popes ortodoxos incluso para socorrer a quienes han sufrido lo que con poca precisión se definen como «formas no tradicionales influidas por los cultos modernos». También el Ministerio de Transportes está colaborando en un proyecto conjunto con el Patriarcado que contempla la creación de capillas ortodoxas en todas las estaciones de ferrocarril. Por su parte, el pasado noviembre el ministro de Educación Vladimir Filippov dirigió a los rectores de las academias una circular invitándoles a introducir en los programas escolares «cursos de cultura ortodoxa» para completar las clases de historia de las religiones ya introducidas tras las caída del régimen soviético. Los cuerpos de seguridad del Estado, como el FSB (ex KGB), han abierto sus sedes oficiales a actividades religiosas y culturales programadas directamente por la Iglesia ortodoxa. En marzo de 2002 fue precisamente el jefe del FSB, Nicolai Patrushev, quien entregó al párroco las llaves de la iglesia restaurada que ahora funciona como capilla para los empleados del cuartel general de los servicios secretos, la famosa Lubianka.
En la ocupación de los espacios públicos puestos a disposición por el Estado se lleva a cabo el trend cultural que exalta a la ortodoxia como la matriz espiritual de la tradición nacional rusa. Cuando el pasado 6 de marzo Alexis II realizó la primera visita de un patriarca a la sede del Ministerio de Exteriores, el ministro, Igor Ivanov, aseguró el pleno apoyo de la diplomacia rusa a la política internacional del Patriarcado, resaltando que «la colaboración con la Iglesia ortodoxa rusa le permite a la diplomacia rusa disponer de una visión más amplia de los intereses estratégicos del país». Por su parte, el comunicado oficial que se publicó tras el encuentro reafirmaba que dicha colaboración consolida «la fuerza espiritual interior de Rusia» y «aumenta su autoridad moral a escala internacional».
El connubio entre jerarquía eclesiástica y poder político pro tempore, que reverdece en el espacio del ex imperio, evoca recuerdos ancestrales en la historia de la cristiandad rusa. Pero el obispo Hilarion Alfeyev, responsable de la representación ante las instituciones comunitarias europeas que abrió el Patriarcado en Bruselas en julio de 2002, en un reciente documento publicado en el sitio internet de la representación (www.orthodoxeurope.org), sostiene que carecen «de fundamento» las acusaciones contra la Iglesia ortodoxa «de querer ocupar el lugar de Iglesia de Estado, de convertirse en religión oficial. La Iglesia se da muy bien cuenta del peligro de perder la libertad si quedara absorbida en el mecanismo del Estado». De todos modos, mutatis mutandis, el modelo de relaciones que se está estableciendo entre la Iglesia y el Estado en Rusia no se aleja demasiado de las consignas sobre el papel público de la Iglesia como fuerza motriz de la sociedad y matriz cultural de la civilización occidental que aún sigue en boga entre los eclesiásticos y los opinion makers católicos. No es casualidad que la batalla para reafirmar las raíces cristianas de Europa es la única que los otros representantes del Patriarcado de Moscú, junto con los dignatarios de otras Iglesias ortodoxas, han compartido con exponentes de la Santa Sede y de los episcopados católicos.
Grandes proyectos,
pequeña grey
ýos observadores más sensibles, bajo la máscara del neoprotagonismo político ortodoxo, observan los datos reales sobre la práctica de la fe después de diez años de “libre evangelización” e invitan a evitar todo tipo de triunfalismo. Una relación inédita preparada en 2002 por el profesor Nicolai Mitrochin, del Instituto de Estudios sobre la Religión en los países de la CEI, documenta que en todo el ex imperio soviético el porcentaje de ortodoxos que van a la iglesia por lo menos una vez al año oscila entre el 2 y el 8 por ciento de la población, con fuertes concentraciones en las regiones ucranianas y bielorrusas. En Moscú, según los datos oficiales ofrecidos por el Ministerio del Interior, de 12 millones de habitantes no son más de 60.000 los fieles que entraron en la iglesia para celebrar la última Semana Santa, confirmando el descenso progresivo que ha tenido lugar durante los últimos diez años (a comienzos de los años noventa, en tiempos de entusiasmo por el “renacimiento espiritual”, eran 200 mil). Una diferencia entre los proyectos, los discursos y la realidad que en Rusia, más allá de los roces ecuménicos, comparten la ortodoxia y la minoría católica. Después de diez años de iniciativas (que han salido adelante en medio de los conocidos enfrentamientos con las jerarquías ortodoxas) para reconstruir la estructura diocesana, la red de parroquias e institutos de formación, según las estimas oficiales –que a menudo cuentan como católicos a todos los pertenecientes a minorías étnicas de origen europeo occidental– los fieles de la santa Iglesia romana en las tierras de la santa Rusia serían entre 300 mil y 600 mil. Pero según una investigación realizada en 2002 por Victor Chrul, redactor jefe de la revista católica Svjet Evanghelja, basándose en los datos recogidos directamente por cada una de las parroquias, en toda Rusia «los católicos que acuden a la iglesia por lo menos 1-2 veces al año no pasan de 45 mil, distribuidos en 258 parroquias registradas, casi todas ellas en ciudades con al menos 20-30 mil habitantes».


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