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Sacado del n. 03 - 2007

Fe y cultura para la vida y la persona humana



por el cardenal Fiorenzo Angelini



Cuando oí la homilía que pronunció el cardenal Joseph Ratzinger, decano del Sagrado Colegio, durante las exequias en sufragio de Su Santidad Juan Pablo II, tuve la sensación fuerte que sería él quien le sucedería en un cometido que, más tarde, tras la elección, él mismo definiría, «inaudito».
En realidad, por lo que a mí respecta, no se trataba de una sensación simplemente emotiva, sino objetivamente motivada, porque en sus palabras, en su trasfondo espiritual y cultural, en su emoción contenida a duras penas por la muerte del papa Wojtyla se entreveía confirmarse el designo providencial de la continuidad del magisterio y del ministerio petrino.
La insistencia en el evangélico «sígueme», repetido –en la homilía citada– ocho veces, me pareció transferir casi visiblemente en quien lo pronunciaba frente al féretro del inolvidable Pontífice, la imagen del pase del testigo en el gobierno de la Iglesia.
He hablado de designio providencial, porque la elección de Benedicto XVI eliminó casi automáticamente el estereotipo preferido de la prensa irreflexiva que durante años había definido a Joseph Ratzinger como el “guardián” de la fe, con todas las ambigüedades que conlleva semejante definición.
El cónclave, guiado por la inspiración del Espíritu, no le daba a la Iglesia un “guardián” de la fe, sino un Pastor que el Señor había preparado con tiempo, por lo que, al final, la elección como pontífice de Joseph Ratzinger pareció tan natural que resultaba incluso obvia. Pero las cosas de Dios no son nunca tan simples y su lectura no puede ser confiada nunca a cálculos meramente humanos.
Quien, por motivos de estudio y de formación teológica y eclesiológica, recuerda las primeras e inmediatamente célebres publicaciones preparadas por el profesor Joseph Ratzinger cuando enseñaba Teología dogmática fundamental en la Escuela superior de Filosofía y Teología de Frisinga y conseguía la docencia en Bonn, sabe que sus posturas tanto doctrinales como pastorales eran abiertas y valientes. Es más, según un lenguaje impropio que comenzó a ponerse de moda, incluso en ambientes católicos, durante los años del preconcilio, se diría que los escritos del profesor Ratzinger no carecían de un matiz progresista. De todos modos, gracia a su fama creciente tanto a nivel nacional como internacional, desde 1962 a 1965 tomó parte como “experto” en el Concilio Vaticano II y dio una aportación notable, asistiendo como consultor teológico al cardenal Joseph Frings, arzobispo de Colonia.

El punto firme del Concilio
El Concilio que recibió al profesor Ratzinger en el medio del camino de su vida premió sus posturas valientes, pero rigurosamente equilibradas, posturas que serán el punto de referencia constante de su trabajo como prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe y de su programa de pontífice. Un trabajo y un programa marcado por una continuidad no estática, sino diariamente en camino. Él que había visto el Concilio como una meta irrenunciable de renovación de la Iglesia, descubrió en sus documentos que se había alcanzado la meta en términos de una visión eclesiológica más abierta. Por tanto, lo que al finalizar el Concilio había que llevar a cabo era la aplicación de las directrices del Concilio. Este pensamiento y esta aspiración no lo abandonaron nunca. Sus obras como Introducción al cristianismo (1968), Dogma und Verkündigung (1973) [tr. cast.: La Palabra en la Iglesia], Informe sobre la fe (1985), La sal de la tierra (1996), por citar sólo algunas, se colocan en esta línea de absoluta fidelidad al Concilio. Es por esto por lo que en su primer mensaje al final de la concelebración eucarística con los cardenales electores en la Capilla Sixtina el 20 de abril de 2005, tras recordar que Juan Pablo II hablaba del Concilio como de la “brújula” para orientarse en el vasto océano del tercer milenio (cf. Carta apostólica Novo millenio ineunte, 57-58), Benedicto XVI dijo: «Por eso, también yo, al disponerme para el servicio del Sucesor de Pedro, quiero reafirmar con fuerza mi decidida voluntad de proseguir en el compromiso de aplicación del Concilio Vaticano II, a ejemplo de mis predecesores y en continuidad fiel con la tradición de dos mil años de la Iglesia». Además, añadió luego que los documentos conciliares, con sus enseñanzas, «se revelan particularmente pertinentes ante las nuevas instancias de la Iglesia y de la actual sociedad globalizada».
También para Benedicto XVI el Concilio es la “brújula” de orientación para la Iglesia, y la prueba de su escrupulosa fidelidad a la doctrina y a las directrices pastorales del Vaticano II nos la da el hecho de que, desde el día de su elección hasta hoy, Benedicto XVI, impresionado por la oleada de relativismo y de indiferencia que afecta a la misma sociedad cristiana a todos los niveles, no se cansa de implicar a esa especie de nervio descubierto de la cultura moderna y contemporánea que es la incapacidad de mirar con objetiva serenidad al delicado, aunque insoslayable, problema de la relación entre fe y cultura, entre ciencia y fe, en una palabra entre religión y razón.

