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Sacado del n. 03 - 2007

Un Padre de la Iglesia para nuestros tiempos



por el cardenal Julián Herranz



El pasado verano un estudiante universitario, tras escuchar la homilía de Benedicto XVI sobre la Eucaristía en la Jornada Mundial de la Juventud, en Colonia, me dijo: «Eminencia, la historia dirá que esta vez los cardenales han elegido como papa a un Padre de la Iglesia…». No sé qué dirán los historiadores de este pontificado, pero una cosa es segura, y me gusta recordarlo cuando están a punto de cumplirse los ochenta años de vida del Papa: los Padres de la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente, estaban ligados, como nosotros lo estamos hoy, a los acontecimientos humanos de su tiempo, pero los vivían con el alma invadida por una especial clarividencia doctrinal y social. El hombre Ratzinger ha demostrado que posee este mismo temple de los Padres, de manera excelente, antes y después de su elección a la cátedra de Pedro. Otros podrán poner en evidencia con riqueza de razones y detalles esta realidad. Yo quisiera aludir en estas palabras de felicitaciones a tres acontecimientos eclesiales en que me he sentido especialmente en sintonía con él.

La crisis posconciliar
Era realmente una situación paradójica la denominada “crisis posconciliar” de los años 1965-1985. Precisamente mientras el Espíritu Santo, superando las limitaciones humanas, acababa de difundir sobre la Iglesia la luz potentísima del Vaticano II, se abrió un período dramático de oscuridad especial y de confusión en muchos sectores eclesiásticos: cierto deseo de actualizar la teología y la fe marginando a Dios y colocando en el centro al hombre; una disminución hacia lo temporal del mensaje evangélico de salvación y consiguientemente de la misión de la Iglesia; un replanteamiento de la identidad sacerdotal, que llevó a muchos a laicizar el estilo de vida y que comportó una hemorragia de defecciones sacerdotales y religiosas; un experimentalismo litúrgico incontrolado y desacralizador, hecho abusivamente en nombre de la llamada “reforma querida por el Concilio”, y así sucesivamente. En este contexto la palabra “tridentino”, sinónimo de “conservador retrógrado”, adquirió para muchos un matiz denigratorio, casi de insulto; otros se aferraban a un tradicionalismo reductivo de la verdadera Tradición cristiana, incluso en abierta oposición con el magisterio del Concilio.
«Frente a estas dos posiciones contrapuestas», advirtió entonces el cardenal Ratzinger en su famoso Informe sobre la fe, «hay que dejar bien claro, ante todo, que el Vaticano II se apoya en la misma autoridad que el Vaticano I y el concilio Tridentino: es decir, el Papa y el colegio de los obispos en comunión con él. En cuanto a los contenidos, es preciso recordar que el Concilio Vaticano II se sitúa en rigurosa continuidad con los dos concilios anteriores y recoge literalmente su doctrina en puntos decisivos». Confieso que, leyendo esta entrevista del prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe con Vittorio Messori, me impresionó profundamente la valiente claridad y el lúcido realismo con que se exponían las desviaciones doctrinales y disciplinares de la “crisis posconciliar”. Este largo coloquio suscitó vivas reacciones en las primeras páginas de los periódicos.
De todo ello pude hablar en varias ocasiones con el cardenal, especialmente en un largo encuentro que tuvimos el 14 de enero de 1985 en su estudio de la Congregación. Aquel día tuve también la oportunidad de ilustrarle detalladamente la actitud del fundador del Opus Dei, monseñor Escrivá –cuya causa de canonización había comenzado ya–, frente a la situación de la Iglesia en aquella dramática crisis. Le dije que, leyendo su Informe, había hallado en bastantes fragmentos, expresadas en lenguaje académico, las mismas sufridas y al mismo tiempo esperanzadoras consideraciones teológicas y pastorales que había escuchado en los sesenta y setenta de boca de monseñor Escrivá, a veces incluso mientras meditaba en voz alta en la capilla, frente al tabernáculo. «Fue la reacción de un gran fundador y un sacerdote santo», comentó Ratzinger.
El Informe sobre la fe fue justamente definido “denuncia profética” o “documento histórico en la hermenéutica conciliar”, es decir, en la recta y serena interpretación del Concilio que muchos años después, en su primer discurso como papa a la Curia, en el tradicional encuentro navideño, Benedicto XV llamaría «hermenéutica de la continuidad» contraponiéndola a la «hermenéutica de ruptura» denunciada en el Informe. La lectura de estas consideraciones –que no son desde luego la obra de un teólogo concebida sobre el papel, sino la meditación de un teólogo-pastor consciente de su responsabilidad frente a las almas que ha de guiar– evocaba en cierto modo la figura lejana pero siempre actual de los Padres de la Iglesia. Estos, con sus escritos (tratados, pero sobre todo discursos y homilías fruto de la asidua meditación de la Sagrada Escritura) transmitían a los fieles un vigoroso alimento espiritual e intervenían solícitamente cuando las circunstancias internas de la Iglesia o las externas de la cultura pagana hacían necesario definir bien los contenidos, las exigencias y las propuestas del dictado evangélico y de la tradición apostólica. Casi como confirmando esta impresión personal mía, y sin duda alguna como señal de su especial veneración por los Padres de la Iglesia, el cardenal Ratzinger me escribió en la amable dedicatoria de un ejemplar en español del Informe sobre la fe: «En comunión fraternal para monseñor Herranz, Joseph cardenal Ratzinger, en la fiesta de san Atanasio de 1986».

