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LA HISTORIA DE JOSEPH...
Sacado del n. 05 - 2006

Los años difíciles


Ex colegas y ex alumnos hablan del Ratzinger profesor en la ciudadela teológica de Tubinga. Allí su adhesión sin fisuras a la reforma conciliar fue puesta a prueba por los nuevos triunfalismos clericales y las rebeliones burguesas


por Gianni Valente


Joseph Ratzinger y, al fondo, la Universidad de Tubinga

Joseph Ratzinger y, al fondo, la Universidad de Tubinga

A mediados de los sesenta del pasado siglo Tubinga era para todo teólogo alemán que se respetara una especie de Tierra Prometida. Con su historia centenaria de centro teológico “papista” pasado al luteranismo desde sus comienzos, y con una facultad de Teología católica que arrancó vigorosamente a mediados del siglo XIX, la ciudadela teológica sueva es la meta ideal para quienes quieren vivir los nuevos fermentos conciliares y escrutar los «signos de los tiempos» conectándose y confrontándose con una gran y prestigiosa tradición.
Joseph Ratzinger no ha cumplido aún los cuarenta en 1966, pero ya peina canas y su fama de enfant prodige de la teología alemana está ya consagrada por su intensa y determinante participación en la aventura conciliar. El Vaticano II está a punto de concluir, el aire vibra aún cargado de esperanzas. Pero la espera de un tiempo bueno para la Iglesia en el mundo queda marcada por otras extrañas señales. Ya aquel año, en una conferencia de balance del Concilio, Joseph el bávaro da razón de esta situación de claroscuro. «Me parece importante», dice, «enseñar los dos rostros de lo que nos ha llenado de gozo y gratitud en el Concilio […]. Me parece importante señalar también el nuevo y peligroso triunfalismo en el que caen a menudo precisamente los que denuncian el triunfalismo pasado. Mientras la Iglesia sea peregrina en la tierra, no tiene derecho a vanagloriarse de sí misma. Este nuevo modo de vanagloriarse podría llegar a ser más peligroso que las tiaras y sillas gestatorias que, de todos modos, son ya motivo de sonrisa más que de orgullo».
Quien mueve los hilos para que la facultad católica de Tubinga envíe su vocatio al profesor que desde hace solo tres años enseña en Münster es Hans Küng, apoyado por el otro joven colega Max Seckler, que hoy recuerda a 30Días: «Hubo en aquel período un relevo generacional tras la jubilación de varios profesores. Para potenciar la facultad, algunos presionaban para que se llamara a la cátedra de Teología dogmática a profesores más maduros, de perfil más consolidado. Yo en el 66 tenía treinta y nueve años, Küng treinta y ocho. Fuimos nosotros quienes batallamos para llamar a otro joven. Y Ratzinger, entonces, era el hombre del futuro». El amable y reservado profesor bávaro y el impulsivo y polémico colega suizo se conocían desde el 57. Colaboraron como peritos teológicos en la última sesión del Concilio y ya se habían manifestado entre ellos evidentes divergencias sobre cómo debían influir las decisiones conciliares en el gran río de la vida ordinaria de la Iglesia. Pero entonces, como explica Ratzinger en su autobiografía, «ambos considerábamos esto como legítima diferencia de posiciones teológicas» que «no iba a influir en nuestros puntos de vistas comunes de teólogos católicos». Desde el 64 figuran ambos entre los socios fundadores de Concilium, la revista internacional del “frente unido” de los teólogos conciliares. Explica Seckler: «Küng sabía que él y Ratzinger tenían opiniones distintas sobre muchas cosas, pero decía: con los mejores se puede tratar y colaborar, son los mezquinos los que crean problemas». Añade el profesor Wolfgang Beinert, ex alumno de Ratzinger precisamente en Tubinga: «Küng quizá llamó a Ratzinger precisamente porque quería que los estudiantes pudieran oír la voz de otro teólogo del Concilio que no fuera él, que hiciera de contrapunto a su teología unilateral. Otros profesores más cerrados ni siquiera percibían las distancias entre ambos, y hasta veían en Ratzinger a un peligroso reformador liberal. Decían: con un Küng ya tenemos bastante».