Benedicto XVI preside la santa misa con ocasión del cuarenta aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, el 8 de diciembre de 2005

Benedicto XVI preside la santa misa con ocasión del cuarenta aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, el 8 de diciembre de 2005

La relación religión y razón
Quisiera subrayar en seguida que las solicitaciones doctrinales no sólo de la primera encíclica de Benedicto XVI Deus caritas est, sino de sus discursos a los exponentes de distintas conferencias episcopales, a los responsables de los Institutos religiosos masculinos y femeninos, a los fieles laicos de varios grupos y asociaciones, afrontan precisamente el tema y el problema de la relación entre fe y cultura, entre religión y razón.
Cuando leí, en la versión original y con las notas autógrafas del Santo Padre, el texto de la conferencia, mejor dicho, de la lección que pronunció en la Universidad de Ratisbona el 12 de septiembre de 2006, dedicada a la relación esencial entre fe y razón, me pareció escuchar de nuevo la espléndida encíclica Fides et ratio (14 de septiembre de 1998) que Juan Pablo II había dedicado al mismo tema.
¿Cómo no notar –por ejemplo– la total consonancia entre las dos siguientes enunciaciones en el lenguaje de los dos pontífices sobre la relación entre fe y razón?
Escribía Juan Pablo II en la Fides et ratio: «Tanto la fe como la razón se han empobrecido y debilitado una ante la otra. La razón, privada de la aportación de la Revelación, ha recorrido caminos secundarios que tienen el peligro de hacerle perder de vista su meta final. La fe, privada de la razón, ha subrayado el sentimiento y la experiencia, corriendo el riesgo de dejar de ser una propuesta universal. Es ilusorio pensar que la fe, ante una razón débil, tenga mayor incisividad; al contrario, cae en el grave peligro de ser reducida a mito o superstición. Del mismo modo, una razón que no tenga ante sí una fe adulta no se siente motivada a dirigir la mirada hacia la novedad y radicalidad del ser» (Fides et ratio, n. 48).
Dijo Benedicto XVI en Ratisbona: «[…] la fe de la Iglesia se ha atenido siempre a la convicción de que entre Dios y nosotros, entre su eterno Espíritu creador y nuestra razón creada, existe una verdadera analogía, en la que ciertamente –como dice el IV concilio de Letrán en 1215– las diferencias son infinitamente más grandes que las semejanzas, pero sin llegar por ello a abolir la analogía y su lenguaje. Dios no se hace más divino por el hecho de que lo alejemos de nosotros con un voluntarismo puro e impenetrable, sino que, más bien, el Dios verdaderamente divino es el Dios que se ha manifestado como logos [es decir, como razón, n. de la r.] y ha actuado y actúa como logos lleno de amor por nosotros. Ciertamente el amor, como dice san Pablo, «rebasa» el conocimiento y por eso es capaz de percibir más que el simple pensamiento (cf. Ef 3, 19); sin embargo, sigue siendo el amor del Dios-Logos, por lo cual el culto cristiano, como dice también san Pablo, es loghikè latreía, un culto que concuerda con el Verbo eterno y con nuestra razón (cf. Rm 12, 1)».
La encíclica de Juan Pablo II se abría con las palabras: «La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad». No se vuela hacia a la verdad con un ala sola, ni con la sola fe ni con la sola razón. Es cometido de la teología, y específicamente de la «teología fundamental», como puntualiza el n. 67 de la Fides et ratio, «mostrar la íntima compatibilidad entre la fe y su exigencia fundamental de ser explicitada mediante una razón capaz de dar su asentimiento en plena libertad».
Por su parte Benedicto XVI reafirma: «En el mundo occidental está muy difundida la opinión según la cual sólo la razón positivista y las formas de la filosofía derivadas de ella son universales. Pero las culturas profundamente religiosas del mundo consideran que precisamente esta exclusión de lo divino de la universalidad de la razón constituye un ataque a sus convicciones más íntimas. Una razón que sea sorda a lo divino y relegue la religión al ámbito de las subculturas, es incapaz de entrar en el diálogo de las culturas».
Por eso el Papa habla con firmeza y rigor de «patologías que amenazan a la religión y a la razón, patologías que irrumpen por necesidad cuando la razón se reduce hasta el punto de que ya no le interesan las cuestiones de la religión y de la ética».
Hoy estas patologías tiene el nombre sobre todo de integrismo y fundamentalismo, mientras que la mens sana comporta una razón que frente a los interrogantes fundamentales de la vida se abra a la religión y una religiosidad que tome de la razón esas motivaciones humano-científicas que conviertan nuestra pietas en un rationabile obsequium.
La conclusión de la conferencia de Ratisbona es iluminadora cuando afirma: «Occidente, desde hace mucho, está amenazado por esta aversión a los interrogantes fundamentales de su razón, y así sólo puede sufrir una gran pérdida. La valentía para abrirse a la amplitud de la razón, y no la negación de su grandeza, es el programa con el que una teología comprometida en la reflexión sobre la fe bíblica entra en el debate de nuestro tiempo».
Los «caminos secundarios» de los que hablaba Juan Pablo II y las «patologías» recordadas por Benedicto XVI ponen en marcha el recorrido de la razón hacia ese relativismo que la razón dejada a sí misma y no iluminada por la fe pretende garante de la libertad que, en cambio, desemboca en el arbitrio que anula esa “propuesta universal”, condición irrenunciable para la promoción y la defensa de los derechos humanos fundamentales centrados en el derecho a la vida y en la afirmación de la dignidad y sacralidad de la persona humana. El relativismo que, en teoría, pretende defender los derechos de todos, en realidad mina en los cimientos los derechos irrenunciables de cada uno.