Benedicto XVI saluda a los peregrinos que lo reciben a lo largo de las orillas del Rin en Colonia, el 18 de agosto de 2005

Benedicto XVI saluda a los peregrinos que lo reciben a lo largo de las orillas del Rin en Colonia, el 18 de agosto de 2005

La dictadura del relativismo
No tanto de Atanasio, el gran teólogo de la encarnación del Verbo, sino más bien de Agustín, que con su Ciudad de Dios desvinculó el destino del cristianismo del destino político-cultural de la decadente sociedad imperial, creo yo que procede la fuente de la homilía que el decano del Colegio cardenalicio pronunció en la misa pro eligendo Romano Pontifice la mañana del lunes 18 de abril de 2005. Ligeramente resfriado, pero con voz serena y pausada, el cardenal Ratzinger se refirió a la situación de la Iglesia y del mundo y nos dijo: «¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido en estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes ideológicas!, ¡cuántas modas de pensamiento! […]. A quienes tienen una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse “llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina”, parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida solo el propio yo y sus antojos». Y en la conclusión de la histórica homilía dirigida a nosotros, los 115 cardenales electores que estábamos a punto de entrar en cónclave, añadió: «Nuestro ministerio es un don de Cristo a los hombres, para construir su cuerpo, el mundo nuevo». Un mundo en el que Cristo sea la medida del verdadero humanismo y donde un sano concepto de laicidad permita superar la “dictadura del relativismo”, que insufla en las instituciones políticas nacionales e internacionales, sobre todo en la vieja Europa, el fundamentalismo laicista, radicalmente hostil a toda relevancia social y cultural de la religión. Este tipo de fundamentalismo, desde luego, no respeta el derecho a la libertad religiosa proclamado para el ámbito tanto privado como social en el artículo 18 de la Declaración de la ONU sobre los derechos fundamentales e universales del hombre.
Se ha dicho que en la rápida elección del cardenal Ratzinger confluyeron varios factores: el prestigio intelectual del gran teólogo, la legitimidad institucional del prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, la fama de hombre de profunda vida espiritual y experiencia pastoral y también la legitimidad de hombre de confianza de Juan Pablo II. Pienso que todo ello es verdad, y que estos dos años de pontificado han puesto de relieve sobre todo la continuidad del tenaz magisterio pontificio en predicar a Cristo: principio de vida y de salvación para las almas –que Ratzinger como Wojtyla sabe anclar en la realidad cotidiana de los fieles– pero también luz necesaria para comprender y tutelar tanto la verdad y la dignidad de la persona humana –la recta antropología que resume el mismo concepto de ley natural–, como el verdadero progreso de la sociedad, frente a la degradación cultural y moral del relativismo. Como Juan Pablo II, también el papa Ratzinger atrae multitudes haciendo comprensible a todo el mundo los conceptos más profundos de la teología católica.