Una grabadora para el best seller
En el nuevo comienzo de Tubinga Ratzinger se entrega como siempre sin medida. Desde su nuevo puesto espera entablar fructíferas relaciones también con los teólogos evangélicos de la facultad protestante. Su entusiasmo y la marca inconfundible de sus clases –sustanciosa teología alimentada por los Padres y la liturgia, lenguaje luminoso y leve con matices poéticos, el afrontar sin censuras todas las preguntas de aquellos tiempos confusos– encienden de repente los corazones de muchos estudiantes, de teología y de otras ramas. Sus clases las abarrotan enseguida más de cuatrocientos estudiantes. Incluso en los seminarios quisieran participar más de lo que era posible, por lo que se les selecciona con una prueba de ingreso en griego y latín. Recuerda el prelado Helmut Moll, que más tarde colaborará durante muchos años con su ex profesor en la Congregación para la Doctrina de la Fe: «Para participar en un seminario sobre la mariología tuve que hacer un pre-examen sobre textos marianos de los primeros siglos en griego y latín. Pero entre Ratzinger y los otros no había comparación. Las clases que yo había escuchado en Bonn dadas por profesores de planteamiento neoescolástico parecían áridas y frías, una lista de definiciones doctrinales exactas y nada más. Cuando en Tubinga escuché cómo Ratzinger hablaba de Jesús o del Espíritu Santo, parecía como si por momentos sus palabras se convirtieran en oración».
En el 67 Ratzinger realiza un proyecto que acariciaba desde hacía diez años: un curso de clases abiertas no sólo a los estudiantes de teología, estructurado como una exposición del Credo de los apóstoles, que abrazando todos los fermentos e inquietudes de su tiempo vuelva a repetir «el contenido y el significado de la fe cristiana», que para el nuevo profesor está «hoy envuelto en un nebuloso halo de incertidumbre, como quizá nunca antes en la historia». Por la mañana temprano acuden a escucharlo universitarios de todas las facultades, pero también párrocos, religiosos, simples fieles. Peter Kuhn, a quien Ratzinger ha llamado a Tubinga como asistente, está acostumbrado a estar hasta las tantas enfrascado en los libros de sus estudios, y no siempre consigue estar fresco durante aquellas clases tan tempraneras. «Cuando me quedaba adormecido», dice, «mis vecinos me daban con el codo, porque veían que el profesor se había dado cuenta. Yo trataba de disimular adoptando una pose de pensador». Como contrapartida, Kuhn lleva consigo a aquellas clases su aparatosa grabadora, y luego se lo hace copiar todo a la secretaria. De aquellas grabaciones nacerá el volumen Introducción al cristianismo, el primer best seller firmado por Ratzinger, publicado por el editor Heinrich Wild: diez ediciones solo en el primer año, y luego traducido a veinte lenguas. El mismo año el profesor recién llegado participa activamente en las iniciativas para celebrar los ciento cincuenta años de la facultad católica de Teología. La considera una ocasión propicia para recabar nuevas perspectivas sumergiéndose en el estudio de la famosa Escuela de Tubinga, el equipo de teólogos reunidos en torno a Johann Adam Mohler, que durante los primeros decenios del siglo XIX habían dado un impulso decisivo al nacimiento de la teología histórica, inspirando el enfoque histórico-salvífico que el propio Ratzinger había adoptado ya desde sus estudios en Freising y Múnich. Sería hermoso –piensa Ratzinger– recuperar también la clase de Mohler y sus compañeros para dar vigor al camino de testimonio en el mundo moderno sugerida por el Concilio. Pero el clima de la facultad está condicionado y desviado por otras dinámicas. «Ratzinger», zanja Kuhn, «esperaba quizá entrar a formar parte de la gran tradición de Tubinga. Pero cuando llegamos, aquella gran tradición ya no existía».

