La Virgen y el titiritero
por Albino Luciani
Al patriarca Albino Luciani le gustaba pasar durante el verano una temporada en el convento de los Siervos de María, junto al santuario mariano de Pietralba, en Alto Adige. En la biblioteca de los frailes encontró una antología francesa en la que había un cuento de Anatole France, que según confesó había leído hacía cincuenta años, cuando era un chaval, y que publicó con un comentario suyo en Il Messaggero di Sant’Antonio de diciembre de 1976.
Ya san Lucas había notado que Maria pudo llevar al templo «sólo una pareja de tórtolas, la ofrenda de los pobres» (Lc 2, 23). Por tanto, que los pobres se hayan sentido privilegiados ante ella aparece en muchas oraciones, cuyo elemento central es: “intercede ante Dios por mí; tengo derecho a tu intercesión porque soy pobre”. Una oración de este tipo atraviesa los siglos y, paralela a ella, viaja un cuento sobre los pobres de María. Apareció en el siglo XIII en Francia, lo contaban los predicadores populares y fue transcrito por el escritor Anatole France con el título: Le jongleur de Notre Dame.
Bernabé de Compiègne era un titiritero que iba de ciudad en ciudad haciendo sus números de habilidad. Pero a menudo, durante el invierno, le faltaba trabajo y pasaba hambre. Devoto de la Virgen le rezaba así: «Señora, cuidad de mi vida hasta que Dios quiera que yo muera, y cuando muera concededme el gozo del Paraíso». Una tarde fría y lluviosa conoció en el camino a un fraile y hablando con él decidió dejar el arte que le había hecho famoso, para cantar, como monje, las alabanzas de la Virgen. En el convento vio que los frailes competían por honrar a la Virgen, y sintió desazón por su ignorancia. Se decía a sí mismo: «El prior compone tratados sobre la Virgen María; fray Macrobio los copia en pergaminos finísimos, que luego fray Alejandro adorna con miniaturas encantadoras. Otros componen himnos o tallan estatuas en su honor. Yo, en cambio, no sé hacer nada, nada de nada». «Qué desgraciado soy, Señora mía», le decía a la Virgen, «que no tengo para servirte ni sermones edificantes, ni finas pinturas, ni versos fluidos y elegantes. Por desgracia, no tengo nada». Y se dejaba vencer por la tristeza. Pero una mañana se levantó contento, corrió a la capilla y estuvo allí durante más de una hora, volviendo después de comer. Desde entonces comenzó a ir todos los días y no volvió a estar triste. «¿Por qué Bernabé está tanto tiempo en la capilla?”, comenzaban a preguntarse los frailes. El prior decidió ir a ver qué hacía y a través de las rendijas de la puerta vio que Bernabé, frente al altar de la Virgen y cabeza abajo, hacía sus juegos de habilidad con las seis bolas de cobre y los doce cuchillos que usaba en las plazas. Creyó que se había vuelto loco, y gritando al sacrilegio se disponía a sacarlo por la fuerza de la capilla, cuando vio que la Virgen bajaba los peldaños del altar, se acercaba a Barnaba y, con el borde de su manto, secaba el sudor que caía de la frente de su titiritero. El buen prior se postró y murmuró: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».
La narración nos presenta a María, que no limpia la pluma del prior, sino que seca el sudor del pobre Bernabé: hacia él, pobre titiritero, cansado, sudado, en el suelo, Ella baja de su trono y se digna consolarlo con el borde de su manto azul. Precisamente porque somos pobres la Virgen nos ayuda ahora y en la hora de nuestra muerte. Quien quisiera narrar el pequeño cuento de Anatole France, hoy, cuando la gente tiene sed de auténtica sencillez, debería subrayar que corresponde a la imagen más verdadera de María, que en su cántico dice: «Dios ha derribado a los poderosos de sus tronos y a los pequeños los ha ensalzado».
Ya san Lucas había notado que Maria pudo llevar al templo «sólo una pareja de tórtolas, la ofrenda de los pobres» (Lc 2, 23). Por tanto, que los pobres se hayan sentido privilegiados ante ella aparece en muchas oraciones, cuyo elemento central es: “intercede ante Dios por mí; tengo derecho a tu intercesión porque soy pobre”. Una oración de este tipo atraviesa los siglos y, paralela a ella, viaja un cuento sobre los pobres de María. Apareció en el siglo XIII en Francia, lo contaban los predicadores populares y fue transcrito por el escritor Anatole France con el título: Le jongleur de Notre Dame.
Bernabé de Compiègne era un titiritero que iba de ciudad en ciudad haciendo sus números de habilidad. Pero a menudo, durante el invierno, le faltaba trabajo y pasaba hambre. Devoto de la Virgen le rezaba así: «Señora, cuidad de mi vida hasta que Dios quiera que yo muera, y cuando muera concededme el gozo del Paraíso». Una tarde fría y lluviosa conoció en el camino a un fraile y hablando con él decidió dejar el arte que le había hecho famoso, para cantar, como monje, las alabanzas de la Virgen. En el convento vio que los frailes competían por honrar a la Virgen, y sintió desazón por su ignorancia. Se decía a sí mismo: «El prior compone tratados sobre la Virgen María; fray Macrobio los copia en pergaminos finísimos, que luego fray Alejandro adorna con miniaturas encantadoras. Otros componen himnos o tallan estatuas en su honor. Yo, en cambio, no sé hacer nada, nada de nada». «Qué desgraciado soy, Señora mía», le decía a la Virgen, «que no tengo para servirte ni sermones edificantes, ni finas pinturas, ni versos fluidos y elegantes. Por desgracia, no tengo nada». Y se dejaba vencer por la tristeza. Pero una mañana se levantó contento, corrió a la capilla y estuvo allí durante más de una hora, volviendo después de comer. Desde entonces comenzó a ir todos los días y no volvió a estar triste. «¿Por qué Bernabé está tanto tiempo en la capilla?”, comenzaban a preguntarse los frailes. El prior decidió ir a ver qué hacía y a través de las rendijas de la puerta vio que Bernabé, frente al altar de la Virgen y cabeza abajo, hacía sus juegos de habilidad con las seis bolas de cobre y los doce cuchillos que usaba en las plazas. Creyó que se había vuelto loco, y gritando al sacrilegio se disponía a sacarlo por la fuerza de la capilla, cuando vio que la Virgen bajaba los peldaños del altar, se acercaba a Barnaba y, con el borde de su manto, secaba el sudor que caía de la frente de su titiritero. El buen prior se postró y murmuró: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».
La narración nos presenta a María, que no limpia la pluma del prior, sino que seca el sudor del pobre Bernabé: hacia él, pobre titiritero, cansado, sudado, en el suelo, Ella baja de su trono y se digna consolarlo con el borde de su manto azul. Precisamente porque somos pobres la Virgen nos ayuda ahora y en la hora de nuestra muerte. Quien quisiera narrar el pequeño cuento de Anatole France, hoy, cuando la gente tiene sed de auténtica sencillez, debería subrayar que corresponde a la imagen más verdadera de María, que en su cántico dice: «Dios ha derribado a los poderosos de sus tronos y a los pequeños los ha ensalzado».