El encuentro de razón y fe
Como hicieron muchos otros para reaccionar contra la campaña mediática y fundamentalista maquinada en los países islámicos contra el Papa, tras el famoso discurso en la Universidad de Ratisbona, yo también, en una entrevista del 16 de septiembre concedida a un conocido periódico italiano, exhorté a la lectura completa de la lección magistral sobre fe y razón. Solo así –y no solo basándose en síntesis periodísticas parciales o en comentarios superficiales de televisión– los musulmanes moderados y razonables podrían comprender que las consideraciones de Benedicto XVI no solo no eran denigratorias para con el islam, sino que abrían el mejor camino posible para el necesario diálogo entre las culturas y las religiones.
En efecto, la afirmación de que «no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios» representa el punto de partida para las posteriores afirmaciones del Papa que, aun a riesgo de hacer un pobre resumen, me atrevería a sintetizar de este modo: «En principio era el logos , y el logos es Dios, nos dice el evangelista [Juan]. El encuentro del mensaje bíblico y el pensamiento griego no era simple casualidad […]. En lo profundo se trata del encuentro entre fe y razón, entre auténtica ilustración y religión […]». Y tras señalar los límites de la razón puramente positivista, sorda ante las realidades espirituales, Ratzinger añade: «Porque, a la vez que nos alegramos por las nuevas posibilidades abiertas a la humanidad, vemos también los peligros que surgen de estas posibilidades y debemos preguntarnos cómo podemos evitarlos. Sólo lo lograremos si la razón y la fe se reencuentran de un modo nuevo, si superamos la limitación que la razón se impone a sí misma de reducirse a lo que se puede verificar con la experimentación, y le volvemos a abrir sus horizontes en toda su amplitud […]. Sólo así seremos capaces de entablar un auténtico diálogo entre las culturas y las religiones, del cual tenemos urgente necesidad».
Benedicto XVI  visita la Pontificia Universidad Lateranense, el 21 de octubre de 2006

Benedicto XVI visita la Pontificia Universidad Lateranense, el 21 de octubre de 2006

Desde luego, es un diálogo que hay que realizar desde el mutuo respeto de la dignidad de la persona –valor universal que hay que tutelar contra todo reductivismo relativista– y los derechos fundamentales que emanan de esta dignidad, entre los cuales está el derecho a la libertad religiosa, de culto y de conciencia, como el propio Benedicto XVI ha querido repetir más de una vez, incluso en el viaje posterior a Turquía. Un viaje considerado con razón en un primer momento “peligroso”, incluso “temerario”, y luego considerado “triunfal” y “definitivo para el diálogo cristiano-musulmán”.
En efecto, deberíamos trabajar para construir serenamente un diálogo inteligente, que ayude a marginar paulatinamente la irracionalidad del fundamentalismo islámico, raíz del terrorismo del mismo nombre, y que una al cristianismo y la religión islámica en la tarea común de hacer frente, en el llamado Occidente, a un tipo de razón que excluye totalmente a Dios de la visión y de la vida moral del hombre. Nos lo explicó el propio Benedicto XVI el pasado 22 de diciembre hablando ante la Curia romana de su visita a Turquía: «Se trata de la actitud que la comunidad de los fieles debe adoptar ante las convicciones y las exigencias que se afirmaron con la Ilustración. Por una parte, hay que oponerse a una dictadura de la razón positivista que excluye a Dios de la vida de la comunidad y de los ordenamientos públicos, privando así al hombre de sus criterios específicos de medida. Por otra, es necesario aceptar las verdaderas conquistas de la Ilustración, los derechos del hombre, y especialmente la libertad de la fe y de su ejercicio, reconocimiendo en ellos elementos esenciales también para la autenticidad de la religión».
Este discurso me trajo a la memoria la frase sobre los Padres de la Iglesia de aquel joven de la Jornada mundial de Colonia… Pienso en Ambrosio y Agustín, en su tarea de afrontar la decadencia del Imperio y las invasiones bárbaras y en el comienzo de la transmisión a la naciente Europa de la herencia clásica y cristiana. Y pienso en Juan Pablo II y en Benedicto XVI, en su compromiso para afrontar, con las perennes fuerzas creativas de la razón humana y de la fe en el amor divino, la decadencia y en el fondo la “barbarie” del fundamentalismo laicista (la dictadura relativista de una sociedad y una cultura sin Dios) y el fundamentalismo islámico (que quisiera imponer la fe en Dios mediante el terrorismo físico y moral).
Gracias, Santidad, porque nos enseña a vivir así: con el alma contemplativa inmersa en la gozosa amistad con Cristo y la mirada apostólica atenta a los apasionantes acontecimientos humanos de nuestro tiempo. Felicidades en estos ochenta años de cristiana juventud y mis mejores deseos de que viva muchos años más de ministerio. Lo necesitamos todos, cristianos y no cristianos.


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