Estudiantes católicos y evangélicos 
se manifiestan por las calles de Bonn en mayo de 1966

Estudiantes católicos y evangélicos se manifiestan por las calles de Bonn en mayo de 1966

El orgullo profesional de los clérigos
Las relaciones de Ratzinger con sus colegas de Tubinga serán formalmente correctas y amables hasta el final. En clase, Küng proclama en voz alta su estima por el teólogo bávaro y reafirma más de una vez su confluencia de puntos de vistas. También Ratzinger confirma en público que con su mentor suizo no existen problemas. Excusationes non petitae.
Entre los dos grandes de la facultad, titulares de las dos cátedras de Teología dogmática, las diferencias humanas y de carácter ha sido siempre evidentes. El impetuoso suizo va por ahí con su Alfa Romeo blanco, se viste con elegancia burguesa. Los periodistas le buscan a él cuando necesitan a alguien que las suelte bien gordas en las polémicas incendiarias que estallan en la Iglesia del posconcilio. El amable bávaro va a pie o usa el transporte público, dice misa cada mañana en la capilla de una residencia de chicas estudiantes, y el resto del tiempo estudia y prepara sus clases manteniéndose fiel a su estilo austero y reservado. «Una vez que fue a otra ciudad con algunos estudiantes y se pararon en una taberna a comer», recuerda Kuhn, «pidió sólo würstel vieneses para él y para nosotros. Pensaba que todos nosotros éramos frugales como él. Nosotros aquella vez no nos atrevimos a decirle que éramos jóvenes y teníamos hambre. Quizá lo entendió él solo, y en otras ocasiones de este tipo se preocupaba de que cada cual eligiera lo que más le gustaba del menú…». Pero es en las vivencias concretas de la vida de facultad, entre clases, seminarios, conferencias y exámenes, donde bajo la aparente unanimidad “conciliar” la creciente distancia entre Ratzinger y algunos colegas suyos alcanza niveles cruciales.
Ratzinger cree que todas las cosas importantes que le hicieron vibrar positivamente durante el Concilio –la renovación bíblica y patrística, la apertura al mundo, la petición sincera de la unidad con los demás cristianos, la liberación de la Iglesia de todos los oropeles que la agobian y obstaculizan en su misión– no tienen nada que ver con el afán corrosivo e iconoclasta que agita a muchos de sus colegas. El papel de muchos teólogos a la hora de orientar los trabajos del Concilio se ha convertido para muchos de ellos en un orgullo profesional que pretende someter al tribunal de los “expertos” incluso los factores más elementales de la doctrina y la vida de la Iglesia. «En clase», cuenta Moll, «entre los distintos profesores no parecía que hubiera ya acuerdo mínimo ni siquiera sobre los datos esenciales de la fe. Y los estudiantes estábamos mareados. Había que tomar posición siempre sobre cosas que antes parecían estar fuera de toda discusión: ¿existe o no el diablo? ¿Los sacramentos son siete o sólo dos? ¿Pueden celebrar la eucaristía los no ordenados? ¿Existe un primado del obispo de Roma, o el papado es solo un régimen despótico que hay que derribar?». El redentorista Réal Tremblay, llegado de Canadá a Tubinga en el 69 para doctorarse con Ratzinger, y hoy docente en la Academia Alfonsiana, afirma: «Siempre he creído que cierta agresividad de Küng se debía también a los problemas que había encontrado en Roma como estudiante. Él es de los que no han sabido asimilar el resentimiento antirromano acumulado en sus experiencias de juventud. Ratzinger no tenía estos problemas, entre otras cosas porque no había estudiado en Roma».
