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CONSISTORIO
Sacado del n. 01/02 - 2006

Las decisiones de Benedicto XVI

Con pequeños pasos


El análisis del vaticanista del periódico La Stampa: el papa Ratzinger comunicó sus decisiones el 22 de febrero al final de la audiencia general del miércoles con esa actitud sonriente, y casi ligeramente autoirónica, que le gusta tomar a veces, casi como diciendo: ¡mirad lo que me toca hacer!


por Marco Tosatti


Aquí arriba, William J. Levada, prefecto de la Congregación 
para la doctrina de la fe

Aquí arriba, William J. Levada, prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe

Un consistorio para la creación de nuevos cardenales es un mosaico compuesto por muchos elementos distintos. En primer lugar están los que podemos llamar “actos debidos”: las birretas cardenalicias que se conceden casi automáticamente, porque de lo contrario la misión de quien no la recibe quedaría disminuida de manera notable, incluso hasta comprometer su permanencia en ese puesto. Luego —pero la lista no está redactada según una escala jerárquica de prioridades— están las exigencias de la tradición, por las que cierta ciudad ha gozado históricamente durante mucho tiempo del privilegio de tener a la cabeza de su comunidad católica a un cardenal, es decir, a una persona que forma parte de ese círculo relativamente restringido de hombres que pueden jactarse del título de consejeros del Papa. En el pasado, cuando la catolicidad tenía importancia también en política, la púrpura entraba en los juegos diplomáticos, con tira y afloja históricos entre la Santa Sede y las coronas de Europa, sobre todo. Hoy los gobiernos reciben la noticia de un nombramiento cardenalicio con entusiasmo formal en la mayor parte de los casos; con reticencia, después del homenaje, “¿me dará más molestias?” en no pocos países en vías de desarrollo, donde a menudo la Iglesia es un dique contra los deseos y poderes desenfrenados; con hostilidad y fastidio apenas velados en los regímenes en fricción con Roma; con indiferencia, o casi, en Occidente que, como sabe muy bien Benedicto XVI, está gayamente transformándose en tierra de nuevos paganos. Pero sigamos identificando las teselas del mosaico. Necesidad, tradición, y luego la visión “geopolítica” del Pontífice, y de sus más estrechos colaboradores; donde una voz dotada de más prestigio y autoridad puede servir más, una presencia más “noble” puede constituir un motor para el desarrollo de la evangelización. En fin, ideas, convicciones, conocimientos, intuiciones de quien en el fondo es el único responsable, esto es, el Papa. Con su carácter, su estilo, y su agenda; que en el caso de Benedicto XVI, por lo que parece, dispone de páginas que sólo el Papa lee, visto el secreto substancial que acompaña su reinado.
A la izquierda en la foto, Nicholas Cheong Jin-suk, arzobispo de Seúl,
con el cardenal Stephen Kim Sou-hwan, arzobispo emérito de Seúl

A la izquierda en la foto, Nicholas Cheong Jin-suk, arzobispo de Seúl, con el cardenal Stephen Kim Sou-hwan, arzobispo emérito de Seúl

