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AFRICA
Sacado del n. 07 - 2003

La homilía del papa Montini con motivo de la elevación a los altares de los Mártires ugandeses

Pablo VI y la memoria de los mártires africanos



por Davide Malacaria


Pablo VI en Namugongo, el 2 de agosto de 1969

Pablo VI en Namugongo, el 2 de agosto de 1969

En 1964 el papa Pablo VI canonizaba a 22 fieles católicos martirizados en Uganda entre los años 1885 y 1887. El más conocido de estos, Carlos Lwanga, fue quemado vivo, junto con otros doce católicos y algunos cristianos de otras confesiones, el 3 de junio de 1886 en Namugongo. El mismo Pablo VI, en su viaje a Uganda de 1969, quiso consagrar el altar mayor del santuario de Namugongo, levantado en el lugar del martirio de Carlos Lwanga y de sus compañeros. Publicamos un fragmento de la homilía pronunciada por el Pontífice el 18 de octubre de 1964, con motivo de la elevación a los altares de los Mártires ugandeses.

«Estos mártires africanos añaden al catálogo de los victoriosos, que es el martirologio, una página trágica y magnífica, verdaderamente digna de sumarse a las maravillosas del África antigua, que nosotros, modernos hombres de poca fe, creíamos que no podrían tener jamás una digna continuidad. ¿Quién podía suponer, por ejemplo, que a las conmovedoras historias de los mártires escilitanos, de los mártires cartagineses, de los mártires de la “Massa candida” uticense, de las que san Agustín y Prudencio nos han dejado memoria, de los mártires de Egipto, de los cuales conservamos el elogio de san Juan Crisóstomo, de los mártires de la persecución vandálica, se iban a sumar nuevas historias no menos heroicas, no menos fúlgidas, en nuestros tiempos? ¿Quién podía prever que a las grandes figuras históricas de los santos mártires y confesores africanos, como Cipriano, Felicidad y Perpetua y el sumo Agustín, íbamos un día a asociar los queridos nombres de Carlos Lwanga y de Matías Mulumba Kalemba, con sus veinte compañeros? Y no queremos olvidar a aquellos otros que, perteneciendo a la confesión anglicana, afrontaron la muerte por el nombre de Cristo.
Estos mártires africanos abren una nueva época; ¡oh! no queremos pensar de persecuciones y contraposiciones religiosas, sino de regeneración cristiana y civil. África, bañada por la sangre de estos mártires, primeros de la nueva era (¡quiera Dios que sean los últimos, tan grande y precioso fue su holocausto!) resurge libre y redimida. La tragedia, que los devoró, es tan inaudita y expresiva, que ofrece elementos representativos suficientes para la formación moral de un pueblo nuevo, para la fundación de una nueva tradición espiritual, para simbolizar y para promover la transición de una civilización primitiva, no carente de magníficos valores humanos, pero corrompida y enferma y casi esclava de sí misma, a una civilización abierta a las expresiones superiores del espíritu y a las formas superiores de la vida social».



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