ANÁLISIS. Hasta qué punto cuentan los intereses de la industria bélica a la hora de decidir las guerras
El poder de las armas
Ya en los años sesenta el presidente Eisenhower ponía en guardia a los Estados Unidos sobre el peligro del complejo militar-industrial. Entrevista con el profesor Maurizio Simoncelli, del Archivo de Desarme
Entrevista a Maurizio Simoncelli por Davide Malacaria

Una columna de tanques estadounidenses en el desierto en la frontera con Irak
¿Qué se entiende por complejo militar-industrial de EE UU?
MAURIZIO SIMONCELLI: Un entramado de industria, altos mandos de las fuerzas armadas y clase política. En este caso se observa un proceso por el que industrias del sector militar están cada vez más integradas en el Pentágono. Y no solo mediante simples oficiales de unión. Normalmente las empresas de armas, en el sentido más lato del término, tienen en su interior oficinas permanentes del Pentágono. Se trata de empresas privadas en las que trabajan cientos de empleados que en vez de depender del empresario dependen del Ministerio de Defensa. Además, este cruce sale a relucir en el intenso intercambio de roles y posiciones: altos mandos militares que, al jubilarse, ocupan puestos en los consejos de administración de empresas del sector bélico y empresarios de este sector que terminan en el Congreso… Este lobby influye lo suyo en las decisiones económicas del país, pero también en las prioridades financieras y en la misma política exterior de los Estados Unidos. Lo más preocupante de todo ello es que esto ocurre en la potencia más armada del mundo.
¿El hecho de que las bases militares estén distribuidas en cada colegio electoral influye en los políticos?
SIMONCELLI: Las industrias militares están distribuidas por todo el territorio nacional y todo diputado o senador debe tenerlo en cuenta, ya sea en el momento de la elección, ya sea durante su mandato. Hay que tener en cuenta, además, que los militares –estamos hablando de tres millones, entre hombres y mujeres– representan el 1,5% de la población de EE UU: una porción de electorado no indiferente.
¿Qué importancia tiene la industria militar en la economía americana?
SIMONCELLI: Según el SIPRI (Stockholm Internacional Peace Research Institute, el Instituto de Investigación más importante sobre estos temas), en 2006 los Estados Unidos gastaron 528,7 miles de millones de dólares en defensa, el 46% del total mundial utilizado para estos mismos fines. Para hacernos una idea comparativa, el segundo Estado que invierte más en defensa fue el Reino Unido, con 59 mil millones, luego Francia con 53 mil millones, y les siguen China con 49 mil millones y Rusia con 34,7 mil millones. El gasto ruso está aumentando, pero estamos muy lejos de lo que ocurría durante la guerra fría; hoy existe solo una superpotencia mundial… En los últimos años en Estados Unidos ha habido un boom en lo referido a gastos militares: se ha pasado de los 345 mil millones de dólares de 2001 a los 528,7 de 2006, con un aumento de casi 180 mil millones en cinco años. Dinero, como es obvio, acaparado por las industrias bélicas. Otro dato significativo que describe a la perfección el crecimiento del sector es el de las exportaciones. En 2006 los EE UU exportaron sistemas de armas (en su mayoría aviones, buques, acorazados, submarinos, etc., pues el comercio de armas ligeras, pese a ser intenso, deja mucho menos dinero) por un total de 7,929 mil millones de dólares. Entre las primeras diez empresas líderes del sector, seis son estadounidenses; son siete si se consideran las doce primeras. Antes las exportaciones de Estados Unidos y de la Unión Soviética eran equivalentes, hoy Rusia exporta cantidades semejantes, pero de nivel tecnológico inferior, dirigidas a un mercado más modesto, generalmente del Tercer Mundo. Los EE UU dedican casi el 3,04% de su PIB (cifra relevante en absoluto) al campo de la defensa, frente al 5,06% que dedican a la instrucción y al 6,06% a la sanidad. Otros países occidentales, como el Reino Unido, Francia, Italia y Canadá, dedican a la defensa porcentajes del PIB menores (respectivamente el 2,4%, 2,5%, 2,1% y 1,02%). Lo mismo ocurre en China (2,05%), mientras que Rusia ha vuelto al rearme superando el porcentaje estadounidense (4%).