El teólogo bávaro, crecido en la escuela de san Agustín, de Newman y de Guardini, no aguanta el nuevo conformismo que parece haber contagiado a muchos de sus colegas: el exégeta Herbert Haag, el moralista Alfons Auer, el canonista Johannes Neumann. Él, que en el Concilio entabló amistad con Congar y De Lubac, no esconde su distancia de las consignas del nuevo triunfalismo “progresivo”. Recuerda el padre Martin Trimpe, uno de los alumnos más cercanos a Ratzinger en los años de Tubinga y Ratisbona: «Una vez, en un aula abarrotada, hubo un debate entre varios profesores sobre el primado del papa. Küng había dicho que el tipo auténtico de papa era el representado por Juan XXIII, porque su primado era de carácter pastoral y no jurisdiccional. Ratzinger no se había pronunciado, y entonces los estudiantes comenzaron a corear su nombre: ¡Rat-zin-ger! ¡Rat-zin-ger! Querían saber qué pensaba del tema. Él respondió escuetamente que el cuadro descrito por Küng no era completamente exacto, porque había que tener en cuenta todos los aspectos relacionados con el ministerio petrino. En caso contrario, insistiendo sólo en el aspecto pastoral, se corría el riesgo de dibujar la figura no del pastor de la Iglesia universal, sino de un títere universal que podemos manejar a nuestro antojo».
Ratzinger no se alinea, mantiene su espíritu crítico, pero no es él quien busca polémicas y enfrentamientos con sus colegas. Por carácter no es púgil, no le gusta ponerse los guantes, huye de las riñas académicas. No está dispuesto a adoptar el papel de paladín de la resistencia.
Lo cierto es que en los años de Tubinga no hay conflictos abiertos entre Ratzinger y el resto del cuerpo docente, que incluso lo elige decano. Hasta las relaciones con Küng se diluyen en una lenta y silenciosa separación interior, un paulatino desapego sin enfrentamientos cruentos. «Küng atacó a Ratzinger sólo una vez», dice Seckler, «y no ocurrió por culpa de la teología». Entre ambos existía un acuerdo por el que cada semestre, si uno daba el curso principal de Teología dogmática, al otro le tocaba el curso de apoyo, y por consiguiente disponía de más tiempo para programar libremente sus actividades. Cuando Ratzinger anuncia que está a punto de dejar Tubinga tras recibir la “llamada” de la nueva facultad teológica de Ratisbona, su decisión echa por tierra los proyectos del colega, que ya había llenado de compromisos la agenda de su semestre “ligero”. Sigue diciendo Seckler: «Küng montó en cólera. Agredió a Ratzinger con vehementes invectivas, insistiendo en el respeto del acuerdo. Ratzinger permaneció impasible y firme en su decisión».
Antes de aquella pelea, lo que le había convencido a Ratzinger de que lo mejor era cambiar de aires fue el 68, que cayó «fulminantemente» (así se expresaba el entonces prefecto del ex Santo Oficio en su autobiografía) sobre aquellas relaciones ya racheadas por las turbulencias posconciliares.

