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Sacado del n. 03 - 2007

Una meta alcanzada en la plenitud de sus fuerzas



por el cardenal Jorge María Mejía



La mención de los ochenta años, para quienes estamos familiarizados con las Sagradas Escrituras, nos trae inmediatamente a la memoria la dura sentencia del Salmo 90 (89), versículo 10: oración de Moisés siervo de Dios.
El texto hebreo, tal como es transmitido por la versión masorética, es muy incierto; por ello las versiones son discordantes, empezando por las versiones latinas. El sentido general, sin embargo, está claro: el límite deseable de la vida humana serían los setenta años. Los ochenta serían extraordinarios, por lo menos en el salterio llamado galicano, que la Iglesia latina ha adoptado durante tantos siglos. En él podemos leer: «Dies annorum nostrorum septuaginta anni; si autem in potentatibus octoginta anni». Y mejor sería no ir más adelante. «Et amplius eorum labor et dolor». La segunda versión de san Jerónimo, Psalterium iuxta hebraeos, mantiene el mismo tono: «Dies annorum nostrorum in ipsis septuaginta anni, si autem multum octoginta anni et amplius eorum labor et dolor». «Multum», porque se supera el límite deseable y es mejor no superarlo.
En cambio la neovulgata elige una posible versión distinta de la segunda parte del versículo. El “amplius” no se referiría al futuro sino al pasado: «Et maior pars eorum [años transcurridos hasta los ochenta] labor et dolor».
El Salmo 90 (89) es en sí una meditación sobre la fragilidad y la inconsistencia de la vida del hombre sobre la tierra. Un tema que, como se sabe, está muy presente en la Biblia del Primer Testamento. No hay más que citar el Salmo 102 (103): «Como la hierba son los días del hombre, como la flor del campo, así él florece»; o Isaías 40, 6b: «Todo hombre es como la hierba y toda su gloria es como una flor del campo». En este contexto nos explicamos que se considere la vejez (los ochenta años) con preocupación y angustia, tanto porque se piensa en el futuro (una versión) como porque se reflexiona sobre el pasado, sobre los años transcurridos (la otra versión).
Esto asombra en una oración atribuida a Moisés, cuyo recorrido vital superó con creces los ochenta, según el Deuteronomio (31, 2): «Yo hoy tengo ciento veinte años»; y otra vez, en la narración de su misteriosa muerte en el monte Nebo (Dt 34, 7): «Moisés tenía ciento veinte años cuando murió: los ojos no se le habían apagado y el vigor no le había abandonado», pese a que él mismo había dicho en el versículo antes citado: «Yo ya no puedo ir y venir»; pero se refería al final de sus peregrinaciones: no iba a poder entrar en la Tierra Prometida. También en el Antiguo o Primer Testamento, la vejez o, como se dice a menudo, la prolongación de la vida, es un regalo elegido del Señor y el premio de una vida buena y sabia (cfr., por ejemplo, Pr 9, 11: «Por mí [por la Sabiduría] se multiplican tus días, se te añadirán años de vida», y passim).
Hoy, en cambio, somos muy conscientes de que la esperanza de vida (como hoy se dice) se ha alargado considerablemente. Los octogenarios y los que superan esta edad han dejado de ser una excepción. Tampoco los centenarios son ya un fenómeno aislado. Incluso podríamos decir, y nuestro venerado papa Benedicto XVI es prueba de ello, que los ochenta años de vida pueden marcar, contra la pesimista afirmación del Salmo 90 (89), una madurez e integridad física y mental que podría ser motivo de envidia para muchos que tienen muchos menos años.
¿Diremos acaso por ello que la Escritura divina ha sido desmentida y que la vida humana, en este siglo XXI, es menos frágil y menos inconsistente que la hierba o que la flor de los campos? Ante todo, como hemos visto, la Escritura se refiere a figuras como Moisés (por no hablar de los Patriarcas antediluvianos: Gen 5, 6 y sigs.; y de los posdiluvianos, como Abraham: ibid. 11, 10 y sigs.), que vivieron largas vidas en excelente forma. Pero sobre todo nos enseña que se vive y se muere, se vive largo tiempo o se muere pronto, por voluntad y por don del Señor de la vida y de la muerte. Y esto tanto en uno como en otro Testamento que son la base de nuestra fe. En el Nuevo, en el hermoso texto de Rm 14, 7-8, se dice: «Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos». Y esto vale también para la eventual muerte llamada prematura, según lo que se dice en la Sabiduría de Salomón (4, 7-8): «El justo, aunque muera prematuramente, hallará el descanso. La ancianidad venerable no es la de muchos días ni se mide por el número de años; la verdadera canicie para el hombre es la prudencia y la edad provecta, una vida inmaculada». Vemos en este libro de inspiración griega pero al mismo tiempo profundamente bíblica, relativizadas la duración y la brevedad de la existencia. El horizonte es siempre el supremo dominio divino sobre nuestra vida y nuestra muerte y lo que podría acompañar a la una y a la otra. Y aquí el pensamiento se dirige a los últimos y dolorosos años del Pontífice anterior, Juan Pablo II. Sus ochenta años fueron realmente «labor et dolor».
Benedicto XVI con su hermano Georg rezando ante la tumba de sus padres y de su hermana Maria en el cementerio de Ziegetsdorf, en Ratisbona, el 14 de septiembre de 2006

Benedicto XVI con su hermano Georg rezando ante la tumba de sus padres y de su hermana Maria en el cementerio de Ziegetsdorf, en Ratisbona, el 14 de septiembre de 2006

Ante los ochenta años de Benedicto XVI hay tres cosas que, a la luz de lo que hemos dicho precedentemente, son dignas de mención. La primera es, como es obvio, el saber explícitamente que esta celebración se la debemos únicamente a la bondad del Señor, que de este modo nos permite darle las gracias una vez más por su misteriosa providencia. El papa Benedicto llega a esta meta en la plenitud de sus fuerzas, precisamente como Moisés en el texto del Deuteronomio antes citado. En segundo lugar, ha de asombrarnos que, en estos tiempos en que se multiplica la presencia de ancianos en nuestras sociedades occidentales, como nos enseñan los demógrafos, es precisamente alguien que ha superado los ochenta la persona que dirige nuestra Iglesia y que, por ello, desarrolla en ella y frente el mundo esta dificilísima y al mismo tiempo necesaria tarea. También esto ha de ser visto y apreciado como un don de la Divina Providencia. Y en tercer lugar hemos de estar contentos y una vez más muy agradecidos de que nuestro venerado octogenario se entienda con los jóvenes y los jóvenes se entiendan con él –como Juan Pablo II en sus últimos años (aunque en realidad, siempre)– mucho más de lo que los propios jóvenes se entienden entre ellos. Todo esto ha de servirnos de criterio alternativo cuando se trata de decidir sobre la oportunidad o no de mantener rígidos límites de edad para determinados servicios sociales, como las cátedras universitarias, por no hablar de los cargos eclesiásticos, acotados hoy por ciertos límites de edad cada vez menos decisivos.
En esto la Sagrada Escritura nos ofrece una vez más una enseñanza permanente. En el fondo, el número de los años cuenta poco. Lo que cuenta y vale es la «sabiduría del corazón». Y de este modo hemos vuelto al Salmo 90 (89), el cual nos invita a hacer esta estupenda plegaria (v. 12): «Dinumerare dies nostros sic doce nos, ut inducamus cor ad sapientiam». Y se podría glosar. «Dies nostros et aliorum». Lo demás es muy secundario.


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