ORTODOXOS. Cómo continuar el diálogo entre el Patriarcado de Moscú y Roma
Queda la esperanza
Entrevista a Kirill, metropolitano de Smolensk y Kaliningrado: «Hoy, pese a la postura inmutable de la Iglesia ortodoxa, nuestras relaciones han vuelto atrás, al periodo anterior al Concilio Vaticano II. No nos queda más que esperar, rezar y trabajar para que la vuelta a las cosas buenas ya experimentadas en nuestras relaciones no sea algo posible sólo en un futuro lejano»
por Gianni Valente

Kirill, metropolitano de Smolensk y Kaliningrado
Kirill Gunyaev, metropolitano de Smolensk y Kaliningrado, es el deus ex machina de la influyente oficina de la Iglesia ortodoxa. Interpreta su papel con gran habilidad, tejiendo relaciones en todo el mundo e inspirando todas las iniciativas de importancia pública llevadas a cabo por el Patriarcado ortodoxo.
En la entrevista que publicamos a continuación, muchas respuestas describen el callejón sin salida donde parece que se ha metido el diálogo ecuménico durante los últimos años. Pero entre líneas se alude también a aspectos nuevos (por ejemplo la explícita apertura de crédito al nuevo representante vaticano en Rusia) que en un futuro no lejano podrían cambiar el escenario.
En las polémicas a raíz de la institución de las diócesis católicas en territorio ruso, la parte católica sacó a relucir ya el año pasado el tema de los derechos civiles y de las libertades de autogestión que un sistema democrático debe garantizar a las distintas comunidades religiosas. ¿Qué piensa del hecho de recurrir a semejantes argumentaciones legales en las relaciones entre Iglesias hermanas?
KIRILL: No oculto que semejante argumentación por parte de los católicos nos suscitó y nos sigue suscitando perplejidad. ¿Qué tienen que ver las normas jurídicas cuando se habla de diálogo entre las Iglesias, o más exactamente de negación de los principios del diálogo? El hecho de que el Vaticano tome la decisión de instituir diócesis propias en nuestro territorio, donde los ortodoxos son la mayoría confesional, sin consultar para nada a la Iglesia ortodoxa rusa, nos hace dudar de la consagración real de Roma a la idea del mejoramiento de las relaciones intereclesiales. Tras haber mostrado semejante incapacidad de relaciones con la “Iglesia hermana”, todo discurso sobre el “aspecto jurídico” del problema o sobre los “derechos humanos” se parece a una mistificación, a un intento para que el debate se salga de la vía.
Estoy profundamente convencido de que nuestras Iglesias deben llevar a cabo un diálogo abierto y honesto. Y no cabe duda de que toda comunidad de creyentes tiene el derecho de constituirse libremente de acuerdo con las leyes civiles de cada país. Sin embargo, nuestra impresión frente a la constitución de las diócesis católicas es totalmente distinta de la que tenemos cuando se crean comunidades budistas, musulmanas o protestantes. El Vaticano mismo ha declarado muchas veces que considera a la Iglesia ortodoxa como a una “hermana”, con la que tiene intención de colaborar y no competir. Esto, según la interpretación del Protocolo firmado por los representantes de la Santa Sede y del Patriarcado de Moscú durante las negociaciones bilaterales de Ginebra de 1992, significa que las decisiones más importantes, que atañen a los intereses de los ortodoxos y de los católicos, han de tomarse después de que las dos partes se han consultado recíprocamente. No hace mucho tiempo el Vaticano creó dos nuevas diócesis en Kazajstán, una de las cuales es una archidiócesis central, lo que de hecho significa la formación en este país de una estructura eclesiástica centralizada y paralela a la análoga estructura del Patriarcado de Moscú. Los dirigentes del Vaticano deberían haber previsto una reacción negativa de los ortodoxos, y, sin embargo, no se consultaron al respecto con nosotros, lo mismo pasó el año pasado con las diócesis instituidas en Rusia.
