Papa Pablo, ¡gracias!
El 14 de junio se celebró en Sotto il Monte, por iniciativa del alcalde, una mesa redonda sobre la Pacem in terris, con la participación del profesor Agostino Giovagnoli y del senador Giulio Andreotti. Ofrecemos el texto de la ponencia de monseñor Loris Capovilla, que es el afectuoso custodio de la memoria del papa Juan
por Loris Francesco Capovilla

Mons. Loris Capovilla
Acontecimientos inolvidables en el trasfondo de dos milenios de la Iglesia hasta el quinquenio roncalliano, que concluyó en junio de 1963 en el fuego de Pentecostés; reanudado 18 días después con la elección del cardenal Giovanni Battista Montini, que se presentó al mundo con el nombre emblemático de Pablo.
Le agradecemos a Albino Luciani que, el 26 de agosto de 1978, secundara la inspiración de conjugar en su persona los dos pontificados precedentes. Quiso llamarse Juan Pablo I, nombre que sigue resonando en la Iglesia universal, que luego hizo suyo el Papa que vino de Cracovia.
Angelo Giuseppe, de Sotto il Monte, y Giovanni Battista, de Concesio, educados según los rígidos cánones de la reforma tridentina, alimentados por la sólida pietas lombardo-véneta, entablaron estrechas relaciones de colaboración en el servicio de la Santa Sede, con un algo más añadido, como proféticamente decía Roncalli en la carta a Montini, que le dirigió el día de su consagración episcopal: «Cumpliremos juntos el sacramentum voluntatis Christi de san Pablo (Ef 1,9-10). Esto impone la adoración de la cruz, pero nos reserva, junto a ella, un manantial de inefables consuelos también para aquí abajo, mientras nos dure la vida y el mandato pastoral. Querida y venerada Excelencia, no sé decir más. Pero lo que le falta a este eloquio, léamelo en el corazón» (12 de diciembre de 1954).
La elección de Juan XXIII al papado tuvo interpretaciones variadas y serias, pero no siempre correctas. Indudablemente, quienes creen en la asistencia del Espíritu Santo no se asombran de nada, y mucho menos de la edad del llamado, y con frecuencia se alegran; pero incluso quienes vacilan, influidos por visiones reductivas de la divina realidad de la Iglesia, están convencidos de que la elección hizo honor a un hombre bíblico, «cabal y recto, que temía a Dios y se apartaba del mal» (Jb, 1,1), la clarividencia eclesiástica, la valerosa apertura a «nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia» (2 P 3, 13).
Giovanni Battista Montini comprendió todo esto y mucho más el 28 de octubre de 1958, con el anuncio del Habemus Papam. Lo atestiguan sus últimos escritos como cardenal, recogidos en el precioso volumen Giovanni XXIII nella mente e nel cuore del suo Successore (Tipolitografia Germani, Milán 1964). La dedicatoria en mi ejemplar permite imaginar afectos profundos y buenos deseos: «A monseñor Loris Capovilla, asociando su recuerdo con el nuestro del papa Juan XXIII, y nuestra bendición con la del llorado y venerado Pontífice en el primer aniversario de su pía desaparición. Paulus PP VI, 3 de junio de 1964».
Recuerdo cada uno de los momentos de los últimos días del venerable Padre. El cardenal Montini, mediante el arzobispo Angelo Dell’Acqua, sustituto de la Secretaría de Estado, se mantenía informado de la situación, y el Papa, que lo supo, agradecía esta presencia y devolvía esta exquisita bondad con expresiones que dejaban adivinar los días futuros y recordaban el delicioso coloquio de él, patriarca de Venecia, con Giovanni y Candida Roncalli, de Milán: «Mirad lo que le ha pasado a su primo: obispo, representante del Papa en Oriente Próximo, nuncio en París, patriarca de los vénetos. Ahora sólo le faltaría el papado, pero esto es irrealizable, porque el próximo Papa será vuestro arzobispo Montini».
Ante el inesperado agravamiento de la enfermedad del Papa, al terminar la primera sesión conciliar, el cardenal Montini, a punto de volver a su sede, me escribió: «Monseñor veneradísimo. A Milán me llama san Ambrosio, y la presencia del presidente de la República me obliga a ir. ¡Pero puede imaginar con qué estado de ánimo! Esta mañana estaba en la plaza de San Pedro: habría llorado de consuelo y esperanza. Le mando también a usted, monseñor, mis votos más sinceros, avalados por férvida oración por todo lo que los dos llevamos en el corazón, al Papa, a la Iglesia, al Concilio, ¡al mundo! Devotísimo en Cristo. Giovanni Battista cardenal Montini» (5 de diciembre de 1962).
La nota, que conmovió a Juan XXIII, impregnó mi corazón como un bálsamo de consuelo y me acompañó en los cinco primeros meses de 1963, en los trepidantes y dolorosos días que siguieron.
Viernes 31 de mayo, tras difundirse el anuncio de que el Papa había cumplido ejemplarmente con lo prescrito en el Coeremoniale episcoporum, y que había recibido los sacramentos y se había despedido con una homilía de veinte minutos, el cardenal de Milán se puso enseguida en camino, con los Roncalli de Sotto il Monte. Lo narró él mismo en una carta fechada en Roma: «He hecho el viaje en avión con los tres hermanos y la hermana del Santo Padre, sencillas y venerandas personas, llamadas para despedirse de su hermano sumo pontífice. […] Se llora, se reza, se espera con inmensa tensión de espíritu pero con inefable conmoción en el corazón, casi de belleza y de victoria. Como luminoso epílogo de la vida terrenal, como presagio de la celestial» (31 de mayo de 1963).