El amor, núcleo del encuentro entre fe y cultura
El Papa sabe muy bien que el encuentro entre religión y razón, entre fe y cultura se transforma en propuesta y en respuesta a los interrogantes fundamentales de la vida solamente si es el amor, en su doble dimensión de amor de Dios y amor del prójimo, lo que une la relación religión-razón y hace que sea operante de modo eficaz.
En la sociedad de hoy, es más, en el mundo de hoy, la ausencia de diálogo entre fe y razón, además de conducir al enfrentamiento recíproco, ha multiplicado los “desiertos” de la existencia que en realidad son “desiertos” de amor. Habló de ello el Papa en la homilía de la santa misa de imposición del palio y entrega del anillo del pescador en el comienzo del ministerio petrino. Son palabras de una claridad y hondura extraordinarias, premisa de esa “propuesta universal” que Benedicto XVI quiso recordar también a los doscientos jefes de Estado y de Gobierno presentes. «La santa inquietud de Cristo», dijo el Papa, «ha de animar al pastor: no es indiferente para él que muchas personas vaguen por el desierto. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre ».
Benedicto XVI visita la Pontificia Academia de Ciencias

Benedicto XVI visita la Pontificia Academia de Ciencias

Por eso «la Iglesia en su conjunto, así como sus Pastores, han de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida». No hay alternativa, puesto que Dios que es amor, por amor salvó al mundo mediante el sacrificio del Hijo. «El Dios», dice el Papa, «que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores».
Pero amar significa dar a las almas «el alimento de la verdad»; y si el amor es verdadero y es amor por todo el hombre y por todos los hombres, es la primera verdad que defender y promover. Una verdad que para ser verdaderamente una propuesta universal válida no es opinable y, por tanto, tampoco negociable.
Benedicto XVI, sin embargo, no se detiene en los enunciados de índole general; su catequesis toca las aplicaciones prácticas con gran precisión; cuida los detalles con la meticulosidad de su rigor de profesor, que nunca ha olvidado, como demuestra la segunda parte de la encíclica Deus caritas est y, de modo especial, su profundo mensaje para la Jornada mundial de la paz 2007, continuación lógica de su mensaje para la Jornada mundial de 2006 que tituló “En la verdad, la paz”. No se construye la paz sin defender la vida, cuyo valor es síntesis y núcleo de todos los derechos fundamentales del hombre. La hermosa definición pontificia de “paz”, «persona humana, corazón de la paz», va a la raíz del problema de la paz, que no es solamente ausencia de conflictos, sino encuentro de los unos con los otros, encuentro de la vida con la vida.
Personalmente estoy convencido de que el presupuesto “fe y cultura al servicio de la vida y de la persona humana” es una clave de lectura exhaustiva de toda la parábola conciliar, desde el discurso de apertura del Concilio pronunciado por el beato Juan XXIII al mensaje a los hombres de la cultura y de la ciencia de Pablo VI, desde los repetidos llamamientos al Concilio de Juan Pablo II a las recientes intervenciones de Benedicto XVI. Una lectura clara que remite a las palabras de Jesús: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6).


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