El obispo Jerzy Mazur, expulsado de Rusia tras las polémicas sobre las nuevas diócesis católicas, ha sido nombrado obispo de una diócesis de Polonia. Durante más de un año la Santa Sede insistió para que se le permitiera volver a su diócesis de Siberia. ¿No es acaso su traslado a Polonia un indicio de que la Santa Sede quiere archivar las recientes controversias con la Iglesia rusa?
KIRILL: La cuestión de los visados a ciudadanos extranjeros que conceden las autoridades rusas no tiene nada que ver con la problemática ortodoxo-católica y por tanto, no puede convertirse en tema de discusión entre nuestras Iglesias. La Iglesia ortodoxa rusa no ha hecho presiones de ningún tipo para que se les privara del visado a los sacerdotes católicos. Por lo que sé, se trata de problemas que tiene algunas personas a nivel individual con la ley rusa. Consideramos que el traslado del obispo Jerzy Mazur de una sede a otra es un asunto interno del Vaticano, que nada tiene que ver con las relaciones entre las dos Iglesias.
En los últimos meses se volvió a proponer la posibilidad de que el Papa reconozca a la Iglesia greco-católica ucrania el rango de Patriarcado. ¿Qué piensan ustedes de esta hipótesis?
KIRILL: Naturalmente estamos bien informados de los proyectos de los greco-católicos, porque hablan de ellos abiertamente. Además, en sus celebraciones los greco-católicos llaman ya a su líder, el cardenal Husar, “patriarca”. Le digo en seguida que la Iglesia ortodoxa rusa está en contra de estos proyectos. La inmensa mayoría de los creyentes de Ucrania pertenece a nuestra Iglesia. Los greco-católicos en este país representan solamente una minoría confesional. Viven sobre todo en tres regiones de Ucrania, las de Lvov, Ternopol e Ivano-Frankivsk. No se comprende al respecto por qué la directiva de la Iglesia greco-católica ucrania quiere trasladarse a Kiev, en el oriente ortodoxo de Ucrania, donde no hay greco-católicos o si los hay son muy pocos. A causa de su carácter estrictamente local, la Iglesia greco-católica no puede pretender el status de Iglesia ucrania nacional.
La misma perplejidad nos suscita el deseo de los greco-católicos de tener un patriarca en Ucrania. Ucrania es un país predominantemente ortodoxo, ya tiene, por tanto, un patriarca que es heredero histórico del jefe de la Iglesia de Kiev: es el patriarca de Moscú y de todas las Rusias. Por eso uno se pregunta sobre los fines de la creación en Ucrania de un autodenominado Patriarcado paralelo; vemos en estos planes la intención de los greco-católicos de presentarse como una especie de Iglesia “nacional”, alternativa a la Iglesia ortodoxa ucrania. Lo cual contradice el espíritu de las relaciones proclamadas por el Vaticano con la Iglesia ortodoxa vista como “hermana”. El resultado inevitable de un paso semejante será el empeoramiento catastrófico de las relaciones entre nuestras dos Iglesias.
Creando el propio Patriarcado de Kiev, donde en el 988 tuvo lugar el “bautismo de la Rus”, los greco-católicos ucranios verían confirmada su continuidad con esa “primera sede” del cristianismo en el Oriente europeo, sede que también para el patriarcado de Moscú representa su legitimación histórica y canónica. ¿Qué consecuencias tendría este caso de herencia disputada?
KIRILL: Estoy convencido de que este es el verdadero fin de los esfuerzos actuales de los greco-católicos: el carácter expansionista de sus planes es evidente. Confirman también este carácter los continuos intentos de implantar la Iglesia oriental unida en las regiones orientales y meridionales de Ucrania, al igual que en Rusia y en Kazajstán, usando a menudo para este fin prosélitos ortodoxos ya de por sí comprometidos.