Hans Küng

Hans Küng

De Tubinga a Ratisbona
La burguesía protesta contra sí misma. Los hijos de la clase media se rebelan contra los padres. En Berlín, en las manifestaciones contra las leyes de emergencia introducidas para tutelar la seguridad nacional, hay muertos. La llamarada arranca de los centros universitarios de Berlín y Frankfurt, pero alcanza enseguida también las facultades teológicas. Precisamente en Tubinga, en la facultad de filosofía, enseña Ernst Bloch, que en su libro El principio Esperanza indica en un mesianismo judeo-cristiano secularizado el manantial último del viento revolucionario que arrasa Occidente. Una perspectiva –escribe Ratzinger en su autobiografía– que «precisamente porque se basaba en la esperanza bíblica, la descomponía para conservar el fervor religioso aunque eliminando a Dios y reemplazándolo con la acción política del hombre». La fe –sigue explicando Ratzinger en su ensayo de introducción escrito en el año 2000 para la reedición de su best seller Introducción al cristianismo– «cedía a la política el papel de fuerza salvífica». En esta «nueva fusión de impulso cristiano y acción política a nivel mundial», muchos cristianos sienten la ebriedad de volver a ser protagonistas de la historia. Después de que la cultura occidental más avanzada hubiera intentado relegar la religión a la esfera subjetiva e íntima, ahora con «una Biblia reinterpretada en una nueva clave y una liturgia celebrada como precumplimiento simbólico de la revolución y como preparación a la misma […] el cristianismo con esta curiosa síntesis volvía al mundo, proponiéndose como mensaje “histórico”». También la agenda “democratizadora” de los teólogos à la page queda superada de repente. No se trata ya de aportar retoques a lo eclesial para favorecer su apertura al mundo. Incluso la forma histórica adoptada por la Iglesia ha de ser demolida junto con el viejo régimen. «Unter den Talaren der Muff von thausend Jahren», gritan los estudiantes de las facultades teológicas: bajo las sotanas de los curas, la suciedad de mil años. La convulsión revolucionaria alcanza los intersticios de la vida cotidiana de la facultad, arrambla con las prácticas seculares en la relación entre docentes y estudiantes. La contestación no conoce zonas francas. En Tubinga sucumben incluso Küng y sus amigos. Los “rebeldes” monopolizan incluso la parroquia universitaria de San Juan y reclaman la elección democrática del capellán. Luego se tumban en las escalinatas de la facultad, impiden que entren los profesores: ya no hay tiempo para escuchar clases inútiles, hay que prepararse para la revolución que se acerca. Ratzinger soporta varias veces estos “procesos del pueblo” por parte de los estudiantes. Cuenta Martin Trimpe: «Interrumpían las clases gritando, o se colocaban en la cátedra y le obligaban a responder a sus preguntas “revolucionarias”». Otros docentes hacen guiños a los contestatarios. El profesor bávaro responde con su manera de argumentar lógica y pacata. Pero su débil voz a veces queda sofocada por el griterío. Sigue diciendo Seckler: «A él se le dan fenomenal las discusiones pacatas, argumentadas. Pero en la contraposición violenta se pierde. No sabe gritar, es incapaz de levantar su voz sobre las otras de manera prepotente».
Y sin embargo Ratzinger siente sincera simpatía humana, teñida de tristeza, por muchos de los jóvenes que le complican la vida.
Una de ellas se llama Karin. Es una guapa muchacha rubia que, por mucho que resulte molesta, se ve que está buscando algo, que su sueño revolucionario expresa confusamente la esperanza en una vida distinta, buena, el deseo de ser feliz. Ratzinger la escucha, pierde el tiempo con ella. Pero luego Karin muere de repente. Cuenta Trimpe: «Fui yo quien se lo dijo al profesor durante una comida. Le dolió mucho y no volvió a hablar. Luego, estoy seguro de ello, llevaría a la misa, al altar, la compasión por la vida y la muerte de aquella muchacha, confiando a la misericordia del Señor la salvación de su alma».
También en las clases, como de costumbre, Ratzinger al principio toma en serio y valora las instancias de la crítica marxista, que pueden también expresar la esperanza en una salvación histórica real, no encerrada en el gueto de la individualidad subjetiva. Pero su shock es tremendo cuando la protesta se convierte en parodia sacrílega, rebelión burguesa, devastadora corrosión de las cosas para él más queridas. Cuenta hoy el ex alumno ratzingeriano Werner Hülsbusch, párroco jubilado de los alrededores de Münster: «Estaba ya harto de leer carteles que describían a Jesús y a san Pablo como frustrados sexuales, de oír a quienes presentaban la cruz como un símbolo del sadomasoquismo. Le sentaba muy mal».
El clima cada vez más envenenado de Tubinga acelera su traslado a la nueva facultad teológica inaugurada en 1967 en Baviera. En el último encuentro con el grupo de los doctorandos de Tubinga el profesor llega con algo de retraso a bordo del Citroen “dos caballos” de Peter Kuhn. El chófer frena bruscamente frente a los estudiantes que le esperan, y la matrícula de Tubinga se desprende ruidosamente del coche. Todos se echan a reír.