En mi memoria, alumbrada por la gratitud, todo se resume en los dos coloquios que tuve con Giovanni Battista Montini la noche del 31 de mayo y la tarde del 21 de junio: en la misma habitación, junto a la ventana del Angelus, en pie, con el mismo personaje, vestido con el hábito talar negro la primera vez, y blanco después. Sólo diré lo esencial, manteniendo en la sombra mi papel, ya satisfecho con ser el custodio del secreto que es don y vocación: «Mi secreto es para mí» (Is 24,16 vul.), solía repetir el papa Juan. Aquella tarde, a pocos pasos del lecho del moribundo, el cardenal Montini me recordó el primer contacto epistolar con el entonces recién elegido arzobispo Roncalli, fechado el 2 de marzo de 1925, y el más reciente y último coloquio privado: «Este hombre tenía el don de quitarte la ansiedad». Aprovechó para congratularse con la Secretaría de Estado, la Radio Vaticana, el L’Osservatore Romano, por haber elevado la narración de la agonía a los cielos altísimos de la fe y la esperanza, que hizo decir a una voz anónima de ultramar: «Este Papa, después de habernos enseñado el bien vivir, ahora nos da un ejemplo del bien morir».
Dieciocho días después, la tarde de la elección, Pablo VI quiso verme. No referiré algunas palabras que tienen que ver conmigo (dichas no ya por el arzobispo de Milán, sino por el Papa) y cuento la confesión más sublime sobre la que no puso el sello de la confidencialidad: «He aceptado la elección para seguir la obra comenzada por el papa Juan, sin duda alguna guiado por el Altísimo».
Este era su estado de ánimo, su convicción, su confianza. Nada meramente humano. Creía que Dios se sirve de los hombres para sus obras; o bien (para citar el título de una famosa película): Dios necesita a los hombres.
A mediados del siglo XX, para explicitar las intuiciones de los papas predecesores, en particular Benedicto XV, y para ampliarlas, Dios sacó de los surcos del campo bergamasco, y, cinco años después, del humus fecundo de Brescia a los dos agentes del “nuevo salto adelante”, con la finalidad de «reemprender desde el principio, con nuevo interés, con espíritu sereno y tranquilo, toda la doctrina cristiana, en su integridad, con la límpida precisión de conceptos y vocabulario con que la revistieron las Actas del Tridentino y el Vaticano I, para darla a conocer mejor y modelar los espíritus» (Discurso de apertura del Vaticano II, 11 de octubre de 1962).
Con frecuencia compartimos el lamento de los navegantes en el mar embravecido, inquietos y asustados. El Papa Juan, siguiendo la voz profética «Quien cree no vacilará» (Is 28,16), durante su larga existencia, pese a las contrariedades de los hombres y los elementos, reveló que su confianza se alimentaba en su solidísima fe: «La serenidad de mi espíruto de humilde siervo del Señor saca de ella continua inspiración; no nace del no conocimiento de los hombres y de la historia, y no cierra los ojos frente a la realidad. Es una serenidad que procede de Dios, ordenador sapientísimo de los acontecimientos humanos» (17 de marzo de 1963).

El cardenal Giovanni Battista Montini, arzobispo de Milán, recibe al papa Juan en la entrada de la facultad de Medicina de la Universidad Católica del Sagrado Corazón, el 5 de noviembre de 1961
Así veía Pablo VI a Juan XXIII. Ahora nosotros lo vemos así: padre, maestro, pastor, y le estamos agradecidos por haber ilustrado el monumento a su predecesor, concebido por Emilio Greco, «dedicado a la memoria y al amor de un Papa que tuvo la singular prerrogativa, en grado no común, de hacerse amar»: «Vuelven espontáneamente a nuestro espíritu las palabras que nos subieron desde el corazón cuando en la catedral de Milán, en la fiesta de Pentecostés de 1963, mientras la agonía de Juan XXIII tenía en ansia y en oración a toda la Iglesia y al mundo entero: “Bendito sea este Papa, que nos ha hecho gozar de una hora de paternidad y familiaridad espiritual, y que nos ha enseñado a nosotros y al mundo que la humanidad tiene necesidad, sobre todas las otras cosas, de amor”. Amó y fue amado; y este monumento, que representa al papa Juan en actitud de su multiforme y apostólico amor, quiere ser la señal de que dicho amor ha sido comprendido, y a ese amor paternal responde nuestro amor filial» (28 de junio de 1967).
Aquí se detiene la pluma, mientras el corazón acelera sus latidos. Sentimos un imperioso impulso a repetir para Pablo VI el singular elogio que él escribiera para Juan, deudores como somos a ambos por haber sido alentados a custodiar celosamente el tesoro de la fe, a transcurrir los días en la comunión de los santos, confiando ante todo en la intercesión de la Madre de Jesús, a actuar infatigablementte por la liberación y la salvación de todas y cada una de las criaturas humanas, a tender a la novedad armoniosamente conjugada con la tradición.
Dos nombres, dos destinos, dos inmolaciones, un solo amor: Cristo, la Iglesia, la humanidad.