En general, parece que a los uniatas ucranios no les interesa mucho que sus pretensiones no tengan ninguna base histórica. El único heredero de la sede histórica de Kiev es el Patriarcado de Moscú. Según la decisión del patriarca de Constantinopla Jeremías II, posteriormente apoyado por los otros patriarcas de Oriente, la Iglesia rusa recibió en 1589 el nuevo status de Patriarcado, y su jefe recibió el título de patriarca de Moscú y de todas las Rusias. La expresión “de todas las Rusias” presupone la jurisdicción sobre el territorio de la actual Ucrania y de Bielorrusia. Recuerdo que la Unión de Brest, que algunos obispos rusos occidentales firmaron arbitrariamente con Roma es de 1596, siete años después de los hechos que acabo de referir. La mayoría de los sacerdotes y de los creyentes de la Rusia occidental consideraron extremadamente negativa la firma de la Unión. Desde el principio tuvo un carácter local y fue implantada con burda violencia. Ningún obispo greco-católico tuvo nunca un título paralelo al título del patriarca, cabeza de la Iglesia ortodoxa rusa. La aparición de semejante paralelismo en el siglo XXI es absolutamente incomprensible. Se puede comprender solamente como un intento de reanimar la eclesiología de la época de las cruzadas, cuando, como es sabido, fueron instituidos en Oriente patriarcados católicos paralelos a los ortodoxos.

Monseñor Antonio Mennini, representante de la Santa Sede ante la Federación Rusa, saluda al patriarca Alexis II, el 20 de febrero de 2003
KIRILL: No quiero hablar de los que destruyen nuestras relaciones, sino subrayar que muchos jerarcas, teólogos y sacerdotes católicos sufren como nosotros por lo que ha pasado y, a pesar de todo, siguen siendo fieles a la línea del Concilio Vaticano II.
Tanto usted como el Patriarca recibieron al nuevo representante de la Santa Sede ante la Federación Rusa, monseñor Antonio Mennini, algo que no habían hecho con sus predecesores. ¿Qué opina de sus primeros meses de misión?
KIRILL: El represante de la Santa Sede ante la Federación Rusa nombrado hace poco, el arzobispo Antonio Mennini, ha dicho desde el principio que trabajará para mejorar las relaciones entre la Iglesia ortodoxa rusa y la Iglesia romano-católica. Deseamos mucho tener confianza en sus declaraciones, esperando que haga lo posible, en lo que de él depende, para mejorar la situación.
Últimamente varios personajes políticos rusos y también extranjeros, como el presidente del Gobierno italiano, Silvio Berlusconi, han afirmado que quieren favorecer la reconciliación entre el Patriarcado de Moscú y la Santa Sede. ¿Qué piensa de semejantes ofertas de “mediación” procedentes del mundo de la política?
KIRILL: No considerando las voces, difundidas ampliamente por la prensa, sino las declaraciones efectivas, puede notarse que los representantes de las autoridades rusas dejan a las Iglesias la responsabilidad de resolver entre ellas sus incomprensiones. Pienso que la situación es parecida también en Italia. La Iglesia ortodoxa rusa y la Iglesia romano-católica no son representantes de dos Estados en conflicto. Tenemos canales apropiados para nuestras relaciones, que a nivel oficial nunca se han interrumpido. Pero, cuando se trata de cumplir las obligaciones recíprocas, vemos por desgracia que la parte católica usa la política de la doble vía: dice una cosa, pero en la práctica hace otra totalmente distinta. Creo que una solución positiva de los problemas existentes no depende del que participe una u otra estructura estatal en el proceso de las negociaciones, sino más bien de la voluntad sincera de la parte católica de superar los problemas existentes.
Los representantes del Patriarcado de Moscú anularon en el último momento su participación en el Simposio sobre el primado del sucesor de Pedro, organizado en Roma el pasado mes de mayo por el Consejo pontificio para la unidad de los cristianos. ¿Qué forma de ejercicio del primado petrino puede favorecer la unidad entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas?
KIRILL: Al principio estaba previsto que representantes nuestros participaran en el Simposio, pero después de que el 17 de mayo el Vaticano anunciara la creación de nuevas diócesis en Kazajstán, sin haber consultado a la Iglesia ortodoxa rusa, los dirigentes de la Iglesia ortodoxa rusa tomaron la decisión de no participar en dicho foro. No podemos dar la ilusión de tener “buenas relaciones”, cuando a dicha relaciones se les infiere un daño grave.