Dwight David Eisenhower
SIMONCELLI: Estas guerras han permitido aumentar las dotaciones no solo al ejército nacional, sino también a los aliados, desde Arabia Saudí a Pakistán. Todas las empresas bélicas americanas han participado en este boom . En el sector de vehículos militares vemos que, entre 2004 y 2005, la facturación de Am General, de Armor Holdings y de Oshkosh Truck pasó respectivamente de 690 millones de dólares a 1.050; de 610 a 1.190, y de 770 a 1.060. En cuanto a los helicópteros, L-3 Communications ha pasado de 5.970 millones de dólares a 8.970. En fin, Northrop Grumman ha pasado de 25.970 a 27.590 millones de dólares de facturación. Un aumento extraordinario, si consideramos que ocurre en solo doce meses. En el sector civil no hay crecimientos tan repentinos. Además, desde hace algunos años, varias tareas que precedentemente llevaba a cabo el ejército han pasado a manos privadas: el abastecimiento de los campos, su seguridad, el avituallamiento, etc. Se ha llegado incluso a dotar de funciones militares a las milicias privadas, los llamados contractors. Toda una industria hasta ahora inexistente que ha florecido en torno al sector militar, que llega a facturar miles de millones de dólares.
unos 46 mil millones de dólares, va dirigido solo al sector militar. Un porcentaje muy superior con respecto al de los otros Estados occidentales. Para poder comparar piénsese que, por el contrario, en Japón se destina a este sector el 4,3% y en Alemania el 7,1%... También según estos datos puede decirse que el desarrollo tecnológico y científico americano está ligado doblemente al sector bélico. Muchísimos productos de uso civil han nacido antes con fines militares: piénsese en los navegadores por satélite, extrema simplificación de los sistemas de conducción de los cruise; o en la propia Internet, que nació como “intranet” de la defensa de EE UU. Observando este modelo de desarrollo, Seymour Merman, el mayor experto de economía militar estadounidense, ha definido a la economía norteamericana como una economía de guerra, más precisamente una economía de guerra permanente.
Las guerras son una gran oportunidad para probar nuevas armas, porque permiten dar un salto de calidad en los productos que hay que comercializar…
SIMONCELLI: Desde luego. No basta con los polígonos de tiro para experimentar los sistemas de armas. Para comprobar su eficiencia han de ser probados en situaciones extremas, es decir, en los conflictos. Pensemos en las bombas inteligentes experimentadas a gran escala en el primer conflicto iraquí, o en los drones, en la segunda intervención en Irak y en Afganistán. Pero no solo esto. Algunas armas, por su naturaleza, no pueden probarse en los polígonos de tiro, como, por ejemplo, los proyectiles de uranio empobrecido: aún hoy son poco conocidos los efectos sobre la salud de quienes, tanto civiles como militares, reciben su radioactividad. No se prueban armas de este tipo en los polígonos…
Hay quienes han observado cómo el desarrollo industrial de EE UU va ligado estrechamente a las guerras que ha combatido esta nación…
SIMONCELLI: En efecto, hay datos que apuntan a esto: la crisis de 1929 y de los años siguientes termina con la Segunda Guerra Mundial. Inmediatamente después de terminar la guerra hay un período de estancamiento de la economía americana que termina entre 1947 y 1948 con el comienzo de la guerra fría. Sin embargo, con el 89 y el final de la guerra fría cambia todo. Para las industrias bélicas es un período de crisis: algunas despiden, otras cierran, pero por lo general se observa una reestructuración por la que se fusionan diversas empresas. Un proceso de concentración que creó a los actuales colosos del sector. La recuperación del sector militar se produce solo en 2001…
Con el comienzo de la guerra contra el terrorismo… Es decir, la tesis sale confirmada.
SIMONCELLI: Hasta cierto punto. Este axioma entre guerra y desarrollo global no es para nada descontado. Y ello porque las industrias militares poseen dinámicas muy distintas de las civiles. Ante todo, para que crezcan de manera considerable ha de haber alguna crisis, un conflicto. Los gráficos de los beneficios de una empresa militar no tienen una trayectoria regular como por lo general sucede con las industrias civiles. Si se observa un gráfico sobre el comportamiento económico de una industria bélica se verán altos y bajos repentinos, ligados a los momentos de crisis o de distensión. Una inestabilidad intrínseca, por consiguiente. A las que va a sumarse otro elemento de desequilibrio global: los productos de este sector se mueven fuera de toda lógica de mercado. Si en campo civil un producto para ser vendido ha de presentar precios bajos, en el sector militar, por lo contrario, la demanda de máxima seriedad y las razones de seguridad nacional requieren la total confianza del producto, incluso a costa de elevados gastos por parte del comprador, generalmente el Estado. Está claro que una hipertrofia de los gastos militares comporta un aumento del gasto público que es causa de desequilibrio en una economía nacional.

Un soldado bosnio camina por entre toneladas de municiones destinadas a ser destruidas, en Doboj, cerca de Sarajevo, en noviembre de 2006
SIMONCELLI: Los enormes gastos militares garantizan puestos de trabajo y ganancias positivas al sector industrial de la defensa. Esto, de un modo u otro, tiene efectos positivos en toda la economía nacional en su conjunto, pero las características tecnológicas cada vez más sofisticadas de los distintos sistemas de armas tienen ya un influjo decreciente en el campo civil. Para poner un ejemplo fácilmente comprensible, el costoso cazabombardero invisible Stealth tiene características opuestas a las de un avión civil, que ha de ser económico y bien visible para la torre de control. Y ello se enmarca en un cuadro en el que varios sectores industriales estadounidenses han sufrido un frenazo, y el déficit comercial –empujado por el aumento del precio del petróleo y por la competitividad de China– pesa muy negativamente en la economía americana. Para dar una idea de las dificultades en las que se debate la economía de EE UU, no hay más que pensar que, como se deduce de los datos de la OCSE, en 2004 China exportó bienes ICT (Information and Communication Technology) por 180 miles de millones de dólares, contra los 149 mil millones de dólares de Estados Unidos, que el año precedente eran los líderes del mercado mundial. La dificultad de la industria de EE UU en cuanto a las importaciones desde el exterior queda atestiguada también por la debilidad del dólar, mantenido bajo para favorecer a las industrias nacionales.
Alguien ha dicho: antes se hacían las armas para hacer las guerras, ahora se hacen las guerras para hacer las armas…
SIMONCELLI: El hombre ha tratado siempre de dotarse de armas para imponer con la violencia su voluntad. De este modo la industria de armas en algunos países se ha convertido con los años en un enorme business. Hoy el sistema, tal como denunciaba Eisenhower, posee la capacidad de condicionar las relaciones internacionales, consiguiendo a veces empujar hacia opciones militares, incluso cuando estas no son necesarias. Es menester vigilar.