Creado el cuadro, tratemos ahora de descifrar las decisiones del papa Ratzinger, comunicadas el pasado 22 de febrero al final de la audiencia general del miércoles con esa actitud sonriente, y casi ligeramente autoirónica, que le gusta tomar a veces, casi como diciendo: ¡mirad lo que me toca hacer! Un consistorio pequeño: quince purpurados en total, de los cuales doce con derecho de voto, para completar el número máximo (ha dicho claramente que no lo quiere superar) de 120 cardenales para un futuro y esperemos que lejano cónclave. Pero es interesante ver que desde el 24 de marzo —día de la celebración del consistorio— al 29 de mayo de 2007 cumplirán ochenta años catorce purpurados. En la Curia existe una opinión difundida según la cual Benedicto XVI, que cumplirá 79 años el próximo 16 de abril, quiere abandonar el plazo trienal, introducido por el “joven” Wojtyla, para la creación de los cardenales, y tapar las vías de agua que se abren en el Colegio cardenalicio con frecuencia más alta y números más pequeños. Todo deja suponer que antes del verano de 2007 puede tener lugar otra “hornada” de púrpuras. Así, entre otras cosas, se aplacarán ansias y penas por las exclusiones, importantes y relativamente numerosas, de esta primera cita del Papa con el Sagrado Colegio. O, por lo menos, las perplejidades. Porque efectivamente no era tan seguro que dejara sin púrpura cardenalicia a los titulares de diócesis importantes como París, Barcelona y Dublín. Es verdad que París cuenta con Lustiger, pero dejar a la capital de la “fille aînée”, de la hija mayor de la Iglesia sin birreta para su arzobispo titular… Por no hablar de la catolicísima (antaño) Irlanda, o del orgullo catalán. Y no mencionamos las expectativas de la Curia. Pero en este caso la cuestión sería compleja; porque el hecho de que sólo tres personas —William Joseph Levada, Agostino Vallini y Franc Rodé— dentro de los palacios pontificios hayan sido honradas con el título cardenalicio nos autoriza a pensar que después de Pascua («como un buen párroco alemán» había dicho el cardenal Lehmann) Benedicto XVI tenga intención de llevar a cabo una esmerada revisión del gobierno central de la Iglesia.
¿Es posible hallar líneas concretas en las decisiones tomadas por el Papa? Trataremos de señalar algunos elementos, que luego han de ser examinados más detalladamente. El primero, evidente, es geográfico: tres de los nueve cardenales diocesanos pertenecen a Asia. China, Filipinas y Corea. El segundo es el carácter de un buen porcentaje de los futuros cardenales: son luchadores, hábiles, capaces de moverse en la complejidad del mundo del tercer milenio, pero que no temen asumir posturas impopulares, o de denuncia de las situaciones de injusticia. En algunos casos puede haber tenido un papel la afinidad doctrinal con el Papa, que ha demostrado que no teme confiar en su propio juicio y en su propia experiencia. No hay que olvidar, en este sector particular, como en los otros campos de gobierno, que durante varios lustros Joseph Ratzinger ha visto pasar ante sí, en las visitas ad limina, a todos los obispos del mundo (y la Congregación para la doctrina de la fe era una etapa obligatoria, al igual que la Congregación para el clero, en la estancia romana); gracias a su memoria excepcional, Benedicto XVI tiene ante sí un “tablero” muy rico, en el que puede pescar —o negarse a pescar— a aquellos que considere más apropiados para las varias tareas. Añadimos que la Congregación que dirigía es a la que confluyen también las señalaciones no especialmente honorables de todo el mundo. Y no cabe duda de que el papa Ratzinger no sufre de vacíos de memoria.
Como hemos dicho Asia parece privilegiada. Aunque está claro que no son los números absolutos los que han motivado la opción; los católicos en Hong Kong son una minoría, el 3,5%; así como en Corea del Sur (el 6,6%). Tampoco en Filipinas, donde en cambio son mayoría (83%, único país de Asia con mayoría católica, junto con el pequeño Timo oriental), las cifras absolutas no son comparables con las del Viejo continente. Pero Benedicto XVI mira al futuro. Y el catolicismo asiático parece mucho más tónico que el europeo. Por lo menos la mitad de los fieles a Roma en aquellas tierras exterminadas va a misa el domingo; los nuevos bautizados (en su mayoría adultos) crecen en un cinco por ciento al año. Las estadísticas sobre los “cuadros” demuestran que en Asia se da un crecimiento del clero y del personal religioso (más 1.422 en 2004), mientras que en el mismo periodo en Europa hay una disminución de 1.876 unidades. En fin, hay que subrayar que Asia representa para la Iglesia el continente del futuro incluso desde el punto de vista de la grey, y no sólo de los pastores: casi la mitad de la población asiática (que en conjunto cuenta con 3.900 millones de personas, los dos tercios de la población mundial) está constituida por jóvenes con menos de 25 años; en este continente vive el 80% de los no cristianos del mundo. Decía Juan Pablo II: «Asia es nuestra tarea común para el tercer milenio»; una convicción que evidentemente Benedicto XVI comparte.
El nombramiento de Joseph Zen es el que naturalmente más ha despertado la curiosidad; es probable –viendo la reacción de Pekín– que el nombramiento no estuviera preparado diplomáticamente; pero, por lo demás, señalan los expertos, Hong Kong sigue gozando de un régimen especial; la presión exterior sobre China (motivada por rencores de carácter comercial) en lo tocante a los derechos humanos, y por consiguiente también religiosos, está creciendo, y el gobierno no puede ignorarla completamente; así que no era oportuno, en el caso de que lo hubiera querido hacer, abandonarse a reacciones excesivas. La Iglesia católica en China está viviendo un nuevo periodo, y probablemente los pasos futuros que se den lleven a una mayor unidad de los dos “ramos”. En este sentido Joseph Zen, que ha pasado años enseñando en China y conoce muy bien a los seminaristas, sacerdotes y obispos de la Iglesia oficial y subterránea, es para Benedicto XVI el eje en torno al cual puede desarrollarse este proyecto. De hecho ya ha trabajado para reforzar las relaciones entre los dos ramos de la Iglesia, que lo respetan; y la nueva dignidad le dará mayor prestigio y autoridad.
Benedicto XVI

