Ratzinger y “su” profesor de Múnich
Es la fe lo que hace posible preguntar

Una misa celebrada por Ratzinger en las montañas de los alrededores de Ruhpolding, en el verano de 1952
En la vastedad de su pensamiento estaba su grandeza y también su destino. Porque quien pregunta con una apertura tan vasta no puede exhibir una síntesis cerrada. Söhngen lo sabía; sabía que no había sonado todavía la hora de las summae teológicas. Sabía que tenía que conformarse con fragmentos. Pero siempre se esforzó en mirarlo todo en el fragmento, en pensar los fragmentos a partir del todo y en delinearlos como reflejos del todo.
Con esto queda aludida también su actitud espiritual de fondo: Söhngen era alguien que preguntaba de manera radical y crítica. Tampoco hoy se puede preguntar de manera más radical de como lo hizo él. Pero al mismo tiempo era un creyente radical. Lo que de él nos fascinaba a sus alumnos de manera cada vez nueva era precisamente la unidad de estos dos elementos: el valor con el que planteaba toda las preguntas y la evidencia con la que sabía que, al hacerlo, la fe no tiene nada que temer frente a la investigación del conocimiento.
Por eso no le asustaba que su pensamiento pudiera resultar dudoso, balbuciente, desprovisto o contradictorio frente a un autor o todo un período. Sabía que no era necesario llegar a soluciones forzadas, cuando éstas sinceramente no se encuentran […]. Para él estaba claro que el teólogo no habla en nombre propio, aunque tenga que darse a sí mismo, sino que afirma la fe de la Iglesia, que no inventa, sino que recibe. El valor de su preguntar brotaba del íntimo reconocimiento que, con respecto a la verdad, no hubiéramos podido preguntar si antes la verdad no hubiera preguntado por nosotros, si antes no hubiéramos sido encontrados ya por ella.
Creo que el humor, la naturalidad y la soltura que mantuvo en el gran esfuerzo del pensamiento está en relación con esto. De aquí se comprende también su relación con la Iglesia, que pese a todo su enfoque crítico nunca fue puesta en discusión por él; y esto quizá también porque esta relación era muy concreta. La Iglesia, para él, no era una lejana abstracción cualquiera. Le era dada inmediatamente, en su obispo, en el cardenal de Colonia […].
De ello, en fin, depende una característica muy significativa de Söhngen: el gran amor por su ciudad madre, Colonia. Durante toda su vida sintió como privilegio especial el sentirse en casa en esta ciudad, con su antiquísima cultura romana y cristiana. Su amor por Colonia y su relación con la Iglesia iban juntos. La Colonia que amaba era precisamente la Colonia cristiana, mediante su obispo se sentía dentro de la Iglesia una, santa, católica […].
Ahora nos ha dejado. La dirección que ha indicado permanece. Y él mismo permanece –en las manos de Dios.