¿Un arrepentido del Concilio?
El traslado de Ratzinger de Tubinga a Ratisbona a menudo es denominado como la época de la metamorfosis, cuando el teólogo reformador del Concilio, traumatizado por la experiencia de Tubinga, comienza su transformación en conservador lúcido (o molesto, según la mens de quien proponga el cliché). Aquí nacen los mitos del Ratzinger paladín de la contraofensiva ortodoxa a los males de la época, y el del Ratzinger criptoconservador que arroja la máscara de teólogo reformista y revela sus viscerales ínfulas reaccionarias.
El primero que se sacude el sambenito de arrepentido que a diestro y siniestro le quieren colgar es el propio Ratzinger. «No he cambiado yo, han cambiado ellos», dirá en 1984 en el libro-entrevista preparado por Vittorio Messori hablando de los teólogos que escribían con él en Concilium. «La misma renuencia a reconocer un cambio radical en la propia consideración de las cosas a partir de Tubinga», hace saber Victor Hahan, el redentorista que fue el primer alumno en “doctorarse” con Ratzinger, «la encontramos ya en la entrevista concedida por nuestro profesor al semanario diocesano de Múnich en 1977, poco después de ser nombrado arzobispo de la capital bávara».
Lo que cambia no es el corazón ni la mirada del teólogo del Concilio, sino las circunstancias que le rodean. Para él, como para muchos protagonistas entusiastas del período conciliar –Congar, De Lubac, Daniélou, Le Guillou–, la espera trepidante de ver madurar los frutos buenos de las cien flores del Concilio se ha transformado en la desolación de una fiesta fallida. El derrumbe de todas las prácticas más ordinarias y de todos los datos esenciales de la Tradición teorizado incluso en el corazón de las facultades teológicas es para él como un verdadero proceso de autodemolición de la Iglesia. Pero la lúcida toma de conciencia de la situación en la que se encuentra la Iglesia nunca le lleva a la abjuración o a la damnatio memoriae de la primavera conciliar. Cuenta Peter Kuhn: «Recuerdo que en la época en que sus alumnos estábamos aún eufóricos por el Concilio, él, citando la imagen del Evangelio, repetía: hemos abierto la puerta para echar a un diablo de la casa, esperemos que no hayan entrado siete por la ventana. Lo mismo escribió también en un artículo en la revista Hochland en el 69. Pero nunca le oí decir: lo que hicimos no debimos hacerlo».
Jospeh Ratzinger con Karl Rahner

Jospeh Ratzinger con Karl Rahner

En Roma Pablo VI ve las mismas cosas. «Creíamos», decía el 29 de junio de 1972, «que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia. Pero lo que vino fue un día de nubes y tormentas, y de oscuridad, y de búsquedas y de incertidumbres, nos cuesta trabajo dar el gozo de la comunión». Precisamente en el 68, frente a la encíclica Humanae vitae, con su nuevo rechazo a los métodos anticonceptivos modernos, el enfrentamiento intraeclesial contra el Magisterio toca su punto más álgido. El canadiense Tremblay ve en una revista católica una caricatura irónica de Pablo VI. Le parece graciosa, decide llevarla a uno de los encuentros para doctorandos que celebra el profesor los sábados. «Cuando se la enseñé con actitud de complicidad, él me fulminó con una mirada severa». El mensaje es claro: con el Papa no se bromea. «Pero precisamente el concepto tan católicamente libre que tenía de la relación con la Sede apostólica», observa Tremblay «le inmunizaba también de ese “fundamentalismo magisterial” que hoy veo en auge. El de quienes abren la boca sólo para citar frases sacadas de los documentos vaticanos recién salidos». Como sacerdote bávaro, frente a la tempestad que se cierne con vehemencia sobre las Iglesias nordeuropeas, Ratzinger no invoca como panacea la intervención del gendarme romano. Es tarea de cada uno de los obispos proclamar la fe de los apóstoles, de quienes son sucesores, y defender a los simples fieles de quienes envenenan los pozos de la gracia. Dice Beinert: «En 1965 Ratzinger había escrito con Karl Rahner el libro-clave Primado y episcopado en el que en cierto sentido la palabra más relevante era la conjunción que unía ambos términos. Sobre la quaestio disputata de la relación entre el papa y los obispos Ratzinger siempre ha seguido la línea salida del Concilio». También con los alumnos se le escapa a veces alguna frase sagaz sobre el conformismo de los círculos académicos romanos. Sigue recordando Beinert: «Yo había estado en Roma diez años. Había estudiado en la Pontificia Universidad Gregoriana y durante mucho tiempo había sido alumno del Pontificio Colegio Germánico. Durante un coloquio con el grupo de los doctorandos, el profesor planteó una cuestión preguntándonos a los estudiantes qué pensábamos. Y luego añadió sonriendo: al señor Beinert es inútil que le preguntemos, él ha estudiado en Roma y ya se sabe qué piensa y lo que ha de decir...».