Benedicto XVI

También la decisión de crear cardenal al arzobispo de Seúl Nicholas Cheong mira al futuro y mira al norte donde un régimen de una crueldad casi irreal recuerda una época pasada, la de la guerra fría. Mientras que la decisión de dar una púrpura a Manila (en cierto sentido “debida”, por razones históricas y de geopolítica eclesiástica) adquiere un valor especial desde el punto de vista de la evangelización de todo el continente. Filipinas, como bien sabemos, es un país de emigrantes; hay millones de trabajadores filipinos en el mundo, y también en Asia; y esto los convierte en una fuerza misionera laica de gran penetración y eficacia, incluso en países –los del Golfo o Arabia Saudí– donde dar testimonio de la propia fe puede teñirse de heroísmo.
Qué piensa Benedicto XVI de Europa, y de occidente en general, desde el punto de vista de la fe, no es un secreto. Pero pensamos que es importante ver lo que decía el cardenal Joseph Ratzinger en 2004, en un encuentro citado por la agencia Zenit. «La Iglesia substancialmente no puede reconocerse en la categoría “Occidente”. Sería un error histórica, empírica y teológicamente. Históricamente, sabemos que el cristianismo nació en el cruce de Europa, Asia y África, y esto indica también algo de su esencia interior. Nació en un encuentro de culturas como capacidad, posibilidad y desafío de una síntesis de las culturas y como posibilidad de trascender las culturas en algo que es el ser humano como tal y que precede y trasciende las culturas. En sus comienzos, la expansión del cristianismo se dirigía por igual a Oriente, hacia China, India, Persia, Arabia, y a Occidente. Por desgracia, después del nacimiento del islam, gran parte de esta cristiandad oriental desapareció. Pero no del todo, porque existen elementos de estas cristiandades históricas que dan testimonio de su universalidad, y también la cristiandad europea se divide en occidental y oriental. Por tanto, la extensión de la Iglesia referida a nuestra cultura es muy grande y se detalla en varias culturas. Empíricamente, no sólo poseemos esta gran herencia histórica, sino que el cristianismo está presente, con minorías de fuerza espiritual reconocida, en todos los continentes. Cada vez más el eje de la cristiandad se mueve hacia los nuevos continentes, hacia África, Asia, América Latina. Europa es todavía una fuente esencial para el desarrollo del cristianismo, sin embargo, comienza a marginarse precisamente con la discusión sobre su identidad... No es una actitud política dictada por la necesidad de no perder la simpatía por la Iglesia en África, Asia o América Latina, sino que es una actitud teológica. La Iglesia no puede reconocerse simplemente como Occidente, sino que debe cada vez de nuevo trascender su definición occidental y extenderse realmente hacia la universalidad, sobre todo trascendiendo a sí misma hacia lo divino, que es la única realidad que puede crear una comunicación de las culturas». Es una lectura histórica, si la hace un cardenal y estudioso; pero se transforma inmediatamente en base para una estrategia, si la persona que la formula se convierte en el responsable principal de la Iglesia católica. Y quizá nos puede ayudar a intuir en qué dirección quiere moverse Benedicto XVI.
Joseph Ratzinger con
Pablo VI durante su primera misa como cardenal,
el 29 de junio de 1977