Las acciones de las jerarquías de la Iglesia romano-católica han causado dolor y profunda desilusión en la grey ortodoxa de nuestra Iglesia. Y el papel del Pontífice, a mi modo de ver, debe consistir en la capacidad de curar dinámicamente estas heridas. Cuesta esfuerzo demostrar a nuestros fieles que el Vaticano no es un enemigo, y que sus llamamientos al diálogo son sinceros.
Es necesario consultar preventivamente a la Iglesia ortodoxa antes de tomar decisiones relativas a cambios en el status administrativo de las estructuras católicas en todos los países de la CEI. Hace falta un control sobre la actividad de las órdenes religiosas en estos países, de modo que su presencia corresponda a exigencias pastorales reales. No es admisible la práctica de reclutar niños y adolescentes bautizados en la ortodoxia para organizaciones católicas, albergues u otras estructuras donde se les hace participar en funciones religiosas católicas, en la comunión, en la asistencia espiritual del clero católico. Es absolutamente necesario que el Vaticano tome una posición respecto a la ampliación de la misión de los greco-católicos en la Ucrania central y oriental, regiones donde no ha existido nunca la Iglesia greco-católica, y mucho menos en Rusia y en Kazajstán. En fin, hay que garantizar los derechos de los creyentes de la Iglesia ortodoxa canónica en la Ucrania occidental, incluso si para hacerlo fuera necesario contrarrestar decididamente las posturas de los políticos nacionalistas rusófobos y de los cismáticos pseudoortodoxos. Serían pasos concretos, tras los cuales sería posible evaluar la intención real del Vaticano de deshacer el hielo que se ha creado, no por culpa nuestra, en el ámbito de las relaciones ortodoxo-católicas.
En la reciente encíclica Ecclesia de Eucharistia el Papa reafirma que en circunstancias especiales es lícito administrar el sacramento eucarístico a fieles ortodoxos en ritos católicos y viceversa (hospitalidad eucarística). ¿Qué opina de este reconocimiento de la unidad sustancial entre Iglesia católica e Iglesias ortodoxas en las cosas esenciales de la fe?
KIRILL: En la encíclica Ecclesia de Eucharistia hay efectivamente afirmaciones según las cuales, en situaciones de especial necesidad, está permitido administrar el sacramento de la eucaristía y de la penitencia a personas que no estén en plena comunión con la Iglesia romano-católica. La misma idea se halla también en la encíclica Ut unum sint, y principios parecidos fueron expuestos en el Concilio Vaticano II. La encíclica no acentúa la atención sobre la acogida recíproca de católicos y ortodoxos, habla genéricamente de «Iglesias o Comunidades eclesiales que no están en plena comunión con la Iglesia católica» (4, 45). Estos hechos no significan el reconocimiento de la plenitud y de la validez de los sacramentos en las comunidades eclesiales no católicas. El auténtico sacramento de la eucaristía, según la presentación católica tradicional, se realiza sólo en las comunidades que se encuentran en comunión sacramental con la Sede romana. Se considera la eucaristía como sacramento de la comunión con el sucesor del apóstol Pedro, como dice la encíclica Ecclesia de Eucharistia. Por tanto, yo no hablaría de progresos reales en la esfera doctrinal respeto a la Iglesia ortodoxa. La última encíclica confirma las concepciones católicas del carácter “secundario” de la eclesialidad en la ortodoxia.
Es verdad que en los años sesenta y ochenta del siglo XX hicimos juntos un largo camino, que nos permitió valorizar los elementos positivos conservados en cada una de nuestras distintas tradiciones eclesiales, y en especial las distintas competencias en el cuidado pastoral según los respectivos territorios. Hoy, en cambio, pese a la postura inmutable de la Iglesia ortodoxa, nuestras relaciones han vuelto atrás, al periodo anterior al Concilio Vaticano II. No nos queda más que esperar, rezar y trabajar para que la vuelta a las cosas buenas ya experimentadas en nuestras relaciones no sea algo posible sólo en un futuro lejano.