Dice Beinert: «En 1965 Ratzinger había escrito con Karl Rahner el libro-clave Primado y episcopado en el que en cierto sentido la palabra más relevante era la conjunción que unía ambos términos. Sobre la quaestio disputata de la relación entre el papa y los obispos Ratzinger siempre ha seguido la línea salida del Concilio»
Saber reírse de sí mismo
Un episodio marginal ocurrido finalizando el período de Tubinga es especialmente iluminador. Durante el verano de 1969 algunos profesores de Tubinga escriben un artículo en el que lanzan una propuesta de efecto: abolir la duración vitalicia del episcopado, fijando un límite de tiempo para el ministerio de los obispos residentes. El texto es publicado con gran resalte en el Theologische Quartalschrift, la prestigiosa revista de Tubinga que tiene el honor de haber sido la primera revista teológica alemana en aparecer. Antes de la publicación todos los profesores de la facultad católica, incluido Ratzinger, firman el artículo. En las doce páginas se aducen argumentos sociológicos para demostrar que «los andamios y la concepción del derecho de la Iglesia frente a la actual imagen de la sociedad se presentan como un mundo pasado, ajeno». Según los autores tampoco la actual configuración de la jurisdicción episcopal tiene que ver con «el Evangelio, y ni siquiera con la estructura de las primeras comunidades cristianas, sino solo con una tradición surgida más tarde», que «bajo varios aspectos ya no es adecuada». Luego exponen su propuesta para adecuar a los nuevos tiempos el poder episcopal. Según los profesores de Tubinga, «el período de duración del ministerio de los obispos residentes en el futuro ha de ser de ocho años. La reelección o la prolongación del período del ministerio es posible solo excepcionalmente, y por motivos objetivos, exteriores, debidos al contexto político eclesial». Los autores especifican que la propuesta «se hace por el momento solo en relación a Europa occidental» y que las «implicaciones por lo que respecta a la elección del papado quedan fuera de la presente exposición, por lo que no se discuten aquí». Otra excusatio non petita, visto que la provocación lanzada implica ipso facto la posibilidad de considerar un mandato ad tempus también por lo que respecta al obispo de Roma.
La adhesión del profesor Ratzinger a la propuesta de sus colegas no encaja con el perfil del antagonista duro que se encierra en su torre para resistir a las derivas teológicas del momento. Pero ni siquiera puede ser invocada como confirmación del estereotipo opuesto, el de un Ratzinger teólogo incendiario destinado a cambiar de chaqueta al cabo de poco. El profesor Seckler, que era uno de los autores de aquel artículo y que ahora lo recuerda como si se tratara de un “pecado de juventud”, cuenta a 30Días: «Ratzinger al principio era el único que no quería firmar el texto. Su concepción del episcopado no se conciliaba con las tesis sostenidas en nuestra propuesta. Entonces fui yo a su casa a tratar de convencerlo. Tomamos un café, hablamos largo y tendido. Y al final salí de su casa con su adhesión». También sus alumnos más estrechos se quedaron perplejos aquella vez. Recuerda Trimpe: «El profesor por lo general era firme en la defensa de sus convicciones. Quizá en aquel caso no había leído bien el artículo, o bien cedió a las presiones para poder seguir viviendo tranquilo. Quería evitar otras discusiones con los colegas». Y quizá lo que le pedían –una simple adhesión a un texto colectivo– no le parecía algo relevante. Tras la publicación del artículo, mientras los alumnos y los colaboradores se preocupaban, Ratzinger no parecía estar demasiado angustiado por su reputación. El mismo indica una manera sutilmente humorística para aplacar la turbación de los otros. Cuenta Trimpe: «Cuando vio que algunos de nosotros estaban escandalizados, sonrió y dijo: pues si estáis enfadados escribid vosotros algo, escribid un artículo contra esa propuesta, y yo os ayudaré a publicarlo».
Así fue como el asistente Kuhn y Martin Trimpe prepararon un largo artículo que saldrá en dos partes en la revista Hochland, para confutar, por sugerencia de su profesor, las tesis sobre el episcopado a tiempo determinado que él mismo había firmado. Kuhn no puede callárselo: «Aquel artículo lo hicimos publicar solo cuando ya nos habíamos ido con el profesor a Ratisbona. Quizá en Tubinga nos hubieran tomado por herejes».

continuará
(ha colaborado Pierluca Azzaro)




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