Joseph Ratzinger con Pablo VI durante su primera misa como cardenal, el 29 de junio de 1977

Veamos ahora el segundo elemento que creemos haber encontrado entre los más característicos de este consistorio. A Benedicto XVI evidentemente le gustan los luchadores: personas que sonríen poco, hablan en voz baja, no pierden la calma, pero llevan siempre consigo una espada (ética y teológica, obviamente), y no tienen reparos a usarla si es necesario. Tomemos por ejemplo a Jean-Pierre Ricard, presidente de los obispos franceses y arzobispo de Burdeos. Un marsellés sonriente, pero que no ha ahorrado ni discursos ni entrevistas contra «los efectos perversos de la ley sobre los símbolos religiosos», contra una concepción hiperextrema de la laicidad, para defender los derechos de los enfermos agonizantes, contra los matrimonios homosexuales, y contra los que ha definido los «efectos liberticidas» de la ley francesa sobre la homofobia, No se ha echado atrás a la hora de escribir al presidente Chirac (filoturco) para recordar que la candidatura a la UE ha de «ser estudiada según el criterio, entre otros, del respeto de la libertad religiosa». Y no sólo es esto: miembro de la Comisión «Ecclesia Dei», la que se creó para facilitar la plena comunión eclesial de los grupos más ligados a la tradición, ha tomado cierta actitud de diálogo impensable sólo hace unos años en la atmósfera muy ideológica de la Iglesia francesa. Además, Ricard ya había “saltado” el Consistorio de 2003; por tanto, siendo impensable la distribución de más de una birreta por nación, en un bouquet tan restringido, Vingt-Trois, recién nombrado, puede esperar el próximo turno. Cañizares, arzobispo de Toledo, bromea porque le definen «un pequeño Ratzinger»; pero une a la resistencia doctrinal y ética una gran capacidad de diálogo, incluso en la España de Zapatero. De Carlo Caffarra pueden decirse muchas cosas, pero no que sea una persona que teme exponer sus ideas, por mucho que puedan chocar con el politically correct en vigor. Y Sean Patrick O’Malley, arzobispo de Boston, es un hombre que no teme las situaciones difíciles. Fue llamado a poner orden en la diócesis de Palm Beach, traumatizada por el escándalo de la pederastia, y luego se le ha confiado el gobierno pastoral de la de Boston, que no es moco de pavo. De Stanislao Dziwisz es inútil hablar, tan conocido y querido es el hombre que compartió gran parte de la vida de Karol Wojtyla, y hace vivir su devoción incluso después de la muerte. Merece, en cambio, ser recordado, en la línea de los pastores llamados a enfrentarse a retos cruciales para el propio país (y para la Iglesia), el arzobispo de Caracas, Jorge Liberato Urosa Savino, protagonista con los otros prelados del país de una dura batalla para la supervivencia de la democracia en Venezuela, teniendo en frente a un adversario como Chávez, que no es poco. Tampoco hay que olvidar que también los tres “asiáticos”, de los que hablábamos al principio, tienen el temple de los luchadores; con modos y en campos distintos, pero sin cesiones ni compromisos frente a los distintos “poderes fuertes” presentes en su horizonte. Y para terminar el cuadro, William Joseph Levada. Aunque respondió, a quien le preguntaba si sería un “rottweiler” de la Fe: «más bien un cocker spaniel», el nuevo prefecto ya ha enseñado los dientes: oponiéndose a la petición de los obispos estadounidenses de aplazar la salida del documento sobre la admisión de los homosexuales al seminario y a algunas investigaciones personales muy delicadas. Pero este parece el estilo del papa Ratzinger; y ha pasado exactamente un año desde que lamentaba la «suciedad en la Iglesia».



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